La luz del albedrío (VII)

VII

No estaban aún nuestras ropas secas del todo cuando amaneció. Procurando no hacer ruido esperamos a que pasara la patrulla para que, cuando estuviera lo suficientemente lejos, salir de aquel agujero y alejarnos, tan rápido como nos lo permitieran nuestras fuerzas, de la orilla, de los controles, de los soldados, del pasado entero -si eso fuera posible-, de nuestro país para siempre abandonado. Íbamos, en este último tramo de nuestro viaje, despojados de todo peso o atadura, sin caballo y sin nada, todo dejado atrás o perdido, como un sacrificio o una dádiva que tuvimos que entregar a un dios cruel y arbitrario -o que él mismo nos arrancó- para que los nuevos días bajo estos nuevos cielos nos fueran más propicios. Los campos se nos abrían con una amplitud que dolía y que llegaba hasta el recortado horizonte azul de las montañas del sur; el sol lo iluminaba todo con una nitidez de joya. Estábamos exhaustos y sucios, pero conservábamos una secreta belleza, un resto de elegancia acaso que yo sentía en cada gesto, en cada esfuerzo, en cada paso, en cada parada para recuperar el resuello, como si, al fin, hubiéramos ganado algo o a alguien. Estar al otro lado no podía ser igual que estar allí, en la orilla del mal y del pasado.

Y encontrábamos siempre fuerzas para seguir y buscar algo -lo que fuera- para comer, robando en las huertas, cogiendo frutos silvestres del campo o intentando cazar algún animal desprevenido o demasiado confiado. Fueron días de despreocupación y largas y espaciadas conversaciones que nos hacían ralentizar nuestra perezosa marcha. Pero no nos importaba, ahora no teníamos prisa. Los días eran regalos y, aunque el futuro seguía al acecho, él sonreía y yo también sonreía. Él parecía confiar ahora en el futuro. Decía que estaba cansado, pero no de un cansancio físico, sino que era como el cansancio definitivo de aquel que se ha dejado la vida en un empeño que se prolongó durante años y que -daba igual que hubiera resultado, como resultó finalmente, baldío o no- le dejó seco, exprimido, vacío, y era tiempo de parar y buscar un lugar en el que vivir y desterrar para siempre ese interminable periplo nómada por las más escarpadas aristas de la vida. “Tenemos que buscar un lugar, tiene que haber un lugar para nosotros”, repetía. “No es pedir mucho”. Y miraba las montañas azules del sur, hacia las que nos dirigíamos. Yo las veía como si fueran tan solo un obstáculo y hubiera que traspasarlo para seguir aún más al sur. O lo que era peor, las veía como un reflejo exacto, en un endemoniado espejo, de las montañas del norte de las que pretendíamos huir para siempre.

Intentaba abrirle mi corazón también, o al menos su parte visible. Al caminar a pie, la posibilidad de conversar era mayor, más peligrosa. “Cuando encontremos ese lugar será como si todo hubiera terminado”, le dije sin pretender ser enigmática. Pero él, luego lo supe, lo que pretendía era eso, terminar, vivir y ver la vida pasar desde una tranquila atalaya, desaparecer del mundo y que el mundo le dejara en paz. A mí me daba miedo y pena que pensara así. Atravesábamos bosques, elegíamos los caminos en los cruces, a veces nos equivocábamos, saltábamos los arroyos, parábamos a descansar en cualquier sombra. Las montañas se iban, con parsimonia, acercando, como un decorado que se moviera a pasitos para no ser sorprendido en esa ridícula trampa de su aparente inmovilidad. “Y cuando encontremos ese lugar, construiremos una casa”. Por primera vez deseé que esas montañas se alejaran.

Pasaron los días y nos vimos entonces subiendo las primeras y más suaves laderas. Acostumbrados a vivir en las más agrestes cimas de las montañas del norte, aquello nos pareció más fácil, sin las tajadas gargantas ni los precipitantes desfiladeros, y, sobre todo, sin las obstinadas y pertinaces cuadrillas de soldados que perseguían jadeantes, de día y de noche, a los rebeldes. Ahora teníamos casi la sensación de estar de excursión. Al llegar a la cima, después de dos días de ascendentes caminatas, dimos con un portillo que nos dejaría en la ladera sur. Allí hicimos noche. Nuevas llanuras, como de terciopelo, se extendían hasta perderse. La línea del horizonte se desvanecía hasta dejar de existir, apenas una difuminada confusión del cielo y la tierra. No teníamos nada, así que nos acurrucamos. “Me gusta ver las luces que brillan tan débiles a lo lejos, imaginar quién vive allá”, su voz era más grave ahora. “Creo que el lugar -y el tiempo- está cerca. En esta ladera más amable, que mira al sur, tan lejos ya de todo, tiene que estar ese lugar, un lugar en donde posarse por fin y empezar de nuevo”. Yo no quería posarme, pero no dije nada y me sentí culpable. Tal vez, por eso, lo que le dije fue esto: “Solo, cuando algunas noches, apoyo la cabeza en tu hombro, me puedo tranquilizar, puedo incluso hacerme la ilusión de que soy feliz, o de que puedo llegar a serlo”. Estaba tan oscuro ya que no pude verle sonreír. Pero al cabo de un rato empezó a musitar algo, algo así como música, una canción. Nunca le había oído cantar.

Oh, ¿quién de ellos cree que podría enterrarte?
¿Quién de ellos cree que podría llevarte?
¿Quién de ellos pudo pensar que podría adivinarte?

Luego calló. Y el silencio cayó sobre el mundo. Era tan hermoso no oír nada. Como si ese silencio hubiera estado guardado durante siglos en un estuche y ahora, alguien, lo hubiera abierto. Y se derramaba bajo las estrellas. Apoyé la cabeza en su hombro. Yo miraba también entonces las lucecitas a lo lejos. Pero no imaginaba nada.

Al día siguiente, a última hora de la tarde, antes de que las luces envolvieran la montaña en una gasa malva, dimos, a mitad de descenso, aún lejos de las primeras poblaciones que se refugiaban a su falda, con una pequeña vaguada, una llanada resguardada de la furia de los vientos y acotada al oeste por un arroyo. Él la observó, calibrando su extensión, su alejamiento suficiente, sus difíciles accesos, el agua cercana, los bosques que la rodeaban, y en definitiva, la posibilidad de asentarse e intentar vivir fuera del mundo, lejos del pasado. Yo miraba aquel rincón de la sierra y me parecía ver el lugar en el que mi padre construyó nuestra casa. Era como una repetición. Sentí una inesperada sensación de desagrado. Pasamos allí la noche y a la mañana siguiente empezamos a trazar con unas recias ramas de roble las líneas -un rectángulo nada más- de los toscos y breves cimientos sobre el suelo aún húmedo de rocío. Él trabajaba feliz, con un entusiasmo completamente nuevo, porque sabía que si su vida no había encontrado aún el sentido, sí había encontrado el lugar, un sitio desde donde poder encontrarlo. O perderlo definitivamente. Pero su viaje se había detenido en ese punto del espacio. Yo le ayudaba con el mismo entusiasmo. Y no era fingido. Esos días de dura excavación de las zanjas -sin herramientas- sobre las que asentar las primeras piedras a modo de bastos cimientos de los muros de la casa, de ajetreo de más piedras para levantarla, de tala de árboles para desbastar las vigas que soportarían y conformarían el tejado, y de ardua y lenta y tosca construcción de los muros, fueron días felices. Acaso los más felices de mi existencia. Por la noche, exhaustos, contemplábamos las lucecitas que guiñaban escasas en la lejanía, para después caer derrumbados y mirar las estrellas. Y empezaba a roncar débilmente mientras yo seguía mirándolas con los ojos demasiado abiertos.

Fue un trabajo de meses. Lentamente aquello -aquel rectángulo vacío, aquellos montones de piedras- fue adquiriendo el aspecto de una construcción y, un buen día, delineadas la puerta y las ventanas, cruzadas las vigas de madera sobre el techo, se nos apareció, por fin, erguida, como nuestra casa. Las piedras, elegidas unas, rechazadas muchas otras más, habían ido encajando, sin necesidad de ningún tipo de argamasa -de la que carecíamos-, pero sólidas y seguras como para resistir los embates de la intemperie y mantenerse en pie durante muchos, muchos años. Todo, nuestras vidas, nuestro pasado y nuestro futuro, cada una de las piedras que levantaron los muros de nuestra casa, iba encajando. El resto, como un mal sueño, lo habíamos desechado. Todo crecía y se armonizaba, pero, al tiempo, y cada vez con más insistencia e inevitabilidad, anticipaba algo que me aterraba: la finalización, el acabamiento, todo ya pleno, completo y dispuesto para qué, ese posarse por fin del que habló. No quería que llegara ese momento. Cuando todo encaja, acaba.

