El polvo de la literatura

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Leer deliciosas novelas pasadas de moda que nadie lee ya, olvidadas y llenas de polvo, en viejas ediciones en las que el papel amarillea peligrosamente, se está convirtiendo últimamente en uno de los pequeños placeres que aún me confortan en estas cada vez más largas temporadas en las que me retiro a la campiña, alejado definitivamente de las novedades y el ruido. Tienen argumentos exagerados y previsibles y están escritas con una retórica antigua e insufriblemente engolada. Sin embargo, por malas que sean, siempre se percibe la mano del autor, artesano más o menos hábil, dirigiéndolo todo, controlándolo todo como un pequeño dios burgués que ha fabricado, aunque en algo más de siete días, su mundo personal y propio, felizmente acotado entre la primera y la última página. Me gusta sentir que alguien me lleve de la mano, aunque también, demasiado a menudo, me resulte irritante, me quiera soltar de ella y salir corriendo. Pero al final, al menos durante estos ratos que dura la lectura, es mejor dejarse llevar.

Jules Sandeau es uno de esos autores de esas novelas. Escritor francés nacido en 1811, es autor de una cincuentena de novelas y obras teatrales, de bastante éxito en su tiempo. Destinado por su familia a la carrera jurídica, una vez en París decidió aprovechar su juventud para entregarse a la bohemia, más o menos literaria, en el Barrio Latino. Allí fue amante de una señora casada, Aurore Dupin, con la que llegó a escribir una novela. Más tarde ella seguiría una exitosa carrera literaria en solitario, pero bajo seudónimo masculino: Georges Sand. Los años de juventud pasaron y Jules Sandeau dejó la bohemia y rompió su relación. O fue al revés. Sentó la cabeza y la sentó tanto que llegó a ser conservador de la Biblioteca Mazarino en 1853 y bibliotecario del palacio de Saint-Cloud en 1859. Y desde 1858, miembro de la Academia Francesa. Como ya no se le ocurría nada, se dedicó a llevar al teatro las novelas que escribió en su juventud. Murió en 1883, cuando ya se podría decir que sus obras empezaban a caer en el olvido. Y ahí siguen.

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Fue en 1847 cuando publicó una de sus novelas de más éxito, Mademoiselle de la Seiglière, que ahora, por puro azar, ha caído en mis manos. Ya saben, una vieja edición de la colección Austral con el papel áspero y amarillento. Aunque su prosa aparece deliciosamente lastrada por los nauseabundos y retóricos, banales y reiterativos excesos del peor romanticismo, en su cañamazo deja entrever el andamiaje y el nervio de la novela realista. Que vino para quedarse. Si el amor, el amor imposible y funesto, sobrevuela por toda la obra, lo que al final impone su detestable lógica, es el conflicto entre clases sociales, entre el Antiguo Régimen y la pujante nueva sociedad, primero revolucionaria y muy pronto, domesticadamente burguesa.

Pero esto importa poco. Es una novela francesa del siglo XIX, con todo lo que esto pueda implicar. Ya saben a qué atenerse. Hay que establecer y aceptar ciertas e inevitables complicidades. Leer deliciosas novelas pasadas de moda.

Aquella noche, la señorita de la Seiglière estaba distraída, meditabunda, preocupada. ¿Por qué? Ella misma no sabría decirlo. Amaba, o al menos lo creía, a su prometido; poseía gracia y belleza, amor y juventud, nobleza y fortuna; todo era a su alrededor dulces miradas y sonrisas agradables; solo caricias y encantos parecía ofrecerle la vida. ¿Por qué, pues, aquella opresión de su pecho juvenil? ¿Por qué aquellos bellos ojos velados de tristeza? Organismo fino y quebradizo, naturaleza delicada y nerviosa, ¿temblaba acaso como las flores al acercarse la tempestad, porque presentía su destino?

Vivían entonces, como ahora, tiempos de zozobra.

Nada como la adversidad afina y desenvuelve tanto en el hombre los mañosos instintos de cuya ensambladura y perfecto acoplamiento surge ese endiablado genio que se llama genio de los negocios. Y ningún momento más propicio para ello que el que nos ocupa. Época de ruina y reconstrucción; si las viejas fortunas se desbarataban como castillos de naipes, las nuevas, en cambio, surgían como las setas tras la lluvia torrencial. Todas las ambiciones encontraban salida; los advenedizos inundaban el suelo; los particulares se enriquecían, de un día para otro, con atrevidas especulaciones; sólo el Estado, en medio de la prosperidad general, se encontraba en la miseria.

Los conflictos también eran generacionales. La juventud elige caminos peligrosos.

-Vamos, vamos -dijo el marqués con aire cariñoso y sentándose junto a Elena-; está muy bien eso de seguir el camino que Dios nos señale: no sería posible encontrar mejor guía; desgraciadamente, Dios, que da comida y abrigo a las crías de los pájaros, no se muestra tan liberal con los hijitos de los marqueses. Es muy bonito decir: ¡Vámonos donde Dios nos lleve! A las imaginaciones juveniles les agrada esto mucho. Pero cuando, emprendida la marcha y andadas seis leguas, llega la noche, y la perspectiva, con ella, de acostarse sin cenar y a la luz de las estrellas, el camino de Dios comienza a antojarse un poco rudo.

Pero, como dijimos, el cinismo y el realismo habían llegado para quedarse.

Tenéis enemigos; pero ¿qué hombre superior no los tiene? Compadezcamos al infeliz, tan dejado de la mano de Dios como de los hombres, que no tenga dos o tres. Con arreglo a esto, vos tenéis muchos; ¿podría ser de otro modo? No sois popular, y así debe ser, pues la popularidad, en todo, no es sino el remate de la tontería y el sello de la vulgaridad. En resumen: tenéis la alta honra de ser aborrecido.

Cierro el libro y estornudo. El rugoso papel es como si se estuviera empezando a deshacer y un fino y desagradable polvillo me llega a la nariz. Atchís. Hace un día demasiado bueno como para seguir leyendo.

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