Retrato (18)

Fingía confusión para ocultarla. Fue constante en el error sin pretenderlo. Tenía prisa por conquistar la lentitud. Guardaba las distancias bajo llave. Al hablar se escuchaba a sí mismo y no entendía nada. Todos le querían, por eso no podía fiarse ya de nadie. No podía quitar ojo de encima a los relojes de arena. Su autoestima encontró en los suelos su hábitat natural. Le sobraban los motivos que le faltaban. Cuando iba bebido evitaba sentarse en la mecedora. Le seguía sorprendiendo lo previsible. Disfrutaba cayendo en todas las trampas, eran ya como su casa. Subcontrató sus sentimientos. Cuando tenía resaca evitaba sentarse en la mecedora. Se ocultaba cosas a sí mismo con bastante éxito. La tristeza iluminaba su sonrisa. Sobrevivía gracias a los malos hábitos. Cogía la escopeta al revés porque siempre le salía el tiro por la culata.

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Casi dos horas libres a la caída de la tarde

Como mi padre trabajaba hasta muy tarde y mi madre, aunque con un horario más asequible, también trabajaba, era difícil que cuadraran los horarios laborales y escolares. Gracias a eso, teníamos, mi hermano y yo, casi dos horas libres -libres y nuestras- al salir del colegio. El resto de los niños, o bien les esperaba alguien, o bien marchaban ellos solos a casa. Menos nosotros. Y, claro, no nos importaba. Era -y lo sigue siendo aún hoy, después de tantos años- el mejor momento del día.

El conserje, que vivía en una vivienda adosada al colegio, nos permitía que le dejáramos las carteras para poder disfrutar de esas últimas horas de la tarde en libertad, recorriendo, sin cansarnos ni aburrirnos nunca, todo el territorio -espléndida e inacabable sucesión de descampados- que circundaba ese colegio del extrarradio, hasta que llegara nuestra madre a recogernos con el coche. A menudo se retrasaba, pero no nos importaba gran cosa. Teníamos así más tiempo para inspeccionar -cada cárcava, cada terraplén, cada árbol, cada lavadora abandonada- nuestro territorio.

Siempre había pandillas de chicos del barrio que campaban por aquellos andurriales a las horas más extrañas. Era, a pesar de su apariencia, un lugar habitado. A veces jugaba al fútbol con ellos. Formábamos improvisadamente dos equipos y luego, después de un descabellado intercambio de balonazos, discutíamos interminablemente si había sido gol o no, ya que jugábamos en un campo -tan irregular que era divertido- sin porterías. Dos pequeños montones de piedras señalizaban la distancia de un poste a otro, pero ellos, los postes, así como el larguero, venían dibujados solo en nuestra imaginación. Y, claro, dependía de si habíamos marcado o encajado el gol. Siempre había alguno que mediaba: “Ha sido poste”, pero luego te tocaba correr cuesta abajo a por el balón que, caprichoso, había preferido ignorar la presencia -imaginaria, pero tan necesaria- del poste.

Mi  hermano era dos años menor que yo y no era muy aficionado a este tipo de actividades un tanto tontas y gregarias como el fútbol. Prefería seguir investigando el territorio, su orografía, sus animales -hormigas, arañas, escarabajos, pájaros, lagartijas- y otras presencias inesperadas -una rueda, una puerta rota, un trozo de manguera- que nos alegraban la tarde. A veces, cuando iba ya a ser la hora, me costaba trabajo encontrarle, siempre en el lugar más inesperado, haciendo un hoyo -perdón, una presa, con agua embalsada- o subido a un árbol con un arco recién fabricado esperando una presa cualquiera. Las luces se iban amortiguando muy suavemente mientras la ciudad se afanaba en otras cosas más importantes. Aquí, simplemente, empezaba a anochecer.

