(Más) Diálogos de entretiempo (12)

– La felicidad debe ser esto.
– Sí. Y tampoco parece gran cosa.

——O——

– Hay que dejar que pase el tiempo.
– Como si que pase el tiempo dependiera de nosotros…

——O——

– Es mejor leer que escribir.
– Sí, pero alguien tiene que hacerlo.

——O——

– Hay que buscar a los culpables.
– Como si eso solucionara algo.

——O——

– No hemos avanzado nada.
– Sí, es verdad. Pero, sin embargo, todo queda ya muy lejos.

——O——

– Es como intentar construir el cielo con trozos de infierno.
– No tengo otra cosa.

——O——

– Ahora lo entiendo.
– Sí. Y eso es lo malo. Ahora preferimos comprender a sentir.

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La mirada femenina en aquellos siglos oscuros

Ahora llego un poco más allá, abusando de la paciencia del improbable -y desorientado- lector, y me abismo en uno de las épocas más desconocidas e ignoradas de nuestra literatura. Alejado del ruido de las novedades y de la repelente actualidad, y orillando incluso a los clásicos, me sumerjo en las aguas poco -o más bien, nada- transitadas de aquellos escasos escritos que sobreviven de la época en que los visigodos se enseñoreaban en nuestra península, erigiendo su nuevo -y convulso- reino sobre las ruinas tardorromanas.

Después de los feroces alanos, suevos y vándalos, la monarquía visigoda supuso -una vez sometida la herejía arriana- cierta estabilidad e incluso un tímido apaciguamiento durante tres o cuatro siglos oscuros, en los que un cielo, bien diáfano y radiante, bien plomizo y amenazante, cobijaba, a su pesar, a sus malhadados pobladores.

Contribuyeron casi en exclusiva a este renacimiento cultural y literario los obispos católicos, con su amor por la erudición y su interés por la cultura griega y latina. Arrinconada finalmente la lengua de los invasores, se mantiene el latín como lengua de cultura y conocimiento, más cercana a la de los pobladores hispanos. Historia, compendio de todos los saberes de la época, libros litúrgicos, vidas de santos e himnos religiosos, renuevan y sostienen -en lo que era, en aquellos siglos violentos y oscuros, posible- el brillo y el andamiaje de la vieja y cansada lengua latina.

Lo que ha caído en mis manos de entre todo esto son las Vitas sanctorum patrum Emeritensium, relato anónimo redactado probablemente entre el 633 y el 638, que reúne cinco opuscula que vienen a describir la vida en la ciudad de Mérida durante el siglo anterior, así como la biografía y los milagros de sus principales obispos durante esos años, Paulo, Fidel y Masona. Obra hagiográfica, su objetivo es el de fomentar los valores cristianos, donde los hechos históricos se exponen como consecuencia de la mediación de los santos -de la mártir santa Eulalia en este caso- y de la intervención divina. Los obispos de Mérida son héroes y santos –uiri sancti– que vencen a los heréticos y malvados arrianos y llevan al pueblo de Mérida a la verdadera fe.

Quien haya llegado hasta aquí, pensará: “¡Vaya!, ¡Qué apasionante!”. Pues más bien poco, la verdad. Pero mientras, sigo leyendo este texto escrito por algún clérigo culto y dispuesto que aprovecharía las mañanas de aquellos años lejanos del 633 para hacerlo, en los ratos libres que le dejaran los oficios y los laudes. Y no lo hacía mal.

Omitiendo el adorno de las palabras engalanadas y pasando por alto las parleras espumas de la elocuencia, ahora también narramos con sencillez y veracidad hechos que son ciertos en todos sus detalles. Pues si queremos envolver en oscuras palabras lo que se sabe que es más claro que la luz, no instruimos, sino que fatigamos los ánimos de quienes nos escuchan…

Traigo ahora aquí, como ejemplo, lo que le sucedió al abad Nancto:

Pero, según se cuenta, por todos los medios evitaba la mirada de las mujeres como el mordisco de una serpiente, no por despreciar el sexo, sino porque temía caer en pecado, por la visión de la imagen de la tentación; y así, cuando caminaba por cualquier lugar, ordenaba que un monje marchara por delante de él y otro detrás, a unos pasos, para que ninguna mujer lo viera bajo ninguna circunstancia.

