Los huecos

Los huecos no caben ya en ningún sitio.
Van de un año a otro como si el espacio
nada tuviera que ver con el tiempo.
Entonces la vida respiraba
ajena a la vida y la muerte
se entretenía tejiendo un jersey.
Ahora la vida teje y la muerte
respira con los ojos muy abiertos.

Pero es ahora cuando los huecos
han vuelto y se abren,
aunque su tiempo era otro.
Todo se perdió entonces
y ahora regresan
con un gesto de cansancio
y unas agujas de tejer.

No, no se arrepiente el tiempo.
Nos arrepentimos nosotros
mientras fabricamos nuestra derrota.
Nuestra alma está llena de huecos
que no caben en ningún sitio.
Es sábado y debemos olas de dolor.

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Los sueños

Dejaba la ventana abierta de la habitación del otro extremo de la casa que se comunicaba por un largo pasillo hasta la habitación en la que dormía para que, dejando también abierta la de ésta, existiera la posibilidad de que, desde una a otra, corriera algo de aire durante esas asfixiantes noches de julio. Aunque, de momento, la posibilidad de que esto ocurriera era escasa -las noches eran de gelatina y caliente vaho inmóvil-, siempre le quedaba la esperanza de que, antes de que amaneciera, se levantara algo de aire, alguna ligera y refrescante brisa que moviera las cortinas y recorriera el pasillo oscuro, de una ventana a otra, y aliviara su extenuación.

La habitación en la que dormía daba a un patio de luces y el aire tenía que descender desde lo alto y atravesar ese hueco cuadrangular y viciado que compartía con las ventanas de las habitaciones de los otros pisos. Tumbado, imaginaba el viento parado, remiso a bajar por esa cavidad tan entallada, prefiriendo quedarse en lo alto, recorriendo los áticos y las amplias azoteas. Solo oía, de vez en cuando, un ruido de cañerías gorjeando desagradablemente. Las otras habitaciones de los otros pisos también estarían abiertas esperando que corriera el aire. Todos intentaban dormir y miraban la estática, como petrificada, caída de las cortinas, su vuelo detenido. Él, además, empezaba a obsesionarse: la falta de algo de viento, del tímido frescor de una brisa, la sentía como una angustiosa falta de oxígeno. Y el sueño tampoco venía. O tardaba en exceso.

Días antes de que empezara el mes de agosto, inesperadamente, cambió el tiempo. El calor seguía siendo insoportable, pero a eso de las dos de la madrugada las cortinas empezaban a mecerse, llevándolas y trayéndolas el aire de un lado a otro. Y por fin pasaba de una ventana a otra recorriendo, gloriosamente, el pasillo. El alivio había llegado por fin y el sueño regresaba, despacio, plácido, bajo las tenues y desordenadas sábanas. Durante esas noches pudo dormir algunas horas.

El aire había decidido recorrer y bajar por el patio de luces, deteniéndose en cada ventana que encontraba abierta. Si presentía otra abierta en el interior, entraba hasta el fondo sin pedir permiso, llenando las habitaciones y pasillos. La gente podía recuperar el sueño -y los sueños postergados-, redimida del calor y de la angustia.

Durmió esa noche un sueño profundo y sobresaltado. Un sueño extraño, ajeno, inexplicable, que le mordisqueaba con una leve agitación. No reconocía los lugares, ni las personas que en él aparecían, ni se reconocía él mismo, protagonista postizo. Tampoco los motivos o las excusas para intentar buscar en él, si no una explicación, sí al menos un agarradero, la causa inicial, por nimia que fuera, que hubiera provocado tal sueño. Había caído en un mundo que no le era conocido, en el que las explicaciones -siempre absurdas en los sueños, engullidores autosuficientes de su propia lógica- le resultaban tan inauditas como ofensivas. Estaba el sueño lleno unos de anhelos -ridículos, hirientes, empobrecedores- que le hicieron caer en una angustia indescriptible. Despertó de improviso y lo recordó exactamente. Y eso era lo peor. Nunca buscó en los sueños una explicación o un sentido, pero al menos los reconocía -le gustaran más o menos- como suyos. Pero aquella noche, al despertarse y recordar con tan insoportable exactitud el sueño que había tenido, se levantó de la cama y tuvo que ir, tan deprisa como pudo, al cuarto de baño a mirarse ante el espejo. Tardó unos segundos en reconocerse. Pero era él. Eso le tranquilizó. Seguía siendo él. Pero el sueño que había tenido no era suyo. Era de otro.

