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Archive for 31 julio 2017

31 de julio

Hoy es 31 de julio. 31 de julio de 2017, para ser más preciso. Y es a partir de esa precisión cuando uno es –realmente– consciente de que es 31 de julio. Aunque pudiera haber sucedido cualquier otro día.

Pienso entonces en cualquier día de hace treinta o cuarenta años, ya saben, cuando era joven y estaba empezando todo. E intento recordar lo que pensaba entonces acerca del futuro. De lo que sería de mi vida, de las cosas que haría en los años siguientes, que se ofrecían repletos de atrayentes y diversas posibilidades.

Intento recordar qué imaginaba entonces que sería de mí treinta o cuarenta años después, cómo habría cambiado todo, ya bien entrado el siglo XXI, en el trabajo, en el amor, en la familia, en la creación… Sería una vida llena que habría transitado por el camino de la afirmación personal, entre diversos logros -en el trabajo, en el amor, en la familia, en la creación- finalmente conseguidos. Aunque también -tan lejos me lo imaginaba todo- pudiera ser que para entonces, después de una vida plena, hubiera incluso muerto. El futuro, y más a ciertas edades, tiene estas cosas.

Pero resulta que hoy es 31 de julio, 31 de julio de 2017, una cifra lo convenientemente abultada, bien entrado ya el siglo XXI. Y han pasado más de treinta o cuarenta años desde cuando estaba empezando. Tiempo suficiente para haber cambiado, para haber hecho cosas, para tener una vida propia y plena.

Pero hoy es 31 de julio y no me atrevo a hacer balance -en el trabajo, en el amor, en la familia, en la creación-, temiendo constatar sus exiguos resultados. Hoy es 31 de julio de 2017 y ni siquiera me he muerto.

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Armand Jean Le Bouthillier de Rancé

Ya en el último tramo de su ajetreada vida, el intrigante, egocéntrico, vanidoso, mujeriego y famoso escritor François-René de Chateaubriand (Saint-Malo, 1768 – París, 1848), -del que ya hablamos aquí– se hallaba embarcado en la finalización de sus monumentales Memorias de Ultratumba, que solo podrían ser publicadas después de su muerte para no contradecir al título. Pero ya no quedaba mucho. Su vida -y su tiempo- se escapaba. Su escritura no dejó durante tantos años de dar personal testimonio de ellos. No hay pesar ni remordimientos, solo cierto aire de nostalgia que intenta sostener recreando aquel mundo perdido.

Es en estos años finales cuando su confesor le impone como penitencia, ya que es escritor, que escriba. Pero no cualquier cosa. Que escriba la vida del reformador de la Trapa, Armand Jean Le Bouthillier de Rancé, que después de vivir la primera mitad de su vida entre el lujo de la corte, las partidas de caza, las intrigas de las altas esferas del clero y la admiración de jóvenes y hermosas duquesas y princesas, rechaza todo, se niega a sí mismo, desbarata su fortuna y se consagra a Dios en medio de la más absoluta soledad y las más extremas austeridades y sacrificios. El confesor le impone al viejo Chautebriand como penitencia a sus múltiples pecados, no que rece, sino que escriba, sabiendo el abate que, de alguna manera, toda escritura tiene algo de oración y mucho de expiación.

Se trata, por tanto, esta Vida de Rancé (1844), de un libro con fines piadosos y penitenciales. Pero como la cabra tira al monte, esta biografía del reformador de la Trapa no es en ningún momento ni un libro piadoso, ni una biografía, ni un estudio histórico con el más mínimo rigor. Chautebriand obedece al confesor, pero hace lo que le viene en gana, esto es, lo que puede y sabe, escribir. Y Rancé, su vida, no es más que una excusa para recordar, para añorar un tiempo ido. En esta obrita desigual e imperfecta, lo esencial son los incisos. En ellos vuelve Chateubriand a disfrutar de su escritura, libre y desordenada, que se escapa -al monte de la cabra- a la orden de su confesor y a la exigencia del libro. No es más que un extraño artefacto bastante pintoresco y demasiado profano. No gustó a nadie.

