Las manos en los ojos

Me pones las manos en los ojos y supongo que eres tú. Dejo caer lo que tengo entre las manos, un libro que cae al suelo, pero no siento tu respiración. Me inclino un poco hacia atrás para que puedas mantener las manos sobre mis ojos con más precisión, ahora completamente cerrados y a oscuras. Ni muy fuerte ni muy suave, con una presión amable, tanto como para no hacer daño, pero lo suficiente como para no dejar ver ni dejar atravesar ninguna rendija posible de luz. Me dejo ir, después del primer sobresalto, y me abandono a una especie de molicie inesperada, como si la realidad se hubiera fundido en negro. Es tan agradable establecer esa complicidad tan tonta, tan infantil, tan inesperada. Y, sin embargo, siento que estoy atrapado, a tu merced. Ni siquiera me preguntas o pides nada, acaso por no delatarte al hablar. Pero no hay nadie más en casa. Ni siquiera tú. A no ser que hayas llegado sin hacer ruido y que yo, abstraído, no me hubiera percatado. Tan inadvertidamente como entré yo mismo hace una hora, con sigilo, sujetando las llaves para que no sonaran, moviendo la puerta con extraordinaria lentitud, cerrando tan despacio que ningún ruido hizo al encajar, intentando silenciar mis pasos, para acercarme al salón y colocarme detrás de ti para taparte los ojos desde atrás, ahora que estabas leyendo en el sillón. Aunque no había nadie en casa ni nadie había entrado. Ahora sientes que esa oscuridad forzada empieza a durar demasiado. Y no hay nada que desees más que quite de una vez las manos de los ojos y todo sea una broma cómplice. Que eres tú el que debe quitar las manos de los ojos y terminar el juego, aunque hayas dejado caer el libro al suelo al sentirlas en el rostro.

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Bajo el espejo de la luna

espejo

Eran tiempos de desasosiego. De algaradas, tumultos, levantamientos. En los grandes salones todo reverberaba aún. Puro brillo de las cenefas y las volutas que pronto sería sustituido por el de las hachas encendidas y agitadas con odio por la turba. Decenas y decenas de espejos se sucedían, brillantes e impolutos, de una sala a otra, reflejándose, en ocasiones, unos frente a otros, formando un túnel inacabable. Él, mientras aspiraba un montoncito de rapé, decidió no huir. Permanecer en su sitio y esperar a que pasara, fuera lo que fuera que tuviese que venir, todo. O a que acabara de una vez.

Conservaba la vieja manía de evitar los espejos. Y allí era especialmente difícil esquivarlos. Ahora, cuando le sorprendía alguno, con el que se cruzaba inesperadamente sin querer, o inadvertidamente le mostraba a traición su pulida superficie tras un taimado cortinaje, podía comprobar -casi con aceptación, sin asombro- cómo ya no se veía reflejado. Aparecía todo lo que tenía detrás -fuera una habitación, un salón, un largo pasillo solitario, una escalinata de amplios mármoles o el mundo entero conocido-, pero no él. No podía verse. No se reflejaba en los espejos. Ahora no había nadie. No estaba ya delante de ellos. Era como si estuviera al otro lado, dentro del espejo, y al ponerse frente a él y mirar, lo que viera fuera el exterior -o sea, la habitación cerrada, los lujosos salones vacíos, el mundo despeñándose-, pero no él. Él estaba ya dentro. Por eso no podía verse, no se reflejaba en ellos. No eran para él los espejos más que ventanas que le hacían ver -y sentir- que estaba, definitivamente, al otro lado. Fuera del mundo. Los que estaban en él, el resto de la humanidad entera, podían asomarse a esos espejos, verse reflejados y ver lo que había dentro. Que era exactamente lo que había fuera, minuciosa y fielmente repetido. Pero él no. Él no podía verse porque vivía, ya acaso para siempre, dentro de ese mundo reflejado tan minuciosa y fielmente, cada lámpara, cada mueble, cada cortina, cada techo, cada alfombra, cada otro espejo, a la luz decadente del final. Daba vértigo -miedo, pánico- tanta exactitud. Y en su caso, esa exactitud, esa absoluta fidelidad e imposición de las estrictas leyes de la reflexión, le mostraba ahora su inexistencia. Ni siquiera era una sombra borrosa. Nadie. Nada. Cuando miraba un espejo, al menos podía comprobar -era lo único que podía hacer ya- la prodigiosa conjunción de todos los elementos que le rodeaban -cada detalle, cada adorno, cada resto exánime y abandonado de lo que fue su mundo-, su frialdad ahora al ignorarle, la totalidad encerrada en su marco dorado, estrictamente delimitada, existente solo en su reflejo, iluminada pero ausente. Como si todo se hubiera ya despedido para siempre y él no se hubiera dado cuenta.

