Retrato en la basura (II)

II

Al cabo de los días, de forma impremeditada y bastante anárquica, hablando con unos y con otros en los bares del barrio que también él frecuentaba, pude ir reconstruyendo su historia, a trozos, con apenas retazos de nada, algunas frases, muchas ideas preconcebidas, suposiciones malintencionadas y reiteradas maledicencias. El resto lo pude imaginar, esto es, inventar. Si me alejo de lo que en realidad pasó y falseo la verdad, tampoco importa mucho. No hacemos otra cosa.

“Mató al padre, que era una bellísima persona, a disgustos”. Cosas así eran las que decían para referirse a él. Atildado y bien vestido, aunque en su ropero hacía más de veinte años que no entraba nada nuevo, daba la sensación de vivir, más ajado, demacrado y reblandecido -“machacado”, dirían en el bar-, fuera de época, como si su tiempo hubiera pasado hace años ya y él se empeñara en ignorarlo. El disco se había rayado, no avanzaba, pero seguía girando, tropezando en la misma falla del mismo surco. Se negaba, acaso, a admitir el paso del tiempo, pero el tiempo suyo -aquellos años tremendos y descerebrados- no solo había pasado, sino que el de ahora, le golpeaba con saña. Cada amanecer. Con el hígado definitivamente dañado y el pulso tembloroso como el de un anciano en las últimas. Sin embargo, seguía peinándose con esmero sus grasientas y negras ondas que aún se rizaban en el cogote con una añorada y patética gallardía.

“Hace poco murió su madre. Ahora no sé qué va a ser de él”. Por lo visto, vivió todos estos últimos años en la casa familiar, solo con su madre. Tenía hermanos que vivían lejos, algunos en otra ciudad, y que apenas venían, solo de tarde en tarde, a ver a la madre y a comprobar que seguía igual su hermano crápula, sin sentar cabeza y tirando al monte. Ahora, muerta la madre, habían venido a poner en venta la casa, repartirse el dinero y, con la parte correspondiente al hermano en cuestión, comprarle un piso más pequeño, aunque fuera en alguna de las ciudades dormitorio donde los precios lo permitieran. Dejarle que dispusiera de su parte, supondría su dilapidación en pocos meses, si la quebrantada salud le dejaba hacerlo y no reventaba, por fin, en algún antro infecto, oscuro y lo suficientemente enervante. A él, por supuesto, lo que hicieran sus hermanos -incluso lo que hicieran con él- le daba un poco igual. Desmantelaron la casa para así, vacía, poder venderla mejor y él solo se encargó de descolgar el retrato del salón y sacarlo esa noche a la basura.

Cuántas noches al encender la luz del pasillo para no tropezarse con la abigarrada disposición de los numerosos muebles y mueblecitos que poblaban el salón, tuvo que soportar la mirada hastiada, y ni siquiera ya recriminatoria, de su padre desde ese lienzo odioso. Fue su madre, cuando murió su marido -demasiado joven, de un infarto en la oficina-, quien fue con una fotografía suya a una pequeña tienda de los pasadizos en la que vendían todo lo relacionado con lo que llamaban bellas artes, para preguntar por algún pintor que le hiciera un retrato a partir de la foto. Como todo en la vida, fue empeorando en las sucesivas -y no requeridas ni necesarias- copias. Si la fotografía -hecha en un estudio con motivo de su ascenso en la oficina en la que trabajó toda su vida- le mostraba ausente y grisáceo, el cuadro lo empeoró todo. Si el retrato al óleo -por el que la buena señora tuvo que pagar unos exagerados emolumentos- pretendía dotar su cabeza de nobleza patricia y hasta alcurnia nobiliaria, los resultados fueron los contrarios. El día que lo colgó en la pared principal del salón, la viuda respiró satisfecha, mientras su hijo se escapaba, después de haber vaciado los cajones donde su madre guardaba el dinero, al bar.

