La rama hacia el sur (II)

La mañana era redonda y azul. Había que salir de la aldea y recuperar el camino, más allá del bosque de enebros, que dibujaba, en líneas quebradas, la ruta de descenso entre los peñascos y las umbrías. El caballo caminaba más despacio, con más tiento, casi con más esfuerzo, que si ascendiera. Sus músculos estaban tensos y brillaban. Los brezales inundaban el aire de un perfume agreste y limpio. La llanura, a lo lejos, perdía su cualidad casi nebulosa de confín, para hacerse más nítida, más real, amplia, expuesta y amarilla. Los campos mostraban con precisión su necesaria monotonía. Tal vez aquello que se distinguía entre la bruma del horizonte fuese una ciudad, apenas un punto oscuro. Tan lejos siempre.

Era agradable sentir su cuerpo adherido al mío. Todos los olores de la montaña se confundían, y el suyo ya formaba parte de ellos. La aventura de marchar juntos era doblemente insensata, pero en estos tiempos de zozobra, en estas circunstancias agotadas y extremas, todo lo que hicieras, por mucha precaución y cuidado que pusieras, lo era. No podíamos dejar de mirar la llanura. La montaña, su corazón y todas sus heridas, quedaba atrás, debía quedar atrás. No volvimos ni un instante la cabeza. El caballo avanzaba ajeno a la historia y al destino.

Los hayedos y robledales dieron paso a abundantes manchas de pinos silvestres. Más abajo nos esperaban los alcornocales, las encinas y los asilvestrados acebuches, finalmente los rebollares. Caminar entre tantos árboles nos puso de buen humor, alternando los huecos de sombra con los de sol, comprobando que el terreno empezaba a dejar de ser pedregoso, recuperando por momentos cierta horizontalidad, dejándonos llevar por laderas menos empinadas. Todo recuperaba, al cabo de los años agrestes, algo de normalidad, acaso su natural hueco en el mundo. Hubo un momento en que sentí cómo apoyaba su mejilla contra mi espalda.

Antes de que anocheciera decidimos detenernos para pasar nuestra última noche en la montaña. Mañana nos veríamos expuestos en las grandes campas de la llanura y habría que extremar las precauciones. Los abrigos y refugios serían escasos y tendríamos que proseguir nuestra marcha ocultándonos en los montes más fragosos y en los campos más abandonados durante el día. Solo, y en obligadas circunstancias, nos sería posible utilizar los caminos durante la noche. Aunque hacía tiempo que la guerra terminó, seguían patrullas recorriendo el territorio, mostrando más su capacidad de control sobre él, que buscando nada. Hice una pequeña lumbre, comimos algo y nos acurrucamos bajo las ásperas mantas buscando briznas de sueño, algo de armonía en el reposo bajo el brillo de las estrellas en un cielo demasiado oscuro entre las ramas. Cuando el fuego se apagó del todo, aún estaba despierto. Todavía era posible regresar, mañana ya no. Una lechuza ululaba.

Por fin amaneció el día con una claridad enfermiza que muy pronto, sin que fuera percibido, se volatilizó para dejarnos otra vez expuestos a una luz nítida y exagerada. Había que ponerse en marcha, adentrarnos, al fin, en la vastedad de los campos que tantos años contemplamos desde las cresterías de las montañas que ahora se veían azules, rígidas, imperturbables, atrás acaso para siempre. Un espíritu limpio y poderoso de inicio y partida ocupaba nuestro pecho y el temor solo nos servía para mantener alerta nuestra mirada. Serían varios días de marcha, si todo iba bien, antes de llegar al gran río. Debíamos evitar cualquier contacto con lugareños o viajeros, los campos cultivados, los caseríos y las aldeas, y buscar los desmontes; más que los atajos, los rodeos.

Inopinadamente, pasaron los días sin contratiempos mayores. De vez en cuando nos acercábamos a algunas huertas para hacernos con alguna lechuga, arrancar algunas patatas o robar alguna fruta. Aunque esos eran festines ocasionales. Las más de las veces teníamos que conformarnos con moras, espárragos silvestres, acederas, cardillos o collejas, hierbas del campo. Hambre no pasábamos, aunque soñábamos con hacer un fuego y cocinar algo de más enjundia. Un día me escapé sin decir nada durante la noche y me acerqué, un tanto inconscientemente, hasta un caserío que habíamos dejado a unos dos o tres kilómetros al este. Como un chiquillo que hace una travesura, salté al corral con todo el sigilo que pude y robé una gallina. Me sentía ridículo -ridículo pero feliz- mientras volvía bajo la luna, entre los jarales, con una gallina apretujada contra el pecho. Dos días nos duró tan exquisita pitanza.

Debíamos llevar ya recorrido la mitad de la distancia antes de llegar a la orilla del gran río. No sabíamos cómo íbamos a ser capaces de cruzarlo, con aquellas patrullas obsesivas y recurrentes que pretendían hacer infranqueable la frontera, pero ese sería otro problema que afrontaríamos en su momento, aunque era muy probable que entonces estuviéramos como ahora, sin saber cómo íbamos a cruzarlo. Pero aún quedaba una semana de marcha al menos hasta que aquello ocurriera. Los días se repetían casi idénticos -de tan indiferentes, favorables-, llevándonos un poco más lejos hasta dejarnos cada anochecer exhaustos por los kilómetros recorridos, los accidentes del terreno y el cansino cabalgar de nuestro único caballo. Hablábamos poco y ella no me llegó a contar por qué abandonó la aldea, si tenía algún motivo -o tal vez alguna esperanza- para hacerlo. Parecía adaptarse, sin problemas y sin reproche alguno, a nuestra vida errante -más bien fugitiva- como si hubiera sido eso -errar, huir-, lo que hubiera hecho toda su vida. Yo gastaba el tiempo y mis palabras en obviedades sobre las dificultades del camino, los árboles y los animales, la vida anterior en las montañas, las probabilidades de que cambiara el tiempo o la obcecación en seguir el impulso mantenido hacia el sur, como si algo nos empujara hacia allí sin motivo real o concreto, aún desconocido, tal vez inexistente.