Se le nota en exceso -más bien, Chautebriand no tiene ningún interés siquiera en ocultarlo- que el tema principal del libro, esto es, la edificante vida de Rancé, le interesa poco. Cuando no le queda más remedio que hablar de él -tratándose de su biografía, a veces le resulta inevitable- reproduce extensas citas de biógrafos anteriores o fragmentos extensos de la obra o cartas del propio Rancé o de personajes con él relacionados. Solo cuando escapa de él, disfruta escribiendo, aunque poco tenga que ver -o tal vez por eso- con la vida del reformador de la Trapa. Interesa cuando cuenta algo que no viene a cuento. Mejor que Vida de Rancé, debía haberse llamado Cosas que nada, o muy poco, tienen que ver con la Vida de Rancé.

No sé qué pasa cuando, a pesar de que aparentemente has hecho lo que te han ordenado, no cumples como deberías con la penitencia impuesta. Después de leído el libro, no sé si le llegó a absolver el confesor.

Da un poco igual. Como reconoce en la Advertencia preliminar de la obra:

Nadie me leerá, excepto tal vez alguna sobrina segunda acostumbrada ya a las historias de su viejo tío.

No es más que un revoltijo de anécdotas, un pastiche que pretende rememorar un tiempo ido, un entretenimiento final fruto de la libertad absoluta -en medio de las inevitables limitaciones- que da la vejez. Aprovecha la penitencia de escribir para entregarse a una asociación libre de anécdotas, hechos y recuerdos que deambulan entre las ruinas de su memoria, a menudo, tan deliciosamente, sin coherencia alguna.

La señorita de Montpensier cuenta que en una ocasión necesitaron tres días para vestirla de gran gala; su vestido estaba cuajado de diamantes, con borlas de color rojo, blanco y negro; la reina de Inglaterra le había prestado una parte de sus diamantes…

Mademoiselle, la misma duquesa de Montpensier, hija de Gastón de Orleans, hermano de Luis XIII, salía a pasear en su carroza. Eran los tiempos de La Fronda, de revueltas y agitaciones.

Mademoiselle (…) cruzaba el Petit-Pont en París; su carroza se enganchó con la carreta que entraba todas las noches cargada de muertos; se limitó a cambiar de portezuela, por temor a que algunos pies o manos le dieran en la nariz.

La vida y costumbres de los cardenales y altos personajes de la Curia -como el propio Armand Jean Le Bouthillier de Rancé en la primera mitad de su vida- en nada difería de la de los nobles y reyes.

…pero hay que ser Richelieu para no desmerecer bailando una zarabanda, con castañuelas en los dedos y con un pantalón de terciopelo verde.

Pero Chautebriand, al filo de sus días, y concluidas sus Memorias de Ultratumba, ve disolverse, como el polvo a través de la última luz de la tarde, aquellos años.

Sociedades desaparecidas desde hace ya mucho tiempo, ¡cuántas otras os han sucedido! Las danzas se trenzan sobre el polvo de los muertos y las tumbas crecen bajo las huellas de la alegría. Reímos y cantamos en los lugares regados con sangre de nuestros amigos. ¿Dónde están hoy los males de ayer? ¿Dónde estarán mañana las dichas de hoy? ¿Qué importancia podemos conceder a las cosas de este mundo? ¿La amistad? Desaparece cuando el ser querido cae en desgracia o cuando el que ama llega a ser poderoso. ¿El amor? Es engañado, frágil o culpable. ¿La fama? La compartimos con la mediocridad o el crimen. ¿La fortuna? ¿Podríamos juzgar como un bien esa frivolidad? Quedan esos días llamados felices que transcurren ignorados en la oscuridad de los quehaceres domésticos, y que no dejan al hombre ni el deseo de perder ni el de recomenzar la vida.

¿Qué queda entonces?

Hay un grato silencio en torno a todos estos asuntos, hoy tan completamente ignorados: nos transportan al pasado. Aunque hurgarais en estos recuerdos que se deshacen en polvo, ¿qué sacarías de ello sino una nueva prueba de la nada del hombre? Son ilusiones ya muertas que unos fantasmas reviven en los cementerios antes de las primeras luces del alba.