Él ya no se buscaba en los espejos. Su propia existencia, a pesar de su alcurnia y de la nobleza excelsa de sus antepasados, al otro lado del azogue ya, carecía de entidad y de importancia, había sido anulada su presencia. Vivía dentro. El mundo real -y alterado- estaba fuera. Como si ese mundo nuevo solo fuera real por accidente, como si solo existiera ahora para verse reflejado a la temblorosa luz de las antorchas.

Le hubiera gustado poder salir del espejo y volver a vivir en el mundo real de siempre, aunque fuera un mundo reflejado, para poder -tal vez así lo intentaría, tendría algún sentido- escapar. Visitar los viejos pabellones de caza, espolear los caballos tras los zorros, bailar de noche a la luz de las arañas, oír el roce de las cretonas tiesas al rozar los muslos de las mujeres dar vueltas, atreverse de nuevo a mirar los espejos de las alcobas. Verse, al fin, entre las cosas, a su luz. Aunque fuera, como era y sería más tarde, tan solo un reflejo fugaz sobre la superficie pulida de la hoja de la guillotina.

Antes de caer sobre su cuello, le dio tiempo a ver la luz de la luna reflejada, por segunda vez, en un espejo de palacio.

La irrealidad inmediata

Envidiaba a la gente de mi alrededor, encerrados herméticamente en sus misterios y protegidos de la tiranía de los objetos. Ellos vivían prisioneros dentro de sus abrigos y gabardinas pero nada del exterior podía aterrorizarlos y vencerlos, nada penetraba dentro de sus maravillosas prisiones. Entre el mundo y yo no existía ninguna separación. Todo cuanto me rodeaba me invadía de la cabeza a los pies, como si mi piel hubiese sido la tela de un cedazo. La atención, muy poco concentrada, por otro lado, con la que miraba en derredor, no era un mero acto de voluntad. El mundo prolongaba en mí de forma natural todos sus tentáculos; me traspasaban los miles de brazos de la hidra. Tenía que constatar con desesperación que estaba viviendo en el mundo que veía. No había nada que hacer contra eso.

Max Blecher. Acontecimientos de la irrealidad inmediata. 1936

Las semillas en el páramo

Afilemos las hachas
sin pensar en el golpe certero
y sigamos la senda
más escondida hasta perdernos.
Un día atravesamos
los más áridos páramos
que ahora añoramos,
aunque allí no llegaron
a crecer las semillas
que ya no conservamos.
Un día cabalgamos por ellos
con la prontitud del relámpago,
iluminándolo todo
con una luz enferma,
pero no pudimos destruir
lo que ya estaba destruido.
El ruido de los cascos de los caballos
atizaba el mundo hueco.
El viento era frío y de piedra.
Ahora, al abrigo del fuego,
afilamos las hachas para que brillen
como látigos injustos
cuando llegue el momento
del golpe certero,
de la esperada visita
que derribará la puerta.
Cada cadáver sobre el páramo
ofrecerá sus entrañas
y abrirá los ojos para nada.
El olvido se alimenta de nosotros.

Lejos del reino

A aquel reino no podía acceder cualquiera. Ser uno de sus súbditos no era cuestión de nacimiento ni de leyes. Adquirir el derecho de pertenencia dependía de otros factores. Era el reino más espléndido de todos los habidos nunca, inconmensurable en su magnificencia y por el que todos los pobres seres humanos -exiliados perennes de él- suspiraban. No había nada más deseado que pertenecer -por derecho propio: no había otra manera- a él, ser un súbdito de aquel reino tan exclusivo como lejano. Todos -todos sin excepción- aquellos pobres seres humanos estaban dispuestos a cortarse un brazo o a vender su alma al mismísimo diablo a cambio de tan preciada pertenencia. De ser uno de ellos. Soñaban desde niños con conseguirlo, y, ya adultos, se revolvían en sus camas intermitentemente insomnes, perdido el sueño por tan obsesivo anhelo.