Pero una noble y piadosa viuda -así al menos la describe el libro- arde en deseos en conocer a tan santo y venerable varón, y convence a uno de los diáconos del monasterio para que, sin que él lo sepa, le deje ver, aunque sea de lejos, aunque sea un momento, al tal abad Nancto, especial e irritantemente huidizo y reservado:

Y así se hizo. Tan pronto como, sin saberlo él, la mirada femenina le alcanzó, cayó al suelo con un gran gemido, como si una gran piedra le hubiera alcanzado con fuerza.

Retrato (13)

Confundía lo accesorio con lo fundamental. Su proyecto de vida: recoger los bártulos e irse con viento fresco. Le enternecía la delicadeza de las lanzadoras de peso. Estaba empeñado en acelerar el proceso de desaprendizaje. Tenía sus únicos momentos de tranquilidad dentro del coche cuando estaba en el túnel de lavado. Solo consiguió perfeccionar su torpeza. Escribía anotaciones en los márgenes y luego no las reconocía como propias. Le hubiera gustado poder acentuar también las consonantes. Era tan coherente que resultaba contradictorio. Una noche cenó seis yogures porque caducaban al día siguiente. Era un experto en andar por el filo de la navaja, aunque iba siempre lleno de cortes. Le hubiera gustado vivir antes del diluvio. No entendía por qué no dejaban fumar en los estancos. Sus neuronas se iban, de vez en cuando, a patinar. Terminó por envasarse al vacío.

En la Tebaida

En las arduas y pedregosas extensiones de los desiertos sucesivos -y, al parecer, interminables- de la Tebaida, vino a concluir sus días, alejado de todo y de todos, en busca de la más absoluta de las soledades, en una acabada culminación de la renuncia y el distanciamiento definitivo de lo que se ha venido en llamar mundo. Paso a paso -y tajo a tajo- se alejó por fin y fue cortando, desprendiéndose, más bien, de cualquier vínculo o relación, de cualquier recuerdo u obligación, de cualquier acto de amor o reconocimiento, en una ascesis absoluta, abolido ya para él el resto de almas y los paisajes.

Acaso fueron las circunstancias quienes le llevaron a tal estado -y a tal lugar-, aunque él prefería creer -ocultando sin mucho éxito esas circunstancias, simplemente disimulándolas- que fue una decisión propia, consciente, valiente y meditada lo que le trajo aquí, a los desiertos inacabables de la Tebaida, para continuar la emprendida senda de la soledad y la mortificación, entre las malhadadas bestias que de aquí en adelante, solo ellas, le acompañarían.

Ya nadie -eso lo consiguió bien pronto- se acordaba de él y podía, libre y por su cuenta, empezar a morir sin ninguna prisa, bajo el ardiente sol tebaico. Eremita estricto, anacoreta exacto, hasta su sombra le incomodaba.

Y fueron años, largos años, en los que no supo de nadie ni nadie supo de él. Llegó finalmente a convencerse -aunque no del todo, no del todo- de que eso era lo que siempre buscó y ansió. Padre del desierto, monje único, anacoreta estricto, eremita exacto, alejado de los ruidos del mundanal ruido y del sucio trato de sus congéneres, en busca de lo absoluto, sintió la soledad de las interminables arenas al fin como propia. Nadie se acordaba ya de él; por no acordarse, ya no se acordaba ni Dios.

