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Archive for 31 enero 2017

I

Cuando empezó a publicar lo que, desde hacía años, venía escribiendo, siempre con dudas e inseguridades, le ocurrió lo peor que le podía suceder: tener éxito. En muy poco tiempo se hizo conocido y todo el mundo se deshacía en elogios. Aunque eran indiscriminados y banales, se sentía bien, por fin reconocido, capaz de alejar, al menos durante una buena temporada, esas dudas e inseguridades. Estaba como en una nube y, con una recién fabricada falsa modestia, agradecía los elogios, mientras, con la boca pequeña, los consideraba exagerados. Cuando tuvo que publicar cosas nuevas, le entró vértigo, pero sin tiempo para que le volvieran a asaltar esas dudas, casi antes de que lo publicado llegara a la gente, volvieron a repetirse los elogios, esta vez redoblados y más exagerados si cabe. Era una locura. Todos comentaban queriendo participar de la obra de ese nuevo extraordinario autor, señalando coincidencias y similitudes, intentando establecer una agobiante complicidad. Este éxito, esta constante adulación, le empezaba a empalagar. Era como si le faltara el aire, necesitaba espacio y silencio, y no aquella atronadora y hueca barahúnda de parabienes constantes. Todos señalaban como geniales, ideas, pasajes y situaciones que para el propio autor habían pasado inadvertidas, que eran para él puro relleno sin importancia; mientras que, por el contrario, lo verdaderamente trascendental, aquello que era la médula y el sentido último de lo que había escrito, pasaba desapercibido. Nadie entendía nada y todos entendían lo que querían. Al poco tiempo, después de que pudo ser capaz de abstraerse de esa corriente de empatía no deseada, empezó a sospechar. El hecho de que su obra tuviera una respuesta tan masiva y benevolente, tan insoportablemente incondicional y acrítica, le hizo dudar de nuevo. Si lo que hacía estaba al mismo nivel de ese entusiasmo, no le quedaba más remedio que reconocer que debía de valer bien poco. Lo pudo comprobar cuando tuvo que volver a publicar. Lo hizo a desgana y utilizando los más ridículos y burdos trucos de su oficio. Si hubiera tenido el valor de reconocerlo lo hubiera enviado al cubo de la basura, pero llevado, más bien arrastrado, por su público, odiosamente fiel e incondicional, lo publicó. Aquella porquería. El éxito fue inmediato, mayor aún. Ya no sabía qué hacer, dónde meterse, cómo reaccionar frente a ese ejército de admiradores a los que, desde hacía ya algún tiempo, había empezado a odiar profundamente. Soñaba con que le dejaban en paz. Soñaba con fracasar. Aunque lo que de verdad le torturaba era saber que su obra, lo que hacía, no valía gran cosa, una porquería sin interés ni profundidad que había sido víctima de un fenomenal, y bastante molesto, malentendido. Así que cuando volvió a publicar, lo hizo sin ningún tipo de entusiasmo, reconociendo su definitiva falta de talento, y dispuesto, con la mejor y más falsa de sus sonrisas, a atender a su público, fiel, entusiasta e incondicional, y a convivir, de la mejor manera que pudiera, con ese éxito que le perseguía como una sombra insidiosa e indeseada, señaladora, al fin, de su inanidad.

