Líquenes

liquenes

Pueblan en silencio un submundo propio. De formas imprevisibles y colores sucios oscilan entre la repugnancia y la belleza. La humedad les da la vida, una vida viscosa, adherida, subalterna. Nacen como excrecencias y no aspiran a más. Cubrirán algún día el mundo. No tienen prisa.

Viven en la indeterminación, acaso vegetales, acaso animales, indefinidos microorganismos, extraña y necesaria simbiosis entre hongo y alga, acaso expulsados de la profundidad de la tierra o acaso arrebatados de la profundidad de los océanos. Ahora vagan por las superficies.

Tal vez indiquen alguna carencia o enfermedad o simplemente protejan lo que cubren de otros ataques. Tal vez no sean más que desechos. Pero son capaces de colonizar cualquier ecosistema conocido, adaptándose sin hacer ruido y sin importarle la ausencia de nutrientes, de sol o de cualquier otra mínima condición necesaria para la vida. No hay lugar hostil para ellos.

Observo ahora los líquenes sobre las rocas o sobre los troncos de los árboles y siento que en cualquier momento podrían nacer y prosperar también sobre mí.

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