Alguna noche, cuando apenas quedaban parroquianos y él se había despedido, después de haberse dejado medio sueldo -o media prestación, o la prestación entera- en la tragaperras, alguno contaba historias acerca de sus buenos tiempos. Como no quería seguir estudiando, su padre, a través de una recomendación, le encontró un buen trabajo en una imprenta. Para vergüenza de su progenitor, que había tenido que pedir el favor -y luego dar la cara en la humillación-, duró poco. Empezó a llegar tarde y, después, a faltar días enteros con explicaciones cada vez más insostenibles. Como tenía dinero, las noches eran especialmente intensas y largas, tan largas que cuando cobraba a fin de mes, duraban varios días. Pero como era joven, bien parecido y lo suficientemente entrometido, pronto encontró trabajo. Era de comercial, y aunque a su padre le parecía un demérito, enseguida se dio cuenta de que era perfecto para sus aptitudes. De un lado para otro, conociendo gente siempre nueva y pudiendo frecuentar los bares a cualquier hora. Los impulsos iniciales le duraban poco y estuvo, por eso, en multitud de empresas. Pero siempre acababa por encontrar algo. Hasta que tuvo un golpe de suerte -al conocer un alma gemela y cómplice en las más extremas correrías que ocupaba un alto cargo- que le llevó a un puesto de especial responsabilidad. Con toda su caótica experiencia en el ramo comercial, acabó su periplo laboral siendo nombrado representante en exclusiva -y serlo en exclusiva en aquellos años era cierto a rajatabla, y una bicoca con la que hacer mucho dinero- para Extremadura y Andalucía de Playtex. En aquellos años fue toda una revolución y se vendían solos, solo con pronunciar la palabra Playtex. O más poéticamente expresado: el cruzado mágico. Sujetadores de construcción frontal en cruz para una sujeción perfecta. A su padre le abochornaba que su hijo, después de haberle educado y dado estudios, hubiera acabado vendiendo sujetadores. Pero como decían en el bar, “ganó un dineral”. Aunque de la misma manera que lo ganaba, lo gastaba.

Debieron ser unos años -o unos meses, no sé, lo que durara aquello- frenéticos e intensos, recorriendo aquellas ciudades y pueblos del sur y atendiendo pedidos que se multiplicaban y superponían. Hizo miles y miles de kilómetros en el coche, fumando Winston y escuchado cassettes de los Rolling o de Camilo Sesto a todo trapo con la ventanilla bajada, mientras la canícula abrasaba los campos amarillos de rastrojos que eran engullidos con una voracidad inacabable por esas carreteras de Dios. Tuvo varias novias a la vez, y a todas las agasajaba con un empalago que no llegaba a molestar, hasta que, invariablemente, se terminaba despidiendo a la francesa.

Las cosas iban bien, y fueron bien hasta que dejaron de ir bien. En uno de esos tratos, un gitano le hizo un pedido de diez mil sujetadores -el cruzado mágico realza el busto- para venderlos después, con la ayuda de sus innumerables primos, en los mercadillos de los pueblos y las ciudades del sur peninsular. Como no lo saben hacer de otra manera, le pagó en metálico, billete sobre billete, y ese fue el principio de su decadencia y el impulso final que precipitó su perdición. El descuadre de las cuentas ante la empresa era ya insostenible, y aunque él acusó al gitano de no haberle pagado, eran tantas las pifias y los pufos que fue dejando esos meses atrás en la empresa matriz, y que se fueron tapando y equilibrando con adelantos de mercancía y retrasos justificados en el pago, que terminó todo por saltar por los aires y no solo fue despedido -dejó de ser el representante en exclusiva para la zona sur de Playtex para siempre jamás-, sino denunciado y llevado a juicio. La declaración de insolvente le cuadraba a la perfección. Las citaciones llegaban a casa de su padre, que palidecía al abrir el casillero y ver en el sobre el amenazador membrete del Ministerio de Justicia, más de vergüenza que de rabia. Pero él, despreocupado e insensato, aceleró el ritmo de su dolce y desenfrenada vita.

Lo primero que hizo fue irse a vivir a la costa de Almería, alquilar un apartamento y comprarse un Mehari. En uno de esos garitos nocturnos que frecuentaba conoció a una chica delgada, bajita y morena, que no solo compartía adiciones con él, sino que le superaba con otras nuevas y más fascinantes. Esa misma noche se fue a vivir con él. Recorrían las playas más recónditas en su cuadrado descapotable de lata naranja, sintiendo todo el aire del mar, que no era suficiente para devolverles a la realidad, parapetados como estaban tras sus negras gafas, obnubilados, jóvenes, deliciosamente descentrados, con el pelo al viento, por aquellas carreteras que serpenteaban los áridos acantilados. Otras veces iban hacía el interior, en busca de pueblos que parecía que acababan de salir del calcolítico. Bandadas de chiquillos descalzos y semidesnudos corrían, en una algarabía de chillidos, detrás del coche naranja que no tenía techo, algunos, temerariamente, llegaban a tocarlo, hasta que aceleraba y se perdía en el desierto. Aunque las carreteras estaban asfaltadas, al atravesarlas levantaban unas polvaredas que, al posarse, las ocultaban en parte.