Era el reino de los deseos concedidos. Solo podían pertenecer a él aquellos que habían conseguido lo que querían, aquellos pocos privilegiados que habían alcanzado lo que habían soñado y que, finalmente, por azar a veces, pero otras, casi siempre, tras arduo esfuerzo y obstinación, se había hecho realidad. Eran muchos -eran legión- los que quedaban por el camino, olvidados por la suerte o tirados, ya sin ganas, en las atestadas cunetas de los ímprobos esfuerzos sin recompensa. No les quedaba más que seguir soñando y maldecir su suerte. Eran pocos los elegidos y muchos los desahuciados por la cruel y caprichosa rueda de la fortuna. Solo tenían el envenenado consuelo de envidiar a los habitantes de aquel reino.

Los deseos podían ser simples. Y lo eran tanto, que se repetían invariablemente. Se resumían en ansias indisimuladas de dinero, amor y poder. Solo los que consiguieron -daba igual las artes y las maneras- enormes fortunas, solo a los que les fue concedido el amor que tanto, y desde tanto tiempo, deseaban o solo aquellos que alcanzaron, por fin, el poder -absoluto, delicioso, adictivo- que tan ferozmente ansiaron, llegaban a ser miembros de pleno derecho de aquel reino, fastuoso, lejano, nimbado por un aura irresistible.

Eran -éramos- hordas hambrientas no de sueños -de los que estábamos bien servidos-, sino de la realización de esos sueños, ilusos unos días o terriblemente descorazonados otros, las que se agolpaban -les concentraban-, vigiladas y castigadas, en los áridos y extensos campos que se perdían en las afueras, convenientemente separados de cualquier vía de acceso o posibilidad de entrada a aquel reino del que, incluso, se empezaba a dudar que fuera real, que existiera.

Pero era tan real que dolía. Sus exclusivos súbditos podían dar fe de ello. Y vivían para no hacer otra cosa. Alardeaban de su dinero, de su amor y de su poder. Si habían logrado conseguir lo que había sido su sueño era, no tanto para disfrutar de él, como para mostrar su triunfo, la consecución de lo que al resto se les escapaba siempre, para hacer constante ostentación de su brillo y superioridad. Los pobres humanos desfavorecidos con inquina por la fortuna se conformarían con unas migajas. Pero ellos, los habitantes de aquel reino, lo tenían -y lo querían- todo. Todo el dinero del mundo para comprar, tener, poseer cuanto se les antojara. Todo el poder del mundo para decidir, manipular, dirigir las cosas siempre a su antojo. Todo el amor del mundo, las más bellas mujeres, los más perfectos hombres, los matrimonios más ideales, los hijos más encantadores. Sus deseos fueron concedidos y fueron salvados de la pobreza, de la esclavitud y del desamor. Sus plegarias fueron, en su debido momento, atendidas.

Por las tardes algunos expulsados del mundo y de la gloria, sorteando las alambradas, se sientan a contemplar las magníficas torres que brillan mágicas a la luz ambarina del poniente, las interminables avenidas llenas de las más fastuosas tiendas, los más refinados restaurantes, por las que los más veloces y potentes automóviles rugiendo en el silencio de la tarde trasladan a las más hermosas mujeres vestidas con las ropas más caras y evanescentes, perfumadas e indolentes, acompañando a jóvenes de mentón cuadrado o a maduros galanes putrefactos hasta las portentosas y arquitecturizadas casas en las urbanizaciones de las afueras, pespunteadas por el azul falso de las piscinas sin bordes, hasta que los incendios prodigiosos de las luces recién encendidas y el lujo intangible de las horas regaladas sin esfuerzo les depositan en los más perfectos salones donde liban cócteles indescifrables. Ellos, levemente harapientos y sentados en el suelo apelmazado de esa colina yerma de las afueras, sabían que no accederían nunca a aquel reino de los deseos concedidos y que tendrían que regresar a los campos en los que se hacinaban los que por las noches soñaban y, al despertar, veían como se empeñaban, con una obstinación perfecta, en desvanecerse y desaparecer esos sueños de dinero, amor y poder.

