Como Sísifo

La luz del amanecer envejece enseguida.
Bajo esa luz Sísifo silba distraído
mientras alguien le recuerda al oído
que intentarlo no es suficiente, y que acabar
no es sino otra manera de empezar.
De pronto me di cuenta de que había caído
en una trampa que yo mismo llevaba años fabricando.
El lecho en el que me recuesto tiene la suavidad
de la ceniza, su próxima inexistencia.
Ahora tengo que aparentar que estoy buscando la llave,
cuando la cerradura ha estado siempre abierta.
Alguien me recuerda al oído que no hay mayor desgracia
que el conocimiento sin sabiduría,
que todo está antes o después, nunca ahora,
que todo, al fin, llega cuando ya no importa,
y que hay lágrimas que son inexplicables.
Sin embargo, una lluvia que durara varios días
sería suficiente -esos grandes charcos después al sol-
para que Sísifo volviera a silbar distraído
bajo la luz sucia del amanecer.

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