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Archive for 30 diciembre 2016

Líquenes

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Pueblan en silencio un submundo propio. De formas imprevisibles y colores sucios oscilan entre la repugnancia y la belleza. La humedad les da la vida, una vida viscosa, adherida, subalterna. Nacen como excrecencias y no aspiran a más. Cubrirán algún día el mundo. No tienen prisa.

Viven en la indeterminación, acaso vegetales, acaso animales, indefinidos microorganismos, extraña y necesaria simbiosis entre hongo y alga, acaso expulsados de la profundidad de la tierra o acaso arrebatados de la profundidad de los océanos. Ahora vagan por las superficies.

Tal vez indiquen alguna carencia o enfermedad o simplemente protejan lo que cubren de otros ataques. Tal vez no sean más que desechos. Pero son capaces de colonizar cualquier ecosistema conocido, adaptándose sin hacer ruido y sin importarle la ausencia de nutrientes, de sol o de cualquier otra mínima condición necesaria para la vida. No hay lugar hostil para ellos.

Observo ahora los líquenes sobre las rocas o sobre los troncos de los árboles y siento que en cualquier momento podrían nacer y prosperar también sobre mí.

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Leer deliciosas novelas pasadas de moda que nadie lee ya, olvidadas y llenas de polvo, en viejas ediciones en las que el papel amarillea peligrosamente, se está convirtiendo últimamente en uno de los pequeños placeres que aún me confortan en estas cada vez más largas temporadas en las que me retiro a la campiña, alejado definitivamente de las novedades y el ruido. Tienen argumentos exagerados y previsibles y están escritas con una retórica antigua e insufriblemente engolada. Sin embargo, por malas que sean, siempre se percibe la mano del autor, artesano más o menos hábil, dirigiéndolo todo, controlándolo todo como un pequeño dios burgués que ha fabricado, aunque en algo más de siete días, su mundo personal y propio, felizmente acotado entre la primera y la última página. Me gusta sentir que alguien me lleve de la mano, aunque también, demasiado a menudo, me resulte irritante, me quiera soltar de ella y salir corriendo. Pero al final, al menos durante estos ratos que dura la lectura, es mejor dejarse llevar.

Jules Sandeau es uno de esos autores de esas novelas. Escritor francés nacido en 1811, es autor de una cincuentena de novelas y obras teatrales, de bastante éxito en su tiempo. Destinado por su familia a la carrera jurídica, una vez en París decidió aprovechar su juventud para entregarse a la bohemia, más o menos literaria, en el Barrio Latino. Allí fue amante de una señora casada, Aurore Dupin, con la que llegó a escribir una novela. Más tarde ella seguiría una exitosa carrera literaria en solitario, pero bajo seudónimo masculino: Georges Sand. Los años de juventud pasaron y Jules Sandeau dejó la bohemia y rompió su relación. O fue al revés. Sentó la cabeza y la sentó tanto que llegó a ser conservador de la Biblioteca Mazarino en 1853 y bibliotecario del palacio de Saint-Cloud en 1859. Y desde 1858, miembro de la Academia Francesa. Como ya no se le ocurría nada, se dedicó a llevar al teatro las novelas que escribió en su juventud. Murió en 1883, cuando ya se podría decir que sus obras empezaban a caer en el olvido. Y ahí siguen.

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Fue en 1847 cuando publicó una de sus novelas de más éxito, Mademoiselle de la Seiglière, que ahora, por puro azar, ha caído en mis manos. Ya saben, una vieja edición de la colección Austral con el papel áspero y amarillento. Aunque su prosa aparece deliciosamente lastrada por los nauseabundos y retóricos, banales y reiterativos excesos del peor romanticismo, en su cañamazo deja entrever el andamiaje y el nervio de la novela realista. Que vino para quedarse. Si el amor, el amor imposible y funesto, sobrevuela por toda la obra, lo que al final impone su detestable lógica, es el conflicto entre clases sociales, entre el Antiguo Régimen y la pujante nueva sociedad, primero revolucionaria y muy pronto, domesticadamente burguesa.

Pero esto importa poco. Es una novela francesa del siglo XIX, con todo lo que esto pueda implicar. Ya saben a qué atenerse. Hay que establecer y aceptar ciertas e inevitables complicidades. Leer deliciosas novelas pasadas de moda.

