Proceso creativo

No escribo poemas. Los escribe una máquina. Cuando salgo a la calle, ando por el campo o me quedo en la habitación mirando el techo, atrapo frases que vuelan o vagan distraídas, que bien aparecen sin esperarlas o bien las espero ver aparecer a la vuelta de la esquina, detrás de una nube o escondidas en una pequeña grieta. No es difícil no acordarse luego de ellas. Aunque algunas estén hechas ya jirones.

Las guardo en una caja que tiene forma de cuaderno y cuando pasa un tiempo las vuelvo a sacar para que les dé el aire. Escojo algunas y las pongo unas detrás de otras. Un poco al azar. Cuanto más agito la caja que tiene forma de cuaderno antes de sacarlas, mejor se engarzan luego, unas con otras, las frases, las ideas, las imágenes. A menudo colisionan entre sí. O se repelen. Pero juntas -ya saben, unas detrás de otras- pueden llegar, incluso, a parecer un poema. Aunque no lo sean. No lo pueden ser.

Como son frases simples, las traduzco al inglés con el google translator. Así, aunque siguen sin parecer un poema, por lo menos llegan a tener el aspecto de una letra de una canción mal traducida. Una vez que obtengo, de esta manera maquinal y llena errores de sentido y de sintaxis, un artefacto fabricado con palabras, imágenes y frases, esa cosa resultante puede pasar ya por un poema escrito a mano, elaborado con una artesanía similar a la que utilizan para confeccionar esas colchas hechas de retales zurcidos y dispares.

Pero, oh, está el poema en inglés, lengua que desconozco. No me queda más remedio, entonces, que, con la ayuda inestimable y criminal del google translator de nuevo, volver a traducir estas frases hilvanadas en inglés ahora al español.

Doy al clic y ahí tengo, por fin, el poema. Debería ser el mismo que tenía al principio -la operación de la traducción ha sido simétrica, de ida y vuelta-, pero el resultado obtenido nada tiene que ver con el original. Algo se debe haber perdido por el camino. No es el poema ya el mismo. Es mucho mejor. O al menos, más enigmático. Me conformo con que le quede un resto de sentido.

Pero no pretendo escribir poemas. Prefiero salir a la calle, andar por el campo o quedarme en la habitación mirando el techo. Entonces atrapo frases. Pero los poemas los escribe una máquina.

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