Durante el día estuvo cansado y ojeroso, a pesar de haber podido dormir gracias a ese aire nocturno que alivió las casas. Le acompañaba una sensación extraña, como de intrusión en su alma, como si algo o alguien extraño anduviera enredando en sus cosas, en sus más íntimas interioridades. También se sentía como si le hubiesen extirpado algo. Algo que tal vez no había utilizado nunca, o que no servía para nada, pero que era suyo. Cuando al volver del trabajo se cruzó en el portal con el vecino de arriba, le pareció descubrir en su cara una expresión similar a la suya. Y también tenía ojeras.

Las noches siguientes, durante las que ese aire recorría el edificio a través de las ventanas abiertas que se comunicaban, fueron extrañas. Todo parecía fluir, con una naturalidad un tanto impúdica, desde las azoteas, discurrir por las diversas viviendas, sobrevolando las camas, hasta volver a salir al exterior. Iba y venía, entraba y salía, no dejaba rincón por recorrer.

Volvía a tener sueños prestados. Anhelantes de estúpidos anhelos, atemorizantes de ridículos temores, extraños de extraña extrañeza, inquietantes de no reconocida inquietud. Y, sin embargo, por la mañana, el que se vestía para ir al trabajo era él. Aunque cuando en la calle se fijaba en la gente, podía descubrir en sus gestos, ademanes y expresiones, restos de cansancio y perplejidad, como si algo en sus vidas hubiera dejado de funcionar correctamente y, sin embargo, necesitaran ocultarlo para seguir viviendo. Los jóvenes tenían la mirada de viejos y los viejos parecían haberla perdido.

Cuando se cruzaba con sus vecinos, especialmente con los vecinos que tenían las habitaciones que daban al patio de luces, sentía vértigo. Era como si tuvieran una poderosa visión -y conocimiento- que les  permitiera vislumbrar, hasta el último detalle, su vida entera. Y se sentía indefenso y transparente. Pero a ellos parecía ocurrirles lo mismo. Cuando les miraba, agachaban o volvían la cabeza, como si se avergonzaran de andar desnudos.

Solo cuando llegó septiembre y el calor aminoró sus fuegos, cuando ya se podía dormir con las ventanas cerradas, le despareció esa sensación de extrañamiento, de intrusión, de robo y extirpación. Volvió entonces a reconocer sus sueños como suyos, igualmente inquietantes, pero suyos. Y ya no tenía que mirarse ante el espejo para reconocerse.

No le quedó más remedio que convenir, por muy descabellada que fuera la explicación encontrada, que ese viento nocturno, inesperado, el que alteró su vida durante esos días, al recorrer el edificio y las viviendas, al entrar y salir en las habitaciones para bendecir el sueño de sus ocupantes, hubiera traído y llevado también sus sueños, y los hubiera intercambiado, de una cama a otra, de una persona a otra, y nadie, esas noches, hubiera podido soñar los suyos, obligados a soñar los de los otros, tan inquietantes, tan inexplicables, tan parecidos, pero de otros. Era la única explicación que encontró a aquellos días tan extraños. O tal vez la soñó.

Ahora, cuando duerme, aunque haga calor, cierra la ventana. Aunque también hay noches en las que se levanta alterado, inquieto, y la abre.

Esto ahora

Sobrevivimos sin más a los días
que nos enseñan que el tiempo
es el destino,
que la noche está condenada
a amanecer, y que, por eso,
nos asomamos a las ventanas,
ventrículos que abre
la oscuridad cardíaca
para que entre
su perfume y su arritmia,
intentando huir de los recintos.
Los árboles, de noche, recapacitan,
hasta que el amanecer huye
y el día los calcina.
En un intercambio de golpes
duelen más las caricias.

Aquellos tiempos y esto ahora.
Esto ahora.

Como si los días de la infancia
estuvieran aún por venir,
es ahora cuando el futuro
empieza a formar parte del pasado
y el caos, por fin,
nos descubre su secreta armonía.

Todo es frágil hasta que se rompe.

Regreso (y III)

Trabajé las oscuras madrugadas del invierno descargando los canales de los animales que acababan de dejar su vida en los mataderos. Aún humeaban. Antes de que amaneciera, los camiones iban llegando con su carga de carnes, pescados, frutas, verduras y hortalizas a la boca del gran mercado en el que encontré mi primer trabajo; carga que vomitaban para que fuera engullida de nuevo, trasladada por decenas de hombres fuertes y encorvados que portaban las mercancías desde los camiones a los puestos, dejando un rastro de olores intensos, frescos y reales. Han pasado muchos años y aún me conmueve el olor de los mercados, su inevitable cualidad rezumante, su intensidad marina, su promesa de putrefacción. Empezábamos a trabajar de noche, dos o tres horas antes de que amaneciera, pero a eso de media mañana habíamos terminado. No era mucho el dinero, no daba para vivir, pero sí para subsistir deambulando el resto del día por los barrios de la periferia.

