Retrato (9)

Se encontró consigo mismo y ni siquiera se saludaron. Cuando abrió la caja de los truenos comprobó que estaba vacía. Envejeció despacio pero muy pronto. Sabía que era absurdo continuar y que, por eso mismo, tenía sentido seguir. Contaba los chistes en serio. Y al contrario. La esperanza le jugó muy malas pasadas. No cosía, solo pespunteaba algún hilván. Prefería los días en los que no había nada que celebrar. Salió a que le diera el aire y no volvió. Solo pretendía distraerse un rato. Había olvidado las palabras fundamentales, pero no lo que significaban. Oía voces en el patio de luces. Veía luces en el patio de voces. Se arrepintió enseguida de haberse arrepentido tan pronto. Lo fió todo a un talento que no tenía. Le gustaría poder un día atravesar un espejo, pero no para entrar, sino para salir de él.

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Miles de kilómetros

Después de varios años decidió hacer varios miles de kilómetros solo con la vaga -pero persistente- idea de volver a encontrarse. Ya en el taxi que le llevaba del aeropuerto a la ciudad pensó que tendría que descansar unas horas antes de que se volvieran a ver después de tantos años. Y no entendió cómo no tuvo la urgencia de que el encuentro -ya que estaba ahí y no a miles de kilómetros- fuera cuanto antes, en ese mismo momento. El cansancio no debía ser excusa. Mientras, pensaba en cómo habría cambiado, en cómo habrían cambiado los dos y en el tiempo que había pasado. Llegó por fin al hotel. La habitación era confortable y fría. Esa noche creyó descansar algo.

Cuando al día siguiente se encontraron, más que reconocerse por su aspecto, se reconocieron por los gestos, por los mismos ademanes que serían reconocidos entre una multitud, aunque no hubiera luz. Se fundieron en un abrazo y estuvieron a punto de llorar. Luego, los saludos, las preguntas, las sonrisas y las palabras empezaron a construir una especie de arquetipo de lo que deben ser los reencuentros después de algunos años y de una distancia de miles de kilómetros. Todo -y se dieron cuenta demasiado pronto- adquiría la forma -y el contenido- de una convención, de una forzada fabricación de hechos de alegría y de frases que parecía que iban previamente extrayendo con pinzas de algún sitio, como si el silencio que se empezaba a filtrar por los resquicios de su conversación no pudiera más que definirse como embarazoso. Estaba claro que esa idea persistente del encuentro chocaba ahora -¿por qué tan violentamente?- con la realidad.

Fueron unos días emocionantes, aunque cuando estaban juntos, sus pensamientos -tal vez también sus sentimientos- siempre estaban en otro sitio. Definitivamente no sabían -o no se atrevían- a manejar, como habían soñado, esa anhelada situación de reencuentro. Todo debía ser de otra manera y sin embargo era así. Esperaban que fuera un accidente pasajero. Era como si – una vez que el espacio y la distancia habían sido por fin anulados- el tiempo se hubiera vaciado. Esos días pasaron pronto. Luego, tuvo que hacer de nuevo varios miles de kilómetros.

Niña y tiempos

Ya apenas quedaba ninguna en pie. Solo las más alejadas -o acaso simplemente olvidadas al azar por el tiempo y su deterioro- se mantenían erguidas, aunque semiderruidas, como si quisieran desintegrarse y fundirse de nuevo en las rocas de las crestas de donde emergieron tiempo atrás, con el perfil ahora tembloroso de una caries de los picos recortado en el cielo, pero resistente aún.

Nos dirigíamos hacia una de estas últimas atalayas que nos empeñábamos en mantener en activo, debido a su solidez y posición avanzada, lo que le deparaba una amplia visión de las cada vez más transitadas llanuras del sur. Éramos pocos hombres ya, unidos por un destino escaso y caprichoso, pero empeñados, por una extraña y pertinaz razón, en continuar una lucha, una encerrizada oposición al enemigo, ya imposible de mantener, tan agotadora como estéril. Las cosas habían cambiado definitivamente y lo habían hecho para mal.

