Grulla

Hace ya bastantes semanas que las grullas regresaron a sus lugares de origen. En cuanto empiezan los primeros días de calor, saben que es hora de volver al norte, donde los veranos no son tan agotadores. Vuelven a casa. En los meses más crudos del invierno volverán a escapar de los hielos y las nieves en busca del calor invernal que pueden encontrar en las dehesas del sur. Aunque estén a miles y miles de kilómetros. Pero aquí el verano es demasiado intenso y agotador. Por eso, hace ya bastantes semanas que emprendieron el largo viaje hacia las tierras del norte, en nutridos y ruidosos grupos perfectamente organizados.

Por eso me sorprendió ver una picoteando distraída en las orillas de una exigua charca. Nunca las verás solas y nunca a estas alturas del calendario. Se trataba de un ejemplar adulto, de demasiada edad. Es muy probable que no tuviera las fuerzas suficientes para iniciar el largo viaje de regreso. Sabía que si lo hacía, no llegaría. Por eso decidió -en contra de su instinto y a pesar del horrible calor que le esperaba- quedarse por estas tierras en los que pasó cálidos y productivos inviernos, llenos de luz y abundantes de raíces, bulbos, tallos, hojas, semillas y pequeños invertebrados. Por eso decidió quedarse en estas tierras a morir, antes que hacerlo, exhausta, en la mitad del viaje de vuelta, en un lugar inhóspito y abandonada a su suerte, su última suerte.

Picotea y eleva las zancas lentamente en busca de algún rincón más húmedo, sintiendo sobre sus alas la fuerza de un sol inusual e inclemente. Aún recuerda el estruendo del aleteo de sus compañeras cuando emprendieron el largo vuelo hacia su lugar de origen, allá en las tierras del norte de Europa, donde los veranos son algo más amables y la vida repite sus ciclos como si nunca fueran a acabar. Recuerda el eco del estruendo del aleteo de las otras grullas iniciando el viaje a casa, cuando, en realidad, lo que escucha es el silencio del paso del tiempo y de la soledad. Solo le queda esperar.

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2 comentarios sobre “Grulla

  1. Las veo pasar desde mi ventana, especialmente en marzo y abril, es un espectáculo precioso. Me ha dado mucha pena esa grulla vieja y sola. Tendrá que compartir territorio con los vencejos, esos pájaros tan aficionados al calor. Y tan locos. No creo que se entiendan.

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