Cuando la vimos terminada, tan humilde, tan básica, casi solo un cuarto de piedra para guardar los aperos o las pacas para el ganado como tantos otros, ya abandonados, que había por los contornos, tan parecido a ellos, tuvimos la sensación de que no la habíamos construido nosotros, de que, aunque parecía nueva, reciente, había surgido sola, de la propia tierra, que todo, las maderas, las piedras, se habían agrupado -y ordenado precisamente– solas. Todo había encajado. Nos abrazamos de felicidad y cansancio y lamentamos no haber tenido una botella de vino con la que brindar, con la que beber hasta aturdirnos.

Vivimos después días duros de supervivencia y acomodo al nuevo entorno, pasamos hambre y necesidades de todo tipo -a lo que estábamos demasiado acostumbrados-, nada más alejado de la falsa y arcádica vida en las montañas como la propia vida en las montañas, pero los recuerdo con emoción y siento que fueron días felices. Las estaciones se sucedían y cada día presentaba escasas dádivas y mayores afanes, pero los recibíamos y acometíamos -regalos y heridas- con una entregada convicción. Nos hicimos, intercambiando caza y pieles, con unas cabras, teníamos leche, queso, también gallinas, y la huerta empezaba a alumbrar las primeras coles. Pronto llegaría la primavera. Otra vez.

Una mañana levemente radiante, tan perfumada y limpia que parecía que no había habido invierno, recogí mis cosas y me vestí para irme. Pensó que bajaba al pueblo a algún asunto. Pero cuando le dije que me marchaba, supo que me iba de verdad y para siempre. Su cara no fue de sorpresa, sino de hundimiento. Intenté explicarle los motivos, aunque los dos sabíamos que no era necesario, que no había explicaciones ni reproches que aplacaran lo que sentíamos y que no podía haber impedimentos o súplicas ante lo que nace sin premeditación, puro, imparable, horriblemente necesario. No podía entrar en el juego de los argumentos razonables porque no encontraba -ni tenía- ninguno, allí estaba perdida y me hundía como si faltara el suelo sobre mis pies. No podía seguir atrapada en ese refugio. Ya no sabía si ese impulso de seguir, buscar y no parar nunca, era una condición propia, asumida e inevitable, o simplemente una condena que me obligaba a ser libre, como si aún tuviera, así, de esa manera, que seguir pagando ese precio por algo. “No sé si me conoces”, le dije. Él estaba sentado en el poyo de la puerta, con la espalda apoyada contra la pared, mirando las llanuras recién amanecidas. Le dije que era probable que algo de esto hubiera intuido, y que, durante estos meses, hubiera preferido seguir engañándose. Pero esta ficción tan agradable no podía durar mucho. Le dije que empezaba a sentirme como me sentía en la aldea de las mujeres. Empezaba a ahogarme. Dije también muchas más frases confusas, sin terminar. Ni yo misma era capaz de explicármelo con una claridad plausible y suficiente. “Esta casa, tú…”, continué cada vez más catastróficamente, “…es un buen lugar para ti”. No quería -ni podía- hablar más. No quería que pareciera que me estaba disculpando. “Puede que no lo entiendas nunca”. Era como si yo y el mundo, yo y la realidad, fueran cosas tan distintas y alejadas que me resultaba imposible asumirlas como eran, no podía mi corazón -y menos mi alma- soportar el poder absoluto y odioso del mundo y de las cosas, la zafia presencia de la realidad. Y contra eso, a pesar de tener -ya de antemano- la batalla perdida, tenía que seguir, obstinadamente, luchando. Perdiendo.

Ni siquiera le di la oportunidad de que abandonara la casa y me acompañara en mi nueva huida hacia ningún sitio. Tendría que dejar su lugar. Y me daba miedo de que si se lo hubiera planteado, hubiera aceptado. Miedo por él. Y no le dije nada. Él tampoco hizo nada por impedírmelo. Creo que nos conocíamos. Tampoco nos despedimos, ni nos abrazamos. Él se quedó allí sentado y yo bajé por el sendero que llevaba hasta el primer poblado en la falda de la montaña. No recuerdo haber llorado en toda mi vida, y tuve motivos para hacerlo muchas veces, pero estaba seca por dentro, como arrancada de cuajo y viviendo una vida prestada, falsa, hueca, implacable. Bajando ese sendero, en esa mañana de primavera, lloré, lloré durante varios kilómetros mientras me alejaba, como si algo por dentro, que creía duro, pétreo, insensible, irrompible, se hubiera quebrado inesperadamente con la fragilidad de un pétalo seco. Él no sabría nunca que había llorado.

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La luz del albedrío (VI)

VI

Y partimos.

Recuerdo aquellas semanas como un anticipo de la felicidad que todavía no he encontrado. Abandonamos las montañas, y caminar por los nítidos senderos de las llanuras nos producía una sensación extraña, cercana al vértigo. A menudo elegíamos continuar campo a través para sentirnos algo más seguros. De noche por los caminos, de día por los jarales. Los campos de cereal eran azules como el mar. Ondulaban exactos. A menudo nos cruzábamos con otros refugiados o fugitivos que, al pasar junto a nosotros, parecían ponernos un espejo en el que nos veíamos reflejados: exiliados, polvorientos y expelidos a la fuerza. Eran tiempos de guerra y, en cualquier momento, las patrullas pasaban por los caminos levantando nubes de polvo que tardaban una eternidad en volver a posarse y desparecer, provocando miradas de inquietud, ya ni siquiera de odio. Todo lo observábamos con los ojos de un niño fuerte e indefenso. Fueron días extraños, de luz nueva, como si se hubiera descorrido de pronto una cortina, por fin navegando con un rumbo preciso sobre las casi oceánicas extensiones de la llanura tantos años contemplada desde las cimas como un mundo irreal, un decorado lejano, casi un espejismo obstinado. Ahora nosotros formábamos parte de él.

Fueron también días tranquilos, a pesar de estar tan expuestos, que recuerdo envueltos en esa luz nueva, tamizada y polvorienta, tan distinta a la acerada nitidez de las montañas, a sus inesperadas y tremebundas tormentas, cabalgando serenos por fin, sorprendidos por las migajas de paz que encontrábamos a cada paso -animales pastando, tierras cultivadas- al atravesar el país ocupado. Él, a pesar del cansancio -un cansancio que parecía acumular desde hacía siglos-, vivía aferrado a ese diminuto clavo ardiendo de la esperanza de encontrar un lugar mejor, de vivir en un tiempo distinto, y, durante esas semanas, creí llegar a conocerle, heroico, roto, pero capaz de continuar -aunque le faltara la consecución, no le faltaría nunca ni el esfuerzo ni el ánimo- en busca de lo que no tuvo nunca y anhelaba -más como sueño acaso que como realidad alcanzable-, mejor de lo que él pudo llegar a conocerme a mí. Al llegar la noche, recorridas las necesarias leguas en nuestro camino hacia el sur, por senderos polvorientos o por agrestes desmontes de lavanda y retamas, dormíamos al raso juntos, bajo las mismas estrellas.

Todo fue bien hasta que se torcieron las cosas. De una manera ridícula, cayó desde una roca al intentar cazar una liebre y se dislocó una rodilla. Tuvimos que permanecer inmóviles durante un tiempo indeterminado, aún más expuestos y, lo que era peor, retrasando nuestro objetivo ineludible de llegar cuanto antes hasta el gran río e intentar cruzarlo. La desesperación se quedó a vivir entre nosotros esos días tan largos, interminables. Yo me encargaba de todo. Y cuando pudo moverse algo, fui yo quien llevó el caballo mientras él se agarraba a mi cintura, con la escasa compostura de un fardo doliente. Pero tuvimos suerte, o la casualidad nos permitió tenerla. La llanura se nos seguía mostrando amable y las patrullas del ejército parecían más ocupadas en hacerse ver -innecesariamente marciales y veloces- que en buscar a posibles fugitivos. Nosotros, ahora heridos, no éramos más que una minúscula parte de ese batallón de exiliados del mundo que vagaba o huía en busca de un sitio mejor, si éste existiera o nos permitiera la entrada. Más despacio, aproximadamente erguidos sobre nuestra noble cabalgadura, seguíamos rumbo al sur.

Le conocí mejor en la desesperación y en el mutismo en el que cayó. Su historia, aunque larga, carecía de interés, a pesar de ser una vida de lucha y sacrificio, empeñada en mantener la llama de la rebeldía y la libertad, que con los años se fue apagando hasta extinguirse por completo. Pero cuando le miraba a los ojos, aún podía ver un reflejo inextinguido de ese fuego. Yo le hablaba por las noches e intentaba que mis palabras, a menudo inconexas, que torpemente querían explicar lo que sentía, le llevaran a otro sitio, que fueran una especie de bálsamo que aliviara sus magulladuras y rompiera su obcecación por ese silencio con el que se hería. Le hablaba de mis anhelos, de nuestra vida nueva allá, en las montañas del sur, cuando llegáramos, de tiempos más amables, y, al hacerlo, me sorprendía a mí misma con frases e ideas que creía no tener -que no parecían ser mías- y que no sabía de dónde sacaba, ni si eran ciertas o no. Hablaba en la noche reciente y él me escuchaba, creo que agradecido, aliviándose tal vez, con esa arrastrada salmodia sin respuesta, de su desamparo, hasta que las frases se distanciaban, desaparecían, llegaba el silencio e intentábamos entonces abrazar alguna brizna de sueño, el otro cuerpo cercano.

