Ojos de antimonio

I

Deliciosamente torturado por una leve resaca y oculto tras unas oscurísimas gafas de sol que protegían sus hipersensibles ojos del martilleante sol que rebotaba, redoblando su intensidad, contras las cercanas colinas de Hollywood, leía con desgana una novelita francesa del siglo pasado. Era el encargado de los decorados -de su diseño y de su construcción- y del vestuario -de su diseño y de su confección- de uno de los más grandes estudios de la ciudad. Ahora estaban de moda esas espectaculares superproducciones de época. Por eso le habían contratado. Recrear la antigua Roma o el enigmático Egipto era su trabajo. No sabía por dónde empezar y anoche bebió demasiados dry-martinis.

Pero enseguida esa leve resaca y esa desgana desaparecieron. Poco a poco, ante sus estupefactos y emocionados ojos, ocultos por la penumbra de los cristales excesivamente ahumados, fue levantándose como por arte de magia una imponente ciudad egipcia. Aunque no era más que un espejismo, era espléndida y estaba perfectamente delienada.

En la novela que tenía entre las manos se sucedían decenas y decenas de páginas llenas de morosas y exactas descripciones, tanto de edificios y ornamentos, como de mobiliarios, armas de guerra, vestidos de sacerdotisas o ajuares de faraón. Las amplias avenidas de la ciudad -golpeada, como ahora, por un inclemente sol- desembocaban en el fastuoso Nilo, surcado por elegantes barcazas de triangulares velas blancas. A los lados se levantaban ciclópeos muros con sillares del tamaño de una casa entera. Los jardines de los palacios de los nobles bordeaban lisos estanques en los que se sostenían solo con un finísima pata elegantes ibis que parecían haberse desprendido de los frisos que aparecían pintados en las paredes. Los ropajes y demás ornamentos aparecían descritos con una exhaustividad enfermiza. Aquí, en esta novelita francesa del siglo pasado, estaba todo. Ya sabía cómo vestir a Yul Brynner de faraón, cómo serían los jardines del palacio de Elizabeth Taylor… Incluso, en el tramo final de la historia, describía cómo Charlton Heston separaría las aguas.

El sol brillaba en su máxima altura de la misma manera que hacía miles de años brillaba sobre las orillas del Nilo, calcinando las montañas líbicas que se recortaban al fondo. Cerró el libro y se dirigió a los estudios en su viejo buick cuyos faros apagados destellaban al mediodía como la rapada cabeza del faraón.

II

Allá por los inicios del siglo XIX surge, bien como moda, búsqueda o necesidad, un nuevo interés por las civilizaciones del pasado ya desaparecidas, y si ya durante la Edad Media este interés -y esta recuperación- se centraba en los textos -griegos y romanos, especialmente-, aquellos románticos, pálidos y decimonónicos, buscaban los restos reales -ruinas, restos, piezas- de aquellos pueblos antiguos. Son los años del descubrimiento -y consiguiente saqueo- de Pompeya, de los templos griegos, de las pirámides de Egipto…  Y, casi a la vez, los novelistas pasan a fabular historias ambientadas en aquellos siglos idos y en aquellos lugares misteriosos y desolados. Más que novelas históricas, muchas de ellas son casi arqueológicas.

Como ésta -que debieron leer con delectación y particular aprovechamiento, los encargados de realizar los espectaculares decorados de cartón piedra de las películas de Cecil B. de Mille- que Théophile Gautier (Tarbes, 1811-Neuilly-Sur-Seine, 1872) publicó como folletín en un periódico en 1857: La Novela de una Momia.

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Gautier, además de poeta, novelista y pertinaz viajero, fue -o intentó serlo- pintor en su juventud y, tal vez por esto, en su prosa prima una predilección por describir con minuciosidad lugares y ambientes, vestimentas y adornos, escenas y caracteres, dejándose llevar sin ningún recato por este afán pictoricista, casi de orfebre.

La Novela de una Momia -una de las primeras novelas inspiradas en el Antiguo Egipto- traslada al lector a los tiempos de los faraones. La historia, un amor imposible -en el que la bella Tahoser, hija del gran sacerdote Petamunoph, se enamora de un judío, mientras que el mismo y todopoderoso faraón anda hechizado por ella- que se ve enredado al final con la odisea de la marcha y liberación del pueblo judío, esclavo durante siglos de los egipcios, acaudillado por Moisés, es lo de menos.

