…y tú te quedas igual

-María, tú eres lo mismo que una piedra de roca, turbia y picuda, en medio de las fieras humanas abandonada. Por encima de ella concurren confabulaciones del dolor mundial: revoluciones horrorosas, caballos tristes y dulces ranas sedientas, hombres y mujeres engolfados en los más atroces sufrimientos, lluvias y más piedras, hilos de sangre y de trajes mojados, gargantas sin respiración, piedras delicadas y harapientos bronquios, consultas de oscuridad y alarmas absortas; en fin, pilastras de compasión, y tú te quedas igual. Te quedas ahí pintiparada y sonriente, con tu sonrisa de pan duro o piedra. Te quedas fría y sola, sin sentido, sin acompañamiento, sin fibra alguna, a voluntad. ¡Oh, voluntad de piedra! No puedo, María, tener a mi lado semejante pedrusco negro, que solo habla con la boca apretada. Te lo ruego, hija mía. Vete, huye cuanto antes de aquí. Colócate en donde te pertenece estar. Ponte en un arrecife donde no pase nadie y, desde allí, pegada a la tierra, aunque no sea más que por entretenerte, escucha los desacompasados ruidos de la herida hecatombe y el resto de los rumores, porque ellos son los movimientos aparatosos de las almas que están condenadas a besar la espada de Dios.

Carlos Edmundo de Ory. El bosque. 1952

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Metáfora del ángel

Un hueco en el cielo. El vuelo del ángel al estrellarse. Las alas desbaratadas. En caída libre y desordenada. Su estela temblorosa apenas perdura. El cielo otra vez está en calma. Su cadáver sobre el asfalto. ¿O aún respira? Es ya de noche. Las luces de los coches iluminan con sus ráfagas un bulto en la cuneta un instante. Un perro abandonado husmea y le olfatea. Intenta tirar de él. No puede moverle. No se mueve. Amorosamente le lame hasta que amanece. La luz de la mañana ahora es el ángel entero. De nuevo. El perro se aleja por los descampados esperando en cualquier momento el golpe certero de alguien. No sabe que el ángel le protege. Y huye.

Mañanas

Las mañanas se nos ofrecen claras, diáfanas, frescas a primera hora, circulares y enteras. Las mañanas no tienen nada que ver con lo que hacemos por las mañanas. Arrebatados, presurosos, esclavos de las horas y los minutos, en nuestros afanes, obligaciones o trabajos. No, nada tienen que ver las mañanas con lo que hacemos durante las mañanas. Las profanamos. Sin más. Por eso vagamos, culpables y condenados, durante el resto del día. Almas en pena que añoran una mañana nueva, que pugne fresca y sin esfuerzo entre la gasa inapreciable de una invisible neblina, pero luminosa y por estrenar. Justo tal y como son las que profanamos, con lo que hacemos, a diario.