Los sueños

Dejaba la ventana abierta de la habitación del otro extremo de la casa que se comunicaba por un largo pasillo hasta la habitación en la que dormía para que, dejando también abierta la de ésta, existiera la posibilidad de que, desde una a otra, corriera algo de aire durante esas asfixiantes noches de julio. Aunque, de momento, la posibilidad de que esto ocurriera era escasa -las noches eran de gelatina y caliente vaho inmóvil-, siempre le quedaba la esperanza de que, antes de que amaneciera, se levantara algo de aire, alguna ligera y refrescante brisa que moviera las cortinas y recorriera el pasillo oscuro, de una ventana a otra, y aliviara su extenuación.

La habitación en la que dormía daba a un patio de luces y el aire tenía que descender desde lo alto y atravesar ese hueco cuadrangular y viciado que compartía con las ventanas de las habitaciones de los otros pisos. Tumbado, imaginaba el viento parado, remiso a bajar por esa cavidad tan entallada, prefiriendo quedarse en lo alto, recorriendo los áticos y las amplias azoteas. Solo oía, de vez en cuando, un ruido de cañerías gorjeando desagradablemente. Las otras habitaciones de los otros pisos también estarían abiertas esperando que corriera el aire. Todos intentaban dormir y miraban la estática, como petrificada, caída de las cortinas, su vuelo detenido. Él, además, empezaba a obsesionarse: la falta de algo de viento, del tímido frescor de una brisa, la sentía como una angustiosa falta de oxígeno. Y el sueño tampoco venía. O tardaba en exceso.

Días antes de que empezara el mes de agosto, inesperadamente, cambió el tiempo. El calor seguía siendo insoportable, pero a eso de las dos de la madrugada las cortinas empezaban a mecerse, llevándolas y trayéndolas el aire de un lado a otro. Y por fin pasaba de una ventana a otra recorriendo, gloriosamente, el pasillo. El alivio había llegado por fin y el sueño regresaba, despacio, plácido, bajo las tenues y desordenadas sábanas. Durante esas noches pudo dormir algunas horas.

El aire había decidido recorrer y bajar por el patio de luces, deteniéndose en cada ventana que encontraba abierta. Si presentía otra abierta en el interior, entraba hasta el fondo sin pedir permiso, llenando las habitaciones y pasillos. La gente podía recuperar el sueño -y los sueños postergados-, redimida del calor y de la angustia.

Durmió esa noche un sueño profundo y sobresaltado. Un sueño extraño, ajeno, inexplicable, que le mordisqueaba con una leve agitación. No reconocía los lugares, ni las personas que en él aparecían, ni se reconocía él mismo, protagonista postizo. Tampoco los motivos o las excusas para intentar buscar en él, si no una explicación, sí al menos un agarradero, la causa inicial, por nimia que fuera, que hubiera provocado tal sueño. Había caído en un mundo que no le era conocido, en el que las explicaciones -siempre absurdas en los sueños, engullidores autosuficientes de su propia lógica- le resultaban tan inauditas como ofensivas. Estaba el sueño lleno unos de anhelos -ridículos, hirientes, empobrecedores- que le hicieron caer en una angustia indescriptible. Despertó de improviso y lo recordó exactamente. Y eso era lo peor. Nunca buscó en los sueños una explicación o un sentido, pero al menos los reconocía -le gustaran más o menos- como suyos. Pero aquella noche, al despertarse y recordar con tan insoportable exactitud el sueño que había tenido, se levantó de la cama y tuvo que ir, tan deprisa como pudo, al cuarto de baño a mirarse ante el espejo. Tardó unos segundos en reconocerse. Pero era él. Eso le tranquilizó. Seguía siendo él. Pero el sueño que había tenido no era suyo. Era de otro.

Durante el día estuvo cansado y ojeroso, a pesar de haber podido dormir gracias a ese aire nocturno que alivió las casas. Le acompañaba una sensación extraña, como de intrusión en su alma, como si algo o alguien extraño anduviera enredando en sus cosas, en sus más íntimas interioridades. También se sentía como si le hubiesen extirpado algo. Algo que tal vez no había utilizado nunca, o que no servía para nada, pero que era suyo. Cuando al volver del trabajo se cruzó en el portal con el vecino de arriba, le pareció descubrir en su cara una expresión similar a la suya. Y también tenía ojeras.

Las noches siguientes, durante las que ese aire recorría el edificio a través de las ventanas abiertas que se comunicaban, fueron extrañas. Todo parecía fluir, con una naturalidad un tanto impúdica, desde las azoteas, discurrir por las diversas viviendas, sobrevolando las camas, hasta volver a salir al exterior. Iba y venía, entraba y salía, no dejaba rincón por recorrer.

Volvía a tener sueños prestados. Anhelantes de estúpidos anhelos, atemorizantes de ridículos temores, extraños de extraña extrañeza, inquietantes de no reconocida inquietud. Y, sin embargo, por la mañana, el que se vestía para ir al trabajo era él. Aunque cuando en la calle se fijaba en la gente, podía descubrir en sus gestos, ademanes y expresiones, restos de cansancio y perplejidad, como si algo en sus vidas hubiera dejado de funcionar correctamente y, sin embargo, necesitaran ocultarlo para seguir viviendo. Los jóvenes tenían la mirada de viejos y los viejos parecían haberla perdido.

Cuando se cruzaba con sus vecinos, especialmente con los vecinos que tenían las habitaciones que daban al patio de luces, sentía vértigo. Era como si tuvieran una poderosa visión -y conocimiento- que les  permitiera vislumbrar, hasta el último detalle, su vida entera. Y se sentía indefenso y transparente. Pero a ellos parecía ocurrirles lo mismo. Cuando les miraba, agachaban o volvían la cabeza, como si se avergonzaran de andar desnudos.

Solo cuando llegó septiembre y el calor aminoró sus fuegos, cuando ya se podía dormir con las ventanas cerradas, le despareció esa sensación de extrañamiento, de intrusión, de robo y extirpación. Volvió entonces a reconocer sus sueños como suyos, igualmente inquietantes, pero suyos. Y ya no tenía que mirarse ante el espejo para reconocerse.

No le quedó más remedio que convenir, por muy descabellada que fuera la explicación encontrada, que ese viento nocturno, inesperado, el que alteró su vida durante esos días, al recorrer el edificio y las viviendas, al entrar y salir en las habitaciones para bendecir el sueño de sus ocupantes, hubiera traído y llevado también sus sueños, y los hubiera intercambiado, de una cama a otra, de una persona a otra, y nadie, esas noches, hubiera podido soñar los suyos, obligados a soñar los de los otros, tan inquietantes, tan inexplicables, tan parecidos, pero de otros. Era la única explicación que encontró a aquellos días tan extraños. O tal vez la soñó.

Ahora, cuando duerme, aunque haga calor, cierra la ventana. Aunque también hay noches en las que se levanta alterado, inquieto, y la abre.

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9 comentarios sobre “Los sueños

    1. No.
      Me gustaría que lo subieras. Me gustaría leerlo. Sería como otra versión de una historia -de una idea- no muy original, por lo que se ve.
      O es que a lo mejor hemos dormido los dos con la ventana abierta.

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