Ese mundo de miriñaques, pelucas y rostros empolvados había desparecido.

La princesa de Lamballe, cuando niña, iba a jugar allí; fue asesinada después de la devastación del monasterio. Su vida se desvaneció como ese gorrión de una barca del Ródano que, herido de muerte, hizo zozobrar con su aleteo el bote sobrecargado.

Ya en la segunda parte de la obra, se acuerda de Rancé, y aunque cambian los protagonistas y el tema de la narración, el tono es el mismo.

Por todos los caminos de la Trapa se encontraban fugitivos del mundo; Rancé, desafiando todos los peligros, los iba a recoger; volvía trayendo en los pliegues de su hábito, cenizas ardientes que sembraba sobre las tierras baldías para abonar los desiertos con pedazos de pasiones.

Porque…

…no nos libramos cuando queremos de los sueños; nos debatimos dolorosamente contra un caos en el que el cielo y el infierno, el odio y el amor, la indiferencia y la pasión se mezclan en una confusión espantosa. Entonces, viejo viajero, sentado al borde del camino, Rancé hubiese contado las estrellas sin confiar en ninguna, esperando la aurora, que no le hubiese traído más que el hastío del corazón y la desgracia de los años.

Chautebriand ni siquiera reconoce su tierra natal. Aunque hay algo que permanece.

Todo ha cambiado en Bretaña, salvo las olas que cambian siempre.

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A lápiz

La vida es una historia escrita a lápiz
y su música respira agazapada
en el silencio que hay entre nota y nota.
Todo ha de desvanecerse
sin la menor trascendencia.
Y está bien que sea así.
Como el que se baja de un tranvía
en marcha y sigue caminando aprisa
impulsado aunque no quiera
hasta que se detiene por fin
en el primer escaparate.
¿Dónde quedó todo? ¿Dónde fue?
Uno realmente sabe que juega
cuando pierde. Hace ya tiempo
que dejaron de ocurrir milagros.
Y sin embargo siempre estamos
dispuestos a jugar otra mano.
Haremos trampas de nuevo
para perder de nuevo.
Fuera empezará a llover.
Sabes que la calma que vendrá
después de la tormenta
será peor.

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La casa grande

Las ralas masas de encinas no eran suficientes para ocultar el blanco absoluto de sus paredes enjalbegadas. Desde cualquier punto, en veinte o treinta kilómetros a la redonda, se divisaba su simple y señorial arquitectura, un rectángulo sin más pretensiones que la de albergar una casa de campo, una casa de labor. La casa más grande de los contornos. Habían pasado los lustros y ahí seguía encaramada a esa escasa elevación, pero suficiente para ser avistada desde lejanos y diversos lugares.

A pesar de su fácil localización, de su desdén por ocultarse, no era fácil acceder a ella. Una nula señalización y una intrincada red de caminos de tierra que se bifurcaban y cruzaban entre sí, favorecían la errática pérdida -si no estaba muy familiarizado con los bosques y cerros de los contornos- del que quisiera llegar hasta allí. El ganado esparcido por las amplias laderas y vaguadas, al abrigo de las dehesas de encinas y alcornoques, observaba impávido al viajero que por aquellas trochas se aventurara. La casa grande permanecía a la vista de todos, aunque, lo suficientemente alejada, ajena a la vida habitual de las poblaciones más cercanas. Parecía vivir inmóvil en otra época. Una época ya pasada. Detrás de ella se elevaba definitivamente el rocoso farallón de las montañas azules.

Durante generaciones había vivido allí la misma familia, y aunque los inevitables avances del progreso -especialmente mecánico- también habían llegado hasta los campos de la enorme finca de la casa grande, los trabajos seguían siendo duros. La mayoría de los hijos huían al cumplir los dieciocho con la excusa de mejorar, pero siempre quedaba alguno que continuaba la saga de hombres al cuidado de la finca y los ganados del dueño de la casa grande. Así había sido desde hacía siglos. El señor acudía a la casa grande de tarde en tarde. Y la puesta en escena del recibimiento -saludos, inclinaciones de cabeza, sonrisas nerviosas, falsa familiaridad- era la misma desde hacía siglos.