Fragmentos del deshielo

Los arroyos bajaban impetuosos y cantarines, aunque a mí me parecían ruidosos y desbocados. Todo -los altos picachos, los repentinos desfiladeros, las breves laderas, los enormes peñascos- aparecía empapado y pleno de una luz nueva, casi brillante. Tuve que entornar los ojos para situarme. El sol era, por fin, más cálido. Las frías brumas del invierno, sus insoportables heladas, habían remitido hasta desaparecer. La nieve empezaba a derretirse de manera imperceptible pero imparable. Los árboles parecían sacudirse las capas blancas y densas que apesadumbraron sus ramas. Ahora lucían mojados y oscuros, liberados. En las umbrías aún se escondían los restos del invierno, pero donde llegaba un atisbo de esa nueva y más amable luz del sol, ese principio cálido empezaba a mordisquear los neveros que reducían, sin remedio, su extensión. Ya quedaban pocos, como ronchas obstinadas. Los cascos del caballo iban dejando en el exiguo sendero pequeñas cavidades de barro negro que inmediatamente se llenaban de agua de las nieves, tan pronto ya sucia. Una pareja de águilas brillaban en lo más alto, ajenas y vigilantes.

Había decidido abandonar el campamento durante al menos un día. A más tardar, debía estar antes de que amaneciera el día siguiente. Así lo había convenido. Después de haber pasado las semanas más duras del invierno en diversos abrigos de las rocas más altas y escarpadas, en unas condiciones ya demasiado habituales, pero no por eso menos duras y penosas, cambiando de sitio casi cada noche, borrando los rastros, huyendo de nada y de todo a la vez, era tiempo, ahora que era posible, de cambiar de cordillera y explorar los desfiladeros del oeste. Mañana partiríamos. Pero antes, decidí arriesgarme en esta breve escapada, huyendo, aunque fuera por unas horas, de los dolorosos fríos del invierno aquí en lo alto y de mí mismo.

El enemigo, dueño y señor de las llanuras y ocupante ilegítimo, pero ignominiosamente aceptado, de nuestras ciudades, había reducido el número de patrullas que vigilaban los pasos de montaña. A nosotros, a nuestros pequeños grupos de resistentes, casi nos dejaban a nuestro aire, como si no mereciera la pena el esfuerzo de perseguirnos y aniquilarnos. Tal vez pensaban que, poco a poco, el desgaste provocado por el aislamiento, la falta de fe y la dureza de las montañas, irían acabando, aunque fuera lentamente, con nosotros. Y tal vez estuvieran en lo cierto.

Cada vez éramos menos, hablábamos menos y teníamos menos posibilidades de hostigar al enemigo, de hacerle daño. Lo que en un principio era una necesidad -de lucha, de rebeldía, de dignidad-, ahora quedaba como un resto de todo aquello, una memoria sentimental e inservible de lo que fue nuestro pueblo y nuestra tierra. Ahora, pasado el tiempo, era difícil dar respuesta a las más simples preguntas. Era mejor no hacerlas. Acaso gracias a eso, continuábamos empecinados en nuestro penoso deambular por las montañas. Pero éramos libres.

Tenía, por fin, antes de partir al día siguiente con mis compañeros hacía otros rincones de las montañas, un día para mí solo. Ya sé que corría riesgos, y además, riesgos innecesarios. Aunque ya no distinguía -o me daba lo mismo hacerlo- unos de otros. Cabalgaba tranquilo en un día inicial y puro de finales del invierno. El sol me hacía entrecerrar los ojos y no me quedaba más remedio que oír -aún más fuerte que el rumor incesante de mi cabeza- el estruendo de los ríos encajonados precipitándose entre los peñascos como un rugido liberador, una ofrenda finalmente concedida. No tenía prisa, sabía a dónde iba. Pero no era algo premeditado, o, al menos, eso quería creer. Por primera vez en muchas semanas sentía el calor de los lomos del caballo. De vez en vez, una manta de nieve en precario equilibrio sobre una gran rama, se desplomaba con un golpe no demasiado mineral, casi sordo. Los animales del bosque debían merodear cerca sacudiéndose sus pelajes.

