Retrato (8)

Era humilde como una cebolla y trágico como un erizo. Abría los abrefáciles siempre con la boca. Era capaz de ver desplomarse una catedral sin parpadear siquiera. Le hubiera gustado vivir en una casa con un tejado a dos aguas. Jugó al corro de la patata y después comió ensalada. Dejaba pistas falsas para que lo tuvieran más fácil. Quemó las naves, pero no ardieron. Hubiera cambiado de parecer si hubiera tenido alguno. Era incapaz de volver a doblar el mapa. La inmortalidad le daba un poco de pereza. Aún vivía a la sombra de las muchachas en flor. No hacía nada en todo el día y terminaba exhausto. Decidió, hace ya muchos años, ignorar los buenos consejos. Se engañaba a sí mismo con gran maestría. Por lo menos tenía esa habilidad. Tardaba largas horas en hacer cosas innecesarias. Le hubiera gustado tomarse un vino con Gonzalo de Berceo. Cuando cerraba los ojos, oía el mar.

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Vigía

Al cabo de una larga y dura jornada, en la que atravesó, después de salir del último destacamento antes de que amaneciera, las tierras más altas que separaban el territorio, sus campos de cultivos y las primeras y endiabladas estribaciones de la más alta sierra en donde, semioculta y confundida, como si surgiera de las propias rocas de la cima, se elevaba la pequeña torre de la atalaya, accedió  a ella con el tiempo suficiente como para efectuar, según estipulan las viejas ordenanzas, el relevo o cambio de guardia, despedirse de su compañero y preparar los escasos elementos de vigilancia, defensa y aviso que le serían imprescindibles, así como los víveres que necesitaría durante esa semana, y, sobrándole aún algunos minutos, contemplar cómo la línea del horizonte, que delimitaba, a una distancia imprecisa y cambiante, el territorio de los enemigos seculares, terminaba por engullir el melocotón del sol.

Volvió a sentir, de la misma manera que pudiera sentir el contacto de una vieja amiga, demasiado conocida, pero no por eso menos excitante, la rugosa superficie de las toscas almenas de la torre, sobre las que pasaría apoyado los próximos días, percibiendo esa consistente cualidad pétrea como su única compañía real -y táctil- en un mundo que se extendía ante sus ojos cambiante y engañoso, apacible o amenazante, inextricable e hierático, sobre el minucioso tapiz de las llanuras fronterizas que separaban su propio territorio del de los enemigos seculares, bajo el enorme arco de un cielo igual de cambiante y engañoso. Por eso necesitaba apoyar las manos sobre los desgastados bordes de la piedra.

Esta atalaya era la última, la más avanzada, punto final de una serie de torres de vigilancia que se sucedían en las diversas cimas que pespunteaban la crestería de la última sierra libre. O bien un juego de espejos durante los días claros o simplemente unas hogueras en la noche, eran suficientes para dar la voz de alarma y poner en marcha, con la anticipación suficiente, el mecanismo, un tanto básico, algo lento y descoordinado, pero como se puso de manifiesto otras veces, sorprendentemente eficaz, de aviso y defensa. En cada torre, un vigía joven y adiestrado, pasaba el día y la noche acodado a esos bordes rugosos de la almena, sobre esos sillares extraídos de las mismas sierras, tan pronto grises, tan pronto ocres, jugando con la luz mientras silbaba el aire por las exiguas troneras inservibles, definitivamente inutilizadas desde la última gran guerra.

Desde esta última atalaya, la más distante del último destacamento del páramo, en donde llevaba destinado más de seis años, se podían contemplar, en los días más claros y con la suficiente nitidez del aire, los últimos -esto es, los más cercanos- destacamentos de los enemigos seculares, construidos en tiempos de la última gran guerra a este lado del gran río, que durante lustros había servido de aceptada frontera. Con la ayuda de los viejos binoculares se podían distinguir, como pequeñísimos garabatos borrosos, las idas y venidas de los pequeños grupos a caballo que patrullaban, mañana, tarde y noche, una distancia suficiente como para agotarlos. Había veces en que se alejaban de la cinta oscura del gran río y se adentraban en la llanura en dirección hacia nuestro territorio. Llegado un punto, desconociendo sus intenciones y motivos, regresaban a galope tendido.