Un día, mientras atravesábamos un berrocal, en donde las grandes piedras se amontonaban redondeadas y de diversísimos tamaños, como en un inmóvil tropel, vi un conejo huir de nuestra vista, aprovechando la laberíntica disposición de los pasillos que formaban los gigantescos pedruscos. Pensé que tal vez nos mereciéramos comer algo más que fruta robada o amargos espárragos cada vez menos tiernos, y acaso pudiera cazar alguno. Me bajé del caballo y me dispuse ufano a buscar algún pobre animal que llevarnos a la boca. Aquello era un verdadero laberinto de pétreos volúmenes sin orden. Busque un buen sitio al resguardo y permanecí unos minutos en silencio, esperando. Al cabo, apareció uno, nervioso, vigilante. Coloqué el fusil y disparé. El animal huyó despavorido. Había fallado el tiro. Me incorpore, subí a otra de las piedras y volví a verle. Antes de que pudiera volver a apretar el gatillo, tropecé en una inesperada cavidad o juntura y caí, desde una altura suficiente, al suelo. El ruido del golpe no consiguió tapar el chasquido de mi rodilla. Al intentar incorporarme del suelo comprobé que algo, si no roto, estaba verdaderamente dañado en ella. El dolor, de momento, no era muy intenso. Era peor, mucho peor, la preocupación, el miedo y la congoja que me atenazaban y estaban a punto de conseguir que, por fin, me hundiese en la más negra desesperación. No podía andar, no podía tenerme en pie. No quise gritar para pedir ayuda. Me hubiera gustado maldecir mi mala suerte, pero no podía: hacía ya tiempo que estaba maldita. Pasaron unos diez minutos, en los que intentaba doblar la rodilla, cada vez con peores resultados, hasta que apareció ella, que me buscaba entre las paredes de piedra de los canchales. Cuando la vi, me importó menos lo de la rodilla. Lo sentía por ella, lo sentía por ella.

No nos quedó más remedio que hacer allí mismo, en el lugar de la caída, el campamento. Conseguí arrastrarme unos metros hasta la pared que formaba una de las grandes rocas. No era un buen sitio, pero no podíamos elegir. Acaso era mayor mi desesperación que el dolor incesante de la rodilla, que latía como si no cupiera en la pierna. “Procura respirar hondo. Estate tranquilo. Yo me ocuparé de todo”, me dijo. El caballo, ajeno, rebuscaba briznas de hierba. No solo sería largo este día, sino las noches, los días siguientes. A medida que avanzaban las horas la hinchazón crecía hasta desfigurar su forma. Cualquier mínimo movimiento me hacía temblar de dolor. Tumbado, inmóvil, tendría que dejar pasar las horas, los días acaso, y esperar. Sentí que no había hecho otra cosa en esta vida. “Si hay suerte y no hay nada roto, en unos días podrás andar de nuevo”, su voz sonaba neutra pero confiada. A mí me resultaba balsámica, casi analgésica. Me hubiera gustado que siguiera hablando mientras yo cerraba los ojos y me dejaba llevar lejos, de la mano de sus palabras amables, hasta otros lugares, hasta otro tiempo. Pero no pude pegar ojo durante la noche. Había que confiar en que no nos descubrieran, había que confiar en que no hubiera nada roto, había que confiar en demasiadas cosas. Por la mañana intentaría levantarme.

Cualquier intento de incorporarme acababa con mi cuerpo, como un fardo, derribado de nuevo al suelo y procurando no aullar de dolor. “No te muevas. Algo de reposo te vendrá bien. No te queda más remedio que tener paciencia”. Se había vuelto a recoger el pelo. “Voy a buscar algo de comida”. Las horas se estiraban y el sol caminaba por el cielo con una parsimonia desesperante. Dormitaba, reflexionaba acerca de ideas confusas y absurdas, contemplaba lo que me rodeaba como si estuviera alejado de mí miles de kilómetros, y a veces reptaba para coger algo, la cantimplora, un palo con el que escarbar el suelo o una manta para reclinar la cabeza. Eran excursiones de un metro o dos de distancia a la realidad. Así se fueron sucediendo los días, comprobando sin demasiada emoción cómo estábamos teniendo suerte y nadie nos había visto, allí escondidos a la fuerza en el berrocal, y cómo parecía no haber nada roto en la rodilla. Pero aquello iba despacio.

