Todos los adolescentes llevan una carta en la mano

En la plaza Unschlitt de Núremberg, la tarde del 26 de mayo de 1828, apareció sin más, sin que nadie supiera nada de su procedencia o de su historia, ni cómo llegó hasta allí, un adolescente con una carta en la mano. Se mantenía de pie, impávido, no asustado, más bien asombrado. Esperando el qué. No se podría decir si había sido expulsado de algún sitio o, por el contrario, rescatado. Estaba simplemente en la plaza.

En la carta que sostenía como si fuera a entregársela a alguien, un desconocido solicitaba que se hicieran cargo del muchacho y lo alistaran en el regimiento de caballería. Pronto se congregaron algunos curiosos a su alrededor que empezaron a hacerle preguntas. El joven contestaba siempre lo mismo: “Quiero ser jinete como lo fue mi padre”.

He leído la historia real de este joven que escribió Paul Johann Anselm von Feuerbach, célebre jurista alemán, autor del código penal de Bavaria y uno de sus tutores. Escribió numerosos libros relacionados con la jurisprudencia, pero su libro más famoso es Kaspar Hauser. Ejemplo de un crimen contra la vida interior de un hombre (editado aquí por Pepitas de Calabaza).

Pronto se descubrió que aquel adolescente había pasado toda su infancia -un mínimo de doce años- encerrado en una pequeñísima habitación oscura, apenas más grande que una celda, y sin ninguna relación con el mundo exterior. Solo recordaba a la persona que le traía el pan y el agua, sus únicos alimentos, y unos caballitos con los que jugaba y a los que adornaba con cintas.

Hasta donde alcanzaba su memoria había vivido siempre en un agujero -un aposento pequeño y bajo al que a veces también llama jaula-, en donde se la pasó sentado sobre el suelo, descalzo y con apenas una camisa y unos pantalones de cuero con una raja atrás. En su aposento nunca había escuchado un ruido, ni de personas ni de animales o cualquier otro. Nunca había visto el cielo, ni percibido jamás la luz del sol. La diferencia entre el día y la noche era algo que no había conocido, mucho menos había llegado a ver las bellas luces del firmamento. Junto a él había un agujero en el suelo -probablemente con una olla-, en el que hacía sus necesidades. Cada vez que se despertaba, encontraba a su lado un pan y una jarra de agua.(…) En su agujero tenía dos caballos de madera y distintas cintas. Con esos caballos se entretenía todo el tiempo que estaba despierto; su única ocupación era hacerlos andar a su lado y colgarles o abrocharles primero de una manera y luego de otra las cintas que poseía. Así pasaba un día tras otro; pero no le faltaba nada, nunca había estado enfermo, no había sentido ningún dolor, con excepción de una vez, y en general le iba allí mejor que en el mundo, donde tenía tantos sufrimientos.

Conservaba una inocencia primordial no contaminada por la educación ni por las relaciones con los demás.

Aunque era capaz de hablar, las palabras eran nuevas, juguetes que podían tener una utilidad, elementos no contaminados por su uso. Así, para Kaspar, perder el conocimiento suponía “hacerse completamente de noche”, y al mirar un vaso de vino tinto en el que penetra un rayo de luz, exclamará: “¡cómo me gustaría beberme algo tan bonito!”.

Cuando cayeron las primeras nevadas del invierno siguiente, mostró gran alegría de que ahora las calles, techos y árboles estuvieran tan bien pintados, y se apresuró a salir al patio para buscar un poco de la pintura blanca, aunque volvió a subir a lo de su maestro llorando y berreando con los dedos bien abiertos, al tiempo que gritaba que la pintura blanca le había mordido las manos.

Pero poco a poco fue perdiendo esa inocencia primigenia con su progresiva y forzada entrada en el mundo civilizado. En los casi cuatro años que duró la socialización forzosa y aplastante, Kaspar pasó de expresarse libre e imaginativamente, a hacerlo como hacían los que le enseñaban, como hacían todos, de una manera convencional y sumisa.

La primera vez que vio la luna creyó que era el sol de espaldas.

Había sido educado, esto es, vuelto del revés por una sociedad atemorizada ante cualquier novedad o cuestionamiento, y convencida de que nada podía haber mejor para él que convertirle en uno de los suyos. Todo lo hicieron siempre por su bien.

