Un tipo con suerte

No solo era lento, sino que, además, le costaba discernir lo que realmente pasaba por delante de sus narices. Todo lo miraba con ojos grandes como si el mundo, la realidad, fuera una película muy poco interesante, ajeno e imperturbable.

Nunca tuvo ni la agilidad, ni la habilidad, ni mucho menos la decisión de aprovechar o, por lo menos, de intentar aprovechar lo que se le ofrecía y tenía al alcance de la mano, y por lo que, además, por si no fuera suficiente, suspiraba. Cuando se decidía finalmente a arrancar, ya no quedaba ni el rastro de lo que hubo.

Así que la película fue terminando y los trenes dejaron de pasar por aquella estación que, si en un tiempo tuvo su trajín, sus horarios, sus bajadas y subidas de diversos y ajetreados viajeros, su alegre cantina, hoy no era más que un frío, desabrido y prácticamente abandonado apeadero que ya nadie utilizaba.

Pero a pesar de su atonía vital, de su inanidad perseverantemente ganada a pulso y a conciencia, de su pasmo existencial y de su proverbial inutilidad para lo más elemental, se podría decir que era un tipo, dentro de lo que cabe, con suerte.

Llegaba a lamentarse a menudo de que ni siquiera se podía quejar. Y era cierto. Las cosas, la vida, sin irle bien del todo, tampoco le iban mal, y estaba seguro de que, tarde o temprano, llegaría el día en el que incluso echaría de menos aquellos -estos- tiempos, tan exasperantemente vacíos, pero que serían percibidos en la distancia, una vez pasados los años, como los mejores días de su existencia.

De manera inopinada, y aunque pudiera parecer una exageración piadosa, se podría decir, entonces, que era un tipo con suerte. Bien es verdad que era de ese tipo de suerte que solo llega después de haber empleado en su inesperado y tardío advenimiento cantidades ingentes de paciencia.

Tal vez por eso, al cabo de los años, se le empezaron a volver a ofrecer -a tener al alcance de la mano, delante otra vez de sus mismas narices- aquellas oportunidades que soñó y por las que suspiró. El mundo se le mostraba, de nuevo, amable. Todo volvía a ofrecérsele.

Pero -y descubrió así, al fin, su verdadera habilidad, que desgraciadamente no había mermado un ápice con los años- era también todo un especialista en desperdiciar segundas oportunidades.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s