De regreso a la puerta del colegio y recuperadas nuestras carteras, esperábamos, con la ropa un tanto astrosa y los zapatos calamitosos, a reincorporarnos a la vida normal, los deberes, el baño, el poquito de televisión y la cena. Siempre aparecía nuestra madre levemente despeinada, como si no le diera tiempo a nada y, sin embargo, llegara siempre tarde. Pero a nosotros no nos importaba.

Siempre íbamos los dos atrás, pero esa tarde, al subirnos, me dijo que, si quería, podía subir yo adelante, junto a ella. Nos quedamos parados un momento, pero mi hermano enseguida trepó a la parte de atrás donde se refugió. Yo abrí la puerta de adelante. Era increíble verlo todo desde la posición del copiloto, la calle entera, el salpicadero tan cerca. “Voy a tener que comprarte unos pantalones nuevos. Solo se te ven los calcetines y los tobillos. No paras de crecer”, me dijo. Me sentía ya mayor. Y arrancamos.

Pasados esos primeros minutos me di la vuelta y vi a mi hermano que me miraba con unos ojos muy grandes e inmóviles. Intenté sonreír. Pero tuve que volver a mirar adelante. En esa mirada de mi hermano había, no un reproche, no una acusación de traición, sino el reconocimiento de una pérdida. Aceptando la propuesta de sentarme donde se sientan los mayores, había dejado atrás -para siempre- el prodigioso territorio de la infancia. Y, de alguna manera, en esa mirada cargada y redonda, también estaba -pero eso lo supe mucho tiempo después- el germen de la decisión que tomaría él y que consistía, sencillamente, en no abandonar nunca ese territorio, porque cuántas cosas se podían hacer con la carcasa de una vieja lavadora abandonada en un descampado…

Reconozco los lugares

A veces camino por las calles del pasado. Reconozco los lugares porque, cuando era joven, los soñé. Allí está ahora nuestra casa de entonces, las explanadas y los montones de arena, el patio del colegio y las aulas, los cielos azules llenos de nubes blancas, los charcos tan recientes. Un joven alto sentado en el respaldo de un banco de madera me recuerda a alguien, me resulta inquietantemente familiar. Él ni me mira. No debe saber quién soy. Todos me saludan y algunos hasta me preguntan que qué tal me ha ido y qué fue de éste o del otro. Corríamos también por los pequeños bosques de los alrededores o jugábamos al fútbol sin porterías hasta que se hacía de noche. Nunca teníamos frío y llovía más que ahora. Llevar las botas llenas de barro era un signo de distinción. Era agradable volver a verles. Era como si no hubiera pasado el tiempo. Pero el joven alto y de pelo levemente ensortijado me ignora, como si no supiera quién soy. Es posible que no sepa, de verdad, quién soy. Y aunque han pasado los años, no hay otra posibilidad. Debo ser yo. Soy yo entonces. Pero han pasado los años -los años de ese tiempo estático- y ahora no me reconoce, no sabe quién soy. Camino por las calles del barrio del pasado y vuelvo a mi casa de ahora. No pensaba ese joven alto que terminaría siendo el que soy ahora, tan otro, tan distinto, tan fallido, que no me reconoce. Yo, ahora, era él entonces.

Retrato (17)

Tenía una impaciencia infinita. Le costaba horrores salir de la cama: era como si le hubieran dicho que tenía que ponerse a calafatear entera el arca de Noé. Fue engullido, poco a poco, por las arenas movedizas de su propia incompetencia para la vida. No se agobiaba. Vivía tranquilamente en el agobio. Tenía la manía de leer todos los letreros. De vez en cuando le gustaba echar margaritas a los cerdos. Fabricaba sus deseos con bastante poca imaginación. Dejó de comprar el Ruta 66 cuando lo empezaron a editar en color. Se pasó la vida dando puntadas sin hilo. Prefería las preposiciones a los pronombres. Incluso en su propia tragedia tuvo un papel secundario. Pensaba muy de vez en cuando, y con penosos resultados. Echaba de menos los periódicos vespertinos. También la luz de los candiles. Era estricto con lo accesorio y absolutamente descuidado con lo fundamental. Fue feliz de niño en los terraplenes.

