Al escondite (y 2)

Siempre le tocaba, de cara a la pared y con los antebrazos cubriendo debidamente los ojos, contar hasta cien, para que los demás, unos precipitadamente, otros más calculada y parsimoniosamente, tanto que incluso se permitían el lujo de perder el tiempo haciéndole burla a sus espaldas, se fueran a buscar un buen escondite, un rincón donde no les encontraran.

Noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve… y cien. Se daba la vuelta y el mundo parecía creado para él solo. No había nadie, todos habían desaparecido. Una primera sensación de inquietud dejaba paso enseguida a otra más placentera. Podía jugar a la ficción de estar solo.

Avanzaba en busca de señales, de indicios, de rastros o se detenía para escuchar los sonidos de alrededor, las respiraciones incluso. Pero la torpeza y la precipitación de los demás rompían demasiado pronto la magia de la búsqueda y su hechizo. Enseguida los descubría y veía cómo se encogían aún más en la creencia de pasar así inadvertidos.

Hubiera sido demasiado sencillo sacarles de sus precarios escondrijos y señalarles como descubiertos, pero prefería mirar hacia otro lado. Había decidido no descubrirles, que fueran ellos los que, al cabo del tiempo, salieran por propia iniciativa, no soportando finalmente la mecánica absurda del juego, su prolongación inaguantable.

Así pasaban los minutos, tensos, largos, en definitiva tediosos, mientras el que tenía que descubrirles iba en una y otra dirección, viéndolos malamente acurrucados en sus rincones. Premeditadamente buscaba con ahínco en los lugares en los que sabía con certeza que no iban a estar.

Los escondidos, al principio, no cabían en sí de gozo. Habían logrado su objetivo de esconderse y de no ser descubiertos. Era muy divertido observar desde sus escondrijos cómo el que buscaba estaba totalmente perdido, desorientado, haciendo el ridículo al ir a buscarles en lugares en los que no había nadie, pasando por delante de las mismas narices de ellos, ocultos y en silencio. Pero aquello, el juego, empezaba a durar demasiado. El que tenía que descubrirles no podía ser tan torpe y tan lerdo.

Siempre había uno que no se molestaba en esconderse, que se sentaba tranquilamente en el primer lugar que encontraba, indiferente no ya al juego, sino a ganar en ese juego. A ese, por el contrario, nunca le vio. Con él no pudo siquiera fingir que no le había visto. A ese nunca llegó a descubrirlo. Tampoco.

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