Tenemos que hablar

“Tenemos que hablar, aunque no sirva de nada”,
dijo mirándome a los ojos mientras el gato
se escapaba al patio de atrás a jugar con la basura.
Me acordé entonces de aquel tiempo
en el que no teníamos que hablar
y acabábamos de pintar nuestra casa.
Job no se atrevió nunca a traspasar
los límites de su paciencia pero yo sí.
Ahora cuando me miro al espejo veo
una vieja fotografía y al fondo
una oscura figura de tahúr me enseña
sobre su mano un corazón que aún palpita.
Lo debe de haber robado porque sonríe.
El diablo sabe a la perfección hacer la señal
de la cruz. Es él quien mejor se santigua.
Tiene una práctica de siglos
y conocimiento de causa.
Ella no sabe que la ley del mínimo esfuerzo
requiere también grandes sacrificios.
No sé por qué hemos dejado de entendernos.
Ahora que lo pienso, una mariposa
debe mirar con horror a un pájaro.

 

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