Necesitaba dos relojes

Necesitaba dos relojes. Uno para que diera el tic, y otro, el tac. Debían estar perfectamente sincronizados. El tac del segundo reloj debía anular el tac del primero, de la misma manera que el tic del primer reloj debía anular el tic del segundo. O viceversa. Cualquier fallo o desajuste podría resultar fatal. No podría soportar dos tic seguidos, ni dos tac. Tampoco podía siquiera imaginar que el tac que siguiera al tic del primer reloj fuera el de este mismo reloj. Todo, entonces, carecería de sentido. Tampoco, nunca, el tic del segundo reloj podía anular al tic del primero. Un tic del segundo reloj debía ir seguido entonces del tac del primer reloj. No cabía otra posibilidad. Tenían que ser alternos. Aunque, es verdad, fuera cada vez más difícil distinguir el tic y el tac de uno, del tic y del tac del otro. Muchas veces era tal el parecido que no quedaba más que confiar en que eran de relojes diferentes. Todo -el orden del mundo y de su vida- se sostenía en que lo fueran, en que el tic del primer reloj anulara el tic del segundo reloj y que fuera seguido por el tac de este segundo reloj, que, a su vez, anulaba el tac del primer reloj. O viceversa. Pero que siendo diferentes los relojes, debían funcionar como si fueran el mismo. El que cada reloj marcara una hora distinta, daba un poco igual.

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