Al cabo de unas tres horas de plácido descenso, detrás de una crestería menor, se intuía la breve y escondida planicie de una hoya. Estaba muy cerca. Hacía demasiado tiempo que no me dejaba caer por este lugar.

Recordaba un pequeño grupo de chozas de piedra, con consistentes tejados de retamas superpuestas que, asombrosamente, no dejaban pasar las lluvias, por muy abundantes que éstas fueran. En una de las esquinas más resguardadas del encajonado llano presidía el conjunto una cabaña de madera recia que era lo más parecido que había en los contornos a una casa. Al otro lado, un cobertizo y un establo completaban el grupo de construcciones. Detrás, una huerta proveía, tanto a sus habitantes, como al ganado -una o dos vacas y varias cabras- de coles, cebollas y patatas. El cuadrado central de tierra estaba casi siempre embarrado. Cuando pudo contemplarlo de nuevo, comprobó que no había cambiado en nada, tal vez habría llegado a un misterioso acuerdo con el deterioro para que no avanzara en exceso. De la cabaña salían unas nubes de humo que borbotaban sin prisa. Aguijé el caballo.

La vida en las montañas era dura y, demasiado a menudo, violenta y cruel, especialmente en estos tiempos viles e inseguros. Por eso sorprendía -no tenía explicación, era una anomalía inverosímil- que allí, que en esa especie de proyecto inacabado e insuficiente de aldea, vivieran ellas, solas, independientes y discrecionalmente entregadas. Allí no hubo -ni había ni podía haber- hombres, solo ellas y los niños, los hijos de las montañas, como eran conocidos. Sus amplias y largas faldas de una tela basta y de color oscuro pero indefinible, arrastraban hasta el suelo, y unos apretados pañuelos que alguna vez fueron blancos, ceñían sus cabezas. Trabajaban la tierra, cuidaban de los animales, tejían telas y mantas, curtían pieles y, cuando podían, comerciaban con ellas. Los habitantes de estos parajes -o sus más peligrosos transeúntes- siempre las respetaron. La mayoría pasaba de largo. Fugitivos, desertores, guerrilleros, soldados, contrabandistas, tramperos, furtivos… nunca a ninguno de ellos -y los hubo y había de todo pelaje y condición- se atrevió a ejercer violencia o acoso ni contra la aldea, ni contra ninguna de ellas. La mayoría pasaba de largo observando todo aquello en silencio. De vez en cuando, alguno entraba a comer y dejaba alguna dádiva.

Ninguna de las mujeres reparó en mi entrada a caballo en aquel rectángulo central de barro. Seguían abstraídas -como si estuvieran condenadas a hacerlo durante siglos- en sus tareas. Solo tres niños descalzos se acercaron corriendo, seguramente más interesados en el caballo que en mi astrosa persona. Intenté sonreírles y se quedaron parados con los ojos muy abiertos. Até la cincha a uno de los maderos que sostenían el cobertizo y me giré en busca de alguien que me hiciera algo de caso. Una mujer acababa de entrar en una de las chozas. Otra trasegaba, al fondo de establo, el heno húmedo. Los chiquillos corretearon de repente ladera arriba. Estaba solo en medio del barrizal. La ennegrecida chimenea de la cabaña humeaba cada vez más débilmente. Parecían ahora -esas hilachas de humo dormido- la única señal de vida que alimentaba mi escuálida esperanza.

Hasta que entre la cabaña y el establo apareció una de las mujeres con un zacho en la mano. Venía de la huerta con dos enormes coles sujetas con el otro brazo. Un mechón de pelo negro le ocultaba media cara. Me miró -sin sorpresa, como el que acepta una inclemencia del tiempo- con el ojo descubierto, más negro aún. Movió la cabeza con la intención de apartarse el pelo sin conseguirlo del todo. Quiero creer que me saludó. Yo al menos, respondí y puede que llegara a inclinar algo, ridículamente, la cabeza. Continuó hasta la cabaña y antes de entrar dejó el zacho en la puerta. Ya con la mano libre, pudo colocarse el pelo detrás de la oreja. Yo entré, entonces, detrás.