El día libre lo aprovechaba para escaparme a las riberas del maltrecho río que no se atrevía a entrar en la ciudad y prefería bordearla por uno de sus flancos. Quedaba allí al menos un resto de vida natural, algunos pájaros, chopos, quién sabe si alguna liebre por aquellos desmontes. Las chabolas se amontonaban insalubres entre el barro de las orillas y unos enormes mosquitos del tamaño de pájaros pequeños daban la bienvenida a los escasos visitantes. Era una infravida -ilegal y expuesta, tanto a los derribos dictados por los regidores, como a las crecidas furiosas de tan insignificante, pero capaz, río- que se habían construido, ellos mismos con sus manos y con lo que encontraban en los vertederos, los que llegaban de los campos y de las aldeas acudiendo a la falsa llamada de una vida mejor. Una rana saltaba al agua y en los círculos que provocaba en la superficie se podía comprobar la fugacidad de todo lo demás. Ese temblor.

Fueron muchos los trabajos que tuve en aquellos tiempos iniciales y fraudulentos. Pero por fin pude alquilar una habitación. Mi primera noche en una cama fue extraña. Sentí algo así como un vértigo paralizante, provocado acaso por esa blandura indecente y recalentada a la que no estaba acostumbrado. No sé si pude dormir, o lo que concilié fue un sueño demasiado denso y poblado de espesas y enroscadas pesadillas que se engarzaban absurdas, más que extrañas, unas con otras, y que me dejaban siempre con un intensa sensación de desasosiego, en las que veía posible, incluso demasiado fácil, demasiado real, la posibilidad de acercarme a esos individuos de los trajes cruzados, de ser yo mismo uno de ellos, de traicionar como el que enciende un cigarrillo, de delatar, detener o matar si fuera necesario, para luego de noche sostener la delicada mano de una jovencita ensombrerada mientras mantenía abierta la puerta del coche para que entrara, mientras yo intentaba salir de aquel hoyo blando de la insoportable y engullidora cama que me mantenía succionado. Solo al cabo de unos días pude acostumbrarme a dormir como las personas. Pero me preocupaba el sueño, soñar aquello, algo peor que la traición a lo que había sido e intentaba seguir siendo, por lo que había luchado tantos años allá arriba en las inhóspitas alturas de las montañas, me asustaba que pudiera pensar siquiera en la posibilidad de ser -de poder llegar a ser- uno de ellos, que alguna inadvertida circunstancia pudiera propiciarlo. Me aterraba.

Sobreviví como pude. Tuve diversos oficios. Pasó el tiempo. Nada cambió y, sin embargo, dejé de ser un extraño, un recién llegado, alguien con un pasado borrado que se aventura, sin mucha convicción y con escasas posibilidades, a tener una nueva vida. Tuve paciencia. Me convertí en uno más de aquellos habitantes resignados de la ciudad ocupada. Aprendí sus gestos y sus silencios. Caminaba por sus calles con un aire de invisibilidad y hastío. Conseguí tener mis papeles en regla, una documentación falsa, un nombre falso, como si no pudiera tener el mío, como si el mío no fuera también falso y mi vida anterior no hubiera existido -o hubiera sido, al final, también falsa-, y aunque hubiera sido real -como mi nombre real- no importaba ya a nadie, ni siquiera a mí mismo. Las patrullas, en aquellos rutinarios controles, daban por buena mi falsa identidad. En aquella ciudad que había perdido el nombre, en aquella vida falsificada.

Siempre que podía me escapaba a los arrabales que crecían desordenadamente en torno al río, obturando sus vaguadas las amontonadas chabolas. Un resto de naturaleza, aun contaminada y maltratada, era suficiente para que recuperara parte del pasado, parte de esa identidad perdida y sepultada, un atisbo de vida de nuevo, el viento moviendo las hojas de los chopos, un pájaro que gorjeaba, la embalsada corriente del río. Al anochecer volvía a la ciudad por avenidas silenciosas y mal iluminadas. Por la mañana temprano, al ir al trabajo, veía esas pálidas luces -aún más pálidas bajo la claridad del amanecer-, aún encendidas. Así pasaban los días, con la duración de los años. Así pasaban los años, con la duración de los días. Pude aprender algún oficio. Hice amigos. Conocí a una chica. Probablemente me case pronto y tenga hijos. Debe ser ésta la vida que he elegido. Tendremos una casa. Ahora espero. Procuro no tener más esos sueños en los que soy capaz de traicionarme. Como si eso fuera posible.

