En el colegio

Todos se volvieron a mirarme cuando el maestro me dijo que me levantara y fuera al despacho del director. El habitual runrún de los cuchicheos y de las maniobras y movimientos furtivos de la clase a escondidas de la mirada severa del maestro, cesó por completo. Me levanté sin decir nada y, como si fuera camino del cadalso, salí del aula. Solo los casos más excepcionales eran sancionados con una visita al despacho del director. Leves y acumulables castigos físicos o la expulsión de clase eran los previos y más habituales. Sentía la mirada de todos en la espalda antes de cerrar con cuidado la puerta.

Los pasillos del colegio eran anchos y estaban siempre lustrosos. Las puertas de las distintas aulas se sucedían y, entre ellas, pegadas a la pared, grandes macetas de aspidistras pretendían dar algo de viveza a la monotonía de los largos pasillos. Todavía recuerdo las hojas anchas y prehistóricas de esas plantas de un verde demasiado oscuro. Los techos eran altos y cada cierto tiempo unas generosas claraboyas inundaban todo de una luz difusa, espesa y amarillenta. Caminaba entre acongojado y compungido pisando las enormes baldosas del amplio pasillo donde formábamos antes de entrar a clase. Era sencillo lo que tenía que hacer. Golpear la puerta del despacho del director -ni muy fuerte, ni muy débil- y preguntar: “¿Da usted su permiso?” Esperar a oír el “Adelante”, y al entrar decir: “Ave María Purísima”.

El “Sin pecado concebida” sonó hueco y profundo. La voz del director -entonces el director no daba clases, ni se inmiscuía en las cosas del día a día, era el director- estaba acorde con su seriedad y rectitud. Su brillante calvicie, su enorme estatura y sus trajes siempre grises, componían una estampa de autoridad ya por sí misma. Si a ello se añadían sus plenos poderes y su calculado alejamiento de los problemas y cuestiones cotidianas, la figura del director causaba entre nosotros cierto pasmo y bastante miedo. Un férreo sentido de autoridad emanaba de él como una extensión del poder real del Estado, convenientemente rodeado de títulos, ornamentos y guirnaldas.

Me quedé en la puerta sin atreverme a avanzar hasta que, una vez que hubo levantado la vista de sus papeles, me dijo que me acercara. A medio metro de su mesa permanecí de pie, esperando que la hoja de la guillotina cayera -por fin, de una vez- sobre mi cabeza. No me atrevía a mirarle y recordaba entonces que nunca nadie le vio sonreír. Su lisa cabeza calva brillaba y daba la impresión de tener, cuando hablaba, un caramelo de menta en la boca. En uno de los extremos de la mesa tenía, como único adorno, un león de escayola. Estar allí era como ir al practicante o al dentista. Yo diría que peor.

Estaba sudando. Y seguí sudando a pesar -a medida que empezó a hablar, fui dándome cuenta- de que si me había mandado llamar a su despacho, era para felicitarme y darme la enhorabuena. Unas redacciones que el maestro de mi clase, de manera excepcional, le había hecho llegar, le habían parecido “ciertamente memorables”, creo que dijo. Luego se levantó -era más alto aún de lo que parecía- y dándome unos golpecitos en la espalda con su gran mano experta en separar los envoltorios de los caramelos de menta, me acompañó hasta la puerta. Yo no entendía nada, ni me interesaba nada de lo que me dijo. Seguía teniendo miedo.

Ya en el ancho pasillo no me sentí ni bien ni aliviado. Ni mucho menos contento, como hubiera debido estar. Orgulloso y todo eso. Pero no. Hubiera preferido cien veces que el maestro no me hubiera sacado de clase, que el director no me hubiera hecho ir a su despacho. Me sentía no como si me hubiera felicitado, sino como si hubiera sido víctima del peor de los castigos, de la más hiriente de las reconvenciones. Y ahora tenía que volver a clase. La luz caía oblicua y tamizada sobre las anchas hojas de las aspidistras.

Volví a golpear la puerta de clase y, después de la consabida jaculatoria, entré. Camino de mi sitio, intenté sobrevivir a las decenas de miradas -y al doloroso e inusual silencio- que seguían fijas en mí. Me daba igual que fueran de admiración, de curiosidad, de envidia o de pena. Hubiera preferido no haber tenido que ir al despacho del director. Ahora, mi único objetivo era llegar a mi pupitre y que dejaran de mirarme. Creo que, finalmente, lo conseguí.

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