Me gustaba oírla hablar. Solía hacerlo al atardecer, cuando las luces del cielo se disponían a ir cambiando de color a cada instante, precipitándose, diluyéndose, hasta fundirse finalmente en un azul casi negro. Las sombras de la noche venían entonces a hacernos compañía. “No se está tan mal aquí. No hay mucho que comer, pero tampoco necesitamos más. Me gustan estas piedras tan grandes. Son como nuestra casa. No tenemos otra. A veces pienso que estamos aquí como expulsados del mundo. Nunca he encontrado un lugar. Por eso, cuando me preguntaste que si me venía, aunque fingí pensármelo, supe, incluso antes de que me lo preguntaras, que era la ocasión para partir, para irme, sin preocuparme a dónde, para qué, o incluso, con quién. Sé que no voy a ninguna parte, solo voy. Es suficiente. Todo lo demás -a dónde, para qué, con quién- es como si no valiera gran cosa, como si ensuciara ese impulso tan limpio que se cumple en la partida. La vida se va haciendo entonces, sin pretenderlo. Sin entenderla nunca. Me da miedo llegar un día a las montañas del sur. Tendría que empezar de nuevo. Y no sé si tendré fuerzas”. Su voz sonaba con una cadencia entrecortada y, sin embargo, dulce, casi musical. Me subyugada su poder de encantamiento, pero también, y no sabría explicarlo, me daba miedo. “Mi vida ha quedado atrás, ahora solo me empuja y me anima este impulso de partir, de irme, de seguir, aun sabiendo que nunca saldremos de este laberinto, de esforzarse cada minuto ignorando la obstinada inutilidad de ese esfuerzo. Cuando puedas mover algo esa pierna, seguiremos nuestro camino hasta el río. Ya no quedan muchas jornadas. Luego… No creo en la suerte. Tampoco en las causalidades. Pero a veces coinciden”. Me pareció que sonreía. Bebió un sorbo de una infusión de hierbas que había recogido durante el día. Sujetaba la taza con las dos manos. Pero debía estar ya fría. “He deseado siempre. A todas horas. Sin descanso. Hasta la extenuación. Y nunca ese deseo ha coincidido con el mundo, con la vida, como si estuvieran en planos ya no diferentes, sin alejados por años luz. Y sin embargo… ¿Me dejas dormir a tu lado? Tendré cuidado con la pierna”. Debían ser los primeros grillos de la primavera los que sonaban a lo lejos, adelantándose al comprobar que esa noche era, por primera vez, algo más templada.

El tiempo tenía en esos días para mí una cualidad flexible, indefinida, inexacta. Acaso pasó un mes o tan solo fuera una semana, pero ambos lapsos de tiempo, en aquellas circunstancias de postración y hundimiento, podrían tener -exactamente- la misma duración. Recuerdo el pico naranja de los mirlos posados en lo más alto de las grandes bolas de piedra que nos daban cobijo. Poco más. Era como si los minutos y las horas y los días y las noches se sucedieran en círculos y la rodilla se obstinara en no mejorar.

Pero, al cabo, uno de esos días intercambiables, decidí que a la mañana siguiente, hubiera pasado una semana o un mes, me encontraría en condiciones, estuviera como estuviera la rodilla, de partir de nuevo. No podíamos esperar más, estancados como estábamos en un territorio, si no hostil, sí, al menos, enemigo y poco grato. Esa noche le dije que a la mañana siguiente nos iríamos, que reiniciábamos por fin la marcha temprano. Me miró y no dijo nada. Las noches, arañadas tan solo por una brisa fría pero tenue, habían empezado tímidamente a caldearse. Pronto oiríamos a las ranas.

Ya había localizado previamente una gran roca a la que -creía- podía acceder y encaramarme en ella. Tenía la altura de un caballo. Una vez subido allí, podía resbalar un poco hasta dejarme caer sobre la grupa. Ella recogió el campamento y subió al caballo que acercó hasta la enorme piedra. Más arrastrándome que andando logré llegar hasta la roca. Tuve que rodearla y, ya con la fuerza de mis brazos y de la pierna sana, pude subir, por su parte más accesible, a lo alto y colocarme sobre el borde. La rodilla latía torturada por un dolor intenso. Pero había que salir de allí, de ese empantanamiento. Ella arrimó todo lo que pudo el animal a la irregular pared de la piedra. Cogí aire y me dejé caer, con las piernas abiertas, sobre la grupa. Estuve a punto de caer, pero conseguí agarrarme fuerte -desesperadamente- a su cintura. Ella sostuvo con fuerza las riendas y, al cabo de unos segundos angustiosos, consiguió estabilizar la montura, calmar al caballo y aguantar mi peso y mi desesperación. “¿Estás bien?”, me dijo sin volver la cabeza. No dije nada. Todos mis esfuerzos estaban exclusivamente encaminados a no caer. “Pues vámonos”. Seguía agarrado a ella con excesiva fuerza, la rodilla dolía como si se hubiera vuelto a hinchar, el caballo caracoleaba nervioso, pero estábamos, de nuevo, en marcha. Y el cielo estaba azul, radiante, limpio.

Los primeros días avanzamos poco y fueron, para mí, de una tortura moderada, tolerable. Por las noches podía reposar mientras comprobaba cómo, muy poco a poco, flexionaba la maldita rodilla. Comíamos escasamente y el caballo trotaba cada vez con menos bríos. Ella volvió a su habitual mutismo mientras se tenía que encargar de todo, azacaneando desde que salía el sol hasta que nos apretujábamos en nuestras mantas y atadijos literalmente derribados por el cansancio ya de noche. Era yo todavía una carga acaso demasiado pesada. Otra más, pensaría. Mi obsesión eran esos milímetros que cada día lograba doblar, aunque fuera con dolor, de más la rodilla. Era desesperante comprobar la lentitud de ese avance. Una de esas noches oímos croar las ranas, con su estereofónica y desordenada algarabía, desde alguna charca cercana. Acampamos bajo un árbol y me pasé buena parte de la noche en vela, contemplando la nervadura de las ramas extendiéndose hasta donde podían, aparentemente en una caótica disposición, pero todas con un fin preciso y perfecto: el de ser como eran, de esa misma manera y no de otra. No de otra. Exactas. Se dibujaban en el cielo de noche como trazadas con tinta aún más negra. Me estuve fijando con una atención casi obsesiva en la rama que apuntaba al sur.

