Autocontrajustificación

I

Cuando empezó a publicar lo que, desde hacía años, venía escribiendo, siempre con dudas e inseguridades, le ocurrió lo peor que le podía suceder: tener éxito. En muy poco tiempo se hizo conocido y todo el mundo se deshacía en elogios. Aunque eran indiscriminados y banales, se sentía bien, por fin reconocido, capaz de alejar, al menos durante una buena temporada, esas dudas e inseguridades. Estaba como en una nube y, con una recién fabricada falsa modestia, agradecía los elogios, mientras, con la boca pequeña, los consideraba exagerados. Cuando tuvo que publicar cosas nuevas, le entró vértigo, pero sin tiempo para que le volvieran a asaltar esas dudas, casi antes de que lo publicado llegara a la gente, volvieron a repetirse los elogios, esta vez redoblados y más exagerados si cabe. Era una locura. Todos comentaban queriendo participar de la obra de ese nuevo extraordinario autor, señalando coincidencias y similitudes, intentando establecer una agobiante complicidad. Este éxito, esta constante adulación, le empezaba a empalagar. Era como si le faltara el aire, necesitaba espacio y silencio, y no aquella atronadora y hueca barahúnda de parabienes constantes. Todos señalaban como geniales, ideas, pasajes y situaciones que para el propio autor habían pasado inadvertidas, que eran para él puro relleno sin importancia; mientras que, por el contrario, lo verdaderamente trascendental, aquello que era la médula y el sentido último de lo que había escrito, pasaba desapercibido. Nadie entendía nada y todos entendían lo que querían. Al poco tiempo, después de que pudo ser capaz de abstraerse de esa corriente de empatía no deseada, empezó a sospechar. El hecho de que su obra tuviera una respuesta tan masiva y benevolente, tan insoportablemente incondicional y acrítica, le hizo dudar de nuevo. Si lo que hacía estaba al mismo nivel de ese entusiasmo, no le quedaba más remedio que reconocer que debía de valer bien poco. Lo pudo comprobar cuando tuvo que volver a publicar. Lo hizo a desgana y utilizando los más ridículos y burdos trucos de su oficio. Si hubiera tenido el valor de reconocerlo lo hubiera enviado al cubo de la basura, pero llevado, más bien arrastrado, por su público, odiosamente fiel e incondicional, lo publicó. Aquella porquería. El éxito fue inmediato, mayor aún. Ya no sabía qué hacer, dónde meterse, cómo reaccionar frente a ese ejército de admiradores a los que, desde hacía ya algún tiempo, había empezado a odiar profundamente. Soñaba con que le dejaban en paz. Soñaba con fracasar. Aunque lo que de verdad le torturaba era saber que su obra, lo que hacía, no valía gran cosa, una porquería sin interés ni profundidad que había sido víctima de un fenomenal, y bastante molesto, malentendido. Así que cuando volvió a publicar, lo hizo sin ningún tipo de entusiasmo, reconociendo su definitiva falta de talento, y dispuesto, con la mejor y más falsa de sus sonrisas, a atender a su público, fiel, entusiasta e incondicional, y a convivir, de la mejor manera que pudiera, con ese éxito que le perseguía como una sombra insidiosa e indeseada, señaladora, al fin, de su inanidad.

II

Lo intentaba, bien sabe dios que lo intentaba con todas sus fuerzas. Durante años, cada hora, se quemaba las pestañas persiguiendo un sueño que seguía cruelmente desvaneciéndose. Toda su obra permanecía en el más absoluto anonimato. Los débiles y desafortunados intentos porque viera la luz -aunque fuera una pequeña parte, aunque fuera una débil claridad- siempre tuvieron como resultado la más cruel indiferencia, el negro color del fracaso. Los escasísimos comentarios que obtuvo a lo largo de los años, suscitados probablemente por la piedad o, directamente, la pena, le animaban a seguir, pero también a mejorar. Estaba bien, pero… Aquello no valía gran cosa. Todas estas adversidades, este inmenso silencio y soledad, actuando como un bumerán, le sirvieron para fabricarse una idea sólida, férrea, fija e inquebrantable acerca de su obra: era un genio oculto y despreciado, ignorado y perdido. Continuaría con su obra, quemándose las pestañas si hacía falta, persiguiendo un sueño demasiado esquivo, contra viento y marea, puede que tocado por la mala suerte y por la ignorancia, pero no hundido. Pensaba incluso en ordenar, cuando muriera, que su obra fuese entregada al fuego purificador, con la segura esperanza de que el albacea encargado de ello, desobedeciera tal orden y, finalmente, aunque fuera después de su muerte y en contra de sus disposiciones, hiciera ver al mundo el valor de aquella obra tan perseverantemente ninguneada. Tampoco Van Gogh vendió ningún cuadro. Así caminaba por los parques, creyéndose un verdadero artista, gracias a la nula repercusión de su obra, al prolongado y repetido fracaso que se renovaba a diario, elevado a la gloria verdadera de los malditos e incomprendidos. La pose era perfecta. Pero -y él lo sabía-, su obra, lo que escribía, a pesar del fracaso y de la indiferencia de todos, era una perfecta mierda. Hacía una espléndida mañana, fría y soleada, bajo los árboles.

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2 comentarios sobre “Autocontrajustificación

  1. Acabo de leer un libro que trata un poco de eso, se llama “Fama tardía”, es de un austriaco cuyo nombre ahora mismo soy incapaz de reproducir.
    El caso es que creo que tanto el éxito como el fracaso tienen la misma poca importancia. Incluso el hecho de escribir o no escribir tampoco la tiene. Es que estoy empezando a pensar que nada tiene importancia.

    1. Hace tiempo vi una película en la que el protagonista, bastante machacado y de vuelta de todo, comentaba en una de las escenas finales, con la mirada perdida, algo así como: “Ganar… Perder… ¿Cuál es la diferencia?”
      Agradezco un montón el que sigas leyendo y comentando.

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