Había noches en las que se podía distinguir un débil resplandor, demasiado tenue en la distancia, demasiado difuso en el limpio azabache del cielo nocturno, pero perceptible y real, de la gran ciudad enemiga al otro lado del río, intuida siempre tras la línea insegura del horizonte. Era posible acurrucarse entonces en la terraza superior de la torre y dormitar con los binoculares en la mano, arrebujado en una manta gris y gruesa, apelmazada y que olía a pelo mojado aunque no hubiera llovido, y atisbar la oscurecida llanura y sus parpadeantes luces o contemplar el increíble dosel de un cielo excesivamente estrellado.

Las primeras horas de la mañana, a pesar del cansancio y el frío, eran espléndidas. Todo lo envolvía, durante unos minutos extraordinarios, una gasa. Hasta que el mundo -la torre de piedra, la sierra, las trochas de acceso, las llanuras a los lejos, a uno y otro lado, el cielo mismo- volvía a recuperar la nitidez, con la lujuria vertiginosa de las cosas recién estrenadas, nuevas otra vez, a pesar de los siglos soportados. Eran ya varios años, desde que decidió abandonar la ciudad e incorporarse a la vida más estricta y agraz del más alejado destacamento del territorio de la frontera, dedicados a la vigilancia y observación, su oficio especializado y su responsabilidad militar: todo lo que cabía en un horizonte y aquello que se movía en él. Cada nube de polvo, cada brillo, cada nueva mancha, cada columna de humo, cada carreta recorriendo un camino, eran las letras con las que él tenía que saber construir -e interpretar- su mensaje. El mundo conocido -y ofrecido a su vista- debía someterse a su constante escrutinio. Era el suyo un oficio de paciencia y criterio.

Esa mañana, desanimado tal vez por la observación de unos espacios largos años analizados palmo a palmo con una precisión, a pesar de la distancia, casi microscópica, conocido cada camino, cada cultivo, cada arroyo, cada árbol incluso, interpretada cada sombra, y agotado por una desgana que se venía tiempo atrás acumulando, provocada por la falta de novedades en los movimientos que se sucedían en el extensísimo ámbito de su observación, siempre los mismos, repetidos casi mecánicamente, con una rutina cuartelaria descorazonadoramente previsible, previsibilidad que aquejaba también a lo extraordinario, incluso a esas inexplicables incursiones de los pequeños escuadrones de la caballería enemiga, decidió girar sobre sí mismo en la terraza superior del alto mirador de la atalaya, darse la vuelta tranquilamente, coger los binoculares y comenzar a contemplar durante unos minutos -que se convertirían, después, en días enteros- las llanuras que había dejado atrás, esto es, sus propios territorios, las escarpadas estribaciones de acceso al pico, el recortado perfil azul y rectangular de su propio destacamento, luego el páramo y más allá los cultivos y los caminos, los arroyos que se precipitaban en busca del seno más profundo de algún río, el humo de alguna quema, el tibio e inapreciable resplandor de su ciudad natal. Durante unos breves segundos, de manera abrupta e inexplicable, se sintió como uno de los vigías de los enemigos seculares, encaramado sobre la última torre de vigilancia, observando con militar detalle el territorio enemigo, que ahora era el suyo.

Plantita

Pie de foto: Diminuta planta de limonero crecida espontáneamente entre el seto de cipreses que le privan de la luz, de ahí su incierto futuro, a unos dos metros de un gran limonero y un gran pomelo que hay en el patio y que nos sirven de techo vegetal -cuajado ya de verdes limones y verdes pomelos, gordos y redondos como planetas los pomelos, más livianos y pequeños los limones, a la manera de satélites de aquellos- bajo el que nos guarecemos estos días de calor a eso de la una a tomar unas cervezas y unos vinos, mientras, muy de vez en cuando, en alguno de esos inevitables y brevísimos lapsus melancólicos, nos detenemos a mirar esa diminuta planta de limonero que se mantiene verde y lustrosa, con ganas de tirar para adelante, pero, para qué nos vamos a engañar, de futuro incierto e improbable.

Él acaba por convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene desde tiempo luchando por recuperar, está agotada, y en los sufrimientos de este descubrimiento cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitado de cariño, debiera ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad.

