Meditación

-El fracaso libera. El éxito esclaviza. Aunque en los primeros momentos pudiera parecer lo contrario, el fracaso no es la decepción absoluta, el hundimiento pleno en la miseria, la dolorosa aceptación de la propia ineptitud o de la injustísima y perseverante mala suerte; así como el éxito no nos lleva a la felicidad, ni nos hace ser mejores de lo que somos, ni nos permite vivir como habíamos soñado. Todo esto no son más que señuelos, falsos indicios que no tardan mucho tiempo en desvanecerse como lo hacen, entre la calígine del desierto, los espejismos. Lo que era ese falso trasunto de la felicidad, esa equívoca sensación de ser mejores que los demás, esa vida perfecta y plena por la que tanto habíamos suspirado, se convierten en lastres, losas y grilletes que, pesadamente, nos esclavizan. Mientras que esa decepción, esa miseria de todo tipo que nos envuelve, esa obligada aceptación de la propia incapacidad para la vida y sus negocios, sean del tipo que sean, y esa enconada mala suerte, en un momento definitivo de lucidez se transforman en necesarios instrumentos de liberación. El fracaso, paradójica e inopinadamente, da libertad. El éxito, por el contrario, exige peajes y contraprestaciones que esclavizan -pensaba en todo esto la zorra mientras regresaba, otra vez de vacío, de su enésima incursión al magnífico parral del que colgaban, a demasiada altura, unos espléndidos racimos de uvas, dorados a la luz del sol, en el punto óptimo de maduración, dulces y pletóricos.

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Comparativa (28)

como un cocodrilo llorando de verdad
como un reloj delante de un espejo girando al revés
como un pobre pidiendo a la puerta de una catedral
como un traje a medida mal medido
como una paja perdida en un pajar lleno de agujas
como el tiempo detenido en una comisaría
como una gabardina pasada de moda
como la vida en las afueras
como la agilidad congelada de un portero ante el penalti
como un diablo pobre
como todo lo que hay antes de la extenuación
como guarecerse bajo un cobertizo que deja pasar la lluvia
como todo lo que hay después de la extenuación

De la vida silvestre (fragmento)

Ahora es el tiempo, cuando empiezan a abrirse las flores de las jaras.

Nunca sale al campo para nada, siempre hay un motivo, una excusa o una necesidad, ya sea real o inventada. Con las primeras luces del día abandona el espeso calor del bar que abre de madrugada y, al cabo de media hora, ya se encuentra perdido entre la maleza, dispuesto, un día más, a caminar sierra arriba, bien por caminos, bien campo a través, saltando de cuando en cuando las paredes de piedra que separan las fincas y el ganado. Unos días en busca de espárragos silvestres, o de setas, o de criadillas de tierra. Otros días en busca de orégano, hinojo  o almoraduj. Otros, es la búsqueda de acerones, romazas o berros, al pie de los arroyos o de los manantiales, la excusa para volver a perderse entre la agreste vegetación de la sierra y sus intrincados vericuetos conformados por caprichosas y precisas rocas de diversos tamaños que se amontonan amenazantes e inmóviles entre descomunales encinas, enmarañados acebuches y recios alcornoques.

El tiempo respira a otra velocidad mientras los pájaros chillan y el sol camina con una lentitud patriarcal por el cielo sin importarle gran cosa la presencia de algunas nubes. Sentarse sobre una piedra a fumar mientras se contempla un panorama repetido y amplísimo, aplaca las extrañas e innecesarias palpitaciones del alma. Definitivamente al margen de todo -una familia rota, una vida malgastada, una economía extremadamente precaria, unas expectativas del todo y para siempre inexistentes, sean del tipo que sean-, está contento allá arriba.

Hoy no ha subido a la sierra para nada especial. Aunque todavía no lo han hecho, están a punto de florecer las jaras. Ahora es el tiempo. Hoy la excusa o el motivo de volver ha sido la de buscar la rara y delicada rosa de los montes, que también llaman, un poco poética y cursimente, rosa de Alejandría, y que no es más que una peonía silvestre. Otros años -muchos años atrás- la vio por estas laderas. A su madre le gustaban especialmente.

Tras un par de horas de ascensión en zigzag, pudo ver de nuevo, al abrigo de un gran canchal, esas flores rojas que se encaramaban, como si estuvieran posadas, sobre macizos verdes, tan hermosas como frágiles. Duran, como todo lo hermoso y frágil, lo que un suspiro, dos o tres días. Se volvió a sentar sobre ese cancho a fumar de nuevo. Se había levantado un aire de lluvia. Confiaba en que siguiera soplando el viento. Había subido a la sierra en busca de la rosa de los montes y ya la había encontrado. Cogería un manojo y estaría el día cumplido, completo, precisamente malgastado como tantos otros días.

Ya en el pueblo, se desvió un momento, sin que le viera nadie, hasta el cementerio, a dejar esas flores silvestres sobre la tumba de su madre. Le gustaban especialmente esas rosas de los montes. Luego volvió al bar.

Novedades discográficas (15)

Rob Carr & Bill Kahl
Communication 1
released January 1, 1971
Wayfaring Strangers/The Numero Group

Bueno, en realidad ni es una novedad -fue grabado en 1970- ni es apenas un disco- fue editado en un tiraje privado de escasas copias el 1 de enero de 1971. Así que, como todo lo que por aquí vengo publicando, no es lo que dice que va a ser. Ni novedad ni discográfica. Pero en algún sitio lo tenía que meter. Como todo lo que por aquí vengo publicando. En algún sitio lo tengo que meter.

