Poda (4)

cenizas

Alguien se tiene que encargar del fuego,
dijo mientras se alejaba con un hacha.
Las sombras de las altas ramas
quedaban ocultas por las ramas mismas
caídas sobre ellas
después del tajo certero sobre cada una de sus vértebras.
Arrastradas entonces hasta el fuego
ardían con una desesperación no buscada.
Alguien se encargaba del fuego
y alguien, de derribar la vida incontrolada de las ramas,
que ardían -como nosotros- con  brevedad
hasta elevarse en pavesas
dejando al final un círculo de cenizas sobre el suelo.
Debajo de la hoguera -a su calor- imagino las raíces.

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Autocontrarretrato (16)

Más que faltarle algún tornillo, le sobraban varios. Perdió los nervios y todavía los anda buscando. Tenía visiones y eran idénticas a la realidad. Decía que soñaba despierto, cuando en realidad vivía dormido. No traspasó ningún límite porque los iba moviendo un poco más allá. Amaba la imprecisión en los momentos decisivos. Abrió las ventanas para que se ventilara el exterior. No podía meter la pata porque ya la tenía metida. Lo primero que utilizaba era el último recurso. Llevaba incorporado una especie de condensador de tristeza. Pagó las equivocaciones, pero no le dieron la vuelta. Siguió avanzando por el camino equivocado hasta que llegó donde quería. Echaba de menos el papel de estraza.

Una sola condición

Fue el mismo Dios tronitruante el que les salvó de la muerte -a ellos solos y sus dos hijas-, mientras destruía la ciudad con una ferocísima e inclemente lluvia de fuego, con la sola condición de que, cuando huyeran a las montañas dejando atrás los fértiles valles y las doradas ciudades en donde nacieron, se criaron y vivían, y que ahora ardían y se arrebatan hasta disolverse en cenizas, no miraran atrás.

Avanzaban penosamente por descarnadas cuestas hacia las cimas, tal y como les había indicado la voz del Señor, mientras escuchaban el estruendo amortiguado pero incesante de la destrucción. Intuían un resplandor cárdeno y una lluvia de pavesas empezaba a adornar sus cabezas. Lot tiraba de sus hijas. Hasta que en un recodo tras el cual se dejaba de ver el valle, su mujer se detuvo para recuperar el aliento. Y mientras lo recuperaba, en un ademán impremeditado, giró la cabeza. Apenas tuvo tiempo de contemplar los días de su pasado y el pavoroso espectáculo de su destrucción. Fue, en cumplimiento de la única condición divina  y su amenaza inesquivable, salificada.

Cuando Lot la llamó para reanudar la marcha, descubrió su figura inerte y brillante en cada uno de sus cristalizados poros al borde del último recodo. Recordó el aviso de Dios y siguió su camino, sumando el espanto primero a este espanto tan reciente como inasumible. Empujó a sus hijas camino arriba para que no miraran hacia atrás, para que no vieran la figura inmóvil de su madre envuelta en el esplendor del cataclismo. Estaban huyendo -dejando atrás todo- como almas que llevaba el diablo, aunque fuera Dios el que lo hiciera. Hasta que la extenuación los derribó.

Pasado el tiempo seguían viviendo en las montañas ellos tres solos. El mundo era como una cáscara seca y hueca, un ojo vaciado. La vida era escasa y les pesaba. Estaban solos en aquellos parajes con la sola compañía de algunas cabras y un resto ralo de vegetación.

Las muchachas crecieron y, aunque resignadas, desesperaban. La urgencia de la procreación les perturbaba. Y lo hizo de tal manera y hasta tal extremo, que urdieron una estratagema para salir de ese atolladero sin hombres. Así que decidieron emborrachar a su padre y esa noche la hermana mayor yació con él en su lecho. Al día siguiente Lot despertó con un intenso sabor a sal en la boca que no podía quitar por mucha agua que bebiera. A la noche siguiente hubo que repetir la operación y trajeron más vino. Una vez convenientemente borracho y acostado, fue la hija menor quien yació con él. Por la mañana Lot tenía el cuerpo entero como si fuera de sal. Y lo achacó al vino.