Pero pasaron los días y pudimos salir por fin de ese empantanamiento y proseguir nuestro viaje hasta la frontera. Cómo iríamos a traspasarla era algo que no habíamos ni siquiera pensado, un problema, como tantos otros que nos esperaban, irresoluble. Hacerlo a través de uno de los puentes controlados por el ejército era imposible -casi un suicidio en nuestro caso- si no tenías los papeles en regla. Tendríamos que atravesar el río a nado, de noche, o en una barca, aprovechando algún desajuste en el paso de las patrullas de guardia que vigilaban sin descanso ambas orillas. Confiábamos que en ese momento la suerte no nos fuera esquiva, que, aunque no nos fuera propicia, mirara esa noche hacia otro lado. Ya iba quedando menos. Menos para todo.

Presentíamos ya las rumorosas alamedas y no nos quedó más remedio que aminorar aún más la marcha, al tiempo que extremábamos las precauciones. Nos adentrábamos en una franja de territorio más vigilado. Pero no teníamos miedo porque ya no podíamos darnos la vuelta. Además, ¿para volver a dónde? Avanzábamos como a pasitos sin saber todavía cómo íbamos a dar el gran salto. Al ser esa zona ya cercana al río, apenas veíamos gente, solo campos abandonados y casas derruidas, restos de un pasado cercano y desaparecido, arrancado y yermo, tan similar al que dejé allá arriba en las montañas. Pero esta desolación nos daría, durante unos días, cobijo.

Detrás de un cerro pelado se ocultaba lo que fue una granja, una casa de campo, desventrada por el abandono y las secuelas de la guerra, y un gran establo de madera, polvoriento, destartalado, pero aún en pie. Allí nos refugiamos en espera de que su rodilla recuperara del todo su perdida flexibilidad y, lo que llevábamos aplazando tanto tiempo, de que se nos ocurriera algo para intentar llegar hasta el río y cruzarlo. Estábamos tan cerca que podíamos imaginar su corriente.

Observamos durante días el paso de las patrullas, calculando su periodicidad y sus intervalos, planificándolo todo para una noche sin luna y confiando en un golpe de suerte. Y de la misma manera que sabíamos que las noches sin luna llegarían, nos topamos, casi por necesidad, con un inesperado hallazgo que, bajo la polvorienta oscuridad, atravesada por dorados rayos de luz que filtraban las junturas de los tablones, nos llenó de una felicidad súbita, tanta, que apenas sabíamos cómo disfrutarla. Era verdadera. Una vieja barca apareció, boca abajo y en bastante mal estado, oculta bajo un estrado del establo. Era un bulto de indecisas formas, pero cuando lo arrastramos para sacarlo a la luz, nos mostró sus deliciosas líneas curvas que dibujaban la quilla. Ya no podíamos tener excusas o dudas.

Trabajamos largas horas varios días en su reparación, aun sin saber gran cosa de carpintería, aun careciendo de las herramientas más elementales. Pero todavía recuerdo ahora esos días de un entusiasmo infantil, casi desbordado. Ocultos en la semipenumbra del establo, azacaneábamos por intentar que volviera a ser navegable aquella barca, en que lo fuera, al menos, durante lo que durara nuestra travesía. No le pedíamos mucho. Solo queríamos llegar a la otra orilla. Después de horas de búsqueda de tablas que ajustaran y taparan huecos, de toscas reparaciones y de amortiguados martilleos, nos tendíamos sobre el estrado a descansar, a imaginar, a hablar, entretenidos en contemplar los hilos de luz en los que vagaban motas de polvo, felizmente suspendidas, sin ningún destino impuesto, desiguales ráfagas doradas que iluminaban rincones olvidados que vivían durante esos breves momentos el gozo breve de la luz hasta el día siguiente, regresando tan pronto a la oscuridad tras el filo de las sombras. Se movían lentamente como en un telar sin prisa.

Días después, cuando la noche era completa y más negra, arrastramos con fuerza y con cuidado la barca hasta el exterior y, desde allí, emprendimos el camino hasta el río. Era un ancho sendero de tierra que descendía hasta la orilla. Él tiraba y yo empujaba. Nada brillaba en esa noche. Luego, esperamos al acecho a que fuera el momento, a que pasaran las patrullas, tanto las de ésta como las de la otra orilla, para aprovechar ese mínimo desajuste que nos permitiera cruzar el río sin ser sorprendidos. No había mucho tiempo. Tampoco pedíamos mucho a la suerte.

Sentir el agua fue una liberación. El río era negro esa noche negra y aunque tenía la apariencia de un azabache interminable, su corriente era más fuerte de lo que pudimos imaginar. En lugar de avanzar hacia la otra orilla, descendíamos corriente abajo. Remamos hasta la extenuación y varios remolinos estuvieron a punto de engullirnos. Pero seguimos peleando con desesperación, arañando centímetros a ese pétreo azabache de agua, acercándonos con indecible esfuerzo hasta el mismo centro del cauce y, poco a poco, un poco más. Cuando parecía que habíamos enfilado por fin nuestra barca hacía dónde pretendíamos, un islote de maleza y troncos atravesados se cruzó en nuestro camino. Le embestimos. Perdimos un remo y estuvimos a punto de zozobrar. Sentimos más agua que aire, empapados, encharcados, y, solo de milagro, viró la barca para continuar a flote. Pero perdimos todo lo que llevábamos. Mi atadijo con mis cosas, la pistola estropeada, el libro de oraciones y los pendientes de mi madre, fueron río abajo, ahogados para siempre en la corriente. Hay noches en que sueño con ellos, con esos pendientes, a veces alguien los sujeta con una mano para verlos a la luz de un día indeterminado, otras veces es ella quien los lleva. Aunque no reconozco su rostro, sí reconozco sus pendientes.

No podíamos dejarnos llevar y fue la propia extenuación quien nos impulsó, de manera que aún no he logrado explicarme, hasta la otra orilla. Recuerdo su barro como el más suave tacto de la vida recuperada. Tendidos y sin resuello. Salvados. Pero no podíamos permanecer allí, a la vista del paso de la patrulla, con una barca varada. Y la suerte nos volvió a acompañar, como si quisiera completar la jugada para dejarnos expuestos, después, al albur de una nueva vida. Casi al lado, las ruinas de un viejo molino, apenas cuatro paredes de piedra, nos podrían servir de refugio hasta el amanecer. Con un último esfuerzo, tan empapado como obstinado, arrastró él la barca hasta allí para ocultarla. Estaba comido todo el interior por desmesurados y tupidos zarzales. La empujó, a través de arañazos salvajes, todo lo que pudo hasta voltearla. Allí nos pudimos acurrucar. Dentro de ella, protegidos y ocultos, pasamos la noche. Era un cuévano mínimo el de la barca boca abajo, pero suficiente. Oímos los cascos de los caballos de la patrulla pasar despreocupados. Nosotros aún nos aferrábamos a la vida, a su promesa de libertad. Estábamos ya en el otro lado. Si nos quitamos las ropas fue para que secaran. Tenía el cuerpo garabateado de arañazos. Algunos de ellos, los más profundos, sangraban profusamente y sin prisa.

La luz del albedrío (V)

V

Pasó el tiempo y mi vida aprendió adaptarse a lo que tenía y a lo que había -bien poco, o todo, o nada-, a conformarse finalmente, a fingir, al menos, que había encontrado un lugar. Expulsadas del mundo en aquel rincón, alejado y solitario, expelidas sin misericordia, allí, a pesar de todo, parecía ser, la vida y sus accidentes, más llevadera. Aunque, a pesar de su esquiva inextricabilidad orográfica, no cesaban de pasar por la aldea, por puro azar o premeditadamente buscando algo, contrabandistas, cazadores furtivos, fugitivos de la justicia, grupos de soldados, resistentes ocultos en lo más arduo de estas montañas, tramperos, viajeros perdidos o incluso anacrónicos y despistados anacoretas. Conocí a muchos de ellos, y más que lobos solitarios, héroes de la libertad y la resistencia o abnegados cumplidores de la legalidad del nuevo estado, eran, al fin, hombres rotos, algunos en busca aún de algo, otros, la mayoría, únicamente movidos por una antigua y decreciente inercia. La aldea era para ellos un punto en el camino, una parada en la ventiscosa noche que, a la mañana, les volvería a expulsar, un fugaz espejismo, pero nunca una solución, nunca una posibilidad real de recuperar algo que no sabían muy bien que era, o de que cambiara algo en sus golpeadas vidas. En cambio, para nosotras -y también ya para mí-, aquel recinto protegido a la fuerza por las cortadas laderas de las montañas, tenía la peor condición que pudiera tener una prisión: la de tener las puertas siempre abiertas.