Aquella noche, la señorita de la Seiglière estaba distraída, meditabunda, preocupada. ¿Por qué? Ella misma no sabría decirlo. Amaba, o al menos lo creía, a su prometido; poseía gracia y belleza, amor y juventud, nobleza y fortuna; todo era a su alrededor dulces miradas y sonrisas agradables; solo caricias y encantos parecía ofrecerle la vida. ¿Por qué, pues, aquella opresión de su pecho juvenil? ¿Por qué aquellos bellos ojos velados de tristeza? Organismo fino y quebradizo, naturaleza delicada y nerviosa, ¿temblaba acaso como las flores al acercarse la tempestad, porque presentía su destino?

Vivían entonces, como ahora, tiempos de zozobra.

Nada como la adversidad afina y desenvuelve tanto en el hombre los mañosos instintos de cuya ensambladura y perfecto acoplamiento surge ese endiablado genio que se llama genio de los negocios. Y ningún momento más propicio para ello que el que nos ocupa. Época de ruina y reconstrucción; si las viejas fortunas se desbarataban como castillos de naipes, las nuevas, en cambio, surgían como las setas tras la lluvia torrencial. Todas las ambiciones encontraban salida; los advenedizos inundaban el suelo; los particulares se enriquecían, de un día para otro, con atrevidas especulaciones; sólo el Estado, en medio de la prosperidad general, se encontraba en la miseria.

Los conflictos también eran generacionales. La juventud elige caminos peligrosos.

-Vamos, vamos -dijo el marqués con aire cariñoso y sentándose junto a Elena-; está muy bien eso de seguir el camino que Dios nos señale: no sería posible encontrar mejor guía; desgraciadamente, Dios, que da comida y abrigo a las crías de los pájaros, no se muestra tan liberal con los hijitos de los marqueses. Es muy bonito decir: ¡Vámonos donde Dios nos lleve! A las imaginaciones juveniles les agrada esto mucho. Pero cuando, emprendida la marcha y andadas seis leguas, llega la noche, y la perspectiva, con ella, de acostarse sin cenar y a la luz de las estrellas, el camino de Dios comienza a antojarse un poco rudo.

Pero, como dijimos, el cinismo y el realismo habían llegado para quedarse.

Tenéis enemigos; pero ¿qué hombre superior no los tiene? Compadezcamos al infeliz, tan dejado de la mano de Dios como de los hombres, que no tenga dos o tres. Con arreglo a esto, vos tenéis muchos; ¿podría ser de otro modo? No sois popular, y así debe ser, pues la popularidad, en todo, no es sino el remate de la tontería y el sello de la vulgaridad. En resumen: tenéis la alta honra de ser aborrecido.

Cierro el libro y estornudo. El rugoso papel es como si se estuviera empezando a deshacer y un fino y desagradable polvillo me llega a la nariz. Atchís. Hace un día demasiado bueno como para seguir leyendo.

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Si todo esto

¿Qué pasaría si todo esto, por algún fallo o error informático, desapareciera? ¿Qué pasaría si todas estas páginas escritas durante años se perdieran definitivamente por algún colapso del sistema o un poco probable, y sin embargo posible, ciberataque? ¿Qué pasaría si tal pérdida y desaparición fuera definitiva e irrecuperable al verse afectadas también las copias de seguridad? ¿Qué pasaría con el trabajo de tantos años, con la escritura vacilante de los días pasados, su rastro ya perdido para siempre?

¿Qué pasaría si fuera el propio autor el que eliminara todas las entradas y cuando el sistema le preguntara de nuevo, para cerciorarse realmente de que no se trataba de un error, si efectivamente quería eliminar todas las entradas y si era consciente de que esa eliminación sería definitiva e irrecuperable, el autor o responsable pulsara sin vacilar el ok? ¿Qué pasaría entonces si esa pérdida fuera ocasionada voluntariamente y no por un fallo? ¿Qué pasaría con tantas y tantas páginas escritas al calor de una ilusión, de una idea, de un sentimiento, y estuvieran ya perdidas, desaparecidas para siempre, como si ese débil rastro del pasado hubiera sido borrado conscientemente con un golpe de click pulsado por la misma mano que escribió todo aquello?

