El Gran Verde

Una pequeña flor acuática, de gruesas pero esponjosas hojas, verdes y brillantes, se acunaba en un recodo del río donde hacía un remanso hondo y traicionero. Al día siguiente esa lámina de agua, como si quisiera hurtarse al río, apareció repleta de pequeñas flores acuáticas que se apretujaban hasta llegar a formar una tupida alfombra vegetal. Pasaron los días y una buena parte del río, en algunos tramos, de una orilla a otra, quedaba oculta casi por completo por inmensas islas de camalote que apenas tenían espacio ya para mecerse. Las garzas podían andar bíblicamente sobre las aguas casi sin mojarse.

Las charcas, los lagos y lagunas, los embalses y los estanques, habían desaparecido. Los peces, sin luz que les llegara, sin oxígeno y sin alimentos, empezaron a morir por millares. Los pájaros acuáticos que buscaban su comida en los ríos estaban desapareciendo. Cada vez había más mosquitos. Los árboles y las plantas ribereñas se estaban secando, víctimas sin remedio del voraz avance del camalote que empezó a trepar por las orillas. Ya había invadido los canales de riego, las acequias y los azudes. Todo aparecía taponado de verde. Su capacidad de reproducción era asombrosa y múltiple. Su masa vegetal se duplicaba en una semana y en un mes se multiplicaba por setenta. Y setenta veces siete se parece mucho al infinito.

Las piscinas rebosaban de camalote y los parques acuáticos parecían jardines colgantes. Había problemas serios de abastecimiento de agua porque esas pequeñas flores acuáticas formaban colonias en las canalizaciones y las tuberías. Cada vez era más habitual ver salir del grifo del lavabo breves esquirlas verdes. Las duchas se habían convertido en pequeños jardines botánicos. Las cisternas estaban obturadas sin remedio. Como tardaras un rato en beber un vaso de agua podías ver brotar sus hojas verdes y brillantes tras el cristal. Se habían dado ya casos del crecimiento de esas plantas acuáticas en el interior de personas, ocasionándoles hinchazón en el vientre y una extraña halitosis clorofílica. Los médicos desaconsejaban operar y recomendaban -por recomendar algo- largas estancias en lugares fríos y secos.

El agua se pudría asfixiada y el camalote extendía sus pequeños pero numerosísimos tentáculos vegetales hacia tierra firme en una invasión incontrolable. Cualquier atisbo -siquiera fuera subterráneo- de humedad era suficiente para que sus filamentos sobrevivieran y se reprodujeran exponencialmente. Las ciudades eran realmente verdes -de un verde asfixiante- y los campos habían abandonado toda esperanza. No había cultivos porque no podía haberlos y solo sobrevivían los animales capaces de digerir esa pasta verde de camalote masticada a duras penas, demasiado ácida y repugnantemente crujiente.

Los escasos alimentos que se habían podido preservar se veían continuamente amenazados por esa imparable proliferación. No era inhabitual vomitar lo que se ingería. E inmediatamente, sobre los regüeldos, volvían a aparecer esas pequeñas flores acuáticas. La vida era cada vez más difícil. El camalote no iba a desaparecer nunca.

La única curiosidad que le quedaba a la perpleja e impotente especie humana era la de saber cuándo terminaría lo interminable. Científicos y astrónomos estaban a punto de confirmar la presencia de camalote en la luna. Algún resto de semilla debió viajar adherida a las naves que hace tiempo enviamos allá. Ahora, el camalote se está adaptando a atmósferas sin oxígeno. Porque con la tierra ya no tenía suficiente. La tierra era una flor acuática que todo lo ahogaba y lo pudría.

Las novias ya no llevaban ramo, llevaban un cuévano de flores de camalote. Y en los entierros tenían dificultades para cerrar los féretros. Por las hendiduras se escapaban racimos verdes, lustrosos, livianos, jugosos. Desde el Vaticano -de la misma manera que prohibieron los bautismos por razones obvias, recomendándolos hacer en seco- habían prohibido a los curas utilizar el agua bendita para bendecir al difunto. Hacían solo el gesto con el hisopo vacío.

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