II

Lo intentaba, bien sabe dios que lo intentaba con todas sus fuerzas. Durante años, cada hora, se quemaba las pestañas persiguiendo un sueño que seguía cruelmente desvaneciéndose. Toda su obra permanecía en el más absoluto anonimato. Los débiles y desafortunados intentos porque viera la luz -aunque fuera una pequeña parte, aunque fuera una débil claridad- siempre tuvieron como resultado la más cruel indiferencia, el negro color del fracaso. Los escasísimos comentarios que obtuvo a lo largo de los años, suscitados probablemente por la piedad o, directamente, la pena, le animaban a seguir, pero también a mejorar. Estaba bien, pero… Aquello no valía gran cosa. Todas estas adversidades, este inmenso silencio y soledad, actuando como un bumerán, le sirvieron para fabricarse una idea sólida, férrea, fija e inquebrantable acerca de su obra: era un genio oculto y despreciado, ignorado y perdido. Continuaría con su obra, quemándose las pestañas si hacía falta, persiguiendo un sueño demasiado esquivo, contra viento y marea, puede que tocado por la mala suerte y por la ignorancia, pero no hundido. Pensaba incluso en ordenar, cuando muriera, que su obra fuese entregada al fuego purificador, con la segura esperanza de que el albacea encargado de ello, desobedeciera tal orden y, finalmente, aunque fuera después de su muerte y en contra de sus disposiciones, hiciera ver al mundo el valor de aquella obra tan perseverantemente ninguneada. Tampoco Van Gogh vendió ningún cuadro. Así caminaba por los parques, creyéndose un verdadero artista, gracias a la nula repercusión de su obra, al prolongado y repetido fracaso que se renovaba a diario, elevado a la gloria verdadera de los malditos e incomprendidos. La pose era perfecta. Pero -y él lo sabía-, su obra, lo que escribía, a pesar del fracaso y de la indiferencia de todos, era una perfecta mierda. Hacía una espléndida mañana, fría y soleada, bajo los árboles.

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Me siento a escribir

chair

Me siento a escribir y no se me ocurre nada. No me siento a escribir y se me ocurren cosas que podría escribir si no me sentara a escribir.

Así que hoy he decidido no sentarme a escribir, para que, así, puedan ocurrírseme cosas que luego, cuando me siente a escribir, pueda escribir.

Pero cuando me he levantado del lugar en donde me siento con la intención de escribir, y he salido con la intención de que se me ocurra algo que pueda luego, cuando me siente a escribir, escribir, no se me ha ocurrido nada que pudiera luego escribir. He tenido la sensación de que, aunque todavía no me había sentado a escribir, era como si estuviera sentado a escribir. Antes se me ocurrían cosas que escribir, incluso cuando me sentaba a escribir. Pero ahora, ni siquiera cuando me levanto del lugar en donde me siento a no escribir.

Pero, aún así, he vuelto de nuevo a sentarme a escribir, por lo menos me he sentado a escribir. Levantarme y salir no ha servido de nada, porque, finalmente, me he tenido que sentar a escribir, aunque sabía que no iba a poder hacerlo, al no tener nada, verdaderamente nada, que escribir. Incluso he probado a escribir de pie. Pero me he puesto de pie a escribir de pie y seguía sin ocurrírseme nada. Era como si en realidad, aunque estaba de pie, me hubiera sentado, de otra manera, a escribir.

Y escribo, por eso, ahora esto, como si se me acabara de ocurrir, como si esto fuera escribir.

Mejor será que me levante y no me siente a escribir, que me levante de una vez y salga, y olvide la intención de escribir, que no piense en cosas que podría después escribir. Que piense mejor en no escribir.

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Perorata nocturna

bar

Como si estuviera descubriendo un mar ignoto hizo un gesto y continuó hablando más despacio, en otro tono, más solemne. Aunque ese mar no fuera más que, otra vez, el Mediterráneo.

-De repente, todo se convierte en pasado. Incluso esto de ahora mismo. Es automático. No queda apenas margen. Todo lo que es, ya no es. Todo lo que está siendo, está dejando de ser. Es una carrera absurda. Vivimos en el pasado. No nos queda más remedio. El presente es una ficción. No es más que un pretexto para que exista el pasado. Lo único que nos queda. Pero también se esfuma. Por no hablar del futuro, esa zanahoria colgada de un palo. Otro pretexto, esta vez innecesario.

Se pidió otra cerveza, y después de permanecer unos instantes en silencio, continuó hablando al camarero, que apenas le hacía caso, mientras rellenaba las cámaras y miraba de reojo a la televisión ya sin volumen.