Los niños, el huerto, los animales, las pieles puestas a secar al sol, los telares y la costura interminable, los viajes de un extremo a otro de los pequeños valles de nuestro entorno, esas trochas vertiginosas, el trueque, los visitantes por sorpresa, las frugales comidas, los débiles candiles iluminando tan escasamente las noches de esas achatadas habitaciones de madera sin desbastar en las que los huéspedes recuperaban un resto de autoestima a costa de la nuestra, todo ello, por separado acaso, y también a la vez, formaba un cadencioso círculo de rutinas que giraba sin prisa y sin fin, que nos llevaba del invierno a la primavera, de la primavera al verano, tan breve, para caer en un otoño hipnótico que, un buen día, nos dejaba en la misma puerta de las cabañas el absoluto invierno de la nieve y las aulladoras ventiscas. Yo parecía adaptarme sin problemas y sin reproches a esta vida lánguida y laboriosa, aceptándolo todo, pero también estaba huyendo, aunque en lugar de hacerlo hacia otros lugares, lejanos, distintos, lo hacía hacia dentro de mí misma. No encontraba nada y seguía huyendo. Pero no de mí. No podía.

Me convertí en una mujer y procuraba olvidarlo, pero cada hombre con el que me encontraba se obcecaba en recordármelo. Todavía no había aprendido a discernir en qué ocasiones dejar abierta, y en qué otras, cerrada, la puerta de la habitación. Tal vez nunca lo aprendería. Creía que era yo quien elegía y tomaba la decisión, libre y meditadamente, o al puro azar a veces, como por diversión o hastío, pero, a menudo, me equivocaba, era como si no hubiera sido yo quien había tomado la decisión. Como si eso, al final, importara algo. Casi siempre me arrepentía de haberla dejado abierta, de la misma manera que, en otras muchas ocasiones, me arrepentía de haberla cerrado. Por eso me gustaban tanto las mañanas, verlos marchar.

Tal vez todo se debiera a que me seguía sintiendo expulsada del mundo y a que, por mucho que buscara y peleara por encontrar un lugar propio, nunca lo hallaría. Ese lugar existía y no estaba lejos de aquí, pero pertenecía a otro tiempo ya ido para siempre jamás, del que había sido prematura y brutalmente arrancada. Sabía que nunca encontraría otro lugar en el mundo. Éste en el que ahora vivía no era más que un refugio, un refugio que empezaba a sentir como una trampa en la que había caído, -felizmente- atrapada. En otras ocasiones pensaba que este lugar -la aldea de las mujeres- no era más que una simple trampa, lo veía clarísimo, lo sentía así. Y que, solo con el tiempo y cierta capacidad de aceptación, la había convertido en un -más o menos confortable- refugio. Pero aunque sabía que no había un lugar para mí, aunque la aldea fuera el mejor refugio -o la mejor trampa- que iba a encontrar jamás, sentía la obligación de huir, de salir, de escapar, de correr en la dirección que fuera. Y esta vez no lo haría hacia dentro de mí.

Alguna de las mujeres, cada cierto tiempo, aceptaban la obnubilada invitación de algún soldado y partían con él de la aldea para siempre. También a menudo, al cabo de unos meses, algunas de ellas regresaban. Otras encontraron su propia condena fuera de estas montañas. Pero nada de todo esto era extraordinario. No eran más que cumplimientos de los ciclos. En la cabeza, hace tiempo, sin ningún motivo concreto, sin ninguna idea clara de lo que fuera a ser de mí, me rondaba la idea de irme, pero tenía que hacerlo sola, yo no necesitaba a nadie, nadie podía rescatarme si no era yo misma quien lo hacía. Y lo haría algún día, antes de que fuera demasiado tarde, aunque tuviera que hacerlo a pie, aunque no supiera a dónde. Al final, un buen día, me fui para siempre con uno de los rebeldes.

Pasó la noche en la habitación del ventanuco -no era la primera vez- y cuando, como otros hicieron antes, me preguntó si me iba con él, fingí pensármelo. Ya sabía, desde el mismo momento en el que lo vi bajarse del caballo, que, tartamudeando y muy serio, me lo preguntaría, me lo pediría, de la misma manera que también sabía cuál iba a ser mi respuesta. Todo lo que yo había ideado antes, huir sola, no depender jamás de nadie, de un golpe, inexplicablemente, se había esfumado. No entendía, como me ocurrió con tantas otras, esta abdicación. Tal vez tuve miedo. Tal vez calibré las posibilidades. Aunque no creo. Hubiera sido más fácil si él hubiera sido un soldado y no un forajido perseguido, probablemente condenado a muerte si era apresado, pero en aquellas montañas, en aquellos tiempos, no había nada más fácil que lo difícil. Las expectativas -ya me lo advirtió- no eran buenas. Quedaría solo por nuestra parte el intento de huir al sur e intentar cruzar el gran río, atravesar la frontera líquida en la que tantos habían perdido la vida. No sería fácil llegar al otro lado. Lo demás, solo el destino lo sabía, si algo de esto entendía. Yo le dije que sí, sin importarme gran cosa lo que pudiera ocurrir. El impulso de aquella bala inicial que vi salir de la pistola del soldado hacia la sien de mi padre cuando yo tenía once años me llevaría lejos, indemne, más lejos aún.

Él soñaba con las montañas del sur, al otro lado del gran río, más amables, libres de las odiosas tropas de ocupación que envilecían, desde hacía lustros, nuestro país, ya inexistente para él, vivo pero derrotado, fugitivo perpetuo y depositario de un resto de libertad innecesaria y absurda. A mí me hubiera gustado también soñar con él. Pero solo quería partir. No iría sola, iría acompañada en ese descabellado viaje por su belleza cansada y su porción -indestructible- de dignidad. Esta vez me despedí de las mujeres, que me mostraron su cariño y su cansancio, como si conocieran el final de todas las historias.

Iba con él hacia el sur, teníamos que atravesar el peligroso territorio enemigo de la llanura y cruzar la frontera, erizada de puestos y patrullas. Cabalgaba de nuevo, pero no era el hombre quien me agarraba para no caer o escaparme, sino yo a él. Por primera vez iba a algún sitio, aunque no supiéramos cuál era. Este impulso de partida era limpio, y todo lo demás -el riesgo, el motivo, la finalidad-, sobraba. No había nada, en esa mañana diáfana y luciente, que lo ensuciara. Había dejado el pañuelo en la aldea para siempre y mi pelo volvía a moverse sobre mi cara. Era el momento -el puro momento- el que me iluminaba. Y me daba miedo, aunque estuvieran aún tan lejos, llegar un día a las montañas del sur.

La luz del albedrío (IV)

IV

Cuando cumplí los dieciséis años dejé la estancia de los niños para vivir en una de las casas de piedra donde vivían las mujeres. Aunque los trabajos serían los mismos, aquel cambio acarreaba una serie de implicaciones de las que no hacía falta hablar. Crecer, adquirir más responsabilidades, aceptar las servidumbres de la vida adulta, no supusieron para mi ninguna nueva e insoportable exigencia. Todo en aquellas montañas dependía de los ciclos, y podías luchar contra lo que quisieras, pero no contra eso. Tendría más espacio propio y podría tener mis cosas, si las tuviera, claro. Ahora podía llevar ese pañuelo descolorido en la cabeza y dejar de preocuparme por el obstinado mechón que me cruzaba la frente a cada paso. Debía ser primavera.

Pero al día siguiente, aprovechando las lánguidas y perezosas horas de la tarde, cuando aún se afanaban mis ya compañeras en recoger la mesa y sestear brevemente, adormecidas por los primeros calores del año, me acerqué furtivamente hasta el establo, ensillé el único caballo había en la aldea, monté con cuidado y me alejé del valle. Es probable que alguna lo oyera, o lo intuyera. Pero no fue motivo suficiente para que se alterara la modorra de la siesta. Ascendí despacio hasta dejar atrás las casas y me dirigí hacia el inmenso robledal que, con naturalidad, nos terminó por engullir.