Ambas hermanas, al cabo de los meses dieron a luz sendos niños de los que Lot se sentía orgulloso, aun desconociendo cómo sus hijas pudieron llegar a tener tratos con varón alguno, en aquellas olvidadas, pedregosas y salinas tierras de las resecas montañas. Ellas, al ser preguntadas, sonreían, mientras le aconsejaban con dulzura que no era bueno ni deseable mirar atrás.

Algunas canciones de 2017. De la 6 a la 1

Ya acabo. Estas son las últimas -bueno, las primeras- canciones de la lista de este año que ya va dando las últimas boqueadas. Me acompañaron estos meses de atrás y algunas de ellas lo seguirán haciendo. Otras se irán quedando por el camino, como ocurrirá con todo lo demás. Pero lo mejor de todo es que habrá más canciones -más música- el año que viene, no sabemos cómo serán, no sabemos cuáles, pero también nos harán compañía en los momentos que vengan con los días, como éstas lo han hecho.

Ya he acabado.

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06
Trinity Gold Mine  Amber Cross
(From the LP Savage On The Downhill, Two Red Doors, july 2017)

 05
Filter Me Through You  The Dream Syndicate
(From the LP How Did I Find Myself Here, Anti Records, september 2017)

04
Sister of Mine  James Elkington
(From the LP Wintres Woma, Paradise of Bachelors, june 2017)

03
Saffiyah Smiles  Billy Bragg
(From the LP Bridges Not Walls, Cooking Vinyl, november 2017)

02
Back Against The Wall  Son Volt
(From the LP Notes Of Blue, Tansmit Sound, february 2017)

01
Thirteen Silver Dollars Colter Wall
(From the LP Colter Wall, Cooking Vinyl, may 2017)

A ambos lados de la línea

I
Oigo su graznido. Miro al cielo y las veo por vez primera este año. Ya están aquí de nuevo las grullas. Han vuelto después de un viaje larguísimo y -que a nosotros nos parece- prodigioso. Y probablemente muchas sean las mismas las que vuelven a los mismos lugares, más cálidos y de abundante alimento. A los mismos lugares sin perderse. El sol está en lo alto y el cielo es -como si lo fuera por primera vez- azul. Han vuelto las grullas. Ya están aquí de nuevo.

II
No oigo nada. Bajo la mirada y sobre la roca, intentando captar algo de calor, me sorprende, inmóvil, esta culebra. Aún no se han ido, ni han desaparecido. Todavía están entre nosotros.

Calabazas

Hice la prueba con varios parroquianos del bar y les pedí que se acercaran al tablón de anuncios en el que clavan los bandos del alcalde y los horarios del partido del equipo de la localidad, entre otra y diversa cartelería, como la de este “taller” que formaba parte de las actividades culturales -todo cabe ya en esta categoría- previas a los forzadas y detestables celebraciones navideñas, les dije que se fijaran en él, y si era posible, que lo leyeran.

Lo hicieron y me miraron raro, como si les molestara que pudiera relacionar su persona con semejante majadería, a no ser que fuera a mí quien le interesara tan extravagante afición de decorar calabazas y reciclar tarros de cristal.

Aunque, claro, no era esa mi intención, ni son esas -por muy extravagantes que pudieran ser las otras dedicaciones e intereses que tengo- mis aficiones. Simplemente quería que repararan en la errata. Pero ninguno la vio. Debe dar igual escribir calazabazas que calabazas. Se entiende igualmente. Es incluso mejor: calazabazas. Suena bien. Es, además, indetectable.

De igual manera hubieran podido escribir Horajarasca Curtulal y Reclicado de Tarros de Clistar. Todo lo que tienes que hacer es inscribirte en el Amuntayiento.

Pero prefirieron, y no se lo reprocho, volver a la barra. Probablemente pensando que era un caso perdido y que ahora me había dado por reciclar calazabazas. O cazalabazas. O como se diga.

PS (Repetida)

Errata. Siempre pensé que sería un buen título para unas memorias, pero George Steiner, un tipo inteligente con el que conviene no siempre estar de acuerdo, ya lo ha utilizado hace unos años. En el año 1997 publicó un libro que pretendía ser una especie de autobiografía intelectual, un repaso o examen de su vida, y lo tituló así: Errata.

A veces pienso que nuestra vida no es más que una errata dentro de un texto farragoso, aburrido y bastante incomprensible. Y que hay erratas indetectables. O indiferentes.

Pero algunas tienen la virtud de iluminar la página. Aunque no ésta. No ésta.