Antipoética (2)

I
Un buen libro de poemas debe ser como un campo de minas.
Un buen poema no cabe en un libro de poesía,
como un verso perfecto no cabe en un poema,
aunque ese poema sea como un campo de minas.

II
Pobres poemas. Aparecen,
final y tristemente, confinados en los libros de poesía.
Libros de poemas escritos por poetas
y patrocinados por alguna entidad bancaria.
Son los poetas, final y tristemente,
quienes hacen todo lo posible
por desacreditar a la poesía.
Y lo consiguen.

III
La poesía se envilece a sí misma.
En un fango caliente y desagradablemente viscoso.
La poesía se envilece a sí misma.
No puede nunca ser un truco, como acostumbra.
Zafios trucos, pequeñas estafas, ridícula engañifa.
Porque ¿durante cuántos versos
se puede mantener un poema lleno de furia y verdad?

IV
Hay poemas que parece que han hecho gimnasia.
Quieren ser perfectos.
Pero un poema perfecto no respira.
Los poemas -los verdaderos poemas-
viven en los límites, acampan en la frontera.
Es la imperfección -esa vida en la frontera-
quien construye los poemas.

V
La poesía la carga el diablo.
La poesía exige la precisión de un estrangulador.
La poesía es un disparo, la prosa, una ráfaga.
Debe haber siempre alguien que muera en el poema.
De un tiro o estrangulado.
La poesía es un impulso, pero también, y sobre todo, cálculo.

VI
Sueño con escribir poemas mientras duermo.
Con escribir poemas en los que las palabras
dijeran otra cosa.
Exactamente lo que dicen.

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