El reino de los deseos concedidos y de los sueños alcanzados brilla en la lejanía, su aura resplandece, posee los destellos de una joya, no admite entre sus súbditos ni fracasados ni torpes, ni pobres ni angustiados, exhibe sus torres y sus playas para su deleitable contemplación, pero las veda a los que sueñan con ellas y las protege de los gañanes de la plebe convirtiéndolas en inalcanzables, confundidas con sus sueños. El reino se hurta al resto. Solo ellos, los que consiguieron el dinero, el amor y el poder, pueden disfrutar de sus amplias avenidas, de los brillos de las marquesinas que protegen sus blindadas tiendas, del más inútil y más caro accesorio.

Pero el reino de los deseos concedidos y de los sueños realizados brilla para esconder la atrabiliaria condición de sus súbditos, que saben que viven -a pesar, o tal vez por eso, de tener todo lo que anhelaron (acaso, se lamentan ahora, equivocadamente)- en el reino más triste que hubo y habrá sobre la tierra.

El pie de Eurídice

I

Primero fue pintor, luego poeta y excelente traductor de obras italianas y clásicas, también tratadista de prestigio y hombre de su tiempo que cultivó la amistad de Lope y Cervantes y mantuvo agrias y enconadas polémicas con Quevedo y Góngora. Precisamente, contra éste último publicó el Antídoto contra las Soledades y el Discurso poético contra el hablar culto y estilo obscuro, algo que se le sigue reprochando, porque su obra más famosa –Orfeo– ha sido tachada de culterana y gongorina. Pero ya sabemos que a la historia de la literatura -como a todas las historias- le encanta simplificar.

Juan de Jáuregui nació en Sevilla en 1583 y, acaso por su paso por Italia en los años de juventud y formación, siempre mantuvo en toda su obra una voluntad de clasicismo y cultura. Porque era tan culto como Góngora y podría compartir con él su ideario, aunque lo que le reprocha -le llega a exasperar- no es la estética, sino el exceso, no es el cultismo, sino su enrevesamiento innecesario y a menudo hueco.

Leyendo su Orfeo -que publicó en 1624 y que me ha parecido uno de los mejores poemas escritos en nuestros siglos de oro- he llegado a sentir la presencia moderada y suave -al menos, huellas- de Garcilaso entre los recónditos tuétanos de los extravíos de Góngora. Y el poema de Jáuregui, en su justo medio, de alabeada sintaxis, pero sin perder la elegancia y la medida. Un poema perfecto que se afana en explicitar el mito -extremo, como todos los mitos- sin perder la armonía de las formas y el equilibrio.

Es cierto que son recurrentes los cultismos y los continuos hipérbatos -están los poetas de esa época intentando calcar las estructuras de la lengua latina, trasplantarlas, casi tal cual, al castellano-, pero la lectura del Orfeo deja en el lector una impresión que nada tiene que ver con la ardua tarea de enfrentarse a las Soledades gongorinas. Si en el mejor -y más estratosférico- Góngora no tiene por qué haber -o le importa bien poco- relación directa entre el lenguaje y el tema -lo que importa es la pirotecnia verbal-, los magníficos endecasílabos de Juan de Jáuregui que va conformando las octavas reales del poema están al servicio del mito, la triste y extremada historia del joven tracio.

Cuando reunió sus poemas, en el prólogo de la edición de sus Rimas dejó explicita su idea de la poesía: “…toda obra poética, por pequeña que sea, se compone de tres partes: alma, cuerpo y adorno”

II

Orfeo vivía libre y feliz, cantando despreocupado y ajeno a las exigencias del amor, que rechazaba y despreciaba, a pesar de las numerosas ninfas que le acechaban, hechizadas por su belleza, por su música y también por su desdén. Pero todo cambió un día cuando vio a Eurídice. Su corazón quedó atravesado por el poderoso e inesquivable dardo del amor.