No huía, simplemente buscaba. Ni siquiera sentía que huía, simplemente había salido de aquel confortable agujero. Era una necesidad. Salir del refugio en busca de la intemperie. No sabía exactamente qué buscaba -no lo supe nunca, no lo sé ahora-, pero iba hacia ello, fuera lo que fuera, existiera o no. Al perderme en el bosque, quise reconocer cada roble, cada roca, cada intento de sendero borrado por las ramas secas caídas o por el prematuro herbazal. Al menos no me resultaban ajenos. Los iba recomponiendo en mi memoria. Aunque siempre me había sentido sola, era la primera vez que lo estaba realmente. No pensé ni un momento en mi irresponsabilidad. Que el mundo, en aquellos años, fuera violento y cruel, no era mi culpa. Y tampoco quería sentirme víctima de nada. No se trataba de eso. Galopaba a través del robledal en esa tarde espléndida e inicial de primavera, en la que las precisas ramas de los árboles dibujaban un tapiz de hilos y brochazos de luz. Por primera vez también, aunque fuera solo por unos instantes llenos de inquietud, belleza y fiebre, sentí algo así como felicidad y no deuda por estar viva. Era demasiado joven como para andar sola por aquellos parajes, atravesar esos valles, sumergirme en los bosques, pero yo no tenía edad. Tenía que demostrarme que era libre, que podía intentar serlo al menos.

Tampoco podría decir que supiera muy bien lo que hacía, o que hubiera pensado previamente en ello. Fue un impulso, pero también una obligación, algo así como el pago atrasado de una condena. Hacía años que recorrí ese bosque en la dirección inversa, y ahora era como si estuviera desenredando ese destino brutal, desentrañándolo, para que no estuviera el resto de mis días torturándome. Ahora era yo quien sujetaba las riendas del caballo, era yo quien cabalgaba entre los robles y, aunque no sabía muy bien por qué lo hacía, ni hacia dónde me dirigía, y ni mucho menos para qué, era yo quien lo hacía.

Las tardes eran cada vez más largas, pero sabía que la noche terminaría por atraparme lejos de la aldea. No sentí miedo, sino curiosidad. El bosque me parecía interminable. Atravesarlo era como navegar en alta mar sin astrolabio ni cuadrante. Perseguía el sol para no desorientarme o perderme. Sabía que no me iba a pasar nada. El sonido de los cascos del caballo golpeando la tupida alfombra del suelo a veces era nítido y fuerte, y otras, amortiguado por los restos de la vegetación seca y troceada. Me gustaba oírme cabalgar, como si emitiera un tímido e inesperado eco en el falso silencio del bosque, mientras espantaba los pájaros con mi presencia, que chillaban huyendo. El sol aparecía y desaparecía entre brillos y repentinos fogonazos. El impulso de partir estaba empezando a sentirse cumplido. Estar lejos era la única manera de estar.

Era ya de noche cuando llegué a donde quería ir, aunque no lo sabía cuando inicié el viaje. Mi corazón se paró de nuevo -era de hielo mi sangre- cuando me asomé al pequeño valle, apenas una encajonada llanura entre los picachos, en el que me crié. Allí, en ese rincón que ahora la noche acunaba, fui yo hasta que dejé de serlo. Mi padre construyó esa casa de piedra, que ahora se recortaba aún, desmoronada, entre las sombras, para nosotros dos. El caballo me llevó hasta su puerta como si la conociera de antes. Cuando descabalgué, el cielo, índigo y frenético de estrellas, dio una vuelta completa sobre mi cabeza en un vértigo inmóvil. Estuve a punto de caer. Había una cierta claridad como de leche fría derramada desde la luna creciente y las estrellas, acaso también desde otro lugar más lejano. Apenas distinguía sombras y bultos, que iban delimitando con esfuerzo -para no perderlos- sus contornos. Pero allí estaba aún la casa, derruida en parte y con el tejado hundido, las vigas de madera quebradas y el porche abatido, del que solo quedaba un trozo de suelo de madera, semioculto por los escombros que fue dejando el paso del tiempo, el abandono y los viajeros sin consideración. Una vegetación arisca lo comía y taponaba todo. Me senté en un resto de banco, apenas un tablón, de espaldas a la casa, mirando el espacio en el que hubo una huerta, un pequeño establo, un cobertizo, el lugar de nuestros afanes y esperanzas, mi mundo entero. Y ahora no había nada, sombras desleídas, un doloroso vacío. Ese espacio que tenía enfrente y miraba con unos ojos innecesariamente abiertos, estaba ahora envuelto en un azul demasiado oscuro, en un negro móvil. Sentía que se me agolpaba la sangre helada queriendo fluir, pero no podía. Seguía detenida. Estaba cansada, hundida como la casa, abandonada en esa noche perfumada de primeros días de primavera que giraba desde la primera estrella a la última, sola como lo estaría siempre. Después cogí la manta del caballo y, haciéndome un hueco entre los escombros y los demás restos y herbazales secos, sobre lo que quedaba libre del suelo de madera del porche, me acurruqué e intenté dormir. Soñé que mi vida, todo lo que había vivido, era un sueño.

No debí despertar de ese sueño, porque, antes de que amaneciera, vi una luz rosa, que luego se hizo más pálida y finalmente azul, de tan transparente que era, descender de las cimas más altas hasta inundarlo todo. Los primeros trinos de los pájaros sonaban exactamente igual que los primeros trinos de los pájaros el primer día de la creación. Me incorporé y pude ver completo el escenario de mi infancia, el lugar que eligió, y en parte modificó y humanizó con tanto esfuerzo, mi padre, huyendo de todo lo que dejó atrás, la muerte de mi madre, la ocupación de su ciudad, el tiempo de la rapiña y de la guerra, para vivir ajeno, solo y protegiéndome de lo que me esperaba sin saberlo. Ahora, aquel rincón iluminado por las primeras luces del día, era el lugar de la desolación. La huella humana, nuestra huella, aún perduraba, pero de una manera triste, derrotada y final. La montaña se estaba encargando de borrarla. Solo quedaban en pie dos paredes completas y no había ni puerta ni ventanas. Ni siquiera mostraba un aire de dignidad. Había sido demolida también. Su vacío era el de una calavera partida por la mitad. Dentro prosperaban los zarzales. Yo no podía sentir nada. También un día se borrarían de esa manera mis recuerdos.

Aunque olvidé atar el caballo, allí seguía a mi lado, comisqueando, desganada y concienzudamente, algo de hierba, como si estuviera esperando que terminara  de hacer lo que estuviera haciendo para marcharnos. Y yo no hacía nada. Entré en la casa. Habían pasado cinco años y, al menos allí, sí que todo se había venido abajo, desordenado y roto, destrozado, para desaparecer para siempre. Era sorprendente que algo quedara aún sin desventrar. Amontonados los pocos muebles que teníamos entonces en un rincón bajo una de las vigas caídas del techo, mostraban un aspecto hundido, sepultado en polvo, sin cajones ni puertas. Yo no buscaba nada, al menos, nada en concreto. Fui desmontando aquel amasijo desordenado de tablas desvencijadas. A nada que las movieras, se descomponían, como si hubieran estado esperando que, por fin, alguien les diera el último empujón para deshacerse y dejar de ser lo que habían sido. En el último mueble que quedaba en pie, ya no oculto por los otros, una especie de tosca mesilla aún conservaba el desigual cajón que nunca terminó de encajar bien del todo. Al abrirlo, vi un atadijo envuelto por una tela sucia. Lo cogí, como si eso fuera lo que estaba buscando, acaso como una dádiva inesperada del pasado irrecuperable, y salí de nuevo hasta el porche. El sol estaba más alto y el caballo continuaba con su parsimoniosa masticación interminable. Me senté en el banco y desenvolví aquella tela que una vez fue blanca. El bulto presentaba una forma disímil; hasta que al sacarla de la tela, pude ver que era una pistola, de un negro mate y muy vieja. No sabía que mi padre guardara un arma. Tal vez fue lo único que se trajo de la ciudad, cuando las tropas del sur la ocuparon y mi madre murió. No le vi utilizarla nunca. Luego, tiempo más tarde, pude comprobar que no funcionaba. Acaso por los años de abandono, o acaso porque ya la trajo así. No sé, entonces, por qué la guardó. Pero la forma del bulto de tela resultaba irreconocible porque, además de la pistola, había un libro, un libro de tapas de hule negro. Al abrirlo para hojearlo, las hojas refulgieron blancas -aunque eran de una tonalidad amarillenta- al sol. Eran muy delgadas. Era un libro de oraciones. Tampoco sabía que mi padre fuera religioso. Tal vez fuera de mi madre. Sus hojas eran suaves y tocarlas me produjo una sensación de paz, de tranquilidad, de perdida armonía, que hacía mucho tiempo que no había sentido. Siempre pospuse su lectura y no llegué a leerlo nunca. Pero hay noches aún en las que sueño que lo leo, salmos enteros, versículo a versículo. Al dejarlo sobre el banco, algo cayó al suelo. Aunque eran metálicos, con incrustaciones de azabache, ni hicieron ruido al caer y no brillaban. Se me habían escapado de las manos, entre la pistola y el libro de oraciones, unos pendientes que guardó mi padre, que eran de mi madre y que sería lo único que guardó de ella para dármelos algún día. Pero no pudo. Ahora, de alguna manera, lo hacía. Me agaché a recogerlos y los extendí sobre mi mano. Los limpié para verlos a la luz. Ni siquiera pude nunca imaginar a mi madre, pero sí podía ahora verla llevar esos pendientes. El caballo piafó nervioso. Era hora de irse. Volví a envolver en esa tela sin color la pistola, el libro y los pendientes, monté y nos fuimos.

