En realidad, me da igual este blog

En realidad, me da igual este blog. Pudo ser una vía de escape, una compañía para las horas muertas, un débil hilo de comunicación con el exterior, una agradable obligación… y no ha llegado a ser -realmente- nada de eso. Ni siquiera. Así que si lo odié, no merecía tal honor. Y si lo amé, fue tal vez en momentos pasajeros de ofuscación. En el fondo -si me atreviera alguna vez a ser sincero- me da un poco igual. No es más que un accesorio del que podría prescindir, pero que prefiero conservar como un adorno inútil. La vida va por otro lado.

Odiarle es ridículo y excesivo, de la misma manera que es excesivo y ridículo sentir un aprecio especial por él. Convertirle en uno de los ejes de mi existencia no deja de ser una broma. Son, al cabo del día, no más de unos minutos los que le dedicó. Luego -y antes y después- toca bregar con lo que verdaderamente importa, la vida y así.

Sus bondades y sus defectos, sus éxitos y sus fracasos, irán siempre de la mano sin llegar nunca muy lejos. Despreciarle por lo segundo o sentir agradecimiento por lo primero, son sentimientos perfectamente intercambiables.

Su insustancialidad e irrelevancia no dan para más. Un juego demasiado banal en el que perder o ganar tienen los límites demasiado difusos. Tal vez supe todo esto desde el principio y he estado durante años fingiendo, fingiendo odio por él, fingiendo amor por él. Cuando me trae al pairo este blog. Todo debe formar parte de una comedia, una comedia que no logra arrancar ni una media sonrisa. Una farsa demasiado seria.

Cuando digo que le odio no hago más que revelar mi amor por él. Cuando digo que le amo no hago más que intentar, de mala manera, ocultar mi odio por él. Cuando, en realidad, digo que le odio o cuando digo que le amo, no hago más que decir algo, cualquier cosa, llevado por la rara costumbre de seguir escribiendo este blog, sin importarme gran cosa lo que digo, sea lo que sea, esto o lo contrario. Da un poco igual lo que diga porque me da igual este blog. Me gustaría tener cierta capacidad de odiarle, alguna leve inclinación a sentir aprecio por él, y no esta indiferencia fría y forzada.

El amor no es más fuerte que el odio, el odio no es más fuerte que la indiferencia.

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