La tribu de la palabra sola

I

Tuvo noticias de su existencia de manera tangencial, pero desde ese mismo momento supo que terminaría viajando hasta esa isla lejana en busca de no sabía muy bien qué. Se documentó todo lo que pudo -la información era muy escasa y bastante contradictoria- y cuando pudo hacerse una idea, aunque fuera aproximada, de lo que se podría encontrar, empezó a preparar el viaje. No sería sencillo. Le ataban demasiadas cosas.

Su fama como antropólogo especializado en lenguas primitivas trascendía ya los ámbitos meramente universitarios. Sus continuados estudios acerca de estas tribus ignotas y sus lenguas, habían supuesto un notable progreso en la disciplina a la que dedicaba su vida. Por eso, al enterarse de la existencia de este pueblo remoto y perdido en una de las más intrincadas selvas de una de las más aisladas islas que aún quedaban a salvo de la rapiña y devastación del hombre occidental, que mostraba una de las más peculiares maneras de comunicarse, probablemente muy similar en cuanto estructura y comportamientos a la lengua utilizada por los humanos allá por los tiempos paleolíticos, tomó la decisión de dejarlo todo y marcharse en su busca.

Pidió excedencia en la universidad, canceló todos los cursos y conferencias pendientes, abandonó los diversos proyectos que le tenían atado de pies y manos, y después de unos mese infernales y de prepararlo todo minuciosamente, subió por fin al avión que le llevaría al otro extremo del mundo. Mientras recostaba la cabeza mirando de soslayo las nubes a través de la escueta ventana, pensó que, después de tantos líos y complicaciones, en realidad no dejaba atrás gran cosa. No sabía cuánto tiempo le podía llevar aquella aventura, aquella descabellada investigación. Podía acabar en apenas dos semanas o costarle varios años.

 

II

Y fueron realmente más de dos años los que convivió -si bien, de manera intermitente y esporádica- con aquella tribu que parecía regurgitada, por algún extraño motivo o capricho, directamente de la noche de los tiempos.

Era insuficiente todo aquello que leyó acerca de estos indígenas, pero acertaban -aun equivocándose, eso lo supo después- en lo básico. Todos los estudios etnográficos relativos a esta tribu venían a destacar siempre una característica definitoria y exclusiva de estos individuos: su peculiar forma de utilizar el lenguaje para comunicarse. Y todos estos estudios venían de manera unánime y reiterativa a concluir que esa característica tan especial de utilizar para comunicarse un lenguaje tan básico que se manifestaba en la emisión de una sola palabra, siendo imposible para ellos la utilización de un grupo de ellas o, lo que estaba aún más desterrado de su comportamiento habitual, siendo inimaginable oírla en sus labios, de una frase, se debía a que, como en el resto de sus costumbres, se encontraban estos aborígenes en un estadio demasiado primitivo de civilización, y que por eso mismo resultaba tan valioso e interesante, estudiar no solo su lengua, sino su parca manera de utilizarla, como si se hallara en los albores de la comunicación humana. Escucharles, venían a decir los estudiosos, era como viajar en el tiempo.

Una palabra sola les era suficiente y nunca en los años en que convivió con ellos les escuchó pronunciar más de dos seguidas. Decían lo que tenían que decir y, o bien esperaban la respuesta, o bien permanecían en silencio, o bien se marchaban. Una sola palabra era más que suficiente para comunicarse con una precisión asombrosa. Su mente no llegaba a concebir la existencia de una frase, ni siquiera la de un sintagma. Cuando alguna vez se atrevía, aunque fuera en su idioma, a pronunciar alguna retahíla de palabras, el interlocutor, asustado hasta extremos ridículos, se tapaba los oídos como si le doliera algo.

Pasaron benéficos y tranquilos los meses. Le gustaba, una vez ganada su confianza, observarles en sus tareas cotidianas. Resultaba asombroso cómo una sola palabra proferida por uno de ellos, era entendida con la precisión suficiente, sin dar lugar a errores de interpretación, pero más asombroso aún era escucharles cómo entablaban largas y complejas conversaciones. Uno hablaba pronunciando una palabra y el interlocutor respondía con otra palabra. Era como si esta absoluta -y previsiblemente empobrecedora- simplicidad fuera el eje preciso de una maquinaria que evitaba cualquier posibilidad de confusión y de engaño, de malosentendidos y de inútiles y exasperantes rodeos.

Cuando se decidió a dar forma a sus notas y convertirlas en un estudio definitivo acerca de esta ignota tribu, no le quedó más remedio que refutar todos los estudios publicados antes por otros colegas. No eran estos pobladores de la más impenetrable selva un resto olvidado de la evolución humana y, por ende, de su manera de utilizar la lengua, como incluso él había llegado a pensar al principio. Su aislamiento de siglos no había dejado intacto su natural predisposición a evolucionar, dejándoles al margen de todo, incluso de la lógica evolución del lenguaje, sino que ese mismo y total aislamiento había propiciado que esa natural evolución -y perfeccionamiento- a la que aspira todo lenguaje, había depurado de tal forma su comunicación verbal que les había llevado a una prístina pureza y una habilidosísima utilización de sus herramientas lingüísticas, desechando -al cabo de siglos de propia evolución inmaculada- cualquier excrecencia sintáctica, cualquier posibilidad de infección hipotáctica, teniéndolas como una utilización perversa -y finalmente inservible- de la lengua, don de los dioses, como lo es también la parquedad y el silencio.

Cuando volvió por fin a su país y publicó el resultado de sus investigaciones, unos, los menos, lo consideraron como algo extraordinario y clarificador acerca de multitud de asuntos relacionados con el origen, la evolución y las diversas enfermedades del lenguaje, pero la mayoría lo consideró como una excentricidad impropia de un hombre de ciencia, más en consonancia con los libros de autoayuda y de diversa y dudosa espiritualidad de mercadillo hippy.

A él le daba igual porque lo había visto, lo había oído y lo había llegado a comprender.

 

III

A partir de entonces su carrera profesional, científica y universitaria se fue al garete. Bien es cierto que él no puso nada de su parte. Para el mundo profesional, científico y académico, se convirtió en un tipo excéntrico, que aunque en su juventud atesoraba un gran talento, después de esos años en la selva, parecía haber perdido la cabeza. Incluso su matrimonio, aunque nunca fue un prodigio de armonía, se rompió definitivamente, sin que a ninguno de los dos pareciera importarle demasiado.

Hablé con su mujer y me contó que desde que regresó de aquel viaje había dejado de hablarle, bueno, en realidad, había dejado de hablar con todo el mundo. Tal vez tenía alguna forma de depresión o estaba enfermo, le contesté. No, no, me dijo. Estaba feliz y de buen humor. Simplemente no hablaba. Aunque estoy exagerando. Sí que hablaba. Una palabra solo. Decía una palabra y era como si fuera suficiente para que le entendiera. Y solo decía otra palabra si yo le respondía. Al principio creía que era un juego.

Ya, le contesté.

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2 comentarios sobre “La tribu de la palabra sola

  1. Interesante hipótesis la que desarrollas en este relato. Quizás todo sería más sencillo y armonioso, pero eso no parece estar en la naturaleza del ser humano.

    1. Gracias.
      (He estado a punto de dejarlo así y contestar a tu comentario como lo haría uno de los aborígenes de la tribu de la palabra sola, pero tienes razón, no parece estar la concisión y la parquedad en la naturaleza del ser humano. Además, aunque esto daría para otra historia, nos aterra el silencio, y más aún cuando estamos con alguien. Gracias por perder el tiempo leyendo estas cosas y gracias again por comentar)

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