Pude decidir seguir en la dirección opuesta, pero volví sobre mis pasos. Las razones para hacerlo eran tantas como las contrarias. Regresar, a veces, es otra manera de huir. El inmenso robledal había vuelto a atraparme y yo me dejé llevar. El caballo parecía recordar también los caminos. A menudo, me llevaba la mano al atadijo y sentía el frío del arma, el canto del libro, pero no los pendientes. Cuando parábamos a descansar, desataba la cuerda, extendía la tela y hurgaba hasta recuperar esos pendientes que me gustaba mantener en el aire y ver cómo se movían a través de la luz, con la leve brisa.

Fue a la hora de la siesta cuando regresé a la aldea. Todo estaba en calma. Sin hacer ruido dejé el caballo en el establo y regresé a mi choza, como si hubiera salido hace un momento. Ninguna de las mujeres, ni ese día, ni al siguiente, me dijo nada. No sé si les interesó saber dónde había ido y por qué lo había hecho sin avisar, o si les había preocupado mi ausencia. Si no hubiera regresado, se hubieran comportado igual.

La luz del albedrío (III)

III

Todo lo que vino después -la vida entera- carece de importancia. Amaneció y seguiría amaneciendo. Viví los años siguientes entre aquellas mujeres que me acogieron con una amabilidad que tenía un cariz insoslayable de camaradería, como si ellas también hubieran sido expulsadas de un paraíso anterior y aniquilado hasta este pequeño valle encajonado en la zona más olvidada y abrupta de las montañas, en el que la luz del amanecer tardaba en llegar, obstaculizada por los picachos del este, y las sombras vespertinas se anticipaban con prisa en inundarlo, oculto el sol antes de tiempo por las altas cresterías occidentales. Allí llevaban una vida silenciosa y, lo que era más valioso en aquellos tiempos, tranquila, ajena, de una extraña y casi sagrada manera, a los violentos sobresaltos a los que vivían expuestos el resto de los habitantes de aquellas ignotas serranías. Y allí volví a aprender a vivir yo, condenada a hacerlo con un sentimiento de orfandad tan extremo que me hacía pitar los oídos. Durante más de un año, desde el mismo momento en el que mataron a mi padre, no pronuncié una palabra, permanecí muda, aislada aún más del mundo cruel e insoportable que me rodeaba. Las mujeres llegaron a creer que era muda de nacimiento. Y parecían entenderse así mejor conmigo.

En torno a una no muy extensa explanada, un pequeño grupo de chozas de piedra, con toscas chimeneas también de lascas de piedra y cubiertos los tejados con tupidos haces de retama, trataba de organizarse aspirando a parecer un poblado, con su plaza y sus callejas de tierra; aunque observado con más detenimiento, esas seis u ocho chozas parecían haber sido colocadas, desordenadamente, al azar. Un cobertizo y un establo, en las traseras, completaban las construcciones necesarias para cubrir las escasas necesidades de esas mujeres con sus niños. Más detrás aún, un cuadrado de terreno luchaba con las amenazantes laderas por seguir siendo ese intento de huerta que era, en el que patatas, cebollas y coles crecían con dificultan, pero crecían. Dos o tres vacas, un caballo y varias cabras completaban, variablemente, el censo.

Yo fui destinada a las chozas en las que seis o siete niños compartían unos camastros. Trabajaban más que jugaban. Muy pronto había que echar una mano en las diversas tareas y yo me dispuse a hacerlo como si fuese ya una persona adulta. Aunque solo tenía once años, tenía bastante experiencia en atender al ganado y trabajar en la huerta. No me fue difícil seguir haciéndolo. Permanecía en silencio, sin necesidad de hablar con nadie, y con los ojos muy abiertos, excesivamente, viéndolo todo con una mezcla de asombro, indignación y tristeza, las coles abrir sus enormes hojas, los pájaros cruzar el cielo, las nubes deshilacharse, las cabras rumiar sin descanso, las mujeres afanarse en sus trabajos, la lluvia caer inmisericorde, el sol aparecer y desaparecer, porque no entendía que el mundo -yo misma- pudiera seguir existiendo. Ahora me sentía como una planta arrancada que hubieran trasplantado -a la fuerza y sin motivo- y, aunque no se hubiera secado del todo, permanecía parada, sin que mostrara ni un solo nuevo brote o señal de que prosperaría.

Pasó el tiempo y esa planta, aunque mostraba un natural y propio crecimiento, carecía del brillo, del lustre, del empuje de las otras plantas, como si su corazón estuviera dañado sin remedio. Pero crecí entre estas mujeres buenas, que me dieron, si no su cariño, si su más estimada compañía, como si fuéramos cómplices de un destino que no era más que un intento permanente -puesto en obra cada día, todos los días- de supervivencia.

Resultaba tan inverosímil que un grupo de mujeres -luego supe más tarde que los hombres tenían vedada allí su estancia- solas, autosuficientes y necesariamente beligerantes, fueran capaces de sobrevivir, desde hacía años ya, sin que nunca, nadie, ni los soldados, ni los rebeldes, ni los forajidos de toda laya que por aquellos parajes iban y venían, hubieran intentado, no ya violentar a alguna de ellas, sino su vida -libre y autónoma- en común, que nunca me lo llegué a plantear y lo entendía y asumía con una completa naturalidad. Sobrellevaban su vida de la misma manera que volteaban sus largas y amplias faldas, llevaban sus apretados y descoloridos pañuelos, levantaban a los niños del barro o cavaban en la huerta. Curtían las pieles, tejían mantas y cosían las telas, viajaban por las montañas comerciando con ellas, casi siempre a pie, inexplicable y casi mágicamente respetadas, caminaban como apariciones en los senderos y las trochas, desapareciendo siempre a la caída de la tarde, como si fueran atraídas por las escasas luces de los candiles y fuegos de su aldea.

Allí todo era de todas. Ninguna tenía nada porque todo lo necesario estaba al alcance de todas. Y el dinero era rechazado, abolido como estaba por el más preferible trueque. Era aquella una tierra pobre, pero resultaba asombroso cómo aquellas mujeres consiguieron que fuera autosuficiente. Y eso que en aquellos años, la vida en la montaña era dura, cruel, agónica incluso, alterada además por la violencia de unos tiempos viles e inseguros, contaminados por la guerra desde la llanura y sus podridas ciudades. Y alrededor de los ejércitos, ya fueran los de ocupación o los de los rebeldes, pululaban diversas gentes de diversos pelajes -desertores, fugitivos, cazarrecompensas, cazadores furtivos, tramperos, contrabandistas, salteadores de caminos, aventureros sin cabeza o simples ladrones o criminales- que intentaban aprovecharse de la universal rapiña que, en aquellos años de la ocupación y la guerra, devoraba con una absurda y voraz ansiedad todo. Por eso resultaba más inconcebible aún aquel resquicio de aproximada armonía en aquel rincón de las montañas en el que el destino -o un azar violento y, si pudiera serlo, injusto- me expulsó.

Pasaban aquellas jaurías de hombres husmeando venganzas o liberaciones, intentando sobrevivir en un entorno hostil, violento y cruel, por aquellos vertiginosos cortantes hasta los pequeños valles, persiguiendo o siendo perseguidos, buscando algo o intentando desprenderse de ese -u otro- algo, siempre al acecho o acechados, la mayor parte del tiempo hambrientos y cansados; y, a veces, algunos de ellos se asomaban a nuestra aldea, se diría que con miedo, con un aire, casi, de reverencia. Entraban simplemente a comer, y la comida les era ofrecida. Ellos dejaban a cambio alguna dádiva, o, si tenían más tiempo, realizaban algún trabajo de carpintería, albañilería o lo que fuera necesario. Alguna reparación. Pero al día siguiente tenían que partir.

Otras veces venían a pasar la noche. Algo de cena caliente, algo de vino rúspero, un poco de calor en invierno, eran suficientes. La conversación era como de oro y la ficción de una vida mejor brillaba entonces en los ojos de estos hombres duros, valientes, crueles, pero también, secretamente abatidos. Cuando la noche se alargaba, la mujer que lo había recibido se marchaba a la habitación. Él esperaba. Si ella dejaba la puerta abierta, él podía acceder y despojarse allí, aunque fuera siquiera por unas horas, del peso de su sucia y destrozada ropa, de sus armas, del peso de su vida en las montañas. Por el contrario, si ella cerraba la puerta, él apuraba el cacillo del vino, contemplaba las llamas del lar y salía de nuevo a la intemperie, lugar que siempre le acogería. Nunca nadie -y los había torvos y especialmente desesperados en aquellos parajes y en aquellos tiempos- contravino o violentó esa decisión libre de dejar abierta o cerrar esa puerta de madera tosca e impenetrable. A pesar de esa entrega o servidumbre, las mujeres mantenían -y tal vez eso las confería un aura de intangibilidad- siempre -y no era fácil, no era fácil-, encendida y resguardada en un fanal, la luz de su dignidad. Todo eso lo fui aprendiendo más tarde. Y lo fui aceptando con un nudo en el estómago.