La fecha de la boda ya está fijada para la semana que viene. Debería estar nervioso, por lo menos inquieto; debería estar feliz, por lo menos contento. Estoy, al fin, dando los pasos que se supone que se deben dar. No hay, además, otra posibilidad. Y está bien así. Nuestra casa apenas tiene muebles, una cama, una mesa, una cocina. Por la tarde paseamos tranquilos y hablamos del futuro. Ella sabe que no tiene que preguntarme por mi pasado. Los días se alargan azules y templados. Es junio. Trabaja en una pastelería.

Este es mi último día libre y debería estar ayudando en los preparativos, pero he buscado una excusa para librarme de ellos y escaparme al río. El verano lo llena todo de luz y los árboles de las riberas mantienen su verde hojarasca para dar sombra. El río da sus primeros síntomas de agostarse, pero aún bajan por su cauce algunas hilachas de agua suficientes. Me alejo más que en otras ocasiones, río arriba, donde ya no hay apenas presencia humana. La fosca y enmarañada vegetación me impide continuar por las orillas y decido alejarme hacia los campos de cereal. Un poco más allá se divisa un cerro salpicado de piedras y matojos. Sigo la linde y llego hasta allí. Subo a lo alto. Es mediodía y no hay nadie. Una ligera brisa mueve el trigo. Las nubes que acompañaron el amanecer han desaparecido. Ya estoy arriba. La línea de los árboles serpentea al fondo siguiendo las amplias curvas del río. Un poco más lejos está la ciudad, desparramada y tranquila, desprendiendo una vaharada de calor al cielo azul, difuminándolo. Desde aquí la siento más cerca que cuando estoy en ella.

Cuando me giro veo, a lo lejos, por primera vez en mucho tiempo, las montañas, su nítida silueta recortada e interminable, confundiéndose finalmente con el horizonte. Desde el día en que salí de ellas, no sé si consciente de lo que hacía o expulsado para siempre jamás, dejando atrás mi vida entera de lucha contra el invasor y de montaraz supervivencia cada arduo día, cada desolada noche, todos esos años, dejando al fin atrás a mis compañeros muertos y mi dignidad abandonada, desaparecida, fulminada, no había vuelto a verlas. No volví siquiera ese día la cabeza para, de alguna manera, despedirme de ellas, incrustar su perfil en mi retina, contemplar por última vez el escenario de la derrota. Me mantuve firme y con la mirada al frente. No quería ver más.

Ya en la ciudad no era posible ver las montañas. Prefería olvidarlas. El pasado se había borrado. No existía. Ni siquiera pesaba. Algo así, ahora, como nada. Como si también ellas se hubieran derrumbado y desaparecido, como si nunca hubieran estado allí, desde antes de que se creara el mundo. Pero ahora, desde esta pequeña colina, alejada unos kilómetros -los suficientes- de la ciudad, en los días claros de este verano reciente, es posible distinguir los perfiles azules de la imponente cordillera. De nuevo otra vez. Lejana pero presente. Respiro. No me canso de mirarla, podría pasar el resto de mi vida así, encontrando siempre, a cada momento, nuevos pliegues y sombras, nuevas líneas y nuevos tonos, que parecen moverse y cambiar con la rotación del sol, con las oscilaciones de la luz del día. La vida, si se encontraba ya en algún sitio, debía estar allá. Allá y no aquí. Una hormiga sube por mi bota. No me molesto en quitarla. La dejo ascender por mi pierna. Estoy demasiado ocupado en observar las montañas, azules casi grises, del mismo color de la ceniza que quedó, antes de que se la llevara el viento, cuando quemé todo lo que dejé atrás.

Regreso (II)

Los vehículos pardos de las patrullas iban y venían como si fueran a, o vinieran de algún sitio. En los arrabales solo vi niños jugando, gallinas sueltas picoteando el suelo pelado y algún burro sacudiéndose las moscas. Los albañales se habían encharcado con un agua sucia y escasa. Las chapas de los tejadillos se empeñaban en brillar a pesar del óxido. Un aire de despreocupación y abandono me hizo sentir -al cabo de los años, ya mudado el propio pellejo- de nuevo en casa. En los barrios de las afueras, las casas y casonas aparecían solitarias, como si las acabaran de construir y sus habitantes las hubieran abandonado y se hubieran ido a vivir a otra ciudad, lejos. Apenas se veía a nadie, un perro olisqueando las esquinas, una mujer con prisa y algún transeúnte, como yo mismo, que se dirigía al centro, un poco perdido en aquellos extrarradios. Las ventanas estaban cerradas, con las persianas bajadas o las cortinas echadas, dando la impresión de que el rostro de la fachada tenía la boca cerrada de la puerta y había cerrado también los ojos de las ventanas para no ver nada, para no ver aquello, para no ver esos vehículos pardos que pasaban intermitente y constantemente.

