La luz del albedrío (VI)

VI

Y partimos.

Recuerdo aquellas semanas como un anticipo de la felicidad que todavía no he encontrado. Abandonamos las montañas, y caminar por los nítidos senderos de las llanuras nos producía una sensación extraña, cercana al vértigo. A menudo elegíamos continuar campo a través para sentirnos algo más seguros. De noche por los caminos, de día por los jarales. Los campos de cereal eran azules como el mar. Ondulaban exactos. A menudo nos cruzábamos con otros refugiados o fugitivos que, al pasar junto a nosotros, parecían ponernos un espejo en el que nos veíamos reflejados: exiliados, polvorientos y expelidos a la fuerza. Eran tiempos de guerra y, en cualquier momento, las patrullas pasaban por los caminos levantando nubes de polvo que tardaban una eternidad en volver a posarse y desparecer, provocando miradas de inquietud, ya ni siquiera de odio. Todo lo observábamos con los ojos de un niño fuerte e indefenso. Fueron días extraños, de luz nueva, como si se hubiera descorrido de pronto una cortina, por fin navegando con un rumbo preciso sobre las casi oceánicas extensiones de la llanura tantos años contemplada desde las cimas como un mundo irreal, un decorado lejano, casi un espejismo obstinado. Ahora nosotros formábamos parte de él.

Fueron también días tranquilos, a pesar de estar tan expuestos, que recuerdo envueltos en esa luz nueva, tamizada y polvorienta, tan distinta a la acerada nitidez de las montañas, a sus inesperadas y tremebundas tormentas, cabalgando serenos por fin, sorprendidos por las migajas de paz que encontrábamos a cada paso -animales pastando, tierras cultivadas- al atravesar el país ocupado. Él, a pesar del cansancio -un cansancio que parecía acumular desde hacía siglos-, vivía aferrado a ese diminuto clavo ardiendo de la esperanza de encontrar un lugar mejor, de vivir en un tiempo distinto, y, durante esas semanas, creí llegar a conocerle, heroico, roto, pero capaz de continuar -aunque le faltara la consecución, no le faltaría nunca ni el esfuerzo ni el ánimo- en busca de lo que no tuvo nunca y anhelaba -más como sueño acaso que como realidad alcanzable-, mejor de lo que él pudo llegar a conocerme a mí. Al llegar la noche, recorridas las necesarias leguas en nuestro camino hacia el sur, por senderos polvorientos o por agrestes desmontes de lavanda y retamas, dormíamos al raso juntos, bajo las mismas estrellas.

Todo fue bien hasta que se torcieron las cosas. De una manera ridícula, cayó desde una roca al intentar cazar una liebre y se dislocó una rodilla. Tuvimos que permanecer inmóviles durante un tiempo indeterminado, aún más expuestos y, lo que era peor, retrasando nuestro objetivo ineludible de llegar cuanto antes hasta el gran río e intentar cruzarlo. La desesperación se quedó a vivir entre nosotros esos días tan largos, interminables. Yo me encargaba de todo. Y cuando pudo moverse algo, fui yo quien llevó el caballo mientras él se agarraba a mi cintura, con la escasa compostura de un fardo doliente. Pero tuvimos suerte, o la casualidad nos permitió tenerla. La llanura se nos seguía mostrando amable y las patrullas del ejército parecían más ocupadas en hacerse ver -innecesariamente marciales y veloces- que en buscar a posibles fugitivos. Nosotros, ahora heridos, no éramos más que una minúscula parte de ese batallón de exiliados del mundo que vagaba o huía en busca de un sitio mejor, si éste existiera o nos permitiera la entrada. Más despacio, aproximadamente erguidos sobre nuestra noble cabalgadura, seguíamos rumbo al sur.