No es más que una simple excusa para levantar ante nuestros atónitos ojos un mundo completo, el del antiguo Egipto, con una minuciosidad que llega a ser exasperante. Las páginas, por centenares, en las que se describen escenarios, alardes arquitectónicos, vestimentas, motivos decorativos, costumbres, armas de guerra, terminan por ahogar la historia, que la ventila con menos minuciosidad y algo más de prisa. Lo que se levanta es un mundo propio que pretende fascinar. Si no llegas agotado y no has tirado antes la novela al rincón de los libros olvidados ya para siempre, donde debe andar.

Pero la precisión y la riqueza de lo descrito nos invitan, si tenemos una paciencia a prueba de bombas o simplemente no tenemos otra cosa mejor que hacer, a un festín de exquisita voluptuosidad. El lector, entre aburrido y exasperado por tantas descripciones, hará bien entonces en sentirse como el faraón que acaba de regresar de una de sus campañas:

Bellas esclavas desnudas, cuyo esbelto cuerpo ofrecía el gracioso trasunto de la infancia a la adolescencia, y cuyas caderas cubría un fino cinturón que no velaba ninguno de sus encantos, con una flor de loto en sus cabellos y una copa de alabastro en la mano, se acercaron tímidamente al faraón, vertiendo aceite de palma sobre sus hombros, los brazos y el torso, brillantes como el jaspe. Otras sirvientas agitaban junto a su cabeza grandes abanicos de plumas de avestruz pintadas, unidas a mangos de marfil o de sándalo que, cálido por la presión de sus bellas manos, exhalaba un olor delicioso; algunas elevaban a la altura de la nariz tallos de ninfea de abierto cáliz.

Ya abierto el apetito, se agradece un festín menos retórico y más tangible que el de las palabras:

Empezó la comida. Los manjares, llevados por etíopes desde las inmensas cocinas del palacio, donde mil esclavos se ocupaban, entre una atmósfera de fuego, en preparar el festín, eran puestos sobre almohadones a alguna distancia de los invitados. Fuentes de bronce, de madera olorosa ricamente tallada, de tierra cocida o de porcelana esmaltada de vivos colores, contenían cuartos de buey, muslos de antílope, gansos, siluros del Nilo, pasteles alargados en forma de tubos rollados, pastelillos de sésamo y de miel, sandías de verde corteza y pulpa roja, rubicundas granadas y racimos de color de ámbar o de amatista. Guirnaldas de papiro coronaban estas fuentes con sus verdes hojas; las copas estaban también rodeadas de flores, y en el centro de las mesas, montones de panes de rubia corteza, llena de dibujos y jeroglíficos; había un gran vaso, del que se desprendían multitud de mirtos, flores de granado, alboholes o convólvulos, heliotropos, seriphium y periplocas, alternando sus colores y confundiendo sus perfumes.

La sobremesa de estos egipcios era algo más entretenida y disfrutable que la nuestra:

Entraron después las bailarinas. Eran delgadas, airosas, flexibles como serpientes; sus grandes ojos brillaban entre las líneas negras de sus párpados, y los dientes de nácar lucían entre los rojos labios. Largos tirabuzones golpeaban sus mejillas; algunas llevaban una amplia túnica de rayas blancas y azules que flotaba como niebla alrededor de su cuerpo; otras, una sencilla falda plegada que empezaba en las caderas y concluía en las rodillas, permitiendo admirar sus piernas, tan elegantes y finas, y sus muslos, nerviosos y fuertes.

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Pero tengo que dejar de traer más párrafos como estos para no aburrir -yo también- al lector, si hay alguno que ha podido llegar hasta aquí.

La historia de amor, previsible a más no poder, y propia, como era en realidad, de un folletín, tiene la única virtud de aligerar el peso de tanto Egipto. Es una historia arrebatada, porque, debido al clima, no podía ser de otra manera:

El sentimiento del amor no es igual en las cálidas regiones abrasadas por aire de fuego que en las orillas hiperbóreas, donde la calma desciende del cielo con la escarcha. No es sangre, sino lava, lo que por las venas circula…

Luego, sin venir a cuento, llega Moisés para liberar al pueblo judío. Y ese mundo como de perfil, fascinante y enigmático, del antiguo Egipto da las primeras muestras de decadencia. Empieza a desvanecerse como un espejismo. Abandonamos las verdes y feraces riberas del Nilo para iniciar nuestra penosa travesía del desierto. Que aún dura.