Al cabo de dos días pudimos contemplar con la suficiente nitidez la barrera verdeoscura de los árboles de la ribera. Mañana podríamos estar a un tiro de piedra del río. Iba en la grupa y me gustaba sentir, cuando soplaba el viento, su pelo en mi cara. Ella manejaba el caballo con soltura, como lo hacía todo, con un aire de destreza, abnegación y condena. Yo seguía lo suficientemente renqueante como para ser un estorbo, por eso debíamos andar con más precauciones aún. Las patrullas recorrían la franja del río de una manera metódica. A veces se alejaban en busca de algún contrabandista o por el simple impulso de romper la frenética monotonía de las guardias y los relevos militarmente estipulados. Los campos hacía días que habían dejado de ser agrestes y se dulcificaban en planicies levemente descendentes que conducían hasta las vegas. Antes de la guerra debían ser feraces campos de cultivo, lujuriosas huertas, caseríos blancos por los que corretearían niños descalzos y gallinas. Ahora mostraban, sin pena ni retórica, su abandono. Después de tantos años en las montañas, me sentía extraño en lugares tan expuestos y tan amables. Debíamos encontrar un refugio, un escondite, un abrigo en el que esperar. Luego, intentar cruzar. Teníamos que pensar en cómo atravesar la frontera, en cómo llegar a la otra orilla. Ya que no teníamos fuerzas, buscar maña. O confiar en un golpe de suerte. Lo que no se nos pasó nunca por la cabeza fue no intentarlo, darlo por imposible, volver atrás. Mañana habría que encontrar un lugar, pero eso nos ocurría todos los días.

Anuncios

La rama hacia el sur (I)

Una nube rosa por encima de los picos cortantes de la cima era más rosa que el cielo rosa. Duraría unos instantes ese rosa. Justo lo que durara ese amanecer frío y devastado. El viento lo batía todo con puntas de diamante, afiladas y exactas. No sé cómo pudimos llegar a conciliar algunos tramos de sueño durante la madrugada con aquella ventisca que aullaba. Sobrevivir a aquella noche fue como regresar del infierno. Pero ahora clareaba. Abrí los ojos a la luz rosa del nuevo día y vi a mis otros dos compañeros como fardos sin vida, como restos expelidos de alguna catástrofe que dejaron, por fin, de rodar y quedaron varados, de cualquier manera, entre las rocas. Aún dormían.

No sé si no podía o no quería levantarme. El cuerpo, magullado y dolorido, apenas respondía. Entumecido además, no era más que una extensión informe e inmanejable de mi cabeza, que bullía como un carrusel descontrolado con las imágenes y los sonidos del día anterior, que se sucedían -y se repetían y giraban- a manera de fogonazos desencadenados. Irrupción vertiginosa e imprevista de caballos, gritos como desgarros, disparos sordos, golpes secos, caídas, combates desesperados, febriles, cuerpo a cuerpo, hombre a hombre, bulto a bulto, sangre, cuerpos derribados, heridas como flores extrañas e insanas, tajos, más gritos, muertos que miraban el combate con los ojos muy abiertos. Yo también los tenía ahora. Pero estaba vivo, o, al menos, no había corrido su misma suerte. La nube había dejado de ser rosa y el cielo empezaba a azulear.

Por aquellas alturas apenas había vegetación, ralas plantas aguerridas y tiesas que, aun sin flores, desprendían olores intensos, puros, limpios y esenciales. El resto eran piedras o rocas. Luego, el viento. Todavía no me explicaba cómo habíamos podido llegar hasta allí, escapando a través de la boca del lobo de la noche, como almas en pena y sin fuerzas, después del apocalipsis final de la encerrona que, a última hora de la tarde de ayer, acabó con nuestro campamento principal y, lo que era peor y definitivo, con la mayoría de nuestros compañeros. Muertos en el asalto o durante la defensa. Liquidada nuestra resistencia. Desbaratada nuestra forma de vida en las montañas, nuestra inexistente bandera, nuestra insensata misión. Ya no quedaba nada. Solo nosotros tres, que huidos no se sabe cómo, llegamos hasta aquí para qué. Como si fuéramos algo. Y no nada. Los dos caballos con los que escapamos mordían ahora a tirones matas de tomillo reseco, haciéndolas desprender un olor fuerte y agradable, tan real.

Al fin pude incorporarme, pero me mantuve sentado con los brazos apoyados sobre las rodillas erguidas. La cabeza entre ellas. Los otros dos bultos también empezaban a moverse. Sentí por primera vez en mi vida una devastación absoluta y un dolor espeso se empeñaba en ahogarme. Ese debía ser el sabor de la derrota, el peso inesquivable de la muerte de los compañeros, la obligada abdicación de la vida tal y como la habíamos vivido. Alguien debía volver a ponerse en pie y preguntar algo así como qué vamos a hacer ahora.

Me puse en pie y me acerqué a los caballos para asegurar sus arreos y comprobar qué es lo que nos quedaba. Algo muy parecido a nada. El viento seguía soplando y no se terminaba de acostumbrar uno a él. Cuando estuvimos los tres en pie empezamos a andar despacio y cabizbajos en pequeños círculos, como si estuviéramos leyendo en las piedras del suelo algún mensaje indescifrable en el que permaneciera oculta la solución a nuestro estado. Les dábamos pequeñas patadas para hacerlas hablar. Pero seguían mudas como nosotros.

Hasta que el más joven dejó de dar vueltas, levantó la cabeza y miró hacia las llanuras del sur, amarillas y cenicientas, extendidas hacia los difusos horizontes, envueltas en un aire menos puro tal vez, pero más cálido y no tan excesivo. “Me marcho”, dijo. “Puedes llevarte uno de los caballos”, replicó el otro compañero. El diálogo no era rápido, había largos espacios de silencio entre ellos, ocupados solo por la fuerza del viento, por el peso de la derrota. “Vuelvo a nuestra tierra. Intentaré vivir allí de nuevo. Si se puede”. Luego nos abrazó y se subió al caballo. “Procuraré no mirar a las montañas para no acordarme demasiado de ellas. Os echaré de menos”. Aguijó y fuese. Sabíamos que desaparecía ladera abajo para no volver a vernos nunca más.

