Laura Permon

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Con cierto disgusto, después de haberse vestido y peinado especialmente para la ocasión, se sentó justo al lado del gran ventanal por el que entraba la dorada luz de la mañana que, después de jugar sobre la abierta superficie de la desembocadura del gran río y de rebotar contra las suaves colinas que arropaban los jardines del palacio, entraba con desenvoltura y sin pedir permiso en la amplia estancia en la que un hombrecillo nervioso y diminuto como una ardilla trajinaba con frascos de pintura y pinceles sobre la superficie mínima de un óvalo brillante.

Estaba pintando el retrato de Laure-Adélaide Saint-Martin-Permon, ahora ya, después de su matrimonio, Laure Junot, también conocida como duquesa de Abrantes, título que Napoleón acababa de conceder a su marido, el general Junot.

Nació en Montpellier en 1784 y murió en París en 1838. Su madre, perteneciente a una de las más importantes familias de Córcega, aseguraba ser descendiente de los emperadores bizantinos. Ya en París, el joven Bonaparte frecuentaba los salones de su casa, interesándose vivamente por la deliciosa hija. Pero a los 16 años, Laure contrajo matrimonio con Andoche Junot, el más joven general de Napoleón. Durante los convulsos e inestables años del Consulado y el Imperio participa de la vida cortesana y es asidua a los más destacados salones de París, en los que no pasan desapercibidos su inteligencia, su espíritu cáustico y su afición por el lujo, que a menudo raya en la extravagancia.

Su marido ocupó diversos cargos políticos – fue gobernador de París, embajador en Portugal, gobernador de Parma y de las provincias ilíricas- y participó activamente en las continuas campañas militares que se sucedieron estos años, en particular la ocupación de Portugal, que le valió el título de duque de Abrantes, y la guerra de España. Pero todo acaba torciéndose, y  Junot empieza a sufrir ciertos desequilibrios mentales que le hacen, primero caer en desgracia y más tarde suicidarse en 1813.

Laure Junot, debido no solo a su reciente viudez, sino a su derrochador afán durante estos años por el lujo y la vida cortesana, se encuentra agobiada por las deudas. Como quien se agarra a un clavo ardiendo y para hacer frente a sus numerosos gastos, decidió dedicarse a la literatura. Además, el Imperio ha caído y Napoleón no es más que un usurpador.

Escribe y publica con su título nobiliario obras de muy diverso tipo, aunque sobre todo destaca por su producción memorialística, entre ellas, sus monumentales Mémoires (1831-1835), que ocupan dieciocho volúmenes, en las que pasa revista a los acontecimientos de los que fue testigo, desde la Revolución hasta la Restauración. Las redactó con la ayuda de un jovencísimo -y aún desconocido- Honoré de Balzac, que, tanto tiempo escribiendo a cuatro manos, terminó siendo su amante.

También merecen ser recordadas su Histoire des salons de Paris (1837-1838, en 8 volúmenes) y los Souvenirs d’une ambassade et d’un séjour en Espagne et en Portugal (1837).

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La parte dedicada a Portugal apareció traducida al castellano por Alberto Insúa, primero en Buenos Aires, en 1945 y luego en Madrid en 1968 (Espasa Calpe, col. Austral) con el título Portugal a principios del siglo XIX. Recuerdos de una embajadora.  Y es este librito el que he estado leyendo estos días, después de haberlo comprado en uno de esos efímeros puestos callejeros que algunos rumanos que recogen papel y cartones, hierro y cobre, han decidido extender directamente en el suelo y llenarlos de libros que rescatan de algún contenedor o de la basura, porque se han dado cuenta de que, por muy baratos que los vendan, siempre les darán más por ellos que si los vendieran al peso.

La duquesa desgrana recuerdos, anécdotas, frases ingeniosas y semblanzas maliciosas para satisfacer la curiosidad de sus contemporáneos, pero también para recrear ese mundo perdido, para volver a dar vida, de alguna manera, a aquellos años, acaso los mejores de su azarosa vida. Mientras escribía en una oscura y fría habitación de un palacio venido a menos, arruinado en parte y mordisqueado cada vez con mayor voracidad por los acreedores, aún creía oír las músicas de las fiestas, el despreocupado rumor de los saraos y los secos taconazos de los jóvenes tenientes en las recepciones.

Laure, inteligente, vivaz y delicada, ingeniosa e irónica, vive y recorre en aquellos años Lisboa, Queluz, Sintra, Coimbra… lugares que no olvidará nunca.

Llegué a Lisboa el Viernes Santo, pero mi presentación oficial no tuvo efecto hasta dos meses después.
Hacía ya calor y la campiña de los alrededores se brindaba a los ojos encantadora. Me propuse gozar de tanta belleza natural y todas las tardes salía a pasear en góndola por el Tajo, unas veces para dirigirme a Almada y otras para remontar el río hasta Saccavin. Cuando no, aprovechando la brisa del anochecer, llegaba en calesa hasta Pedrosa, donde la duquesa de Cadaval poseía una quinta admirable.

El mundo no solo le pertenecía, sino que era amable.

Recibía diariamente, daba dos bailes al mes y a menudo conciertos. Todas las noches el cuerpo diplomático se reunía en mi casa. Y mientras los caballeros jugaban al whist, las damas y yo, en otro salón, bailábamos al son de la música del piano, o simplemente le tocábamos, o bien nos entreteníamos en hacer charadas y proponernos adivinanzas.
Alrededor de la medianoche servíase el té…

Así describe, después de haber sido recibida por la reina, a su camarera mayor:

Era, como ya he dicho antes, una mujer vieja, oscura de piel, bajita, seca y muy fea. Por lo agrio de su humor creí que sería una solterona. Resultó que era viuda.
Compadecí a su marido. Pero no por haber muerto…

Fueron años que recuerda con emoción y al escribir sobre ellos, la reconfortan.

Mi amistad con los Lebzeltern era íntima. Todas las tardes, después de comer, montaba en un asno para tomar el té y pasar la velada con mis amigos. Salía a la hora del crepúsculo, cuando la brisa del mar, fresca y fragante, me acariciaba el rostro, después de haber volado sobre los bosques de Sintra y los huertos de limoneros y naranjos en flor.
Llegaba al palacio, Charlábamos… Tomábamos el té y luego, volvíame, a caballo o en asno, a Sintra, acompañada por la luz de las magníficas estrellas que centelleaban en un cielo color pizarra y de aquella luna admirable que esparcía una claridad voluptuosa sobre todo el paisaje.
Algunas noches, cuando la noche era sombría, nos alumbrábamos con antorchas. Y era de ver entonces cómo resplandecían sus llamas, en largos reflejos luminosos, sobre la masa verde oscura que formaban los pinos, las encinas y los laureles de la Peña.

Deja la pluma. Tiene los dedos y la mano entumecidos por el frío. ¿Dónde andará el camafeo con su retrato que le pintaron una luminosa mañana allá en Lisboa? ¿Quién lo tendrá ahora? ¿En qué cajón olvidado? Era tan joven entonces…

Al levantarse decide erguirse un poco más. Después de dar un breve paseo bajo los altos techos de los oscuros pasillos, vuelve a la mesa y escribe:

No depende de nosotros ser felices o desgraciados, pero sí depende de nosotros aceptar cualquier destino con dignidad.

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