No debí haber vuelto, pero ya estaba aquí. Con un pasado borrado, del que me encargué de quemar todo lo que pudiera quedar de él y del que ni siquiera, ahora, quedaban las cenizas, aventadas y disueltas para siempre en el aire de las montañas, y con un futuro casi inexistente, apenas el suficiente para dar el siguiente paso de mi insensato retorno a ningún sitio, caminaba por unas aceras que mis botas sentían extrañas. Todo tenía un aspecto ajado, viejo antes de tiempo, prematuramente claudicado, pero a mí, asalvajado y montaraz, me parecía nuevo, extraño e inquietante: los tranvías, las medias de las mujeres, aquellos niños tan peinados, las farolas, la boca de las alcantarillas, las tiendas, los escalones de piedra, el olor a comida. Toqué entonces los billetes dentro del bolsillo con los que tenía asegurada la subsistencia durante unos días al menos. No sabía si sería fácil encontrar algún trabajo, el que fuera. No tenía a nadie que me ayudara a empezar. No temía que me pudieran parar los soldados para identificarme, detenerme o interrogarme. Yo ya no era nadie.

En el centro de la ciudad, las casas, los edificios, tenían también las puertas y las ventanas cerradas, mudas y ciegas, y sin embargo habitadas. Dentro debía bullir la vida, una vida muda y ciega también, temerosa y resignada, demasiado angustiada para estar siquiera triste, cociendo sopas en grandes pucheros y contando la calderilla para subsistir, tirando con cuidado de los hilos del racionamiento y del estraperlo. Vi las amplias avenidas desoladas. Incluso pude oír su eco, amortiguado y mate, solo roto por el estruendo inesperado y chillón de las sirenas, por el paso, innecesariamente veloz, de las patrullas. Tenía la sensación de estar dentro de una fotografía antigua y virada. Dudaba incluso de que me pudiera mover y era como si estuviera atrapado dentro de ella, como el insecto en el ámbar, no sé para qué posteridad. En las paredes empezaban a despegarse grandes carteles de propaganda que se curvaban bajo el peso de las consignas, advertencias y conminaciones.

Pasaban camiones destartalados con la caja de madera cargada de bultos y de viajeros despeinados agarrados fuerte a la baranda para evitar salir despedidos y no caer sobre el adoquinado, mujeres andando deprisa por las aceras, pegadas a las paredes y los muros, imantadas, encogidas y veloces, como pájaros dando saltitos, adolescentes corriendo llevando paquetes, haciendo recados, como si nada hubiera pasado o fuera a pasar, hombres en bicicleta, algún carro tirado por mulas todavía. Y yo andaba entre ellos y nadie se fijaba en mí, intruso pero invisible, extraño pero ignorado. Y pensé en ellos, en las criadas, en los tenderos, en los niños, en los aprendices y los capataces, en sus vidas poco heroicas intentando sobrevivir entre la vileza, y me sentí menos solo. El aire, hacia años, aunque corriera el viento, se había parado, pero a pesar de esa atmósfera quieta, de ese peligro turbio, indefinido y latente, de esa tristeza sin consuelo, aún eran capaces de vivir, de respirar al menos y saludar los días con un gesto cansado y cómplice.

Algunos, probablemente los más rastreros o, acaso, aquellos que las circunstancias -y la falta de escrúpulos o la más acuciante necesidad- les pusieron en el lugar adecuado en el momento justo, se vieron, de la noche a la mañana, alzados al poder, ocupando rimbombantes cargos u oscuros designios en las cloacas del nuevo estado, lo que les supuso la ilimitada capacidad de maniobrar con impunidad, bien para vengarse o escarmentar, bien para satisfacer, si eso fuera posible, su incontenible y creciente codicia. Parásitos consentidos de los odiosos ocupantes, utilizados con desprecio y brutalidad, vestían trajes cruzados, grises, negros o marengos, el pelo cortado a navaja y acompañados de atractivas jóvenes que se excedían con el maquillaje y los más caros perfumes. La mayoría, por no decir acaso todos, se habían visto obligados a traicionar a vecinos, a amigos, a compañeros de trabajo, incluso a familiares, o a permanecer en silencio, cuando ese silencio condenaba a inocentes, o a traicionarse a sí mismos cada minuto, cuando esa traición permanente suponía despreciar sin límites al que se les aparecía, cada mañana, delante del espejo. Ese debía ser el precio a pagar para seguir viviendo. Y yo caminaba entre ellos ahora, intentando encontrar un lugar, una habitación siquiera, y un trabajo con el que mantenerme; intentando, en definitiva, vivir y ser como ellos. Había vuelto, después de casi veinte años, de las montañas y había sobrevivido a la última matanza de los últimos guerrilleros, para acabar siendo uno de ellos, anuladas las exigencias del corazón y suplicando unas migajas de rutina.