Tal vez tuviera suerte y pudiera empezar de nuevo en nuestro maltrecho país, ocupado por la parda y sucia bota del enemigo del sur, soportando a cada paso la ominosa presencia de los satisfechos mandatarios y, lo que era peor aún, la inevitable convivencia con sus compatriotas, cómplices y hasta beneficiarios de la indigna rendición que nos llevó a huir a las montañas y a pelear estos largos años aquí arriba. Tal vez pudiera soportarlo.

Solo quedábamos dos hombres y un caballo. La luz del día mostraba la calidad de nuestra penuria. Acaso nos estuvieran persiguiendo para acabar, de una vez por todas, con nosotros. Pero sería un esfuerzo en balde. Ya estábamos liquidados. El sol intentaba calentar el torso sagrado de las más grandes peñas. “Yo me quedo”, me dijo de repente, sin levantar la cabeza de una de las piedras del suelo que toqueteaba con la puntera de la bota. Le intenté mirar con asombro, pero no pude. No me quedaba ya eso. Y además, podía entenderlo. Y además, secretamente le envidiaba por haber tomado, de manera tan irresponsable y ciega, esa decisión. O acaso no lo era. No era sino un destino -impuesto o elegido, daba igual-, tal vez una especie de maldición aceptada.

Sabíamos los dos que un hombre sólo no tenía muchas opciones de sobrevivir en aquellos parajes como podía hacerlo un animal acostumbrado. Pero era su vida y no le interesaba vivir otra. Lo intentaría hasta que no le quedaran fuerzas o mañas para vivir como uno de esos animales de la montaña. Todo esto lo pensábamos -lo sabíamos-, pero no dijimos una palabra. Ahora me tocaba a mí decidirme, decir algo al menos. “Te puedes llevar el caballo si decides irte”, añadió.

Bien sabe Dios que no sabía qué hacer, que todo se había derrumbado y era como si estuviera atrapado por una montaña de cascotes. Pero el sol brillaba y tenía un caballo. Quedarse sería tan absurdo como partir en busca de qué y sobre todo hacia dónde. El hecho de ser un fugitivo, un rebelde o un exsoldado no me causaba más inquietud que la que me producía estar vivo. En cualquier momento podía ser capturado y luego preso o fusilado. Pero no era eso lo que me preocupaba ni lo que condicionaba mi -posible, inexistente, azarosa- decisión. Tenía que hacer algo y decidí ese algo sin saber lo que pudiera ser. El viento, aquí arriba, suele cambiar de dirección. Debía haber un plan maestro pero desconocía absolutamente todo acerca de él, de su finalidad y sus normas.

De repente, como si despertara de un largo sueño lleno de pesadillas o hubiera logrado salir de ese montón de escombros, empecé a tomar decisiones. Y supe algunas cosas. No me quedaría más tiempo por aquellos parajes inhóspitos urdiendo la venganza y la reposición de algo que ya se había perdido, pero tampoco volvería -y era ésta una de las pocas certezas que me podían acompañar sin apesadumbrarme- a nuestro territorio, a nuestro país ocupado y satisfecho, a nuestras ciudades regidas por orondos conniventes y llenas de gente triste y acomodada a la invasión definitiva, pasivamente aceptada. La llanura ardía sin fuego, volviéndose irrespirable.

Nos dimos un abrazo seco y lo suficientemente breve como para no descomponernos. Subí al caballo y, ya montado, le dije: “Me marcho al sur. Intentaré atravesar la frontera y llegar a las montañas meridionales. Hasta el otro lado. Tal vez allí, si llego, pueda empezar de nuevo. No lo sé. Me marcho”. Hizo un gesto, creo que de despedida, con la mano. Parecía resignado y feliz, si eso fuera posible, a un tiempo. Cuando giré las riendas para emprender el descenso le oí desearme buena suerte. No quise mirar atrás. Sentí un vacío a mis espaldas, como si mi pasado -todas esas cosas- se hubiera desvanecido en un segundo. El caballo tanteaba el irregular camino para no tropezar. Él, al menos, tenía un objetivo.

Yo, en cambio, partía hacia ninguna parte, aunque lo hiciera hacia el sur, al otro lado de las más suaves montañas meridionales. Aunque allí, si llegaba a alcanzar esos nuevos y lejanos territorios, no me esperaba nadie ni nada. No había, entonces, ningún motivo ni meta. Este impulso inicial -y poco convincente- de partir debía ser lo que me mantuviera en pie y en el camino. El día se mostraba ya entero, nítido, el aire se había calmado un tanto y los escasos pastizales y erizados matojos parecían amortiguar las descarnaduras de las omnipresentes piedras y rocas, espinazos desordenados de aquellas inmisericordes alturas. Había que descender con cuidado, eligiendo bien las trochas, ya que algunas, o bien estaban cegadas, o bien desaparecían por las buenas al borde mismo de vertiginosos desfiladeros. Caminábamos -mi caballo y yo- con tiento. Ya no teníamos prisa. Íbamos a algún lugar. Y ese lugar podía estar en cualquier sitio.

Debía mantener la dirección siempre hacia el sur, aunque dibujara sobre las pendientes un amplio zigzag, de un lado a otro de las laderas. No era difícil en aquel día tan claro. Pero a mitad de descenso, al vislumbrar la tensionada silueta de un grupo de enebrales, decidí interrumpir la marcha y adentrarme, para descansar, en ese rastrero bosquecillo. Más abajo ya se distinguían las masas de hayas y robles. La montaña empezaba a mostrar algo de amabilidad. Bajo los árboles, a pesar de su escaso tamaño y copa temblorosa, me sentía protegido, casi acompañado.