La trocha de acceso era una estrecha cinta pedregosa que se perdía tortuosamente en las estribaciones de la última sierra, para reaparecer, más tarde, un poco más arriba, al borde de los precipicios que conformaban la quebrada sobre la que se sostenían prodigiosamente, en su extremo superior, como si pujaran por desasirse, los muros de la atalaya. Los caballos avanzaban con una lentitud desesperante y una torpeza inevitable. Durante muchos tramos era mejor bajarse de la cabalgadura y, sujetando las riendas con la mano y sobre el hombro, caminar sierra arriba. A veces las sujetábamos con los dientes, para tener las manos libres. El aire se afinaba por momentos, la vegetación se esmeraba en desaparecer y la anémica silueta de la torre de vigilancia parecía jugar con nosotros y no querer acercarse. Sentíamos las llanuras, tan ajenas como amenazadoras, a nuestras espaldas. No hacía falta darse la vuelta y mirar.

Antes de que anocheciera accedimos por fin al modesto recinto de la atalaya. Muros caídos, las maderas desvencijadas por completo, las troneras obturadas por los zarzales y alguna almena derruida nos dieron la bienvenida. Con todo, aún se podía acampar confortablemente y pasar la noche. La extinta nobleza del lugar que, no hace mucho, fue lugar principal de vigilancia y defensa, nos cedía en estos tiempos de derrota, como si fuera una herencia inesperada, de valor puramente sentimental, algo de refugio y protección. No era aún una ruina, al igual que nosotros mismos y nuestra azarosa misión, pero iba camino de serlo. En cuanto se ocultó el sol, los pájaros volaron también en busca de cobijo. Cuando la noche descendió serena y silenciosa, empezaron a reverberar diminutos destellos temblorosos en diversos lugares de la llanura, que oscurecida y como borrada, parecía ganar extensión, no tener límites. Cenamos algo, organizamos los turnos de guardia y nos arrebujamos en las mantas que durante estos últimos y lastimosos años acompañaron, como si los acunaran, nuestros hálitos y nuestros sueños.

Hablamos poco antes de dormir, o de intentar dormir. La situación ni siquiera era desesperada. El enemigo del sur ya no era el enemigo. Su lento e imparable avance, ignorado en sus inicios por los que regían nuestros destinos, había culminado sin que nos diéramos cuenta. Era ya nuestro territorio un territorio ocupado. Nuestro gobierno actuaba, sin ambages o disimulos, claramente al dictado. Y parecía satisfecho de ello. La vida en nuestros campos y ciudades había recuperado la normalidad, aunque esa normalidad no era la nuestra. Incluso nosotros habíamos perdido -no sabíamos cuando, pero la habíamos perdido- la esperanza. Nos manteníamos en pequeños grupos, huidos y en rebeldía, infligiendo, cada vez más de tarde en tarde, solo cuando nos era posible, inapreciables ataques y robos a los convoyes que iban y venían de su territorio al nuestro, y del nuestro al suyo, hacia las llanuras del sur. Cualquier día nos apresarían o moriríamos en alguna absurda e innecesaria escaramuza. Eran nuestras acciones pura y escasamente testimoniales, casi inerciales, apenas el débil eco de un tiempo bravo e ido.

Amaneció con un frío sanador. La luz de la aurora era demasiado delicada, así que esperamos unos minutos para iniciar la marcha. Los caballos se entretenían mordisqueando unas ralas matas de cantueso humedecidas por el generoso rocío de las montañas. Muchas veces nuestros largos recorridos a través de las cimas y las gargantas de la sierra tenían un motivo o un objetivo, pero otras veces, cada vez más a menudo, estaban ocasionados por el deseo -la necesidad más bien- de no permanecer nunca en el mismo sitio, como si el movimiento constante nos mantuviera vivos y alerta, y nuestra vida en las montañas siguiera teniendo así un sentido.

Descendimos con lentitud, procurando buscar los caminos y requiebros más escondidos e inaccesibles, aprovechando en ocasiones los cauces de los precipitantes ríos que se descalabraban en busca de terrenos y remansos más amables. Los oscuros y recios robles nos servían de parapeto y ocultación. Desde el segundo pico de la sierra que se extendía hacia el oeste, podía vislumbrarse más de cerca el paso de los convoyes. Esperar el paso de alguno más reducido y más escasamente vigilado, y asaltarlo en una escaramuza ágil y rápida, sería una de nuestras últimas tentativas para obtener algo de comida y otros enseres necesarios para pasar el invierno aquí arriba. O al menos las primeras semanas.