No era ya el verde valle de Egipto el terreno que atravesaban, sino llanuras erizadas de movibles colinas y estriadas por ondas como la superficie del mar: la tierra desolada dejaba ver sus huesos; duras y anfractuosas rocas, de extrañas formas, como si las hubieran pisoteado animales gigantescos cuando la tierra se encontraba aún en el estado de légamo, el día en que el mundo emergía del caos, alteraban la llanura y rompían a los lejos con bruscos salientes la línea plana del horizonte, fundido con el cielo en una zona de rojiza bruma. A enormes distancias crecían palmeras, extendiendo sus polvorientos penachos cerca de algún arroyo, frecuentemente seco, en el que los sedientos caballos removían el cieno con sus ensangrentados hocicos.

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Carnavales (2)

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I

Llevaban semanas preparando los disfraces. Sería divertido. Acudir tarde y aparecer entre el ruido de la música y las voces ocultos tras esas telas y máscaras. Jugar a las insinuaciones y a la transgresión, aprovechando el equívoco anonimato, atreverse de una vez.

Pero cuando llegaron al baile de disfraces, todos se reconocieron.

II

Después de varias horas girando bajo las luces y al son de una música circular, decidieron salir un rato a la terraza. Todavía se oían las voces y la estridente cadencia de la fiesta. Aunque hacía algo de frío, se estaba mejor allí. Lo primero que hizo, con un gesto de fastidio, fue quitarse la careta.

Pero ella enseguida se dio cuenta de que su rostro ocultaba más cosas que el propio antifaz.

Retrato

Escribía en los márgenes de los libros a lápiz. Separaba con pulcritud y desagrado la cola de la pescadilla mordida por su propia boca de pez antes de empezar comérsela. Las monedas le resultaban repugnantes, siempre húmedas, tan frías. Le gustaba ocultarse en la espesura. La felicidad, que disfrutó en algunos periodos de su vida, no le parecía gran cosa. Se sentía siempre como si se hubiera escapado del colegio. Ver imágenes a cámara lenta le producía vértigo. Se entretenía quitándose las bolas del jersey. Un día escribió algo en un papel, lo introdujo en una botella y la lanzó al mar, para comprobar cómo, al segundo o tercer golpe de oleaje, la botella se estrellaba contra las rocas de la orilla. De la propia orilla. Hacía el imbécil con una prodigiosa naturalidad. Lo veía todo tan claro que no entendía nada. Le gustaba hacer planes. Nada más que planes. Fabricaba trampas simplemente por el placer de caer en ellas más tarde. Procuraba tener una coartada siempre, aunque no sabía para qué. Solo le gustaban las cosas que cabían dentro del hueco de una mano. Coleccionaba pedacitos de nada. Olvidó su conciencia dentro de un taxi. Prefería vivir despreocupadamente mientras un perrillo le mordisqueaba los bajos del pantalón. Empezó de cero y ahí sigue.

Manzana

isaac-newton-and-the-apple

Alguien mordió la manzana
que Newton vio caer mientras
reflexionaba sobre por qué
siempre, al desprenderse del árbol,
desciende perpendicular-
-mente hasta el suelo,
y a partir de este hecho,
nimio y hasta cotidiano,
pudo llegar a formular
la ley de la gravitación
universal y a explicarse
el funcionamiento
de la órbita de la luna,
los movimientos de los planetas
y hasta el enigmático
y constante ir y venir
de las mareas.

Ocurrió en 1666
y estaba Newton
en el jardín de su casa
a la sombra de un manzano.
Era la época de la cosecha
y las manzanas estaban
convenientemente maduras,
así que no fue extraño
que una de ellas cayera
y le permitiera plantearse
la existencia de la ley
de la gravedad.

Y a partir de ella definir
esa fuerza de carácter
universal, tan antigua
como inevitable,
de la atracción de los cuerpos.
Y de paso dibujar
elípticas las órbitas
de los planetas,
y descubrir que es la luna
quien provoca las mareas.
Formular esa inalterable ley
de la gravedad que ocasiona
el que los objetos caigan
irremediablemente al suelo.

Como esa manzana
que alguien recogió
y luego mordió con hambre
sin pensar en todas esas
complicaciones de leyes,
planetas o mareas,
mientras sentía la fresca
y dulce carne de la fruta.

La crisis de la prensa escrita

limpia-cristales

Observar a los limpiacristales hacer su trabajo con rapidez y eficacia, con esas leves y precisas herramientas con el borde de goma negra que se deslizan sobre la brillante superficie como lo haría un patinador sobre el hielo, haciendo amplias y elegantes eses, dejándolo todo, y en un momento, absolutamente impoluto, siempre me causa una perplejidad cercana al hipnotismo.