Un buen día, sin causa ni motivo, después de casi un año viviendo en la aldea de las mujeres, a contracorriente del mundo, huérfana, arrancada y muda, dije: “No”. Estábamos trabajando en la huerta y ,de la misma manera que muchas otras veces, aunque sabían que de nada servía y que no les iba a contestar, me hablaban e incluso me inquirían, la mujer que limpiaba conmigo las malas hierbas me preguntó algo -de manera retórica y sin esperar respuesta, simplemente por comunicarse conmigo, la niña de los ojos grandes que no hablaba nunca-, y yo, sin levantar la cabeza del surco, como el que expele aire a causa del esfuerzo, le contesté: “No”. Tal vez algo se había roto dentro de mí. Dejé las hierbas arrancadas en un montón fuera del surco y vi que la mujer, sin dejar de mirarme, sonreía muy levemente. El tiempo iba pasando, incluso allí arriba, en donde parecía para siempre detenido.

La luz del albedrío (II)

II

Cabalgábamos como almas que llevara el mismísimo diablo a través de un tupido e inacabable robledal salpicado de innumerables rocas redondeadas, de repechos y de repentinas vaguadas, que sorteábamos con una habilidad más desesperada que prodigiosa. A menudo, las ramas de los robles, fuertes y ásperas, nos golpeaban el cuerpo y bajábamos la cabeza con la esperanza de que el golpe no fuera tan definitivo como para tirarnos a tierra. Pero no reducíamos el galope, como si tuviéramos prisa o nos persiguiera alguien o algo. Todo se resolvía en inverosímiles fintas que evitaban en ultimísima instancia la rama, la roca o la inesperada desigualdad del terreno. Cabalgábamos. Los caballos respiraban todo el aire del mundo a través de sus dilatados ollares. Y yo me zarandeaba sobre la montura como un cuerpo sin vida, asida con fuerza por el jinete que me llevaba, protegiendo ese pequeño cuerpo casi -si eso en estas circunstancias fuera posible- con mimo. Luego, a lo largo de mi vida, me he dado cuenta de que es posible esa alternancia de muerte y vida, de asesinato y amor, de furia injusta y violenta y caricia protectora. Aún debía estar caliente en su cintura la pistola con la que mató a mi padre y ahora me protegía con sus poderosos brazos de las ramas más bajas de los robles que querían derribarnos. Creí estar soñando, con la intensidad rara de los sueños, revolviéndome en mi camastro de paja por culpa de una pesadilla real, en la que cabalgaba, a través de un bosque hosco, a lomos de un caballo que, a galope tendido, acumulaba espumarajos en los belfos. Incluso en ese sueño podía llegar a oler la acre emanación a cuero mojado que, como un vaho, exhalaba el cuerpo del jinete que me llevaba y que, antes, me había arrancado como una planta, violentamente, sin apenas raíces, y yo ya sabía que, por mucho que la volvieran a plantar con cuidados y esmero, no iba a volver a prosperar ni a florecer. Han pasado los años y hay momentos en los que aún creo -creo y siento- que sigo perdida en ese sueño, arrancada de la vida, extraviada del todo, pero, también, del que en cualquier momento, con una brusquedad liberadora, despertaré, y volveré entonces a ver a mi padre, en mangas de camisa, afanándose en las cosas de nuestra pequeña granja de las montañas antes de ir a comer lo que yo, tan pobre y torpemente, le preparaba.

Por fin, de una manera abrupta e impremeditada, se detuvieron, como si estuvieran reventados por el esfuerzo, alejados ya de lo que, fuera lo que fuera, pretendían dejar atrás, aunque lejos también aún de lo que, fuera lo que fuera, perseguían. En un claro del robledal, en una especie de plaza irregular formada por grandes riscos redondos y alargados, descansaron un rato, bebieron agua atropelladamente y comieron algo con desgana. Yo no probé nada, aunque insistían con una amabilidad un tanto tosca. Atardecía y la luz en aquel bosque de las montañas empezaba a adquirir una tonalidad de ámbar, aunque era un ámbar triste que se apagaba despacio pero sin remedio. Tal vez habían pensado en hacer noche allí. Los caballos necesitaban descanso. Los hombres también, pero seguían nerviosos. Miraban a su sargento o lo que fuera, esperando sus intempestivas órdenes o sus repentinas ocurrencias. Yo seguía allí con ellos y no podía hacerlo mucho tiempo más. De alguna manera, la que fuera, tenían que deshacerse de mí. La luz del sol era oblicua y atravesaba las ramas de los robles con unas suaves líneas  que asemejaban vainas de espadas que no hicieran daño, anchas cenefas de luz, hilos de nada.

Hicieron un fuego pobre y desensillaron para que los caballos descansaran y ellos pudieran recostarse sobre las sillas y mantas e intentar conciliar un sueño tan a menudo esquivo y, otras veces, tan pesado como una losa inaplazable. Los pájaros empezaban a retirase y la luz menguaba. Yo seguía de pie, como si aún estuviera enfrente del porche de casa, viéndolo todo por primera vez. Pero los ruidos del bosque eran agradables a esa hora azul, violeta, cárdena y cadenciosa. Eran crujidos tiernos de ramas y arbustos, vahídos de animales, pasos. Calentaban los hombres algo similar al café en un cazo alto y abollado. El sargento, o lo que fuera, no probó bocado ni quiso café. Bebió agua a grandes tragallones y me miró. Luego volvió a subir al caballo y me cogió otra vez en volandas para que le acompañara en su nuevo viaje. “No tardaré mucho”, les dijo a sus soldados. El fuego hacía intentos por apagarse y las ramas erizadas de los robles arañaban con desgana el cielo exangüe de la noche reciente.

El sueño -la pesadilla interminable- continuaba y su gran brazo me sujetaba para que no cayera. Volvía a cabalgar en esta hora última del día a lomos de un animal espoleado con saña y con urgencia. Atravesábamos el bosque sin saber adónde iba. Me resultaba indiferente y si lloraba, era a causa del aire entrando violentamente a raudales en mis ojos tan abiertos. Cada vez había menos luz, pero era como si el jinete -o el mismo caballo- conocieran cada sendero y cada trocha de memoria, y no necesitaran la claridad para orientarse y seguir. Estábamos yendo hacia el sur, donde lo agreste de las montañas empezaba a suavizarse algo. Cabalgábamos de nuevo. Era como si el disparo que acabó con la vida de mi padre, me hubiera impulsado también a mí hacia no sabía dónde, y aunque ahora cabalgaba en la noche, sabía -intuía de algún modo- que ese empuje brutal e inacabable me llevaría el resto de mis días hacía adelante, para siempre ya arrojada en un viaje con apariencia de huida, en una huida con apariencia de viaje inacabable, tan parecido a una condena.

Cabalgábamos dentro de la boca del lobo, cada vez más oscura, cada vez más desconocida. Las sombras crecían hasta empantanarlo todo -las rocas, los árboles, las montañas, el propio caballo al galope- de negro y gris. Debíamos ir a algún sitio, aunque no viniéramos ya de ninguno. Hasta que al borde de una pequeña elevación nos detuvimos. Respiraba hondo, parecía agotado, como si el caballo y él fueran lo mismo, indistinguibles. Abajo, entre las incipientes sombras de la noche reciente, como mal ocultadas por brochazos de pintura negra excesivamente diluida, aparecían un grupo de casas, chozas realmente, que aparentaban ser una aldea en torno a una explanada lo suficientemente llana y amplia como para formar una plaza de tierra apelmazada. En algunas de ellas, bajo su techo de retamas, se intuía alguna débil luz, tal vez un fuego, acaso un candil. En aquellos agrestes parajes, uno, al verlas, podía hacerse la ilusión de estar ante un poblado como los de las llanuras, aunque su pobreza y escasez vinieran a confirmar finalmente su triste condición de toscas chozas agrupadas al abrigo de una exigua vaguada. Era -mucho más tarde lo supe- lo que los habitantes de las montañas llamaban “la aldea de las mujeres”. Y hacia allí nos dirigimos.