El terreno parecía que dejaba de quebrase y descender, y al otro lado del incipiente río y entre una masa irregular de robles, se intuía una breve vaguada, un diminuto valle entre los imponentes farallones de la sierra. A pesar de su situación, no parecía estar encajonado. En una extensa pradera pastaban algunas cabras. Otras trepaban por las rocas de las paredes contiguas de las estribaciones. Avanzamos con más precaución aún cuando descubrimos al fondo del exiguo prado lo que debía ser una cabaña o un chozo. Un hilo de humo, como a regañadientes y con cierta dificultad, salía del techo de retamas secas que cubría la tosca construcción de piedra. Debía vivir alguien más que nosotros en estos parajes.

Cuando estuvimos lo suficientemente cerca, bajamos de los caballos y nos acercamos despacio a la choza, las manos sobre los rifles. Un hombre enjuto y de gesto serio, impertérrito, casi desolado, nos miraba desde la puerta. Le saludamos. Nos saludó. Tardamos un rato en percatarnos de la presencia de una niña de unos ocho o diez años, de pelo negro y levemente enmarañado y apelmazado a la vez, que, en la misma puerta y semioculta en la negrísima sombra de la entrada, se aferraba a la pierna del hombre. Ella también nos miraba con fijeza, se diría que sin parpadear.

Al cabo de unos tensos instantes empezamos a hablar, a hacernos preguntas que respondíamos con brevedad y precaución, hasta que nos invitó a que nos sentáramos en una improvisada mesa hecha con tablones y que parecía haber sido antes un catre, que tenía en el exterior del chozo bajo un temblequeante estalache a la manera de un sombrajo más que porche. Guardaba allí, arrumbados, unos viejos aperos. Sacó algo de vino, un vino recio y áspero, pero que resultaba, a estas alturas, reparador. Nos contó su historia. La niña seguía mirando. Cuando murió su mujer, fue cuando decidió quedarse aquí con su hija. Era algo descabellado en estos tiempos tan inseguros, pero creía que saldrían adelante. Marchar al pueblo más cercano o, mejor aún, a la ciudad, acabaría con él. Eso fue lo que nos dijo mientras apuraba el último resto de vino del tazón, eso acabaría conmigo.

Antes de despedirnos pidió disculpas por no darnos nada de comer, nos dijo que las provisiones aquí seguían siendo escasas y que las cabras no daban para más. El sol estaba en lo más alto y la hierba del pequeño valle refulgía. Teníamos que continuar nuestra marcha. Le deseamos buena suerte y él nos deseó también buena suerte. Antes nos indicó una trocha que nos llevaría hasta la sierra del oeste, hacia la que nos dirigíamos. También nos dijo que un poco más arriba, no muy lejos, encontraríamos un buen lugar donde descansar y dar de comer y beber a los caballos. Había un buen manantial y una pequeña pradería. Luego, más arriba, todo sería penar por empinados pedregales hasta alcanzar la primera cumbre. Llevábamos escasos minutos de ascensión cuando ya apenas se distinguía el chozo, oculto, desaparecido, como camuflado o directamente inexistente.

Al llegar a la acogedora terraza del manantial, decidimos descansar un buen rato antes de reanudar tan penoso camino. Los caballos lo necesitaban. Nosotros nos conformábamos con mirar el vuelo de las águilas o el fluir del agua sin descanso, mansamente pero con ímpetu. Fue entonces cuando me levanté al creer escuchar un ruido, un ruido como de alguien que se acerca pisando ramas secas. Salí del recinto herboso y al otro lado de un gran canchal, en la misma trocha por donde habíamos venido, estaba la niña. Le dije hola y nos miramos. Ella seguía mirándome. “Este pan y este queso son para vosotros”, dijo en un tono serio, sin ningún apunte de sentimiento, casi mecánicamente pronunciado. “¿Te los ha dado tu padre o ha sido cosa tuya?”, le pregunté. Ella seguía mirándome con una perturbadora fijeza. Sabía que no me iba a contestar a esa pregunta. No lo hizo. “Gracias”, dije. Y como no se movía, le volví a preguntar: “Cuando pasan por aquí los soldados de los enemigos del sur, ¿también les das pan y queso”. Esta vez me contestó. “Sí, claro”. Y de repente se dio media vuelta y salió corriendo cuesta abajo hacia su choza con una increíble destreza y velocidad, sostenida por sus delgadas piernas y diminutos pies enfundados en unas botas recias de cuero negro. Desapareció enseguida.

Sonreímos mientras dábamos buena cuenta del pan y del queso y ya más reconfortados nos pusimos de nuevo en marcha. Durante la ascensión no podía quitarme a la chiquilla de la cabeza, lo que hizo, lo que me contestó. Definitivamente supe que vivíamos tiempos de derrota y confusión.

