Meditación

-El fracaso libera. El éxito esclaviza. Aunque en los primeros momentos pudiera parecer lo contrario, el fracaso no es la decepción absoluta, el hundimiento pleno en la miseria, la dolorosa aceptación de la propia ineptitud o de la injustísima y perseverante mala suerte; así como el éxito no nos lleva a la felicidad, ni nos hace ser mejores de lo que somos, ni nos permite vivir como habíamos soñado. Todo esto no son más que señuelos, falsos indicios que no tardan mucho tiempo en desvanecerse como lo hacen, entre la calígine del desierto, los espejismos. Lo que era ese falso trasunto de la felicidad, esa equívoca sensación de ser mejores que los demás, esa vida perfecta y plena por la que tanto habíamos suspirado, se convierten en lastres, losas y grilletes que, pesadamente, nos esclavizan. Mientras que esa decepción, esa miseria de todo tipo que nos envuelve, esa obligada aceptación de la propia incapacidad para la vida y sus negocios, sean del tipo que sean, y esa enconada mala suerte, en un momento definitivo de lucidez se transforman en necesarios instrumentos de liberación. El fracaso, paradójica e inopinadamente, da libertad. El éxito, por el contrario, exige peajes y contraprestaciones que esclavizan -pensaba en todo esto la zorra mientras regresaba, otra vez de vacío, de su enésima incursión al magnífico parral del que colgaban, a demasiada altura, unos espléndidos racimos de uvas, dorados a la luz del sol, en el punto óptimo de maduración, dulces y pletóricos.

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