La luz dentro de la estancia -apenas un cuadrado presidido por una chimenea que hacía las veces de cocina y, al otro lado, una puerta que daba acceso a una habitación- era polvorienta y parecía venir de muy lejos distribuida en pequeñísimas motas que se dejaban caer con paralizante parsimonia sobre los objetos -una mesa grande, cuatro sillas y un armario ciego-, iluminándonos con parquedad. Era agradable volver a estar, después de tanto tiempo, dentro de un lugar “humano”. El fuego, avivado ahora, hacía hervir un caldero. Me volvió a mirar y me senté a la mesa. Comprobar el tamaño de un plato, la olvidada forma de una cuchara o el tacto de un vaso, me produjo un vértigo absurdo que me hizo sonreír. Entonces saqué de dentro de mi zamarra una tela de seda -excesivamente doblada, y que robé, sin saber muy bien por qué, en uno de nuestros últimos asaltos a los convoyes de los enemigos- que coloqué en uno de los extremos de la mesa. Sobre ella dejé dos monedas de plata. No se podía distinguir por el ventanuco si era de noche o de día. Olía intensamente a sopa de cebolla.

Apenas hablamos durante la comida, aunque yo lo intenté varias veces, hasta que me di cuenta de que era mejor así. Ni los niños ni ninguna de las otras mujeres entraron en la cabaña. Estábamos realmente solos, en un mundo despojado, vacío. Ella seguía teniendo problemas con su pelo. La sopa de cebolla y un trozo de uña de vaca salada fueron para mí un convite excepcional. Incluso me lleno el vaso dos veces con una especie de vino rúspero. No supe identificar de qué estaba hecho el pan, pero no dejé ni una miga. Ella, a veces, me miraba. Apenas comió. Un tazón de nata dulce que hacían con leche de cabra puso fin a un festín que recordaría, allí arriba entre los brezos y en la más absoluta intemperie, durante mucho tiempo como algo excepcional, cálido y delicioso. Intenté ayudarla a recoger la mesa. Luego acercamos las sillas a la lumbre.

Podría negar que estaba nervioso, podría negar que estaba impaciente, pero no voy a hacerlo. Nunca nadie -y ya hemos hablado de los habitantes de estos parajes, de su catadura y dureza- contravino la convención que sustentaba esta especie de comunidad de mujeres, inmune a lo que ocurría más allá de esta hoya escondida en las alturas, condenada a un destino marcado y firme, pero al tiempo autónoma, libre y, a pesar de todo, digna. Cuando algún viajero o habitante tránsfuga de estos contornos se aventuraba a entrar, siempre dejaba algo, daba igual su valor. Comía, intentaba hablar, jugaba con los niños, ayudaba en alguna reparación o simplemente se sentaba al fuego a calentarse. Y esperaba.

Había siempre un momento en el que la mujer, fuera cual fuera de las de la aldea, se levantaba. Se levantaba para irse a la habitación. Crujía la aldaba al abrir la puerta. Y el forastero esperaba expectante. Si la puerta volvía a cerrarse, recogía sus cosas y se marchaba. Siempre ocurrió así y nadie, nunca, intentó abrirla por la fuerza. Incluso, se podría decir, que cuando  la veían cerrada marchaban también de buen ánimo. Pero si la puerta quedaba abierta podía el viajero entrar. Era a él, entonces, a quien le tocaba cerrar para que crujiera la aldaba.