Macedonio Fernández. Tantalia. 1930

En la dirección equivocada

La luz del atardecer se la llevan
aquellos que vacían las acequias
o destruyen los puentes
para tranquilizarse.
Quedamos inertes entonces
a expensas de la noche
y a oscuras descubro
cómo tu legendaria belleza
ha empezado a ajarse
tan elegantemente
que podría de nuevo volver a quererte.
Nadie se desconoce lo suficiente.
Los dos lo sabemos o acaso
suponemos que lo sabemos.
Todo se ha malgastado y ahora
es la vida quien nos mira.
Nunca nos alejamos lo bastante
de lo que hemos huido.
Solo nos queda ahora
esta noche robada
y alguna estrella con frío.
Dentro de nada tendremos
que avanzar con cuidado
entre las delicadas
hebras del amanecer.
Mientras, cabalgaremos toda la noche
en la dirección equivocada.
Hay que dejar, al menos,
un rastro de inocencia.

En las últimas fronteras

Nos movemos por las zonas más altas de los picachos y las sierras. Hace años que no bajamos a las llanuras que contemplamos a diario y que se extienden a lo lejos como un enorme tapiz parsimoniosamente desenrollado que llega justo hasta la línea final del horizonte, interrumpido por algunos cerros y elevaciones difuminadas por un polvo de luz que se adensa hasta casi hacerlas desaparecer en la calígine. Pero nuestro lugar está aquí arriba, entre los grandes peñascos, las viejas y portentosas encinas, los dispersos alcornocales y los agrestes robledales que dibujan un preciso e inextricable mapa de masas arbóreas, parajes inaccesibles y trochas que se interrumpen, que delimitan el territorio en el que, desde hace años, nos ocultamos. Por eso, cuando nuestras irregulares ocupaciones nos lo permiten, nos gusta asomarnos a alguna de las pequeñas explanadas, improvisadas terrazas en las que, apoyados en alguna oquedad de algún canchal orientado al norte o recostados en el tronco generoso de algún roble, pasar unas horas observando las amplias extensiones de las temblorosas llanuras, sus finas retículas, las manchas de sus cultivos, los caminos y carreteras que las cruzan, las diminutas y alargadas masas de vegetación que acompañan al gran río y la línea última del horizonte que lo pone todo, finalmente, en contacto con el cielo.

Si en algún tiempo fuimos soldados, resistentes o simples cazadores furtivos, ahora, a pesar de las viejas armas que aún conservamos, no somos más que vigilantes, observadores encaramados en esta gran e irregular atalaya que son los picos de la última sierra libre de la ocupación. Vigilamos día y noche, estamos atentos siempre. Aunque sabemos de sobra -hace tiempo ya- que apenas es de utilidad descubrir sus movimientos y avisar de ellos. Ya no hay nadie a quien comunicárselo. Ya nadie vendrá en nuestra ayuda. Solo, cuando eso ocurre, nos sirve para escapar una vez más y adentrarnos -una vez más- en la espesura, o aún más arriba, donde apenas hay árboles, y esperar entonces a que la bestia decida replegarse y retorne resoplando a las llanuras.

Pero la mayor parte del tiempo todo parece como atrapado por unas rutinas lentas y casi mecánicas. Los movimientos de las tropas al otro lado del río y al pie de las lejanas montañas redondeadas del horizonte son escasos, a menudo imperceptibles. Escuadrones a caballo cambian de posición mientras los campamentos permanecen durante meses en el mismo lugar. Una hilacha de humo da señal de vida. Por la noche, las breves e intermitentes luces de las antorchas nos acompañan desde lejos. Nosotros procuramos no hacer fuego, salvo en los días más fríos del invierno. Nos hemos acostumbrado a esta vida cruda y montaraz. En las noches de guardia, anegados en la oscuridad y acompañados por el canto monótono de las lechuzas y los mochuelos, nos entretenemos en contemplar, de un extremo a otro, la extensa llanura salpicada por las luces de las hogueras de los destacamentos. Al otro lado del horizonte sabemos que las ciudades que antes fueron libres y nuestras, duermen ahora un sueño inquieto y sojuzgado.

Hay un momento en el que el alba coge con sus manos el manto de la noche y, con mucho cuidado, lentamente, lo levanta sobre nosotros y el mundo. La llanura emerge otra vez diáfana mientras se despereza. Por unos breves instantes hay una especie de cualidad acuática en el aire que nos refresca y tonifica, pero enseguida desaparece. Ellos no van a cejar nunca en su empeño y esperan que, tarde o temprano, acabemos por entregarnos. Probablemente no habría ni venganzas o escarmientos, ni siquiera animadversión. Todo consistiría en entregar las armas e integrarnos en la nueva vida -por ellos instituida- de nuestras viejas ciudades doblegadas. Pero nosotros sabemos que no hay marcha atrás, que no hay ninguna posibilidad de volver a recorrer esas calles ocupadas, de volver a vivir esa nueva vida esquilmada, oprimida, tranquila y asfixiada. La vieja libertad -y la memoria de nuestros antepasados y sus centenarias costumbres- no va a morir mientras estemos aquí arriba, en las montañas, ocultos en el boscaje y viviendo en las oquedades de las grandes piedras, vigilantes y huidizos en lo más alto, acosados pero libres.