Le conocí mejor en la desesperación y en el mutismo en el que cayó. Su historia, aunque larga, carecía de interés, a pesar de ser una vida de lucha y sacrificio, empeñada en mantener la llama de la rebeldía y la libertad, que con los años se fue apagando hasta extinguirse por completo. Pero cuando le miraba a los ojos, aún podía ver un reflejo inextinguido de ese fuego. Yo le hablaba por las noches e intentaba que mis palabras, a menudo inconexas, que torpemente querían explicar lo que sentía, le llevaran a otro sitio, que fueran una especie de bálsamo que aliviara sus magulladuras y rompiera su obcecación por ese silencio con el que se hería. Le hablaba de mis anhelos, de nuestra vida nueva allá, en las montañas del sur, cuando llegáramos, de tiempos más amables, y, al hacerlo, me sorprendía a mí misma con frases e ideas que creía no tener -que no parecían ser mías- y que no sabía de dónde sacaba, ni si eran ciertas o no. Hablaba en la noche reciente y él me escuchaba, creo que agradecido, aliviándose tal vez, con esa arrastrada salmodia sin respuesta, de su desamparo, hasta que las frases se distanciaban, desaparecían, llegaba el silencio e intentábamos entonces abrazar alguna brizna de sueño, el otro cuerpo cercano.

Pero pasaron los días y pudimos salir por fin de ese empantanamiento y proseguir nuestro viaje hasta la frontera. Cómo iríamos a traspasarla era algo que no habíamos ni siquiera pensado, un problema, como tantos otros que nos esperaban, irresoluble. Hacerlo a través de uno de los puentes controlados por el ejército era imposible -casi un suicidio en nuestro caso- si no tenías los papeles en regla. Tendríamos que atravesar el río a nado, de noche, o en una barca, aprovechando algún desajuste en el paso de las patrullas de guardia que vigilaban sin descanso ambas orillas. Confiábamos que en ese momento la suerte no nos fuera esquiva, que, aunque no nos fuera propicia, mirara esa noche hacia otro lado. Ya iba quedando menos. Menos para todo.

Presentíamos ya las rumorosas alamedas y no nos quedó más remedio que aminorar aún más la marcha, al tiempo que extremábamos las precauciones. Nos adentrábamos en una franja de territorio más vigilado. Pero no teníamos miedo porque ya no podíamos darnos la vuelta. Además, ¿para volver a dónde? Avanzábamos como a pasitos sin saber todavía cómo íbamos a dar el gran salto. Al ser esa zona ya cercana al río, apenas veíamos gente, solo campos abandonados y casas derruidas, restos de un pasado cercano y desaparecido, arrancado y yermo, tan similar al que dejé allá arriba en las montañas. Pero esta desolación nos daría, durante unos días, cobijo.

Detrás de un cerro pelado se ocultaba lo que fue una granja, una casa de campo, desventrada por el abandono y las secuelas de la guerra, y un gran establo de madera, polvoriento, destartalado, pero aún en pie. Allí nos refugiamos en espera de que su rodilla recuperara del todo su perdida flexibilidad y, lo que llevábamos aplazando tanto tiempo, de que se nos ocurriera algo para intentar llegar hasta el río y cruzarlo. Estábamos tan cerca que podíamos imaginar su corriente.

Observamos durante días el paso de las patrullas, calculando su periodicidad y sus intervalos, planificándolo todo para una noche sin luna y confiando en un golpe de suerte. Y de la misma manera que sabíamos que las noches sin luna llegarían, nos topamos, casi por necesidad, con un inesperado hallazgo que, bajo la polvorienta oscuridad, atravesada por dorados rayos de luz que filtraban las junturas de los tablones, nos llenó de una felicidad súbita, tanta, que apenas sabíamos cómo disfrutarla. Era verdadera. Una vieja barca apareció, boca abajo y en bastante mal estado, oculta bajo un estrado del establo. Era un bulto de indecisas formas, pero cuando lo arrastramos para sacarlo a la luz, nos mostró sus deliciosas líneas curvas que dibujaban la quilla. Ya no podíamos tener excusas o dudas.

