Desabastecimiento pasajero, definitivamente imposible

Tanto las grandes factorías como las pequeñas fábricas seguían manteniendo su altísimo nivel de producción. Ya no paraban ni los festivos y los turnos se sucedían día y noche ininterrumpidamente. Pero no era suficiente para abastecer la demanda. Los pedidos y las compras crecían de manera exponencial, los transportistas y los almacenes no daban abasto, y los que acudían a las tiendas, a los supermercados, a las grandes superficies en su busca, eran cada vez más.

Su éxito masivo, creciente e imparable, lo había convertido en un producto de primera necesidad. Su carácter adictivo lo hacía, no solo más deseable, sino necesario. Así que se produjo lo inevitable. Su desabastecimiento pasajero llegó a convertirse en una cuestión de estado.

Sus consumidores -que éramos todos, daba igual el sexo, la edad, el nivel social o cultural- no tuvieron entonces más remedio que acudir al mercado negro, que se extendía por todas las ciudades sin que la policía pudiera hacer nada por evitarlo, comprando en la calle, en cualquier sitio, a un precio mucho mayor, aquello que no podían encontrar en las tiendas habituales. Pero era mayor también su pureza.

Solo cuando la maquinaria del Estado, los bancos, las grandes corporaciones, todos los medios de entretenimiento y de comunicación, decidieron ampliar hasta el infinito el número de fábricas para que siguieran produciéndola de manera incesante e interminable, la gente pudo volver a comprar en cualquier sitio -y la cantidad que quisieran- de nuevo la tristeza.

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