-¿Qué ha sido del día de hoy? ¿Qué está siendo de todo esto, de ahora mismo? Se ha convertido ya en pasado, en un pasado que ni siquiera merecerá la pena recordar, un tiempo malgastado. Como todos, en realidad.

-A y media tengo que cerrar -dijo con una desgana profesional el camarero.

-Me pones otra y te cobras. Antes de que este momento se convierta en pasado. No se puede hacer nada. Dejarse llevar o rebelarse vienen a tener las mismas consecuencias. No entiendo dónde se almacena tanto pasado, para qué sirve y por qué dura tan poco el presente. Aunque, bien pensado, es mejor así. O peor. Da igual. Es como es. Tenemos que dar gracias al olvido. No podríamos guardarlo todo.

-Han sido siete.

-Nos empeñamos en vivir el presente y lo único que hacemos es fabricar pasado. Constantemente. El hombre no es más que una máquina de fabricar nostalgia. O mejor, de fabricar olvido. Bueno, te dejo que friegues. Mañana nos vemos.

-Sí, ya ha sido suficiente por hoy. Hasta mañana.

Se marchó, a pesar de que hacía mucho frío, con paso lento. Pensando en sus cosas y en que, probablemente, llegaría un tiempo en el que incluso echaría de menos estas horas absurdas de bar. O acaso, lo más probable, ni se acordaría de ellas. Mientras, tendría que seguir, de la manera que pudiera, fabricando pasado, pasando sus aparentemente inacabables páginas, camino ya de casa y pendiente, con cierta inevitable desgana, de lo que le depararía el día de mañana. Esa zanahoria.

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Comparativa (27)

piedra-madera-hojas-secas

como la mujer de Lot mirando por el retrovisor
como un incendio en el parque de bomberos
como una tortuga caminando por el pasillo de un tren de alta velocidad
como una bombilla encendida en una habitación vacía
como el filo de una navaja cerrada
como una caricia a destiempo
como la luz a través de una rendija
como un espejo enterrado reflejando ese hilo de luz

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Las gafas sucias

gafas

Aunque era un tipo bastante cuidadoso con su aseo personal y le preocupaba, a pesar de su aparente descuido, su apariencia, llevaba casi siempre las gafas sucias. Las grasientas huellas de sus dedos, motas y otras partículas, así como gotas minúsculas de diverso origen adornaban sus cristales. Rara vez las llevaba impolutas y brillantes. Efectivamente, el mundo a su alrededor carecía de la nitidez necesaria.

A pesar de los múltiples momentos de ocio o de inacción, no encontraba nunca tiempo para limpiar con el requerido esmero sus gafas. No debían ser lo suficientemente importantes como para perderlo con tan nimia cuestión. El mundo, con toda probabilidad, seguiría careciendo de la nitidez necesaria.

Solo cuando esa falta de nitidez rayaba en una preocupante nebulosidad, buscaba un momento -sobresacando entonces el pico de la camisa o frotándolas con alguna servilleta de papel en el bar – para intentar limpiar los cristales de las gafas. Casi nunca quedaban limpios del todo; más bien, esas huellas incompletamente dactilares y las gotas de diverso tamaño y procedencia, adheridas y solidificadas, quedaban diluidas, extendidas y desfiguradas sobre la brillante superficie. El mundo alrededor, claro, seguía sin tener la nitidez deseada.

Pero un día, de manera inesperada, por aburrimiento tal vez, decidió limpiar las gafas con mayor meticulosidad y a conciencia. Fue al cuarto de baño. Un poco de agua y algo de jabón fueron suficientes para dejar los cristales sorprendentemente limpios y transparentes.

Al colocarse las gafas le pareció descubrir un mundo nuevo, no sé si mejor, pero sin duda, de contornos más nítidos. Era como si no las llevara. Todo parecía brillar con más luz.

Aunque al mirarse en el espejo le desagradó tanta nitidez, tanta y tan cruel precisión. Menos mal, se dijo, que en un rato volverán a estar como antes.

