La casa grande

Las ralas masas de encinas no eran suficientes para ocultar el blanco absoluto de sus paredes enjalbegadas. Desde cualquier punto, en veinte o treinta kilómetros a la redonda, se divisaba su simple y señorial arquitectura, un rectángulo sin más pretensiones que la de albergar una casa de campo, una casa de labor. La casa más grande de los contornos. Habían pasado los lustros y ahí seguía encaramada a esa escasa elevación, pero suficiente para ser avistada desde lejanos y diversos lugares.

A pesar de su fácil localización, de su desdén por ocultarse, no era fácil acceder a ella. Una nula señalización y una intrincada red de caminos de tierra que se bifurcaban y cruzaban entre sí, favorecían la errática pérdida -si no estaba muy familiarizado con los bosques y cerros de los contornos- del que quisiera llegar hasta allí. El ganado esparcido por las amplias laderas y vaguadas, al abrigo de las dehesas de encinas y alcornoques, observaba impávido al viajero que por aquellas trochas se aventurara. La casa grande permanecía a la vista de todos, aunque, lo suficientemente alejada, ajena a la vida habitual de las poblaciones más cercanas. Parecía vivir inmóvil en otra época. Una época ya pasada. Detrás de ella se elevaba definitivamente el rocoso farallón de las montañas azules.

Durante generaciones había vivido allí la misma familia, y aunque los inevitables avances del progreso -especialmente mecánico- también habían llegado hasta los campos de la enorme finca de la casa grande, los trabajos seguían siendo duros. La mayoría de los hijos huían al cumplir los dieciocho con la excusa de mejorar, pero siempre quedaba alguno que continuaba la saga de hombres al cuidado de la finca y los ganados del dueño de la casa grande. Así había sido desde hacía siglos. El señor acudía a la casa grande de tarde en tarde. Y la puesta en escena del recibimiento -saludos, inclinaciones de cabeza, sonrisas nerviosas, falsa familiaridad- era la misma desde hacía siglos.

Entre los que salían a darle la bienvenida también estaba la figura oscura, encorvada y anciana que se pasaba el día sentado en la piedra que había en la fachada de la casa pelando palos o liándose tabaco. Había trabajado durante decenios y ahora era su hijo quien se encargaba de todo. Como él se encargó de todo cuando su padre alcanzó la edad que él tenía ahora. El señor, que no sin cierta dificultad se bajó del cuatro por cuatro que aún conducía, debía tener la misma edad. Cuando volvieron a saludarse, se cruzaron una breve y demasiado fija mirada. La cara del viejo guardés estaba atravesada por una profunda cicatriz que aún pugnaba por diferenciarse de las múltiples arrugas que surcaban su rostro. Al hijo no le gustaba que su padre fuera tan digno y tan insolente.

Cuando el señor se fue, volvió la cansada rutina a la casa grande. Las luces de la tarde, como si fuera una tarde del neolítico, fueron apagándose con la lentitud suficiente para que diera tiempo a recogerlo todo. La noche empezaba a llenarse de animales nocturnos. Ni siquiera podía decirse que la luz fuera violeta. Se desvanecía. El campo no tiene prisa, pero tampoco descansa nunca.

La oscura figura del viejo guardés terminó por perderse en su oscuro cuarto sin ventanas en el que dormía desde que nació. Ya en la cama, sin sueño, volvió a evocar la tarde de julio de hace cincuenta años en la que el señor le partió -literalmente- la cara. Motivos, tal vez los tuvo, pero también recuerda que aquella tarde, bañado en sangre y creyendo que había perdido un ojo, juró matarlo. Y todo por lo que había jurado en su vida, lo había cumplido. Aunque ya había sobrepasado los ochenta, aún sabía que le quedaba tiempo y vigor suficiente para hacerlo.

El señor, vapuleado por los baches del camino de tierra que le llevaría hasta la comarcal, aunque aún había algo de claridad, encendió las luces. Sonreía satisfecho. Una vez más, después de tantos años, había vuelto a la casa grande y había cruzado la mirada llena de odio con su viejo guardés. Sabía, desde hace tantos años, que cada vez que acudía a la casa grande, se estaba jugando la vida, que cualquier día le descerrajaría un tiro o le clavaría un cuchillo de matar jabalíes. Eran ya muchos años. Al principio, aunque era el señor de todo aquello, iba con miedo, pero con el paso del tiempo, aquellas visitas tenían para él una importancia propia y especial, era como si al hacerlas, le dieran nueva y más vida. Los ojos del viejo guardés se iban afilando, casi ya cerrados. Él era el señor.

Cuando se incorporó a la carretera comarcal, un coche que venía a demasiada velocidad le embistió. Dio dos vueltas de campana y ya se despertó en la cama del hospital. Al abrir los ojos, e ignorante de sus daños y heridas, se mostró confiado. Su familia había acudido y mostraba su congoja y preocupación. Pero él cuando los vio, sonrió. A pesar de los daños y de las heridas, estaba tranquilo. Sabía -sabía desde hacía muchos años- que no iba a morir, y menos, por un accidente de tráfico. Su muerte estaba reservada.

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