Al levantarme para reemprender la marcha, me subí a un peñasco que sobresalía para abalanzarse al vacío sin llegar a hacerlo nunca y vi, hacia el oeste, una hoya que tajaba en dos las vertientes de aquella parte. Recordé entonces que, allá en su fondo, oculta aún y resguardada, estaba la aldea de las mujeres. Estuve contemplando durante largo tiempo -¿unos minutos?, ¿una hora?- esa especie de valle abrupto e inesperado que protegía algo así como un reducto humano, en el que una decena, más o menos, de mujeres y algunos niños, sobrevivían alejados de cualquier convención, de cualquier norma que no fueran las suyas, a merced de una vida violenta de soldados, fugitivos y contrabandistas, y acaso protegidas por eso mismo, por esa exposición valiente e inerme. Recordé la última vez que estuve allí, hacía cosa ya de un año.

No podía quedarme más tiempo de pie en esa peña y volví hasta donde dejé atado el caballo. Al montar en él volví a dar un tirón a las riendas y abandonamos la dirección sur -ese zigzag metronímico- para adentrarnos en aquella hoya verdeoscura, en la que, al menos, los arroyos bajaban despreocupados precipitándose sin esfuerzo. Había decidido -en un arranque absurdo e inesperado- desviarme hasta la aldea de las mujeres.

Al cabo de un par de horas de renqueante descenso pude contemplar de nuevo esas cuatro casitas blancas que no eran, bien miradas, más que chozos lo suficientemente grandes y cuidados como para ser confundidos con un hogar aceptable. Sus techos eran de retama tupida y apelmazada. Una de ellas desprendía un humo deshilachado e inconstante. El cobertizo y el establo estaban embarrados. Los niños jugaban con unas tablas. Bajé del caballo y me acerqué a la huerta que quedaba oculta por los paredaños del establo y allí la volví a ver. Azacaneaba sin mucho ímpetu ni prisa.

Todavía no dije nada. Era muy probable que ya me hubiera visto y hubiera decidido seguir inclinada sobre los oscuros y mullidos surcos, esperando que fuera una visión que desaparecería de inmediato, o tal vez alargando innecesariamente, sin más, esos segundos de espera para recuperar el resuello o darse tiempo por el propio placer de dárselo. El tiempo en aquel pequeño y aislado valle parecía estirar el lapso que había entre el tic y el tac, adaptándose al ritmo lento de las vacas y al de las coles abriendo perezosas sus arrugadas hojas.

Aquella pequeña comunidad de mujeres vivía en ese espacio vacío, en blanco, ajeno al mundo, y si entregaban su cuerpo a los habitantes de las montañas -cazadores, fugitivos, soldados, furtivos, tramperos, contrabandistas, rebeldes, o incluso ermitaños- eran ellas quienes lo decidían. La imposición o la violencia quedaban en este angosto valle suspendidas. Y lo más sorprendente es que nunca nadie -y eran tipos peligrosos y amorales la mayoría de los que lo frecuentaban- forzó aquella norma no escrita, extrañamente instituida y siempre respetada. Se acercaban las alimañas y solo comían si se les daba de comer. Ella, por fin, se erguió y me miró sin sonreír. Yo sí sonreí un poco. “Hola. Cuánto tiempo”, creo que dije. O algo así.

Caminamos entonces de vuelta a la aldea procurando no pisar demasiado barro. Dejé el caballo a la puerta del establo y los niños dejaron de jugar para mirarme con ojos grandes e inexpresivos. Luego entraron hasta el fondo del establo y salieron con pequeños haces de heno seco que empezaron a darle de comer al animal. Llegamos a la choza y entró ella primero. Yo me tuve que agachar algo y entornar lo ojos hasta que se acostumbraron a aquella penumbra ambarina y sucia. Recordaba haber estado hace tiempo en aquella estancia, pero podía ser el recuerdo de cualquier otra, pobre, escasa y de madera. Una sala en donde la chimenea presidía con desgana el espacio y una habitación aparte. No había más. La mesa era sólida y las sillas mostraban sin reparo su soledad en aquella estancia de suelo de tierra pisada.”¿Quieres comer algo?”, fue lo primero que me dijo aquel día. Pero no le interesaba gran cosa la respuesta, porque sacó de un aparador oculto en las sombras un pan, algo de queso y una especie de cecina ahumada e informe. Colocó todo aquello sobre la mesa desnuda y no muy limpia. Mientras, yo había decidido hacer algo de lumbre. Hacía allí dentro frío y me gustaba ver las llamas. Comisqueé algo. Ella rehusó. Me miraba. Luego nos sentamos junto al fuego como si fuéramos los últimos habitantes sobre la tierra y aquella, la última fogata.

El silencio que estábamos tejiendo entre los dos era, al menos para mí, agradable, extasiante, casi analgésico, pero, a la vez, me resultaba, no sabía muy bien porqué, insoportable, como si me viera obligado -por algo difícil de explicar- a romper en pedazos ese tapiz tejido sin palabras. Pero procuré hacerlo con cuidado.

Le hablé de lo que ocurrió el día anterior. De cómo, para nosotros, los fugitivos de las montañas, resistentes y empeñados en seguir manteniendo algún resto de rebeldía, grupo de locos o insensatos, inadaptados y montaraces, leales a una idea que acaso nunca existió, todo había acabado. Y de la peor manera posible. De cómo dos grupos muy numerosos de soldados nos atacaron de improviso por flancos opuestos. Y después de agónicos combates, acabaron por destruir nuestro principal campamento, nuestras provisiones para el invierno, nuestro pequeño arsenal, todo lo poco que teníamos y que preservábamos, dando muerte, además, a casi todos los nuestros. “No sé cómo pudimos escapar. Éramos tres en dos caballos. Y era tan negra la noche que tal vez fue eso lo que nos ayudó a escabullirnos sierra arriba, aún más arriba”, me interrumpí como si estuviera cansado de hablar, de contar otra vez lo mismo, aunque lo estuviera contando por vez primera, pero proseguí: “Ya no nos queda más que hacer. Lo que hicimos durante todos estos años acaso fue inútil, pero fue necesario. A partir de ahora, lo que haga, lo que pueda llegar a hacer, sea lo que sea, será útil tal vez, pero no será ya necesario”. Hacía mucho, mucho tiempo que no hablaba tanto. Ella no apartó ni una sola vez la vista de la lumbre. Crepitaba muy poquito. Había que añadir algún tronco más.

