Calle Elfo y alrededores

Muchas tardes se les veía avanzar muy despacio por la acera cogidos del brazo. Salían a dar un paseo y, ya de vuelta, se paraban a tomar algo en el bar de la esquina. En una primera impresión pudiera parecer que era él quien había propuesto salir y no ella, pero si te fijabas con un poco más de atención, y a pesar de que ella ya no iba a cumplir los ochenta y era pequeñita como un pájaro, te dabas cuenta de que había sido ella quien le había propuesto a su hijo salir a dar un paseo y tomar un café, y de que era ella, a pesar de su edad y de su aspecto, quien iba tirando de los dos. Aunque fuera, le dijo, un descafeinado de sobre. Avanzaban con lentitud, ella mirando los escaparates de las pocas tiendas de toda la vida que iban quedando en el barrio y él con la mirada un poco perdida, como si estuviera buscando un taxi que ya no necesitaba. Sus ropas, a pesar de ser de otra época, eran todavía elegantes, y conservaba la extraña pareja un aire de bohemia distinción.

Le reconocí enseguida, a pesar de que había aparecido escasamente en los medios de comunicación. Resultaba inconfundible con sus ojos claros y su melena cuidadosamente enmarañada, un poco a la manera de un Dylan joven. Era, sin duda, él, no me podía equivocar, uno de los más grandes -y cruelmente infravalorados- músicos de este país, un tipo de extraordinario talento al que le persiguieron durante toda su accidentada carrera la mala suerte y las excelentes críticas, convirtiéndose finalmente en un caso perdido, en eso que llaman un artista de culto. Nunca estuvo en el sitio adecuado en el momento justo. Siempre fuera de tiempo y lugar. Todo este malditismo lo llevaba con una inusual elegancia y una connatural tendencia a abstraerse en una especie de nebuloso autismo. Sus canciones -pequeñas joyas de orfebrería pop- debían flotar en esa neblina que le acompañaba.

Antes de que entraran en la cafetería, me adelante a ellos y entré primero. Después de unas necesarias y excesivamente lentas maniobras, se sentaron en una mesita junto a la ventana. Esa lentitud no era producto, como pudiera parecer, de los estragos de los muchos años, sino consecuencia de una rara falta de prisas, de una manera de moverse por el mundo distinta. Luego él se levanto hasta la barra a pedir un descafeinado para su madre. Él no iba a tomar nada. Permaneció mirando con atención los movimientos de la camarera estrangulado el artilugio de la cafetera para calentar la leche. Así debían de sonar antiguamente las locomotoras de los trenes al entrar o salir de la estación. Le costó mucho llegar hasta la mesa sin verter nada pero al fin lo consiguió como si hubiera llegado a tierra firme después de atravesar un proceloso oceáno. La tarde dejaba que una luz sucia entrara por el ventanal. Comidas caseras, raciones, tapas. Al rato él se levantó de la silla para sentarse en uno de los taburetes de la barra. ¿A dónde vas?, le dijo ella. Aquí, a mirar un rato. Y miro el espacio del bar, con todos los que estábamos allí dentro, con la misma atención que un niño mira el interior de un acuario. Aunque lo que le interesaba realmente -de eso me di cuenta un poco después- era la máquina tragaperras que había en la esquina más cercana a la barra, al lado de la máquina de tabaco. Bailaban los dibujos de cofres del tesoro y las frutas acompañados por una breve y obsesiva musiquilla. Avance.

Días después le volví a ver en la estación del metro, iba solo y demasiado abrigado para la época en que estábamos. Estaba delante de uno de los planos del metro y lo miraba como si estuviera intentando desentrañar el significado de la piedra de Rosetta. Solo después del pitido que anunciaba con estrépito la entrada de los vagones en el andén, se dio la vuelta y entró. Nunca me ha gustado abordar a la gente -ni siquiera a los conocidos-, pero esta vez me armé de valor -o de inconsciencia- y me acerqué a él para preguntarle si era realmente él. Me miró sorprendido y me respondió muy bajito. Intenté hablarle de sus discos, le pregunté si estaba haciendo algo ahora. Respondía brevemente. Seguía sorprendido. Terminamos hablando de blues. Me preguntó por mis artistas de blues favoritos, no sé, Robert Johnson, Charlie Patton, Skip James, Mississippi John Hurt, Leadbelly, Lightnin’ Hopkins, Big Bill Broonzy… Fue la única parte de la conversación que le interesó. Pero había llegado a su estación y tenía que bajarse. Le vi alejarse -cuando en realidad me estaba alejando yo- en dirección contraria, con su abrigo corto y su bolsa amarilla de una tienda de discos del centro hacia la boca de salida. La multitud le seguía ignorando.

Muy de vez en cuando, cuando salía por el barrio, volvía a verle acompañando a su madre a dar un paseo -cuando en realidad era al revés-, levantando la enmarañada cabeza y arrastrando a su octogenaria acompañante con paciencia y delicadeza -cuando en realidad era al revés.

Como en la editorial en la que trabajaba estábamos a punto de publicar una nueva colección de libros de música -y yo sabía que, a pesar de tocar blues y pop, él tenía por músicos inspiradores -su particular hall of fame, como había confesado en más de una ocasión- a Erik Satie, Franz Lehár, Leoncavallo, Kurt Weill, Jimmy Van Heusen, Hoagy Carmichael o Nat King Cole Porter, y que mostraba una cultura musical inusual y personal- decidí distraer algunos ejemplares y llevarlos ese día a la cafetería, esperando que volviera la extraña pareja a tomar el café. Tal vez le pudieran interesar esos libros. Esperé la ceremoniosa y repetida maniobra para colocarse en la mesa del ventanal y, antes de que él se levantara a curiosear por las cercanías de la máquina tragaperras, me acerqué, saludé a la madre, que creo que no me oyó, y le di los libros a él. Hablan de grandes músicos. Apenas me dio las gracias y me alejé, con la intención de no volver a molestarle más. Ya era casi de noche.

Al día siguiente le volví a ver. Iba solo y con los libros bajo el brazo. Era como si le pesaran demasiado. Giró la esquina y me dio justo tiempo para verle entrar en la pequeña tienda de discos que quedaba, como un resto de otra época, en el barrio. Ahora, ya que apenas se vendían discos, se dedicaba sobre todo a la compra y venta de libros de segunda mano. Unos minutos después le vi salir sin nada en los brazos. Se había quitado un peso de encima.

Cuando entré en la cafetería, estaba frente a la máquina tragaperras gastándose lo que le habían dado por los libros. Me pareció genial.

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2 comentarios sobre “Calle Elfo y alrededores

  1. Soy una pesada y me repito mucho pero es que…me ha parecido un relato buenísimo.
    Y por cierto, hace unos pocos días he pasado por la calle Elfo.

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