Después de los cuarenta y siete años que han pasado desde su subterránea y limitadísima publicación, ahora, otro sello marginal lo ha vuelto a poner en circulación. Su repercusión vendrá a ser la misma que entonces. Aunque siempre habrá algún buscador de fracasos y rarezas que lo descubra y disfrute unas horas. Como recuperando un eco demasiado real de aquellos años. Lejanos, perdidos, de aura mágica y extraña luz sentimental.

Son dos amigos, fascinados por la guitarra, que deciden tocar juntos unas canciones que transitan desde el blues acústico hasta la inevitable psicodelia que todo lo inundaba aquellos años. Podemos hablar entonces de un disco de folk de clara tendencia psicodélica: very rare private folk psych.

Son Rob Carr y Bill Kahl dos discípulos de John Fahey -y si les interesa la música no me explico muy bien que hacen perdiendo el tiempo leyendo esto si no han escuchado todavía a John Fahey-, que trenzan metronímicamente las armonías de sus guitarras acústicas en aquel territorio introspectivo donde el folk se transforma en blues o el blues se transforma en folk. Más allá de las etiquetas, adjetivos o filiaciones, y a pesar de la pobreza de medios y del delicioso amateurismo con que fue grabado, aún hoy -sobre todo hoy- resulta un disco absolutamente disfrutable.

Rob Carr era un guitarrista autodidacta atraído por el primitivismo rural de John Fahey. Cuando conoció a Bill Kahl, también guitarrista, algo mayor que él y bastante más experimentado, de manera inesperada, decidieron tocar juntos y experimentar con los sonidos de las guitarras en espiral y dejarse atrapar por la confusa y atrayente neblina de la codeína. Era 1967.

Aquellos años culminaron con la publicación -marginal, privada, sin ninguna repercusión- de este disco. Inmediatamente después, el dúo se separó. Bill Kahl empezó a tener serios problemas con las drogas. Rob Carr decidió dedicarse profesionalmente a su otra afición: la fotografía de la naturaleza. No volvió nunca a grabar nada.

Ahora dejo aquí esto:

…y esta otra. No hay más:

Aquí se puede escuchar entero. Rob Carr & Bill Kahl: Communication 1

Flores ahora

No se zancadillean porque no van a ningún lado, aunque se agolpan ahora en busca de la luz del sol y parecen empujarse. Han de sentirse -como por obligación- pletóricas para que un insecto imbécil se fije y, precedido por su insoportable zumbido, llegue a posarse unos segundos sobre ellas. Liban cuanto les apetece y salen enseguida manchados de su polen hacia otra pradera cubierta de nuevas y más frescas flores. Quedan entonces las primeras a merced del viento, aún frío y traicionero, esperando que antes de la caída de la tarde algún otro rezagado insecto llegue de nuevo con su torpe zumbido. Pocos días después, tan pronto, se empezarán a ajar. Pero ahora disfrutan de unas largas horas de sol, todas juntas entre la hierba, sin sentirse -aunque les sobren los motivos- nunca miserables.

Sombra

Nuestra sombra se conforma con lo que hacemos
y nos sigue con una fidelidad solo rota
por la falta de luz en la que a veces nos refugiamos.
Pero nuestra sombra siempre vuelve a acompañar
sin reproches ni exigencias todos y cada uno
de nuestros movimientos con una precisión absoluta.

Aunque a veces pienso que somos nosotros quienes
nos conformamos con lo que hace nuestra sombra
y que la seguimos con una fidelidad que solo abandonamos
al perdernos en la oscuridad en la que a veces nos refugiamos.
Pero siempre volvemos a acompañar sin mayores reproches
a nuestra sombra ya en la luz con una precisión absoluta
en todos y cada uno de sus movimientos.

Porque es ella quien dirige nuestros pasos.
Es ella quien en realidad tiene una sombra que somos nosotros.
Tal vez por eso nos gusta perdernos en la noche
entre las sombras por fin en compañía.

Primavera

Debió ser en tiempos un árbol espléndido. De tronco robusto, extendía sus poderosas ramas bien hacia lo alto, bien en paralelo al suelo, a una altura suficiente. Pero, era evidente, no estaba ahora en sus mejores años. Alguna enfermedad o silenciosa plaga, o acaso la simple vejez, lo habían dejado bastante tocado. Medio seco y parcialmente deteriorado.

Su silueta, vista desde lejos, se recortaba a la caída de la tarde contra el crepúsculo aún con la suficiente elegancia y empaque como para llamar la atención del que pasaba por el camino hacia el poblado que daba la vuelta antes de dejar atrás la colina y antes de que se topara con las blancas paredes del cementerio. Debió ser en tiempos un árbol espléndido, pensaría el viajero alejándose de él, dejando atrás, sobre la breve colina, el tembloroso dibujo, como delineado con tinta china, de sus imponentes ramas, de su recio tronco, mientras se santiguaba.

Pero a pesar de los achaques que tenían todo el aspecto de ser imparables, de resultar, al fin, irreparables, llegaban los días, más largos y nuevos, en los que volvía, inexplicablemente, a resucitar y a dejar que numerosos brotes -verdes, tiernos, inesperados- lo volvieran a intentar. Las noches habían olvidado la costumbre de traer horas de hielo y escarcha, y el tiempo parecía templar tímidamente. Lo suficiente como para transmitir algo de calor a la savia que, con dificultad, pero obstinada, volvía a fluir por su interior. Sus partes y ramas definitivamente secas miraban con nostalgia esa nueva eclosión verde y pletórica en el resto del árbol. Había llegado -parecía mentira- de nuevo algo de calor, un nuevo e inexplicable impulso de vida.

Pero debía ser de poco consuelo para el que descansaba al otro lado de las tapias del cementerio comprobar -si pudiera- que el árbol en el que le ahorcaron había vuelto a florecer por primavera.