Era el verano de 1979 y duró aquel verano una vida entera, o más bien un segundo, justo el tiempo necesario para que brillara el chispazo de un fuego, una explosión incontrolada, la brevísima y fugaz ceremonia de una iluminación tan poderosa como efímera. Sin nuevos ingresos, sin normas, rodeados de jeringuillas y de ceniceros sin vaciar, y de una luz intensa y de un mar azulísimo, amándose de una manera caótica y desordenada, crispándose los nervios, abatiéndose en sus respectivos abismos, discutiendo interminablemente, asomándose a cada acantilado, aquello no podía acabar bien. Era una carrera desbocada y habían perdido las riendas, no había más que un ansia insatisfecha, la aplicación perfecta del manual que te enseñaba a elegir, sin otra opción ya, la autodestrucción como forma de vida. Y eran en esto unos artistas consumados. Una tarde de finales de septiembre, cuando él la encontró dormida sobre el sofá desde el que se veía, a través de la cristalera, el mar, supo que estaba muerta. Descansaba. Y no le dio pena. Sintió envidia.

El carrusel que no llevaba a ninguna parte continuó girando para él y le llevó por distintas ciudades de la costa en un periplo alucinado. Las luces de la noche seguían brillando aunque fuera de día. De vez en cuando recibía llamadas y cartas de su padre o de sus hermanos para que regresara a Madrid y se sentía entonces cansado, anulado, derrotado. Pero no podía parar ahora. Nunca había dejado una copa a medias. No sabía decir no, solo sabía decir más. De muchas pensiones le echaron y tuvo que dormir en la calle. Pero el sur es amable y en cualquier banco podía pasar sus resacas hasta que oía el más dulce de los sonidos posibles: el que hacen los cierres metálicos de los bares cuando los suben con ímpetu de madrugada para dar los primeros cafés. Los primeros chupitos.

Hasta que un día, cuando su padre acababa de entrar en la oficina un día como los otros, un día más, recibió una llamada. Le llamaban desde el hospital de Málaga. Su hijo. Tuvo que pedir permiso, coger el coche y hacer los seiscientos kilómetros en un estado de angustia y desesperación interminables. Cuando llegó no sabía si estaba aún vivo. Pero, aunque era inaudito e iba contra toda lógica, no solo médica sino del sentido común, sobrevivió, y al cabo de una semana, notablemente desmejorado, salía del hospital y regresaba, junto a su padre, a casa.

Si estoy imaginando, gracias a las escasas informaciones semifidedignas que tengo, todo esto que estoy contando, o acaso, directamente inventando, el viaje de seis horas de regreso a Madrid, escapa a mi imaginación o inventiva. Probablemente no se dirían nada, algunas palabras de cortesía, obviedades, silencios tan densos y aplastantes que apenas se podían soportar y caían sobre sus hombros con un peso real, físico. Él miraba por la ventanilla lateral, no de frente. Los campos pasaban más que rápidos, borrosos, absolutamente ajenos. Luego, le preguntaría a su padre si tenía un cigarro.

De vuelta a casa recuperó algo de peso y si no discutía con su padre era porque no coincidían. Moderó su vida disoluta porque no le quedó más remedio que adaptarla a las escasas posibilidades que le ofrecía el barrio. Además, su salud estaba seria e irreversiblemente dañada. Y los días se sucedían con una aparente normalidad, con una tranquilidad falsa, porque seguía latente el fracaso, la vergüenza y la desesperación, educadamente disimuladas. La madre disfrutaba con las comidas de los domingos en las que se reunían todos. Sus hermanos formaron adorables familias. A él le seguían pareciendo abominables esas comidas del domingo.

Cuando murió su padre lo único que le reconfortó fue saber que el tanatorio contaba con un espléndido bar. Luego, la vida le fue quitando cosas, como si le acosara. Él fingía indiferencia. Todo lo que pasó después creo que ya lo he contado, y ahora, muerta también la madre, cuando regresa a casa a altas horas, la encuentra vacía, solo su habitación permanece amueblada, en espera de que el comprador termine los trámites de los bancos y la notaría y él pueda abandonar para siempre esa casa familiar en la que solo estuvo a gusto cuando cogía la puerta y se iba.

Ya no se le ve por el barrio y la casa está cerrada. Nadie le echa de menos. Vivirá ahora en un pisito en una de esas ciudades que proliferan al otro lado de las radiales. Conocerá todos los bares cercanos y alguna noche tendrá que llamar a alguno de sus hermanos para que le lleven a urgencias. Su salud estará dando sus últimas boqueadas, exhaustos los órganos vitales de tantos excesos. Nunca salió a la calle sin ir bien vestido, a su manera ya pasada de moda. Impecable como un detestable caballero español. Mientras juega a las tragaperras en uno de esos bares cualquiera, le tocará la Parca en el hombro. Ya voy, le dirá, pero espera un momento, que me han salido unos avances.

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2 comentarios sobre “Retrato en la basura (II)

  1. En mi casa vivía un señor parecido, también jugaba a las tragaperras y vestía con una elegancia pasada de moda.
    Son abominables esas comidas dominicales, en eso estoy de acuerdo.
    Te ha dado buen juego el retrato en la basura

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