De la vida silvestre (fragmento)

Ahora es el tiempo, cuando empiezan a abrirse las flores de las jaras.

Nunca sale al campo para nada, siempre hay un motivo, una excusa o una necesidad, ya sea real o inventada. Con las primeras luces del día abandona el espeso calor del bar que abre de madrugada y, al cabo de media hora, ya se encuentra perdido entre la maleza, dispuesto, un día más, a caminar sierra arriba, bien por caminos, bien campo a través, saltando de cuando en cuando las paredes de piedra que separan las fincas y el ganado. Unos días en busca de espárragos silvestres, o de setas, o de criadillas de tierra. Otros días en busca de orégano, hinojo  o almoraduj. Otros, es la búsqueda de acerones, romazas o berros, al pie de los arroyos o de los manantiales, la excusa para volver a perderse entre la agreste vegetación de la sierra y sus intrincados vericuetos conformados por caprichosas y precisas rocas de diversos tamaños que se amontonan amenazantes e inmóviles entre descomunales encinas, enmarañados acebuches y recios alcornoques.

El tiempo respira a otra velocidad mientras los pájaros chillan y el sol camina con una lentitud patriarcal por el cielo sin importarle gran cosa la presencia de algunas nubes. Sentarse sobre una piedra a fumar mientras se contempla un panorama repetido y amplísimo, aplaca las extrañas e innecesarias palpitaciones del alma. Definitivamente al margen de todo -una familia rota, una vida malgastada, una economía extremadamente precaria, unas expectativas del todo y para siempre inexistentes, sean del tipo que sean-, está contento allá arriba.

Hoy no ha subido a la sierra para nada especial. Aunque todavía no lo han hecho, están a punto de florecer las jaras. Ahora es el tiempo. Hoy la excusa o el motivo de volver ha sido la de buscar la rara y delicada rosa de los montes, que también llaman, un poco poética y cursimente, rosa de Alejandría, y que no es más que una peonía silvestre. Otros años -muchos años atrás- la vio por estas laderas. A su madre le gustaban especialmente.

Tras un par de horas de ascensión en zigzag, pudo ver de nuevo, al abrigo de un gran canchal, esas flores rojas que se encaramaban, como si estuvieran posadas, sobre macizos verdes, tan hermosas como frágiles. Duran, como todo lo hermoso y frágil, lo que un suspiro, dos o tres días. Se volvió a sentar sobre ese cancho a fumar de nuevo. Se había levantado un aire de lluvia. Confiaba en que siguiera soplando el viento. Había subido a la sierra en busca de la rosa de los montes y ya la había encontrado. Cogería un manojo y estaría el día cumplido, completo, precisamente malgastado como tantos otros días.

Ya en el pueblo, se desvió un momento, sin que le viera nadie, hasta el cementerio, a dejar esas flores silvestres sobre la tumba de su madre. Le gustaban especialmente esas rosas de los montes. Luego volvió al bar.

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2 comentarios sobre “De la vida silvestre (fragmento)

    1. Por eso suelo evitar siempre la palabra “naturaleza”, demasiado inabarcable, a veces violenta o cruel, y prefiero hablar del campo, de la sierra, etc., términos y realidades más a la medida del hombre, algo que me resulta más cercano y que frecuento. (Vamos, de los “aledaños” a los que estarás condenada las próximas vacaciones, para entendernos)
      Me tranquiliza que te guste. Me parecía un poco cursi hablar de las rosas de los montes y rematarlo todo con esa escena final. Estuve a punto de tirarlo a la papelera. Pero si te ha gustado es que no está del todo mal.
      Me empieza a fallar el criterio.
      Gracias.

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