Sacrificio

Subía a la crespa montaña con el corazón negro de pena y una obstinación ciega. Se apartaba las amplias haldas del ropaje para dar más largas las zancadas. Cada cierto tiempo se aseguraba de que llevaba, bien ceñido a la cintura, su cuchillo. A pesar de estar en contacto con su piel y estar oculto tras sus ropas, seguía frío como un trozo de hielo inderretible. Le apenaba y le tranquilizaba a la vez encontrarlo en su sitio, que no se hubiera caído y extraviado. No podía caerse ni extraviarse, al menos hoy. Su hijo, Isaac, le acompañaba en la ascensión y jadeaba por el esfuerzo. Pero ya no quedaba mucho. Aquellas rocas en la cima, como si alguien hace miles de años las hubiera colocado allí ignorando designios posteriores, reposaban al lado de un árbol seco y unos matojos espinosos. Parecía, sin embargo, un buen lugar para detenerse y descansar.

Cuando llegaron, el padre se dispuso, sobre aquellas descarnadas piedras, a preparar el ara. Isaac le miraba con perplejidad, buscando el animal predestinado al sacrificio sin encontrarlo. El sol caía a plomo y las nubecillas blancas parecían asustarse de él. Allí, en los parajes de lo más alto de la montaña, todo estaba en silencio. Las piedras se habían acostumbrado ya y preferían morir sin hálitos ni estertores.

Cuando el padre le sujeto con fuerza -con esas dos grandes y ásperas manos- por los antebrazos, intentó desasirse, pero lo intentó durante menos de un minuto. Pronto se dio cuenta, no solo de lo que ocurría, sino de lo que iba a ocurrir. Extrañamente no tuvo miedo, solo le acometió un hondo sentimiento de impotencia, y de injusticia, y de pena, y de rabia, pero no solo por él, sino, también, por su padre. Dejó de intentar zafarse y confió en su destreza con el cuchillo y en que éste estuviera perfecta y nítidamente afilado. No había pájaros esa mañana en la cima.

Abraham ató con vieja maña a su hijo sobre el exiguo lecho de piedras, sintiendo sus brazos y sus piernas como sentiría las de un cordero o cabrito dispuestos -sin quererlo- a un holocausto acaso innecesario. Sentía el frío del cuchillo contra su cadera. El Señor lo había ordenado y no había más que hablar, ni que plantear, ni que discutir, ni que desobedecer. No podía haber vuelta atrás. La orden resonaba en su cabeza y, tal vez, una vez realizado el sacrificio -una vez acuchillado y muerto su hijo- dejara de oír esa orden retumbando en sus sienes y podría descansar en paz, con el corazón negro por la pena, pero en paz. Isaac había perdido el color y esperaba. Él, por fin, saco su cuchillo, grande, lo suficientemente ancho, que ni siquiera brillaba. Tampoco oían el silencio.

Cuando movió con energía el brazo para efectuar el elíptico movimiento que seccionaría el cuello -blanco, frágil, aún sin formar- de su hijo, volvió a escuchar la voz que resonaba todavía en su cabeza, pero esta vez para pedirle, para ordenarle, que no acercara el filo del cuchillo sobre el muchacho ni le hiciera ningún daño. Era, otra vez, la voz del Señor, que ahora sabía que Abraham le temía -verdaderamente-, porque había estado dispuesto a sacrificar a su único hijo en una prueba impagable de sumisión y obediencia. Alguna de esas nubes blancas osó tapar por un instante el globo ciego del sol.

Isaac lloraba en silencio mientras su padre lo desasía de esos toscos cordeles. Luego le abrazó. Pero fue un abrazo extraño. Abraham -decepcionado con el Señor, incapaz, como así le había demostrado, Él mismo de cumplir, y de hacer cumplir, su palabra- dejó, en ese mismo instante, de creer en Dios. Luego, descendieron de la montaña por los mismos vericuetos que transitaron en su subida con una avidez que ahora les faltaba.

