Pequeña historia parabólica

Una luz fría inundaba la habitación entera como si pretendiera, en lugar de iluminarla, lavarla una y otra vez de arriba a abajo. Cuando los pacientes accedían a ella, lo hacían con una timidez que se confundía con el miedo, desorientados y con cierta aprensión, intentando tocar los menos objetos posibles, como si mancharan o los fueran a manchar. Después de muchas dudas y angustias, habían decidido acudir a la consulta. Estaban desesperados. Era su última oportunidad.

Los que allí acudían -después de soportar una larga y lenta lista de espera-  lo hacían porque no podían seguir llevando una vida tranquila, el desasosiego era permanente, cada vez más insoportable, y las decepciones eran continuas. Y todo esto les alteraba hasta hacerles perder la calma, la paciencia y el sueño. Era imposible que se concentraran -ya fuera en su familia o en su trabajo- en algo. El desastre era continuo y siempre provocado por lo mismo. Así que, por fin, habían tomado la decisión de acudir a la consulta del extirpador de sueños.

Era una pequeña operación que apenas requería de convalecencia. A las pocas horas salían por su propio pie, cansados pero con un rictus de alivio. Era reconfortante poder enfrentarse al mundo sin ningún asomo de ilusión o esperanza. Ya no flotaban insidiosamente en sus cabezas esas peligrosas y ridículas entelequias que tanto les llegaron a perturbar. Eran como un ruidoso motor en constante funcionamiento que no servía para nada y que era imposible de apagar. Todos, al salir ya con los sueños extirpados, se lamentaban de no haberlo hecho mucho, mucho antes. El ruido de ese motor había desaparecido.

Solo los que llevaban largos años operados comenzaban a sentir algunos síntomas extraños. Vivir tanto tiempo sin sueños les había proporcionado una tranquilidad inalterada y algo gélida y les había ahorrado muchas lágrimas y decepciones sin cuento, pero empezaban a sentir que les faltaba algo, que tal vez no había valido la pena. Incluso algunos volvieron a aquella iluminada habitación para preguntar si había alguna posibilidad de recuperar los sueños perdidos, aunque fuera una pequeña e inoperante parte de ellos. Pero la extirpación, su quirúrgica precisión, no tenía vuelta a atrás.

Entre estos síntomas extraños que empezaban a percibir los que llevaban ya algún tiempo felizmente operados, estaba el de recordar poco a poco, primero los años en los que soñaban, aquellos años en los que los sueños eran quienes dirigían sus acciones y su vida, y después incluso llegaban a recordar esos sueños mismos, como si, aunque ya no podían soñar, no pudieran olvidar que una vez soñaron.

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