Luego, en casa, intento repetir la operación y quedan sobre los cristales marcas y rastros que parecen como si el ventanal hubiera dejado de estar sucio para estar rayado. Volver a limpiar para eliminar esas marcas, provoca otras. Entiendo entonces un poco mejor a Sísifo. Aquellos limpiacristales que observo con asombro mal disimulado deben tener una fórmula secreta.

Esta mañana he querido limpiar los cristales y los he enguarrinado. He seguido, es cierto, un método más tradicional y dicen que infalible. Utilizar un periódico viejo y con sus hojas, debidamente espachurradas, secar el agua y el jabón o detergente o limpiacristales con que previamente se han humedecido los cristales.

Pero la crisis de la prensa escrita, imparable, definitiva, me ha afectado en este caso de manera directa. Es cierto que los periódicos no son como antes. Por lo menos en lo que a papel se refiere. Ya no son los mismos. Hace años, siempre, tenían una cualidad absorbente -al igual que lo que publicaban- que ahora han perdido. Bastaba pasar una doble hoja arrugada sobre el humedecido cristal un par de veces, para que se secara y quedara aceptablemente limpio, nuevamente transparente.

Ahora tiene el papel una cualidad más tersa y satinada, menos flexible y esponjosa, más inorgánica -al igual que lo que publican-, y cuando he intentado secar la pulida superficie de los ventanales, he comprobado su pobreza quebradiza que trasladaba el agua de un lugar a otro, sin absorberla, sin secar nada y dejando profusos goterones e inachicables encharcamientos. Es cierto, la crisis de la prensa escrita es definitiva. Los periódicos ya no sirven ni para limpiar cristales.

(Recuerdo cómo antes del invento del papel de aluminio y la proliferación de las bolsas de plástico, lo único que había a mano para envolver los bocadillos eran las hojas de periódicos viejos -también los usaban en las tiendas y los mercados para envolver los diferentes productos, incluso los frescos y goteantes-, que luego, con el tiempo, dejaron de servir, porque decían que la tinta de las noticias y anuncios se impregnaba en los alimentos y era muy nociva para la salud. La letra, entonces, no solo entraba con sangre, sino con los bocadillos. Pero no sé, era entretenido desplegar la hoja del viejo periódico -me acuerdo del diario Pueblo-, y leerla distraídamente mientras dabas unas gozosas y despreocupadas dentelladas al bocadillo de chóped).

Rendija

Las rendijas de debajo de las puertas son bastante expresivas. Pasa a través de ellas una línea suficiente de luz. Se oyen unos pasos al otro lado, algo así como una voz. O tal vez sean dos voces. Luego, el silencio de nuevo, hasta que esa línea de luz se apaga. La historia ha terminado.

Esa rendija de luz resume la historia entera, ciertamente poco interesante, poco misteriosa. Hay poco más. Todo aquello que nos pudiera interesar, lo que ocurre al otro lado, carece siempre de interés. Simplemente alguien da unos pasos por la habitación, alguien habla, la otra persona -siempre que hubiera otra persona- contesta, cada uno tiene, claro, su punto de vista acerca de lo que están hablando. Ya ni siquiera discuten. Deben haberse ido a dormir, a intentar dormir. Acaso antes hojeen una novela sin interés o miren la pantallita del móvil. Al cabo de un rato se escucha un rumor de alguien que habla, luego un ruido sordo de algo que se mueve o es movido, como si cayera. La luz entonces, esa luminosa rendija, se apaga.

Una luz que estaba encendida ya no lo está.

Frío

Escarbamos una cueva en el frío azul. La misma posición que nos permite escarbar nos procura algo de calor. Amontonados. Son las nubecillas que exhalamos jadeantes las que nos intercambiamos para que el hueco sea suficiente y nos cobije a los dos. No debemos cejar en nuestro empeño aunque el frío azul cada vez es más frío y más azul. Son nuestras manos extensiones de nuestro corazón. Fuera hace más frío aún, casi tanto como aquí dentro. Escarbamos con los ojos abiertos, escarbamos con los ojos cerrados. Hemos convertido este escarbar en nuestra manera de estar en el mundo, buscando cobijo contra el frío de este apocalipsis cotidiano y congelado que nos persigue. Esta cueva aproximada que nos cobija es nuestra. Nuestros huesos deben conservar algo de calor. Soñamos con una hoguera. Aún respiramos.

Nuestro aliento también es azul.