Retrato (16)

Más que faltarle algún tornillo, le sobraban varios. Perdió los nervios y todavía los anda buscando. Tenía visiones y eran idénticas a la realidad. Decía que soñaba despierto, cuando en realidad vivía dormido. No traspasó ningún límite porque los iba moviendo un poco más allá. Amaba la imprecisión en los momentos decisivos. Abrió las ventanas para que se ventilara el exterior. No podía meter la pata porque ya la tenía metida. Lo primero que utilizaba era el último recurso. Llevaba incorporado una especie de condensador de tristeza. Pagó las equivocaciones, pero no le dieron la vuelta. Siguió avanzando por el camino equivocado hasta que llegó donde quería. Echaba de menos el papel de estraza.

Una sola condición

Fue el mismo Dios tronitruante el que les salvó de la muerte -a ellos solos y sus dos hijas-, mientras destruía la ciudad con una ferocísima e inclemente lluvia de fuego, con la sola condición de que, cuando huyeran a las montañas dejando atrás los fértiles valles y las doradas ciudades en donde nacieron, se criaron y vivían, y que ahora ardían y se arrebatan hasta disolverse en cenizas, no miraran atrás.

Avanzaban penosamente por descarnadas cuestas hacia las cimas, tal y como les había indicado la voz del Señor, mientras escuchaban el estruendo amortiguado pero incesante de la destrucción. Intuían un resplandor cárdeno y una lluvia de pavesas empezaba a adornar sus cabezas. Lot tiraba de sus hijas. Hasta que en un recodo tras el cual se dejaba de ver el valle, su mujer se detuvo para recuperar el aliento. Y mientras lo recuperaba, en un ademán impremeditado, giró la cabeza. Apenas tuvo tiempo de contemplar los días de su pasado y el pavoroso espectáculo de su destrucción. Fue, en cumplimiento de la única condición divina  y su amenaza inesquivable, salificada.

Cuando Lot la llamó para reanudar la marcha, descubrió su figura inerte y brillante en cada uno de sus cristalizados poros al borde del último recodo. Recordó el aviso de Dios y siguió su camino, sumando el espanto primero a este espanto tan reciente como inasumible. Empujó a sus hijas camino arriba para que no miraran hacia atrás, para que no vieran la figura inmóvil de su madre envuelta en el esplendor del cataclismo. Estaban huyendo -dejando atrás todo- como almas que llevaba el diablo, aunque fuera Dios el que lo hiciera. Hasta que la extenuación los derribó.

Pasado el tiempo seguían viviendo en las montañas ellos tres solos. El mundo era como una cáscara seca y hueca, un ojo vaciado. La vida era escasa y les pesaba. Estaban solos en aquellos parajes con la sola compañía de algunas cabras y un resto ralo de vegetación.

Las muchachas crecieron y, aunque resignadas, desesperaban. La urgencia de la procreación les perturbaba. Y lo hizo de tal manera y hasta tal extremo, que urdieron una estratagema para salir de ese atolladero sin hombres. Así que decidieron emborrachar a su padre y esa noche la hermana mayor yació con él en su lecho. Al día siguiente Lot despertó con un intenso sabor a sal en la boca que no podía quitar por mucha agua que bebiera. A la noche siguiente hubo que repetir la operación y trajeron más vino. Una vez convenientemente borracho y acostado, fue la hija menor quien yació con él. Por la mañana Lot tenía el cuerpo entero como si fuera de sal. Y lo achacó al vino.

Ambas hermanas, al cabo de los meses dieron a luz sendos niños de los que Lot se sentía orgulloso, aun desconociendo cómo sus hijas pudieron llegar a tener tratos con varón alguno, en aquellas olvidadas, pedregosas y salinas tierras de las resecas montañas. Ellas, al ser preguntadas, sonreían, mientras le aconsejaban con dulzura que no era bueno ni deseable mirar atrás.