Entre los que salían a darle la bienvenida también estaba la figura oscura, encorvada y anciana que se pasaba el día sentado en la piedra que había en la fachada de la casa pelando palos o liándose tabaco. Había trabajado durante decenios y ahora era su hijo quien se encargaba de todo. Como él se encargó de todo cuando su padre alcanzó la edad que él tenía ahora. El señor, que no sin cierta dificultad se bajó del cuatro por cuatro que aún conducía, debía tener la misma edad. Cuando volvieron a saludarse, se cruzaron una breve y demasiado fija mirada. La cara del viejo guardés estaba atravesada por una profunda cicatriz que aún pugnaba por diferenciarse de las múltiples arrugas que surcaban su rostro. Al hijo no le gustaba que su padre fuera tan digno y tan insolente.

Cuando el señor se fue, volvió la cansada rutina a la casa grande. Las luces de la tarde, como si fuera una tarde del neolítico, fueron apagándose con la lentitud suficiente para que diera tiempo a recogerlo todo. La noche empezaba a llenarse de animales nocturnos. Ni siquiera podía decirse que la luz fuera violeta. Se desvanecía. El campo no tiene prisa, pero tampoco descansa nunca.

La oscura figura del viejo guardés terminó por perderse en su oscuro cuarto sin ventanas en el que dormía desde que nació. Ya en la cama, sin sueño, volvió a evocar la tarde de julio de hace cincuenta años en la que el señor le partió -literalmente- la cara. Motivos, tal vez los tuvo, pero también recuerda que aquella tarde, bañado en sangre y creyendo que había perdido un ojo, juró matarlo. Y todo por lo que había jurado en su vida, lo había cumplido. Aunque ya había sobrepasado los ochenta, aún sabía que le quedaba tiempo y vigor suficiente para hacerlo.

El señor, vapuleado por los baches del camino de tierra que le llevaría hasta la comarcal, aunque aún había algo de claridad, encendió las luces. Sonreía satisfecho. Una vez más, después de tantos años, había vuelto a la casa grande y había cruzado la mirada llena de odio con su viejo guardés. Sabía, desde hace tantos años, que cada vez que acudía a la casa grande, se estaba jugando la vida, que cualquier día le descerrajaría un tiro o le clavaría un cuchillo de matar jabalíes. Eran ya muchos años. Al principio, aunque era el señor de todo aquello, iba con miedo, pero con el paso del tiempo, aquellas visitas tenían para él una importancia propia y especial, era como si al hacerlas, le dieran nueva y más vida. Los ojos del viejo guardés se iban afilando, casi ya cerrados. Él era el señor.

Cuando se incorporó a la carretera comarcal, un coche que venía a demasiada velocidad le embistió. Dio dos vueltas de campana y ya se despertó en la cama del hospital. Al abrir los ojos, e ignorante de sus daños y heridas, se mostró confiado. Su familia había acudido y mostraba su congoja y preocupación. Pero él cuando los vio, sonrió. A pesar de los daños y de las heridas, estaba tranquilo. Sabía -sabía desde hacía muchos años- que no iba a morir, y menos, por un accidente de tráfico. Su muerte estaba reservada.

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Gasolineras

Las gasolineras, débilmente iluminadas
en mitad de la noche, apenas brillan
en la oscuridad. Todo lo que está sucio
y es feo, descansa. Se oyen camiones a lo lejos.
Sabía que me habías mentido esta tarde,
y que me habías mentido de verdad.
Siempre he preferido las preposiciones
a los pronombres. Así que supe
que no te volvería a ver. Pero
no nos quedaba más remedio
que parar a echar gasolina
antes de llegar a ningún sitio.
¿Hace cuánto tiempo que no vacían
este bidón de la basura? Todavía
cabían estos dos vasos vacíos que tiramos en él
antes de incorporarnos de nuevo a la autopista.
Con el tiempo aprendemos
que solo existe el mientras tanto
y que vendrán tiempos mejores
aunque ya serán peores.
Las luces de las gasolineras
brillan débilmente en mitad de la noche
dejando extraños reflejos contra el parabrisas
en el oscuro cielo de la noche sin luna.
Luego, pusiste algo de música.

