Frío

Escarbamos una cueva en el frío azul. La misma posición que nos permite escarbar nos procura algo de calor. Amontonados. Son las nubecillas que exhalamos jadeantes las que nos intercambiamos para que el hueco sea suficiente y nos cobije a los dos. No debemos cejar en nuestro empeño aunque el frío azul cada vez es más frío y más azul. Son nuestras manos extensiones de nuestro corazón. Fuera hace más frío aún, casi tanto como aquí dentro. Escarbamos con los ojos abiertos, escarbamos con los ojos cerrados. Hemos convertido este escarbar en nuestra manera de estar en el mundo, buscando cobijo contra el frío de este apocalipsis cotidiano y congelado que nos persigue. Esta cueva aproximada que nos cobija es nuestra. Nuestros huesos deben conservar algo de calor. Soñamos con una hoguera. Aún respiramos.

Nuestro aliento también es azul.

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