Él no sabía qué era eso -un lápiz-, pero había sentido una alegría inmensa al ver que surgían las figuras negras sobre el papel blanco (…) no se cansaba, en su alegría por el nuevo descubrimiento, de dibujar una y otra vez estas figuras sobre la hoja. Esta ocupación casi que le había hecho olvidar sus caballos, aun cuando no sabía lo que pudieran significar esos trazos.

Durante ese proceso de integración y educación fueron muchos los que quisieron enseñar a Kaspar, pero nadie quiso aprender nada de él.

En música solo le atraía lo alegre y lo vivaz. Una vez que le tocaron algo de carácter serio dijo que lo ponía demasiado triste. Triste podía ponerse solo, para eso no necesitaba música.

Pasaron los meses y los diferentes tutores y maestros, y todas sus cualidades singulares desaparecieron finalmente. Se convirtió en un burgués más, probablemente un hombre de provecho. Había desaparecido todo lo que había de extraordinario en él. El proceso civilizatorio había concluido con éxito. Los ciudadanos podían estar satisfechos.

Aunque fue uno de ellos quien lo asesinó.

Su historia acabó trágicamente cuando, sin que se sepa a ciencia cierta el autor ni la razón, fue asesinado el 14 de diciembre de 1833. Desde entonces, las especulaciones sobre su origen y el significado de su leyenda no han dejado de multiplicarse y sucederse. Tal vez porque aún buscamos explicaciones a algo de lo que nos sentimos, íntimamente, culpables.

En 1924, la escritora Klara Hofer compró una casa en Schloss Pilsach, a treinta kilómetros de Núremberg. Había que hacer alguna reforma y, después de tirar un tabique, en su interior se descubrió una estancia subterránea, apenas más grande que una bóveda, que parecía reproducir con exactitud la descripción aportada por Kaspar Hauser de la celda en la que estuvo recluido, cuando era un niño, más de doce años.

Mucho tiempo más tarde, un 13 de marzo de 1982, cuando los nuevos dueños de la casa realizaban nuevas obras de remodelación en el edificio, en esa misma dependencia se encontró, perfectamente conservado, aunque cubierto de polvo, un pequeño caballito de madera.

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16 comentarios sobre “Todos los adolescentes llevan una carta en la mano

  1. La luna es el sol de espaldas es como una gregería de Gómez de la Serna. Perdemos la capacidad de asombro, de mirar diferente.
    El detalle del caballito de madera del final me ha parecido precioso.

    1. Oh. No era mi intención.
      Hace millones de años vi la película de Herzog en la 2 -bueno, entonces se llamaba la segunda cadena- y aún daba vueltas en mi cabeza, de manera muy difusa y desleída. Así que, ahora, cuando, por azar, vi el libro, lo compré y lo leí. Y también me ha conmocionado-desolado. Y lo he traído aquí.
      Es una buena -y muy triste- historia. Real e inconclusa. Como todas.

  2. Está bien que un texto y lo que cuente te dejé triste, o desolado, o abatido o conmocionado, o esperanzado, o maravillado, o feliz. Lo que no se le puede perdonar es que te deje indiferente…

  3. A mí también me impactó la película de Herzog. Luego (en2012) hicieron otra italiana “la leyenda de Kaspar Hauser” pero, aunque tiene cosas de impacto (no sé si no la entendí o qué)no me “tocó”, yo diría que me dejó indiferente. ¿La conoces?

    1. No. Hace más de quince años -o así- que no voy al cine. Simplemente vi el libro sobre Kaspar, me acordé de la película y compré el libro. Y lo traje aquí. Es tremenda -y simple- la historia. No tenemos nada que ver con ella, pero nos sentimos culpables. O deberíamos.

      1. El formato cine como sala, se ha perdido, pero siempre nos queda “internet y sus internautas compartidores🙌

      2. Bueno, he visto cosas peores -o mejores. Cuando el Cinestudio Griffith estaba en los Cines San Pol, había veces que, como todo el mundo fumaba -tanto y de todo- las imágenes se veían difuminadas, entre una densa y opiácea neblina.

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