Nota a pie de página y cita

Amo las notas a pie de página y, aunque a la mayoría les pueda parecer esta declaración como la confesión -y el reconocimiento- de una de las más extrañas y desviadas parafilias posibles, registradas o no, agradezco a los eruditos que llenen sus ediciones de los clásicos con centenares de ellas, la mayoría innecesarias y redundantes, llenas de abreviaturas y referencias a otras obras igual de ignotas, en las que tan agradablemente me entretengo, interrumpiéndome, eso sí, la tan escasamente plácida lectura.

También algunos otros estrafalarios autores de ficción recurren a ellas de manera inmoderada, como si no les fuera suficiente la página o necesitaran explicar, con más detalle o enrevesamiento, aquello que estaban, en lineal transición de lo narrado hacia la historia narrada, pretendiendo poner en pie, historia, personajes o lo que fuera.

Incluso hay poetas como éste, alto metafísico y lunático ejemplar, que necesitan de las notas a pie de página para acompañar o completar de sentido sus poemas extraordinariamente filosóficos, como en el caso de este Poema al astro de la luz memorial, que podría pasar como uno de los más bellos, inteligentes y clarificadores -aunque la luz proceda del otro astro mayor- poemas dedicados a la luna.

Bueno, y esto es lo me interesa aquí y ahora, y no lo que he escrito en los párrafos anteriores, el caso es que aprovecha la nota final a pie de página del poema para darnos -o dar, sin más- esta recomendación, que no ha dejado de perder vigencia, y más ahora, que los tiempos vienen como vienen, más sabia y necesaria de lo que en un atolondrado principio pudiera parecer:

…recomiéndese también una Psiquiatría Constructiva que procure a cada uno el grado y tipo de locura que ayude a vivir ilusionado; un 10 por ciento de demencialidad, euforia y analgesia por mitades, que nos deshorrorice algo el vivir, que nos desperfile la fiereza del encaramiento que nos pone la Vida; en lugar de perder el tiempo en inútiles clasificaciones forzadas y que ya nada curan de la perfecta salud mental, lucidez que es una condena, súplannos una dosificación útil de demencia.

Macedonio Fernández. Poema al astro de la luz memorial. 1942

Caldo

Buscó una mesa, como hacía siempre, en un lugar más o menos discreto y apartado, y solo después de separar la silla y sentarse mientras la acercaba al borde, casi empotrándose en él, se sintió seguro. El mantel estaba aceptablemente limpio y las servilletas ligeramente rugosas, con un olor penetrante a desinfección excesiva. El resto de comensales, o bien estaban esperando aún con buen ánimo o bien se afanaban, con un aire quirúrgico, sobre el plato. No había ventanas en el comedor y estaba empezando a sentir cierta -solo cierta- sensación de agobio. Además, el reloj que colgaba encima del aparador era demasiado grande. Dos camareros iban y venían. Ese debía ser su trabajo: ir y venir. Cada vez que abrían la puerta batiente que daba a la cocina, esperaba poder oler algo de lo que se estaba cocinando allí dentro. Pero ningún efluvio llegaba al comedor. Solo se escuchaba el chillido diminuto de los goznes. A pesar de todo, tenía hambre.

El camarero se acercó blandiendo un tanto amenazadoramente la carta. No era más que un díptico enfundado en un desagradable plástico negro convenientemente restregado con un dudoso paño de cocina dudosamente humedecido. Ni siquiera su apariencia era de limpieza. Sobre su pulida superficie quedaban los rastros -a la manera de enérgicos brochazos- del paso del paño dudosamente humedecido. Él la cogió con algo de aprensión y sin ningún entusiasmo, como el que acepta un duelo porque no le queda más remedio, por el qué dirán, más bien. Pero no fue capaz de abrirla, intentando tocarla lo menos posible, como hacen los eruditos con los incunables, hasta que no vio alejarse al camarero. Mientras leía la carta, los diversos platos -previsibles y aceptables, ora terrestres, ora marítimos-, no hacía más que dudar. Solo tenía claro una cosa. No quería caldo.

Después de leer, de arriba abajo y de abajo arriba, la carta, se decidió un poco al azar, porque era probable que cambiara de idea a última hora, incluso mientras se acercaba el camarero. Cuando llegara, claro. No sabía si era normal esperar tanto o no, y cuando lo empezaba tener claro, llegó con las armas del duelo preparadas, esto es, el bolígrafo y una libreta. De pie, al lado de la mesa -demasiado al lado de la mesa-, hizo el gesto de contenida indignación de llevar mucho tiempo esperando a que se decidiera y empezara a decir -de una vez- qué es lo que quería comer.