Trabajamos largas horas varios días en su reparación, aun sin saber gran cosa de carpintería, aun careciendo de las herramientas más elementales. Pero todavía recuerdo ahora esos días de un entusiasmo infantil, casi desbordado. Ocultos en la semipenumbra del establo, azacaneábamos por intentar que volviera a ser navegable aquella barca, en que lo fuera, al menos, durante lo que durara nuestra travesía. No le pedíamos mucho. Solo queríamos llegar a la otra orilla. Después de horas de búsqueda de tablas que ajustaran y taparan huecos, de toscas reparaciones y de amortiguados martilleos, nos tendíamos sobre el estrado a descansar, a imaginar, a hablar, entretenidos en contemplar los hilos de luz en los que vagaban motas de polvo, felizmente suspendidas, sin ningún destino impuesto, desiguales ráfagas doradas que iluminaban rincones olvidados que vivían durante esos breves momentos el gozo breve de la luz hasta el día siguiente, regresando tan pronto a la oscuridad tras el filo de las sombras. Se movían lentamente como en un telar sin prisa.

Días después, cuando la noche era completa y más negra, arrastramos con fuerza y con cuidado la barca hasta el exterior y, desde allí, emprendimos el camino hasta el río. Era un ancho sendero de tierra que descendía hasta la orilla. Él tiraba y yo empujaba. Nada brillaba en esa noche. Luego, esperamos al acecho a que fuera el momento, a que pasaran las patrullas, tanto las de ésta como las de la otra orilla, para aprovechar ese mínimo desajuste que nos permitiera cruzar el río sin ser sorprendidos. No había mucho tiempo. Tampoco pedíamos mucho a la suerte.

Sentir el agua fue una liberación. El río era negro esa noche negra y aunque tenía la apariencia de un azabache interminable, su corriente era más fuerte de lo que pudimos imaginar. En lugar de avanzar hacia la otra orilla, descendíamos corriente abajo. Remamos hasta la extenuación y varios remolinos estuvieron a punto de engullirnos. Pero seguimos peleando con desesperación, arañando centímetros a ese pétreo azabache de agua, acercándonos con indecible esfuerzo hasta el mismo centro del cauce y, poco a poco, un poco más. Cuando parecía que habíamos enfilado por fin nuestra barca hacía dónde pretendíamos, un islote de maleza y troncos atravesados se cruzó en nuestro camino. Le embestimos. Perdimos un remo y estuvimos a punto de zozobrar. Sentimos más agua que aire, empapados, encharcados, y, solo de milagro, viró la barca para continuar a flote. Pero perdimos todo lo que llevábamos. Mi atadijo con mis cosas, la pistola estropeada, el libro de oraciones y los pendientes de mi madre, fueron río abajo, ahogados para siempre en la corriente. Hay noches en que sueño con ellos, con esos pendientes, a veces alguien los sujeta con una mano para verlos a la luz de un día indeterminado, otras veces es ella quien los lleva. Aunque no reconozco su rostro, sí reconozco sus pendientes.

No podíamos dejarnos llevar y fue la propia extenuación quien nos impulsó, de manera que aún no he logrado explicarme, hasta la otra orilla. Recuerdo su barro como el más suave tacto de la vida recuperada. Tendidos y sin resuello. Salvados. Pero no podíamos permanecer allí, a la vista del paso de la patrulla, con una barca varada. Y la suerte nos volvió a acompañar, como si quisiera completar la jugada para dejarnos expuestos, después, al albur de una nueva vida. Casi al lado, las ruinas de un viejo molino, apenas cuatro paredes de piedra, nos podrían servir de refugio hasta el amanecer. Con un último esfuerzo, tan empapado como obstinado, arrastró él la barca hasta allí para ocultarla. Estaba comido todo el interior por desmesurados y tupidos zarzales. La empujó, a través de arañazos salvajes, todo lo que pudo hasta voltearla. Allí nos pudimos acurrucar. Dentro de ella, protegidos y ocultos, pasamos la noche. Era un cuévano mínimo el de la barca boca abajo, pero suficiente. Oímos los cascos de los caballos de la patrulla pasar despreocupados. Nosotros aún nos aferrábamos a la vida, a su promesa de libertad. Estábamos ya en el otro lado. Si nos quitamos las ropas fue para que secaran. Tenía el cuerpo garabateado de arañazos. Algunos de ellos, los más profundos, sangraban profusamente y sin prisa.

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