Bueno, realmente no pasaría nada.

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Crisma (2)

Esta noche, al medio de ella,
cuando todo estava en calma…

natividad-jesus

Ya rebulle la mañana,
aguijemos que es de día…

Juan del Enzina
Égloga representada en la mesma noche de Navidad…
1496

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Comparativa (26)

luna

como Cenicienta a las doce menos cinco
como la primera luz del día brillando sobre el camión de la basura
como un paseo a media mañana cuando todo el mundo está trabajando
como una farola encendida durante un eclipse de sol
como quedarse a vivir en el campo base
como unos gorriones defecando sobre los frisos del templo
como la boca del asno embadurnada de miel
como una tormenta terrible en un vaso de agua
como una máquina del tiempo estropeada

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Lo que realmente

Al cabo del tiempo le dio, un buen día, por echar un vistazo a lo que había venido haciendo estos últimos años. No tardó mucho en darse cuenta de la variedad -por no llamarlo dispersión- de los temas tratados, de los diversos -y a menudo antitéticos- puntos de vista que había utilizado para referirse a ellos, de la heterogénea gama de estilos y matices que venían finalmente a convertir todo aquello -y todo junto- en un caos repetitivo, en una heteróclita propuesta que parecía, hacía ya tiempo, habérsele ido de las manos. Pero no era esto lo que más le llamó la atención.

Era todo aquello, a fin de cuentas y sin más pretensiones, un puro ejercicio de libertad. O debería serlo. Sin ataduras, sin compromisos, sin imposiciones, sin objetivos, sin necesidad de dar cuentas a nadie, apenas sin lectores, cada página respiraba a su aire, sin ningún tipo de lastre, ajena a cualquier convención, fuera del tipo que fuera. Era un puro juego, algo personal, un guiso preparado al más puro estilo Juan Palomo. No había -no hay- que dar explicaciones. La libertad, por fin, como lujo máximo.

Y sin embargo, al echar ese rápido vistazo sobre lo escrito durante aquellos años, le sobrevino de manera inesperada y natural una pregunta: “¿He escrito lo que realmente quería escribir?”.  Sin duda no era -no podía ser- esto que estaba viendo ahora. ¿Para qué, entonces, esa libertad disponible y tan poco aprovechada? Y si no era todo esto, año tras año, página tras página, lo que quería escribir realmente, ¿por qué lo había hecho? ¿Dónde quedaba lo que debería haber escrito?

Pasaba las hojas, una tras otra, sin apenas mirarlas, e iba reconstruyendo, con la coherencia que acaba por tener lo más absurdo, todos estos años. Desde luego que no era esto lo que realmente hubiera querido escribir. No era esto.

Había escrito -no le quedaba más remedio que reconocerlo- lo que había podido. Lo que buenamente había podido. Como había podido.

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Odio las listas. No sé muy bien, entonces, por qué me tomo la molestia, cada final de año, en hacer una. La excusa del entretenimiento ya no cuela. Tiene que haber algo más. Un deseo mal disimulado de compartir, cierta petulancia, la absurda necesidad de ordenar de alguna manera algo que, afortunadamente, se escapa a cualquier clasificación o ridícula jerarquización…
Si odio las listas, también debería odiar ésta.

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Para ver las canciones que van del 30 al 25, clica aquí.

6
Tell Her I’m Just Dancing Hiss Golden Messenger
(From the LP Heart Like a Levee, Merge Records, october 2016)

 

5
The Wheel PJ Harvey
(From the LP The Hope Six Demolition Project, Vagrant Records, april 2016)

 

4
The Roundabout Ryley Walker
(From the LP Golden Sings That Have Been Sung, Dead Oceans Records, august 2016)

 

3
Dust Lucinda Williams
(From the LP The Ghosts of Highway 20, Highway 20 Records, january 2016)

 

2
I Need You Nick Cave & The Bad Seeds
(From the LP Skeleton Tree, Kobalt, september 2016)

 

1
Leaving the Table Leonard Cohen
(From the LP You Want It Darker, Legacy, october 2016)

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