Pero no solo son fugaces los buenos tiempos en la vida de los hombres. Estando Eurídice en un prado fue observada con lascivia por Aristeo, hosco cazador, que no supo -o no pudo, o no quiso- moderar sus urgencias y de dispuso a asaltarla con violencia.

Bastardo incendio de garzón lascivo…

En sus huellas reincide el torpe amante
dado a insano deleite en precipicio…

Percibida la bella Eurídice de este intento de impúdico atropello, emprende desesperada la huida y, al hacerlo, pisa una serpiente que le muerde su blanco pie, le insufla su veneno y le provoca la muerte.

Orfeo, que con su música es capaz de calmar a las bestias más salvajes, hacer que se muevan los árboles de su sitio, ablandar -literalmente- las más duras rocas o detener el curso de los ríos, cuyas aguas se paran para escucharle, cae en la más negra desesperación.

Tristezas canta, que en el alma ofenden,
en metros tan acordes y suaves,
que el vuelo y la carrera le suspenden
condolidas las fieras y las aves;
buscan su voz y su terneza aprenden
los troncos yertos, los peñascos graves;
las corrientes al métrico lenguaje
se impelen con retrógrado viaje.

Tocó entonces canciones tan tristes, armonías tan desgarradoras, que todas las ninfas y todos los dioses lloraron desolados por tan injusta y desoladora catástrofe.

…suspiros pierde al viento derramados;
disuelve en llanto el corazón inquieto,
y maquinando inútiles engaños
reparos busca a irreparables daños.

Estos mismos dioses le animaron, ya que era capaz de mover -y conmover- con su música el mundo, a que intentara mover -y conmover- al inframundo y quienes lo rigen con definitiva severidad y rigor. Tal vez pudiera ablandarles con su canto, pedirles que le devolvieran a su amada y recuperarla de las sempiternas tinieblas del infierno.

En su descenso a los infiernos tuvo Orfeo que enfrentarse a los más horribles peligros, que fue sorteando gracias a su lira, e incluso hizo detenerse -por primera y única vez- los tormentos que allí, de manera incansable, se suceden. Nunca viose maravilla tal. Su música ablandó el corazón de piedra del propio Hades, que le concedió lo que le pedía: que Eurídice volviera al mundo de los vivos. Pero con la condición de que él caminase delante de ella y no mirase hacia atrás hasta que hubieran alcanzado el mundo superior y los rayos de sol bañasen -por completo- a la ninfa.

Orfeo cumplió la condición y empezó el camino de regreso sin volver la cabeza para comprobar que ella seguía sus pasos, a pesar de los horribles estruendos y pertinaces peligros que les acechaban y resonaban a sus espaldas. Hasta que llegaron finalmente a la superficie. Ansioso, desesperado, impaciente, triunfante y feliz, volvió entonces la cabeza para ver a su amada. Pero, ay, ella no estaba completamente bañada por el sol, aún tenía un pie -solo un pie, acaso el pie que mordió la serpiente- en las sombras del camino del inframundo. Y se desvaneció en el aire. Esta vez para siempre.

¡Oh vínculo de amor poco dichoso,
tu consistencia el cielo contradice,
siempre son tus inútiles contentos
prólogo impropio a trágicos a tormentos!

Autocontrarretrato (24)

Siempre procuraba tropezar con el mismo pie. Aunque la piedra fuera otra. Guardaba las distancias y luego no las encontraba. No sabía qué pensar y, sin embargo, pensaba. Padecía claustrofobia y agorafobia a la vez, o de manera confundida e inapropiada. Su indolencia le permitió vivir largos años. Seguía haciendo cosas que no debía. Si volviera a estudiar de nuevo, solo se dedicaría a la arqueología y la ornitología. Lo demás le parecía superfluo. Cada vez que cruzaba un paso de cebra se sentía un poco beatle. No se metería, por nada del mundo, en un batiscafo. Ni aunque estuviera en superficie. No hacía más que traicionar sus propósitos de enmienda. Le hubiera gustado tener la paciencia de un río seco, su devastada dignidad. Tuvo una cita con el destino pero llegó tarde.