“Así que he decidido abandonar las montañas”, continué sin prisa. Parecía estar buscando las palabras dentro de un cajón, escasas y desordenadas. Las escogía con cuidado para colocarlas en su justo sitio. Al menos, debía dar esa impresión. “Y no sé nada más. He empezado a irme. Solo sé que no volveré a mi ciudad. No podría vivir ya entre mi gente, acomodado bajo el amparo y el control de aquellos contra los que he peleado estos años aquí arriba. No podría. Además, nadie me espera. Empezar de nuevo allí sería acabar definitivamente”. El fuego volvió a reanimarse y las llamas lamían las negras paredes de la chimenea. Las sombras y los resplandores jugaban en su rostro, leve e incompletamente iluminado. Me miró. Pero solo un momento.

“Ya sé que no hay salida, pero la voy a seguir buscando. He empezado la marcha y ése es motivo suficiente, acaso el único, para seguir. Intentaré atravesar la llanura hasta el gran río, luego, tal vez, pueda cruzarlo esquivando la vigilancia y las patrullas, y, una vez al otro lado, seguir huyendo, más al sur. Dicen que ha habido algunos que han conseguido llegar a las montañas meridionales. A mí no me queda más remedio que intentarlo. Sé que no será fácil y que puedo morir en el intento, pero nada nunca ha sido fácil y llevo pudiendo morir en cualquier momento ya muchos años. No quiero hacerme ilusiones ni pensar en aquellas montañas tan lejanas, en una nueva vida, como dicen. No aspiro a tanto. Solo he decido marcharme. Obedezco este impulso. Es lo único que me mantiene con vida”. Hacía rato que ya había anochecido. Callé. Me sentí como alguien que da explicaciones sin que nadie se las hubiera pedido. Ni siquiera las necesitaba yo mismo. Y fue extraño oír el tono de mi voz pronunciando frases con sentido dentro de aquella estancia cerrada, oscura y fragante. Ella se levantó a encender dos candiles. La puerta de la habitación, de madera tosca y gruesa, permanecía oculta en la temblorosa oscuridad. Ahora solo se escuchaban los breves chasquidos de los troncos al arder. “Mañana temprano partiré hacia el sur”.

Ella se levantó por fin y se dirigió, sin decir nada, a la habitación. Yo permanecí mirando el fuego hasta que escuché cómo se cerraba la puerta. Volví la cabeza para comprobar la tosquedad de aquella puerta cerrada. Era la primera vez que me ocurría -que me cerrara la puerta- y no me importó. Acaso fuera mejor así. Al menos esa pequeña hoguera desprendía un calor suficiente. Doblé el gabán y lo acomodé junto a la lumbre a modo de improvisada almohada. Me acurruque e intenté dormir. Las sombras jugaban en las paredes y en el techo, dándoles lametazos imprevistos y desordenados. También jugaban sobre la puerta de la habitación cerrada.

Cuando abrí los ojos vi el fuego apagado, el resto de alguna brasa y un pequeño montón de cenizas. Aún mantenían algo de calor. Me incorporé y pude comprobar cómo algo así como la primera luz del día entraba por el ventanuco abierto. Solo entonces pude verla con el pelo recogido. “Buenos días”, dijo mientras colocaba un vaso de leche sobre la mesa y partía un trozo de hogaza. Todo allí dentro adquirió entonces un carácter onírico, como si las pesadillas que atravesaron hace unos momentos mi sueño agitado y entrecortado fueran la realidad y aquel despertar diluido, de claridad suficiente y justos elementos ofrecidos, blancos y recientes, fuera un sueño. Ella estaba dentro de ese sueño. Creo que no le di los buenos días ni dije nada, como si no hubiera querido desbaratar aquel momento extraño, mágico, extático, tan irreal como uno de esos sueños no merecidos.

Estaba sentada al otro lado de la mesa mientras yo comía ese pedazo de pan y sorbía el cuenco lleno de leche de cabra. La claridad de la estancia era cada vez mayor y la luz se filtraba como si atravesara unos visillos blancos, inexistentes. Me miraba comer. El pan era consistente y algo áspero. Dejé un último resto de hogaza sobre la mesa y le pregunté que si se venía.

Aniversario

Las máquinas también tienen su corazoncito. Al menos esta de wordpress, que se ha molestado en saltar hace un momento y enviarme un mensaje de felicitación.

Ya sé que con un sencillo algoritmo -puramente numérico y mecánico- está felicitando, de la misma manera y a la vez, a miles y miles de otros usuarios que estén en la misma situación que yo. Y que lo hace todos los días. Tiene su calendario y cuando el llega el día que fue el que te diste de alta, pues salta. Es tan fácil quedar bien.

Así que feliz aniversario. Siete años ya. Y me dan las gracias -algo que no llego a entender del todo- por “volar con nosotros”. Es como hablarle de volar a un pingüino.

Ya sé que, aunque las máquinas también tienen su corazoncito -un algoritmo bienintencionado-, resulta un poco absurdo darle las gracias. Pero yo se las doy. Gracias por permitirme volar, aunque sea con las atrofiadas alas de un pingüino.