Esas nubes de polvo, esos lentos convoyes, esas columnas de humo, esos diminutos puntitos negros que se afanan en la defensa del río, configuran un lejano decorado animado sobre el territorio de un mapa demasiado conocido, que empieza a cuartearse por los extremos. De vez en cuando, una breve explosión, un interrumpido tiroteo, un cañonazo, dan fe de ellos. Mientras, nosotros, aquí arriba, pateamos los estrechos caminos de piedra al borde de pequeños precipicios. Buscamos algo de caza. Pero no dejamos de contemplar la amplísima llanura secuestrada, inmóvil ahora a media tarde. Llegamos por fin a uno de los manantiales en los que el agua aún brota fría, limpia y generosa. Nos arrodillamos para beber, nos refrescamos la cara y llenamos las cantimploras. Abajo, a lo lejos, un sol plano recalienta y pudre el agua de los pilones y los estanques.

Comparativa (29)

como el vuelo de los pájaros después de su canto
como un verdugo que llega tarde a su trabajo
como un espejo frente a otro espejo
como pasear a media tarde por un polígono industrial
como un árbol dibujando su sombra con tinta china
como pasar de nuevo la misma página sin atreverse a arrancarla
como sacar agua de un pozo con una cuerda demasiado corta
como un bar vacío en el que tomar algo a deshoras
como una tapia de adobe desmoronada
como confundirse de parada de autobús
como un decorado demasiado real
como una mariposa posada en un abanico
como un globo atado al dedo amoratado de un niño
como la lluvia de noche justo debajo del haz de luz de las farolas
como esperar a nadie y que nadie venga

La colonia de gatos del cementerio

Así se controla la colonia de gatos del cementerio
…los gatos salvajes van formando distintas colonias. «Es un problema complicado porque se reproducen con facilidad y el crecimiento se hace incontrolado»… la única medida eficaz: el procedimiento CES (captura-esterilización-suelta), que permite controlar las colonias sin un crecimiento desproporcionado…

La ciudad vieja, escalonada desde hace siglos en laderas empinadísimas y empotrada en grandes rocas que la sustentan, es un desorden perfecto de callejuelas, rincones, recovecos, plazas y plazuelas, altas casas y sólidos palacios a los que se adosan huertos y jardines altamente tapiados. El escaso tráfico y las hordas de turistas no son impedimento para que los gatos campen libres y ágiles por este laberinto -que ellos descifran a la perfección- de piedra y sombras.

Incluso se agrupan por colonias: los de la Judería, los del Olivar Chico, los del Cementerio, un poco más abajo, más asilvestrados aún, los de San Francisco… Tienen, seguro, su propia organización y se delimitan las zonas sin atreverse a entrar en las ajenas. Pero no son rivales. Simplemente conviven de esa manera. Cada vez hay más gatos callejeros.

Los del Cementerio son, acaso, los que más libre y tranquilamente viven. Entre las sombras de los mausoleos, bajo las cruces, sobre la hierba crecida entre las lápidas o trepando por los cipreses en busca de algún nido. Muy de vez en cuando esa paz se ve alterada por oscuros grupos de personas que vienen formando un tropel lento y desangelado. Luego, al cabo, se marchan.

Aunque ahora son pequeños grupos de personas -no más de dos o tres- los que pretenden capturarlos. A los que cogen los llevan a una especie de clínica de campaña donde los castran o esterilizan. Después los sueltan en el lugar donde fueron apresados. Llevan inquietos, por eso, estos últimos días. Siguen empeñados en capturarlos. Dicen que es la única medida eficaz para atajar ese crecimiento imparable e incontrolado de gatos salvajes.

Afortunadamente siempre hay alguno que no es atrapado, que se escapa. Son esos gatos fugitivos los que salvan la especie de gatos callejeros que trepan en un suspiro a las tapias o atrapan un ratón en un rincón de un oscuro callejón sin salida, los que aseguran que la vida siga en la vieja y gastada ciudad de piedra. Los fugitivos.