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Tanto las grandes factorías como las pequeñas fábricas seguían manteniendo su altísimo nivel de producción. Ya no paraban ni los festivos y los turnos se sucedían día y noche ininterrumpidamente. Pero no era suficiente para abastecer la demanda. Los pedidos y las compras crecían de manera exponencial, los transportistas y los almacenes no daban abasto, y los que acudían a las tiendas, a los supermercados, a las grandes superficies en su busca, eran cada vez más.

Su éxito masivo, creciente e imparable, lo había convertido en un producto de primera necesidad. Su carácter adictivo lo hacía, no solo más deseable, sino necesario. Así que se produjo lo inevitable. Su desabastecimiento pasajero llegó a convertirse en una cuestión de estado.

Sus consumidores -que éramos todos, daba igual el sexo, la edad, el nivel social o cultural- no tuvieron entonces más remedio que acudir al mercado negro, que se extendía por todas las ciudades sin que la policía pudiera hacer nada por evitarlo, comprando en la calle, en cualquier sitio, a un precio mucho mayor, aquello que no podían encontrar en las tiendas habituales. Pero era mayor también su pureza.

Solo cuando la maquinaria del Estado, los bancos, las grandes corporaciones, todos los medios de entretenimiento y de comunicación, decidieron ampliar hasta el infinito el número de fábricas para que siguieran produciéndola de manera incesante e interminable, la gente pudo volver a comprar en cualquier sitio -y la cantidad que quisieran- de nuevo la tristeza.

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Una luz fría inundaba la habitación entera como si pretendiera, en lugar de iluminarla, lavarla una y otra vez de arriba a abajo. Cuando los pacientes accedían a ella, lo hacían con una timidez que se confundía con el miedo, desorientados y con cierta aprensión, intentando tocar los menos objetos posibles, como si mancharan o los fueran a manchar. Después de muchas dudas y angustias, habían decidido acudir a la consulta. Estaban desesperados. Era su última oportunidad.

Los que allí acudían -después de soportar una larga y lenta lista de espera-  lo hacían porque no podían seguir llevando una vida tranquila, el desasosiego era permanente, cada vez más insoportable, y las decepciones eran continuas. Y todo esto les alteraba hasta hacerles perder la calma, la paciencia y el sueño. Era imposible que se concentraran -ya fuera en su familia o en su trabajo- en algo. El desastre era continuo y siempre provocado por lo mismo. Así que, por fin, habían tomado la decisión de acudir a la consulta del extirpador de sueños.

Era una pequeña operación que apenas requería de convalecencia. A las pocas horas salían por su propio pie, cansados pero con un rictus de alivio. Era reconfortante poder enfrentarse al mundo sin ningún asomo de ilusión o esperanza. Ya no flotaban insidiosamente en sus cabezas esas peligrosas y ridículas entelequias que tanto les llegaron a perturbar. Eran como un ruidoso motor en constante funcionamiento que no servía para nada y que era imposible de apagar. Todos, al salir ya con los sueños extirpados, se lamentaban de no haberlo hecho mucho, mucho antes. El ruido de ese motor había desaparecido.

Solo los que llevaban largos años operados comenzaban a sentir algunos síntomas extraños. Vivir tanto tiempo sin sueños les había proporcionado una tranquilidad inalterada y algo gélida y les había ahorrado muchas lágrimas y decepciones sin cuento, pero empezaban a sentir que les faltaba algo, que tal vez no había valido la pena. Incluso algunos volvieron a aquella iluminada habitación para preguntar si había alguna posibilidad de recuperar los sueños perdidos, aunque fuera una pequeña e inoperante parte de ellos. Pero la extirpación, su quirúrgica precisión, no tenía vuelta a atrás.

Entre estos síntomas extraños que empezaban a percibir los que llevaban ya algún tiempo felizmente operados, estaba el de recordar poco a poco, primero los años en los que soñaban, aquellos años en los que los sueños eran quienes dirigían sus acciones y su vida, y después incluso llegaban a recordar esos sueños mismos, como si, aunque ya no podían soñar, no pudieran olvidar que una vez soñaron.

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