No necesitaba ahora -como sí necesité entonces allí arriba entre los árboles del bosque, las rocas de las cresterías, los animales de las montañas y mis compañeros- ni escrúpulos ni ideas. Ahora todo debía ser más sencillo. Dejarse llevar, simplemente, por la corriente. Aunque esa corriente estuviese empantanada, quieta y podrida. Esperar y no hacer nada. Sobrevivir. La dignidad ardió también con todo lo que dejé atrás y quemé el último día, hasta reducirla a cenizas. Ahora, en la ciudad ocupada, era suficiente con aparentarla.

El odio se había esparcido, subterráneo y viscoso, por todas partes, y por eso la venganza, a duras penas contenida, saltaba en cualquier momento, como un resorte inesperado, bajo la apariencia de una detención, de un encarcelamiento o de un paredón al amanecer. Ya no sabía siquiera si estaba bien o no que esto, la vida ahora aquí, fuera así, tal vez simplemente inevitable. Aunque lo que más dolía, lo que más removía las encallecidas entrañas, era que, la mayoría de las veces, acaso todas al final, ese odio y esa venganza eran banalmente arbitrarias. Son más justos los animales cuando devoran su presa.

Vagué durante días al sol como un improbable reportero que observara todo y, sin embargo, no supiera qué escribir, por dónde empezar, dónde ir a parar. Caminaba y acumulaba datos, impresiones, informaciones inútiles y contradictorias. Carecía de la capacidad de filtrarlas. No sabía qué hacer con ellas, aunque tampoco lo pretendía. Buscar un trabajo era lo más urgente, una habitación donde dormir. Pero en esos primeros días me bastaba con deambular de un barrio a otro, malcomer en alguna taberna oscura y sucia y dormir en uno de esos parques que aún se conservaban a salvo, abandonados, en los que las plantas ornamentales habían dejado, hace tiempo ya, de serlo. A la caída de la tarde buscaba uno y, ya de noche, me procuraba un banco apartado en el que descabezar un improbable y esquivo sueño. No eran malos sitios los parques para intentar conciliarlo. A veces era preferible dormir debajo de uno de esos duros bancos, sobre el mismo suelo de tierra, al menos, algo resguardado. Me acordaba entonces de las noches al raso en las montañas, aunque sabía que ya no era, ni lo iba a ser nunca, lo mismo.

Con el paso de los días, pude comprobar que, a pesar de esas amedrantantes patrullas pardas que recorrían las amplias avenidas desoladas, de esos orondos personajes que se pavoneaban en los escasos restaurantes, en las ominosas oficinas del gobierno, en los despachos de las empresas y los bancos, dedicados al ejercicio feroz e inmisericorde de atesorar botines y prebendas mientras provocaban con su calculada arbitrariedad el sufrimiento de tantos, de ese miedo viscoso que no dejaba ni una rendija libre por la que entrara el aire, aún era posible la vida, brotando inadvertida en un balcón, geranios rojos y blancos desbordando unas macetas, o atravesando una placita en la carrera alocada de un niño tras una pelota. Todo se mostraba exánime, sin pulso, frío, quieto, vacío de entrañas, extensamente desolado, apagado, con miedo cerval y ensimismamiento enfermizo, confundiendo los días, hurgando en las noches, como si una mirada torva y turbia vigilara sin descanso cada casa, cada vida, cada rincón. Pero yo había visto esa maceta pletórica de flores y al niño reírse satisfecho cuando recuperó su pelota de debajo de uno de esos coches oscuros.

Regreso (I)