Entramos en esa plaza destartalada y sin luz, bajamos del caballo y después, de manera brusca y apremiante, golpeó con la palma abierta de la mano una de las puertas de madera de una de las chozas de piedra. No contestaron. Simplemente, al cabo de unos instantes, sin mostrar sorpresa o fastidio, apareció una mujer secándose las manos. Aunque estaba ya muy oscuro y la luz, floja y titubeante, apenas tenía fuerza para salir al exterior, pude fijarme en que, aunque eran blancas, las tenía enrojecidas. No sabía lo que hablaban, pero podía suponerlo. El diálogo no fue muy largo y la mujer, más que asentir, miraba cómo se expresaba el sargento, sin importarle gran cosa lo que pudiera decir o contar o inventar. Como la resolución de aquella inesperada aparición resultaba evidente, sobraban las palabras y las explicaciones. Mientras hablaban, ella no me miró. Era como si ya supiera, desde que pisé esa tierra apelmazada, que era una más en la aldea. A mí también me resultaba indiferente. El sargento, como no sabía despedirse, no lo hizo. Me empujó levemente hacia la choza, hacia la luz, y se dio la vuelta. Desde la puerta, al lado de esa mujer, vi cómo volvió a montarse en el caballo y cómo lo espoleó sierra arriba, para reunirse de nuevo con sus compañeros, tragado por la boca de lobo del bosque oscuro.

La luz del albedrío (I)

I

Vi cómo mataban a mi padre. Cuando oí ruido de caballos y voces me acerqué al porche y vi a un grupo de soldados gritar y agitarse nerviosamente, como marionetas movidas con excesiva e innecesaria violencia. Era media tarde y el disco del sol aún seguía trepanando el diminuto valle, convirtiéndolo en una cazuela recalentada en la que los farallones de las sierras que nos rodeaban impedían que entrara siquiera cualquier ligera brisa que lo pudiera aliviar. Todos se bajaron de sus cabalgaduras menos el que parecía mandar. Chillaban horriblemente como si el mundo fuera responsable de su inesperada desgracia y alguien, no importaba quién, tuviera que pagar por ello. Luego supe que habían sufrido una dura y deshonrosa derrota por parte de las partidas que aún se ocultaban en lo más recóndito de estas montañas. Unos pocos hombres habían dado muerte a numerosos soldados y atrapado uno de sus más importantes convoyes, y el ejército no podía consentir tales humillaciones. Pequeñas escuadras batían ahora, metro a metro, aquellas sierras en busca de los culpables, que serían, tarde o temprano, aniquilados. El dolor, la sed de venganza y la necesidad de escarmentar tenían a los mandos alterados y furiosos. Y estos soldados eran su mano ejecutora.

Esa tarde, al dar la vuelta a nuestra casa y asomarme al porche de maderas viejas que la protegía del sol, lo primero que vi fue cómo el jinete furioso y vociferante que sujetaba con una mano las riendas de su caballo justo al lado de mi padre, que permanecía de pie, con la cabeza levantada, le descerrajaba un tiro a la altura de la sien. Los otros soldados quedaron paralizados y mudos. Y mi padre dobló las rodillas antes de caer como un saco, exánime, en el suelo. Manó entonces más sangre de la herida hasta formar un charco oscuro junto a su frente.

El sol seguía dibujando su circunferencia hacia el oeste, pero sin mucha prisa. Las cabras pastaban en las laderas más inclinadas, recuperadas ya del sobresalto, y los pájaros cruzaban el azul. Podía oír el rumor del arroyo que, aunque escaso, aún se precipitaba entre las quebradas; incluso podía oír el ajetreado zumbido de los insectos. La huerta presentaba un aspecto rozagante y feraz. Los robles, más al fondo, fuera del valle, movían con timidez las hojas. Nuestro perro ladraba. Yo no grité ni corrí. Permanecí quieta, con los ojos abiertos y la sangre helada. No entendía cómo el sol no se había también derrumbado, cómo podía continuar el mundo existiendo, los árboles y los pájaros… Todo debía haber desaparecido, debía haber sido borrado, arrasado, aniquilado, y, sin embargo, brillaba al sol, ajeno e indiferente.

Creí oír cómo los soldados le recriminaban al que había disparado lo que había hecho, como si eso importara ya. Seguían gritándose entre ellos, aunque parecían más calmados, dejando entrever, sin poderlo evitar, latigazos de desesperación. Yo tenía la sangre de hielo, era hielo detenido, había dejado de fluir, tenía frío, un frío intenso, y en mis ojos no cabía lo que había visto y seguía viendo. Solo me latían las sienes extraordinariamente. Al desplomarse él, todo se había desplomado, y lo había hecho para siempre. Tenía once años pero no creo que hubiera en el mundo alguien más vieja que yo. La garganta era un nudo de hielo también. Y ese lugar en donde vivíamos solos mi padre y yo, huyendo de lo que dejó atrás, refugiándose en una soledad que se construyó para protegerme, aparecía ahora ante mis ojos de hielo -la casa, el prado, las montañas- como un escenario falso, soñado en una pesadilla inacabada, en el que yo, ahora, no era más un personaje -también falso, escapado también de una pesadilla inacabada- de cartón piedra, inanimado, muerto, frío, helado. Veía brillar al sol las hebillas de los correajes de los soldados. Pero yo también había muerto. Dejé de tener miedo y me parecía absurdo -dolorosamente inconcebible- que los pájaros siguieran piando y volando.

Han pasado los años y siempre me reprocharé -solo Dios sabe cuánto- el porqué no salí corriendo y llorando y gritando hasta él para abrazarle. Pero el mundo se detuvo entonces y desde entonces, a pesar de sus feroces vaivenes, está detenido para mí. La vida ha seguido, pero lo ha hecho como si la moviera un mecanismo impostado. Esas nubes blancas que había entonces en el cielo cuando llegaron los soldados ya no existen. Pero aún las veo sobre los picos de las sierras que hasta ese momento nos protegían. Veo aún las nubes por no ver lo que tenía -y todavía tengo- enfrente.

Seguían los soldados gritando, discutiendo, recriminándose lo que habían hecho, lo que tenían que hacer y lo que pudiera pasar. Pero eran tiempos difíciles y revueltos, y cualquier atisbo de lealtad a un código o a unas simples normas, o de responsabilidad por lo que, salvajemente ejecutado, se desvanecía y confundía en la vorágine de la guerra y la venganza, sin dejar rastro, desapareciendo en el aire, por muy brutal o injusto que fuera, para siempre. Ahora tenían un cadáver y una niña en el corazón abrupto y solitario de los últimos picachos de las últimas sierras. Y seguían sin encontrar el rastro de los forajidos que reventaron el último convoy. Ni siquiera pensé en qué sería de mí. Todo lo miraba con ojos muy abiertos sin ver nada. Ese día había preparado yo la cena, que seguiría aguardando sobre la mesa durante toda la eternidad.

Entre las voces y gritos pude entender que ahora se preocupaban por lo que iba a ser de mí o lo que iban a hacer conmigo. Unos pretendían dejarme allí y reanudar la furiosa persecución y exterminio de los forajidos de las montañas. Otros no eran partidarios de hacerlo, una niña de tan pocos años sola en aquellos parajes tan aislados. Pero nada de lo que pudieran hacer o decir me importaba, les oía gritar y discutir como oía el alborotado canto de los abejarucos o el rumor amortiguado de las aguas del arroyo que bajaban despeñándose con una obstinación sin tiempo. El que disparó a mi padre en la cabeza se había guardado la pistola y se mantenía callado, nervioso e impaciente. Parecía estar al mando y tenía que demostrarlo a cada instante. También es agotadora la tarea del asesino.

“Nos vamos”, gritó. El resto abandonó sus estériles discusiones y montaron de nuevo en sus caballos para proseguir, hacia el este, su búsqueda y persecución. Yo seguía allí, enfrente de nuestra casa de piedra, de pie y sin fuerzas, sostenida prodigiosamente por las inescrutables leyes del equilibrio. Pasaron a mi lado los caballos con un estruendo moderado que me hizo parpadear por vez primera desde el disparo. Emprendieron el galope y el que mató a mi padre, cuando inició la marcha, al pasar a mi lado, cimbreó el cuerpo y se agachó hasta agarrarme con su mano grande y fuerte por uno de mis brazos y levantarme hasta él con una fuerza violenta pero segura, y acomodarme con ese impulso sobre la silla de montar, delante de él, como si fuera una muñeca de poco peso. Sin darme cuenta cabalgaba hacia el este, dejando atrás mi vida para siempre, a mi padre, lo único que tenía, lo único que tendré, muerto en el suelo delante de la casa que él mismo construyó, sujetada por el mismo hombre que lo acababa de matar. No tenía miedo, ni siquiera repugnancia. Tampoco me importaba gran cosa qué iba a ser de mí. Las moscas importunaban las orejas del caballo, que se movían nerviosas. Solo sentía un dolor intenso en el brazo, en el lugar en donde me agarró y por el que me levantó en volandas. Han pasado los años y aún me duele.

Cuando alcanzó a los compañeros, éstos le miraron con incredulidad y estupefacción. Como si añadiera otro problema más a los muchos que ya tenían. Uno de ellos incluso se atrevió a recriminarle, “pero si es solo una niña”, esperando cualquier repugnante tropelía. Él quiso sonreír, pero el hastío se lo impidió.