Ya sé también que siete años son muchos años. Producen algo así como vértigo. No acabo de entender la obstinación en seguir.

Como lo que tampoco entiendo es que esta felicitación venga presidida -y definida- por la palabra “Logro”.

Autocontrarretrato (22)

Sus bocetos eran mejores que sus obras. Tenía sueños demasiado reales. Echaba de menos los partidos de fútbol en los campos embarrados. Le faltaba lo que le sobraba. Era suplente de sí mismo. No le hacía falta hacer trampas para perder. Era fatalista porque le resultaba más cómodo. Tenía dificultades para controlar su tristeza. Sentía nostalgia de tiempos pasados que no existieron. Practicaba un hedonismo ascético. Llegó harto a los postres, que eran lo mejor. Entretenía su mente con cualquier cosa. Era hermético y transparente. Soñaba a pierna suelta. Luchaba contra la propia desidia con muy poca convicción. Le gustaban las luces recién apagadas en la noche. Y las que estaban a punto de.

Algo/Todo/Nada

Algo es parte de todo,
pero ese todo,
es también parte de nada.

Nada es parte de todo,
pero ese todo
es también parte de algo.

Todo es parte de algo,
pero ese algo
es también parte de nada.

Algo puede ser todo,
todo puede ser algo,
pero no la nada,

aunque sea parte de algo,
aunque sea parte de todo,
nunca la nada.

Libros

Recordaba los libros por el suelo, casi juguetes, que podía tirar, abrir o dejar caer, aunque no leer. Su predilección por ellos no tenía una explicación racional. Le atraían como el que se siente atraído por una caja y se obsesiona por ver qué hay en su interior. Los libros eran juguetes en el suelo, coches sin ruedas que, sin embargo, corrían, y también cajas llenas de cosas, de páginas, de dibujos, de personajes y de historias. No era habitual tener muchos libros en aquella época. Eran pocos. Pero unos cuantos eran suficientes, eran muchos.

Más tarde empezó a leerlos con una curiosidad que se parecía bastante a una voracidad malsana y bulímica. Horas perdidas en una actividad marginal y no muy bien vista. Solitaria. Leer era algo  enfermizo e insano. Propio de tipos raros en definitiva.

Siguió en su empeño lector durante los años siguientes, plenos de descubrimientos de mundos inexplorados que mejoraban de manera prodigiosa los más cercanos y opresivos mundos de su rancio y anodino entorno. Estaba todo por recorrer, quedaba todo por leer, y fueron cayendo, uno tras otro, los grandes nombres, los grandes mamotretos entre pecho y espalda. Numerosas y diversas aficiones se fueron incorporando a su vida y a sus intereses, pero de la misma manera que vinieron, se fueron. Pasaron los años, y la única y verdadera y satisfactoria pasión a la que permanecía fiel, era la de los libros, que ya se empezaban a subirse por las paredes -por todas las paredes- de su pequeña casa en las afueras.

Pero hace un año, algo debió suceder que ni él mismo se explica, ni siquiera es capaz de precisar el momento en que ocurrió, sería un día cualquiera, hace ya unos meses, demasiado tiempo para recordarlo con precisión, demasiado extraño y sutil para que fuera incluso percibido. Sí, podía hacer un año, o más tiempo acaso. Desde entonces no había leído un libro, no había leído nada. Dejo, sin motivo, de hacerlo. Y no parecía capaz de volver a leer. No era pereza o desgana. Era miedo.

Seguía amando los libros. Y los seguía comprando y guardando. Pero ahora se limitaba a mirarlos, a tocarlos, incluso a hojearlos con delectación durante horas, a la luz de la tarde bajo la ventana. Estaban con él, como si fueran de nuevo un juguete, una caja que se negaba, ahora, a abrir. Prefería, simplemente, tenerla en sus manos, imaginando su interior, pasando sus dedos por sus aristas. Un libro. Nada más.

No entendía muy bien lo que le pasaba, pero intuía que algo tenía que ver con el miedo. No se atrevía ya a abrir un libro y empezar, tranquilamente, a leer. ¿Alguien se había parado alguna vez, en serio, a pensar en lo que eso podía suponer? Los compraba, los tocaba, a veces, desesperado y audaz, los hojeaba con melancolía, pero… No se atrevía a iniciar la travesía del primer párrafo. Sabía que iba a naufragar si lo hacía.

Un buen día, acribillado por los vaivenes de una vida gris y descendente, al llegar a casa y separar las cortinas del salón vio un libro en la butaca que recogía los últimos minutos de luz de esa tarde exangüe. Se cambió de ropa y cometió la insensatez de retreparse en el asiento bajo la luz insegura del crepúsculo, que poco después sustituiría por la de la lámpara de pie. Y abrió el libro. Sabía que no debía pararse en la primera página, que no debía posar sus ojos en el primer párrafo. Tenía que evitarlo como fuera. Pero lo hizo. Empezó a leer. Y fue engullido para siempre.

Nunca más se volvió a saber de él.

Un buen día

subacuática

Una luz pálida tira del día.
Creo que amanece: el arco del cielo
desemboca al otro lado.
Habrá que empezar otra vez, pero no de nuevo.
Caminamos firmes sobre suposiciones débiles
y hacemos planes ignorando la realidad,
para entregar al final un cadáver frío.
Todo empezó cuando entonces
y todo acabará después de ahora.
El soldado cavó una trinchera
bajo una luna débil y ajena.
Su uniforme estaba tan sucio…
Todo ocurrirá un buen día
y nada entonces será como antes.
Ahora una niña salta a la comba
y desaparece al otro lado del espejo.
Sé que todo ocurrirá un buen día
aunque me niegue a creer
que ya no será como antes.
A veces es distinto y no es como parece.
Ahora, por ejemplo, llueve.