No debí volver. Regresar, entonces, era la única salida, pero también un error que me empeciné en cometer. Sobrevivir tantos años huido en la espesura, peleando con fuerzas tan desparejas, viviendo todos los días a la intemperie, bajo el arco inclemente del cielo y sus desdichas, y escapar, finalmente, del último holocausto en el que viste morir a todos tus compañeros y del que te salvaste por una casualidad innecesaria y caprichosa, ni te daba derecho a nada ni te aseguraba que fueras a ser capaz de volver a ser el que eras. Y mucho menos, en el mismo lugar del que saliste. Ese lugar del que te viste impelido a escapar, asfixiado por la inicial pasividad de tus convecinos, que pronto se convertiría en connivencia y poco después, en aceptada ocupación, ese lugar del que te marchaste en busca de aire y de no sabías entonces -como ahora sigues sin saberlo- muy bien qué, hasta llegar lejos, hasta los móviles y ocultos campamentos de los grupos que peleaban, mimetizados con las montañas, contra un enemigo poderoso y superior, por recuperar lo que era nuestro y que los nuestros entregaron sin oposición y ahora ni siquiera reclamaban. Tal vez fuera una aventura testimonial y descabellada la de alzar la bandera de la rebeldía y la lucha, pero era joven entonces y mi alma tremolaba como esa inútil bandera. Recuerdo la tristeza de las calles de mi ciudad, su atmósfera paralizada y cohibida, y el silencio de sus gentes, andando por las aceras como si el suelo quemara. Se rumoreaba que el invasor acampaba sus tropas ya no muy lejos, manejando los tiempos a su antojo, con una parsimonia complaciente, y nadie quería creer que fueran a dar nunca el golpe definitivo para ocupar por completo nuestros territorios y llegar hasta nuestra ciudad. Maniobras habituales, convenían los temerosos habitantes. Ese soterrado alarmismo, esos avisos que vagaban imprecisos en el ambiente, no eran más que rumores malintencionados que nuestras autoridades desautorizaban tajantes, transmitiendo siempre tranquilidad y desprecio hacia ese histerismo paranoico. Pero los bárbaros acampados tardaron menos de dos meses en ejecutar sus planes de ocupación, culminados con éxito y sin bajas, apenas un paseo militar contemplado desde nuestras calles, ventanas y balcones con ojos abiertos, pero ya sin sorpresa. Era verano, un verano especialmente seco y ardoroso en el que los pozos se quedaron sin agua y los aljibes se pudrían criando una baba verdeoscura. Yo ya me había ido lejos. Y aunque no se movía la más ligera brisa, la sentía mientras me adentraba montaña arriba.

No debí volver. Debí morir. Todavía ese pavoroso infierno de la emboscada final, cuando parece que el sueño empieza a rondar por mi almohada, me sobresalta por las noches alejándolo del todo. La encarnizada saña de los asaltantes y la muerte en derredor, los breves y rojizos resplandores ultrajando la oscuridad, los gritos y los lamentos finales, el olor a pólvora y a sangre. Despierto y es como si siguiera allí. Pero, de la misma manera que ahora me incorporo bruscamente del lecho, pude darme cuenta de que no morí entonces, y logré escapar, nunca sabré cómo -y lo que es peor, por qué-, de aquella pesadilla definitiva. Montaña arriba con otros dos compañeros, acaso espectros como yo, conseguimos salvar nuestras vidas. Pero no quedó nada más de ellas. El fragor, la desolación y la negrura de la noche fueron nuestros cómplices, que nos ocultaron para que pudiéramos escapar hacia la cumbre, lejos de todo aquello, expulsados por su fuerza ciega y centrífuga. Sobrevivimos, pero era el final. El último aliento, por débil que fuera, de la rebeldía y la libertad que recorrió durante años aquellas montañas, había sido aniquilado por completo, extinguido para siempre. Nuestros compañeros, los últimos e irreductibles, yacían desventrados en mitad de la noche, en aquel malhadado claro del bosque. Nosotros tres, salvados, perdidos y mudos, en lo alto de aquella cumbre pelada, caímos al suelo, lo recuerdo, agotados por el esfuerzo, vaciados. Vacíos.

Recuerdo la mañana de la desolación, el reconocimiento inevitable de la derrota final y la silenciosa despedida de nuestra vida allá arriba y de lo que quedaba de nosotros. Fue entonces cuando decidí regresar a la ciudad. Pero no debí volver. Eso lo supe más tarde. Estábamos allí parados, golpeados por un viento frío e insistente. Callados y perplejos, después de tantos años viviendo fugitivos -y casi felices- en aquellos parajes. Hasta que nuestro capitán dijo que se marchaba lejos, fuera de nuestro país, que intentaría cruzar la frontera del río grande y llegar hasta más allá de las montañas azules del sur. Tal vez empezar de nuevo. Pero irse, irse lejos, aunque le costara la vida. Muchos habían muerto en el intento, abatidos por las patrullas de la frontera líquida. Aunque ese no era el problema mayor con el que le tocaría enfrentarse. El otro dijo que se quedaba allí arriba, que intentaría sobrevivir como sobreviven los animales de los bosques. Era una locura inviable, pero, en aquellos tiempos, en aquellas circunstancias, cualquier cosa que intentaras lo era. Así que yo decidí regresar a la ciudad de la que salí hacía ya casi veinte años. Intentaría sobrellevar la ignominia de la ocupación y procuraría vivir en los márgenes. Si eso estaba permitido, si eso fuera posible. Creo que al despedirnos nos deseamos suerte sin mucha convicción. Lo que sí recuerdo es que, en mi viaje de regreso, a lomos de un caballo exhausto y hambriento, bajando por hoces y quebradas hasta llegar a los valles que me depositarían en las primeras llanuras, en ningún momento giré la cabeza para contemplar, por última vez siquiera, aquellas montañas azules que durante tanto tiempo habían sido mi hogar, en donde había dejado lo mejor de mí y de mi vida. Tenía la mirada fija en la gran llanura, se diría que hipnotizado por ella, cuando realmente estaba siendo empujado por el inmenso e irreparable vacío que dejaba detrás.

