Hojas

Daban vueltas al expositor de los libros con un golpecito, primero ella y luego él, alternada y acompasadamente, mirando las portadas sin especial interés en busca de algo que les pudiera propiciar unas horas de necesario entusiasmo lector o pérdida de consciencia de la realidad traqueteante y sucia que se les avecinaba. Lo hacían girar en un juego insulso y banal. También debían girar así los planetas. E imaginaron varios expositores girando sobre su eje y haciéndolo también alrededor de una gran biblioteca, que giraba a su vez etcétera.

Habían llegado con tiempo a la estación y no tenían mucho dinero. Les esperaba un viaje largo y necesariamente incómodo. Recorrer casi un continente entero les llevaría varios días. Los trenes, entonces, viajaban a una velocidad humana. Y como serían tantas las horas de observación de la realidad a través de una ventanilla, habían decidido comprar un libro que les hiciera viajar -a otra velocidad y a otro destino- dentro del viaje. Pero solo tenían dinero para un libro. Dos manzanas, unos sándwiches hiperaplastados y un libro. Ah, y la vida por delante.

Hicieron girar varias veces el expositor, como si fueran a aparecer nuevos libros con cada vuelta, y no siempre los mismos, hasta que ella lo detuvo. Le miró y se miraron. Luego, sin decirse nada, miraron a la vez al mismo libro. No había posibilidad de error en la elección. Era gordo y con una suficiente y premonitoria capacidad de engatusarles durante horas. Pedazo de novela que habría que leer acunados por el largo, obsesivo y continuado movimiento ferroviario que les esperaba.

Salió veloz al fin el tren como una tortuga obstinada, salteando los polígonos industriales hasta que, pasada una media hora, pudieron ver los tristes descampados de las afueras. Entonces cogió fuerza la tortuga y todo fue sobre ruedas. Ellos se acomodaron en un tieso compartimento, más que limpio, desinfectado, en el que las personas que compartían con ellos el cubículo parecían formar parte del atrezzo desde 1970 por lo menos.

Había empezado el viaje y no sabían lo que les esperaba al otro lado del mundo, tan lejos ya de casa, aproximadamente solos. Los paisajes que contemplaban con la avidez de los observantes primerizos no eran bonitos, parecían estar arrasados, lastimosamente abandonados, y, sin embargo, les fascinaban, provocaban en ellos un estado entre hipnótico y lisérgico, casi alucinatorio. La línea del cielo iba borrándose constantemente para volver a aparecer. Era ridículo quedarse embobado mirando por la ventanilla del tren cualquier cosa, pero ellos, afortunadamente, aún no habían dejado del todo de ser ridículos. El culo empezaba a doler y ensayaban diversas y levemente acrobáticas posturas. Ellos iban hasta el final del trayecto y los distintos pasajeros entraban y salían intercambiándose. Incluso había tramos en los que iban solos. A veces, parecían que entraban los mismos después de cientos de kilómetros. Pero en realidad, estuviera lleno o no, siempre estaban solos.

Ya mimetizados con tan plástico y manoseado compartimento -brillante del uso-, decidieron que sería durante esas largas horas su casa. Un hogar en miniatura con el cuarto de baño común en el pasillo exterior y en el que entraba gente desconocida y cansada. Pero su casa ya. El territorio se empeñaba en repetir llanuras cerealísticas y el embobamiento iba in crescendo. Él, como si rompiera a propósito el hechizo, echó mano al interior de la mochila y sacó el libro. Se miraron cómplices. Él se lo iba a ceder, pero no lo hizo. No tenían entre ellos necesidad de cortesías ni buenas educaciones. La vida era un juego cruel y no había que enfadarse por perder. Había bonitas nubes en el cielo.

Y comenzó la lectura. Cuando terminó la primera página -por las dos caras-, y antes de sumergirse en la lectura de la segunda, arrancó con cuidado esa primera página y se la dio a ella que, al cogerla, sonrió. Y así fueron leyendo el libro, acompasadamente, destruyéndolo. A veces había que esperar, pero se estableció una mecánica perfecta entre el arranque de las hojas y su cesión. Una vez que ella terminaba de leer la hoja, abría la ventanilla y la dejaba volar. Salía disparada hacia atrás, succionada por el viento, liberada por fin de la sujeción gomosa al tiránico lomo.

Pasaron las horas, el libro iba adelgazando sobre sus manos, expertas ya en desgajar las páginas, mientras que ella solo tenía que sostener una liviana hoja, justo la que estaba leyendo, y no las otras. Casi como si fuera un prospecto. El tren dejaba, de paso, un reguero de literatura en las cunetas y los desmontes. Y viajaban los dos en el mismo libro y a la vez, con una hoja de diferencia, pero en el mismo tiempo y en el mismo país imaginado, con los mismos personajes compartidos y las tramas y todo lo demás.

A veces, otros viajeros miraban con aprensión a esa pareja que se dedicaba, más que a leer, a destruir metódicamente un libro, arrancando las páginas y tirándolas luego por la ventanilla. Pero la lectura es eso, señores viajeros. Tenían, de todas maneras, esos viajeros asépticos, cara de leer poco, acaso incluso de forrar los escasos libros que tenían, mustios y bien colocados, en casa. Así no se deterioraban, solo amarilleaban. Pero a ellos les importaban bien poco esas miradas censoras. Estaban leyendo. Nada les podía molestar.

La luz del atardecer doraba las hojas -la única hoja- que ella sostenía. ¿Lo dejamos?, dijo él, cerrando lo que quedaba del libro, algo menos de la mitad, prácticamente ya descuadernado. Mañana de día lo terminamos. ¿Te está gustando? Sí, contestó ella, pero espera que acabe. Observarla leer era como mirar el mar en calma. Luego abrió un resquicio de la ventanilla y dejó irse a la última hoja del día. Volaría unos segundos como un pájaro alocado hasta posarse sobre cualquier talud.

Le gustaba también pensar en las otras que volaron frenéticas para posarse al fin en cualquier lugar a lo largo del camino. Las quemaría el sol y las desharía la lluvia. Alguna cabra las encontraría deliciosas. Tal vez algún pastor recogería una de ellas del suelo, sopesando tan extraño y liviano objeto, y, por aburrimiento más que por curiosidad, la leería, primero por una cara, después por otra, como había hecho ella mientras huía en el tren hacia cualquier otro sitio lejos, una hoja sola, encontrando esa parte arrancada de la historia interesante, tanto como para echar de menos las otras hojas, las que hubo antes y las que vendrían después, dios sabe dónde andarían, dios sabe quiénes las habrían leído.

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12 comentarios sobre “Hojas

      1. Su talento lo merece, caballero. Otra cosa es que por aquí no se llega a muchos lectores (ni autoeditándose tampoco)…a no ser que ya se hable de gastronomía, salud, marketing, moda, famoseo, fútbol…pero literatura! ¿A quién interesa la literatura?

      2. Ni siquiera a los escritores les interesa la literatura. No hay más que ver la lista de los más vendidos, las ferias de libros o los escaparates de las librerías.
        (Bueno. Nosotros sigamos a lo nuestro)

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