Ya llevábamos bastante rato con el rostro agradablemente calentado por las cercanas llamas. Y ella se levantó. Fue hacia la habitación y yo me quedé absorto mirando como chisporroteaba el fuego, como iba y venía, impredeciblemente. Cuando al cabo de unos minutos giré la cabeza, vi que la puerta había quedado abierta.

Debía ser la última luz del crepúsculo la que entraba por la pequeña ventana de la habitación. Una tela tosca mal clavada hacía las veces de cortina. Por fin había entrado en aquella reducida estancia y me sentía como flotando dentro de una agradable pecera llena de un denso y cálido líquido amniótico. Ella estaba sentada al otro lado de la cama, de cara a la pared. Yo me senté en éste y empecé a quitarme las botas. Ella se desenredó el pañuelo anudado en la cabeza y yo sentí, a partir de aquel momento, y en todos los momentos posteriores de aquella noche acaecidos en aquella habitación de madera, que esa cama, no solo era el centro del universo, sino que el universo mismo era redondo, solitario y, ahora, un poco más pequeño, a salvo de lo que ocurriera en el frío exterior, vacío y sideral.  Varias veces caímos como caen los fragmentos del deshielo, con un ruido ahogado pero necesario, deshaciéndose al golpearse.

En mitad de la madrugada, cuando aún quedaban un par de horas para que amaneciera, desperté. La gélida claridad de una luna creciente quería entrar por uno de los resquicios del ventanuco. Me tenía que ir. Me incorporé con cuidado, me vestí y finalmente me calcé las botas. Me llevé el dorso de la mano a la nariz y olía distinto. Salir de aquella cama me supuso uno de los más grandes esfuerzos que hice, y no han sido pocos, en mi vida. Ella dormía o lo fingía. Su respiración, al menos, era pausada.

Cuando terminé de prepararme para mi viaje de vuelta y me acercaba a la puerta, oí que me decía: “Buen viaje -me giré y pude verla gracias a esa luz escasa y sucia de la luna, semiincorporada y apoyada en un codo, con la mitad de su rostro oculto por su pelo negro y liso- Ojalá tengas buena suerte”. Respiré hondo antes de contestar: “Gracias por todo -no encontraba ninguna palabra más que pudiera paliar toda mi necesidad de decirle todo aquello que no le diría nunca- Adiós”. La aldaba volvió a gemir. Entonces me fui.

Tenía que darme prisa si quería llegar a tiempo, con las primeras luces de la mañana, al campamento que abandoné hacía menos de un día. Todo estaría dispuesto para nuevas jornadas de viajes a través de las zonas más altas de las montañas, en dirección al oeste, en busca de nuevas posibilidades de supervivencia y hostigamiento. Conocía el camino de vuelta y la luz de la luna, como diluida a través de un filtro innecesario, me ayudaba en mi intención de avanzar más deprisa, aún más deprisa, no sabía si por las ganas de volver junto a mis compañeros, o por miedo a girar el caballo y regresar a aquella habitación en la que aquella mujer se desperezaba hasta afrontar la repetida condena de un nuevo amanecer.

Foto y cita

Puedo apiadarme de mí, sin la vanidad de la maceración, si el temor no es ya de avergonzarme ante los demás, sino de exceder la medida que sin avaricia me concedo. Si admito mi disposición pasional, en nada debo permitirme estímulos ideados o buscados. Ninguna disculpa cabe frente al instinto que nos previene y no respetamos.

Antonio di Benedetto. Zama. 1956

Todo giraba

Todo giraba.
Los sueños se confundieron con las pesadillas.
El mundo giraba alrededor y, ajenos,
preferimos hablar de cosas sin transcendencia,
entre silencios y miradas desviadas.
Siempre negábamos que necesitáramos ayuda.
El mundo giraba alrededor cada vez a más velocidad
dejando a su paso pequeños cataclismos imperceptibles.
El mundo giraba alrededor y, de pronto,
nos vimos impulsados a esa vorágine.
Éramos aves nocturnas durante un eclipse de sol.