Al abandonar los últimos escarpes y volver a comprobar que la tierra también podía ser llana, me di cuenta de que, a medida que avanzaba hacía los sembrados y los caminos, dejaba de estar solo. Los años de la guerra habían expulsado a miles de desplazados que ahora vagaban, astrosos y cubiertos de polvo, en busca de un lugar mejor en el que empezar de nuevo o huyendo, sin rumbo claro, del derrumbe de sus vidas. Unos huían de la ciudad y otros iban hacia ella, todos pensando que, de esa manera, partiendo hacia otro lugar, huyendo de aquel, mejorarían sus vidas. Aunque es probable que les ocurriera como a mí, que con cada paso dado, con cada nube de polvo levantada al avanzar, iba deshaciéndose cualquier posibilidad de esperanza, abortado, ya sin pena, cualquier brote de ilusión. Simplemente, por esos caminos polvorientos, se avanzaba. Era ahora nuestro oficio. A veces se ayudaban unos a otros, compartían trechos juntos, aunque nunca se hablaba demasiado, apenas se reía. El silencio era el único equipaje que no pesaba. Algunos llevaban sus enseres en carros chirriantes, atestados inverosímilmente y próximos a desvencijarse, otros, la mayoría, caminaban con magros atadijos. Desde mi caballo los veía mirarme. Ni siquiera con envidia. Por las noches se improvisaban pequeños campamentos en torno a hogueras que desfallecían al amanecer. Debían dormir exhaustos por las largas caminatas o acaso, insomnes, dejaban pasar esas horas procurando no pensar en el futuro y mirando con perplejidad el minucioso tapiz del cielo sereno y estrellado. La aurora, con sus rosados dedos, les tocaría la frente y habría que incorporarse y volver a los caminos, cada uno con su carga.

Por aquel entonces aún no sabía que no debía haber vuelto. Procuraba no pensar en exceso, era lo único que podía hacer. Al cabo de una semana, el trasiego de caminantes, viajeros y tropas era cada vez mayor. No estábamos lejos de la ciudad. El aire tenía una cualidad más difusa, como gastada. Los campos se ordenaban en cultivos y las cunetas estaban más sucias. A la derecha, a eso de medio kilómetro, desviada del camino principal, había una granja a la que me dirigí con la intención de vender mi caballo. Era un buen animal, aunque no estaba en su mejor momento, algo flaco y cansado. Algo me darían por él. El trato fue breve porque no opuse impedimento a lo que me ofrecieron, una cantidad ridícula, casi insultante. Pero cogí los mugrientos billetes y me los metí en el bolsillo. No se puede ir a la ciudad sin blanca. Antes de irme le palmeé el cuello al animal y luego me abracé a él. Pero no llegué a llorar. Fue al salir de la granja para reincorporarme al camino principal, bajo un cielo demasiado azul y entre campos de trigo, definitivamente solo, cuando los ojos se me llenaron de lágrimas.

Cada vez había más construcciones, establos, naves, cuartos, alquerías, casas de labranza, que presagiaban la cercanía de las afueras, de los arrabales que darían paso a la ciudad. Apenas recordaba nada de la ciudad de entonces. Todo, ahora, era más grande, más desordenado y más sucio, como a medio hacer, abandonado el primer impulso constructivo, dejado de la mano de Dios. Quedaba bien poco para estar de nuevo en mi ciudad y no sabía qué es lo que iba a hacer. Ni siquiera me preocupaba. Una navaja y unos billetes eran mi único equipaje. Intentaría buscar trabajo y subsistir. Los días irían marcando los afanes, distribuyendo nuevas dificultades. De momento, lo único que tenía claro, es que evitaría los barrios en los que me crié y viví, alejado de ellos lo más posible, al menos por ahora. Todo era nuevo y debía seguir siéndolo, ningún eco del pasado podía interferir en ese extrañamiento tan real de la vida que me esperaba, agazapada como un animal de inciertas reacciones. La ciudad era lo suficientemente grande, lo suficientemente ajena. Ya estaba aquí, pero no debía de haber vuelto.