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Tirar un tabique

Aunque nunca la habían considerado como una buena casa para vivir, con el tiempo consiguieron estar moderadamente satisfechos de ella. Como les ocurrió también a ellos, terminaron por acostumbrarse. Ella se encargaba cada cierto tiempo de cambiar los muebles de sitio y de volver a pintar de distintos colores algunas habitaciones. A él le daba una pereza universal acometer -o tener que soportar- el más mínimo cambio. Pero solía terminar por transigir, mostrando una débil e inútil oposición.

Con el tiempo, los pequeños disgustos tolerados, motivados generalmente por naderías, empezaron a convertirse en ridículas pero insoportables realidades. Él, por ejemplo, desde hacía años no soportaba el cuadro que colgaba en el salón principal encima del sofá. Decían que era elegante y armonioso, y que confería de un leve aire exótico a la estancia. Pero a él siempre le pareció repugnante. Unas figuras desdibujadas y temblorosas avanzaban en una especie de desierto hacia una especie de palmeras al pie de una especie de montañas. Estaba claro que el que lo pintó no estaba dotado para el arte de la pintura aunque se empeñara de por vida. Pero lo peor de todo eran los colores, que, por alguna extraña conjunción o inexplicable reminiscencia, le resultaban insoportablemente cursis y pretenciosos, intentando plasmar todo el dramatismo y la belleza del crepúsculo en tierras ignotas y aproximadamente orientales. A ella le gustaba especialmente. Él solo podía llegar a soportarlo porque, sentado desde el sofá, no podía verlo.

Por eso, aunque le aterraban los cambios y las obras sobremanera, cuando ella le insinuó la posibilidad de tirar el tabique que separaba el pasillo del salón, para darle una mayor amplitud y luminosidad, y de paso eliminar el absurdo pasillo con forma de tubo-cueva que les llevaba hasta el dormitorio, aceptó sin la más mínima oposición. Incluso dijo que era una buena idea. Sabía que así se libraría del maldito cuadro. Soñaba con verlo en el contenedor de los escombros.

Como ella conocía su aversión por los albañiles -entre otras múltiples aversiones-, hizo coincidir las obras con uno de los viajes a los que él se veía obligado a realizar por culpa de su trabajo. En menos de una semana estaría todo listo.

Cuando regresó, ella le esperaba con una sonrisa radiante, casi demoledora. Avanzó por el hall y apenas se fijó en el nuevo y espectacular salón, mucho más amplio y diáfano, pintado ahora de un blanco roto, tampoco percibió la nueva disposición de los muebles, lo único que vio con un desagrado casi físico fue el maldito cuadro de nuevo, colocado ahora en la pared de enfrente, en un lugar central, y del que apenas se podía escapar. La besó. Dijo unas palabras de fingido entusiasmo y se marchó -definitivamente hundido- al dormitorio a cambiarse de ropa.

Allí permaneció unos minutos respirando hondo sentado al borde de la cama. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no era suficiente con tirar un tabique. Había que derribar la casa entera.

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Tiempo ido

Los tejados se caen y la hierba
crece en cualquier resquicio.
El tiempo ido huye de nosotros
y, sin embargo, nos persigue.
Ya sé que no he conseguido nada
de lo que me había propuesto,
pero al menos he sobrevivido.
Como si eso tuviera algún valor.
Es cierto que lo que ha quedado
es bien poco. Lo suficiente.
Fue una lucha desigual y contra nadie.
La pintura se desgaja de las paredes
y las vigas se inclinan a mi paso.
Los que construyeron las catedrales
nunca entraron en ellas.
He llegado por fin a puerto
pero me sigo sintiendo como un náufrago.
Ahora descanso y contemplo a lo lejos
cómo avanzan las caravanas en silencio
hacia las tierras del crepúsculo.

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