Le dijo por fin lo que quería comer y cómo lo quería y, después de pedirle una botella de agua con gas bien fría, le añadió -tal vez un poco sin venir a cuento- que no quería caldo, caldo no quiero, no. Fue solo en ese momento cuando el camarero levantó los ojos de la libreta y le miró fijamente, tan fijamente que parecía que no tuviera ojos. Asintió mecánicamente y se marchó a la cocina. La puerta de separación permaneció más tiempo del debido batiendo hacia adelante, hacia atrás, hacia adelante, hacia atrás. Solo cuando dejó de hacerlo pudo recuperar la calma. Mientras esperaba que le trajeran la comida, se lamentó de haber hecho esa puntualización final, podía habérsela ahorrado, tenía que haber permanecido -como tantas otras veces había hecho en su vida- callado, no llegaba a entender por qué lo dijo, caldo no quiero.

Pellizcaba el pan y mordisqueaba el pan pellizcado. Algún comensal -eufórico por el vino- soltó una risotada. O lo que debía ser una risotada. Los camareros entraban y salían -iban y venían- atendiendo a los otros clientes. El enorme reloj colgado justo encima del aparador permanecía ajeno a todo. Solo cuando vio al camarero que le había tomado nota salir por la puerta batiente con una bandeja sobre la que humeaban dos enormes tazas, supo que eran para él.

Retrato (8)

Era humilde como una cebolla y trágico como un erizo. Abría los abrefáciles siempre con la boca. Era capaz de ver desplomarse una catedral sin parpadear siquiera. Le hubiera gustado vivir en una casa con un tejado a dos aguas. Jugó al corro de la patata y después comió ensalada. Dejaba pistas falsas para que lo tuvieran más fácil. Quemó las naves, pero no ardieron. Hubiera cambiado de parecer si hubiera tenido alguno. Era incapaz de volver a doblar el mapa. La inmortalidad le daba un poco de pereza. Aún vivía a la sombra de las muchachas en flor. No hacía nada en todo el día y terminaba exhausto. Decidió, hace ya muchos años, ignorar los buenos consejos. Se engañaba a sí mismo con gran maestría. Por lo menos tenía esa habilidad. Tardaba largas horas en hacer cosas innecesarias. Le hubiera gustado tomarse un vino con Gonzalo de Berceo. Cuando cerraba los ojos, oía el mar.

Vigía

Al cabo de una larga y dura jornada, en la que atravesó, después de salir del último destacamento antes de que amaneciera, las tierras más altas que separaban el territorio, sus campos de cultivos y las primeras y endiabladas estribaciones de la más alta sierra en donde, semioculta y confundida, como si surgiera de las propias rocas de la cima, se elevaba la pequeña torre de la atalaya, accedió  a ella con el tiempo suficiente como para efectuar, según estipulan las viejas ordenanzas, el relevo o cambio de guardia, despedirse de su compañero y preparar los escasos elementos de vigilancia, defensa y aviso que le serían imprescindibles, así como los víveres que necesitaría durante esa semana, y, sobrándole aún algunos minutos, contemplar cómo la línea del horizonte, que delimitaba, a una distancia imprecisa y cambiante, el territorio de los enemigos seculares, terminaba por engullir el melocotón del sol.

Volvió a sentir, de la misma manera que pudiera sentir el contacto de una vieja amiga, demasiado conocida, pero no por eso menos excitante, la rugosa superficie de las toscas almenas de la torre, sobre las que pasaría apoyado los próximos días, percibiendo esa consistente cualidad pétrea como su única compañía real -y táctil- en un mundo que se extendía ante sus ojos cambiante y engañoso, apacible o amenazante, inextricable e hierático, sobre el minucioso tapiz de las llanuras fronterizas que separaban su propio territorio del de los enemigos seculares, bajo el enorme arco de un cielo igual de cambiante y engañoso. Por eso necesitaba apoyar las manos sobre los desgastados bordes de la piedra.

Esta atalaya era la última, la más avanzada, punto final de una serie de torres de vigilancia que se sucedían en las diversas cimas que pespunteaban la crestería de la última sierra libre. O bien un juego de espejos durante los días claros o simplemente unas hogueras en la noche, eran suficientes para dar la voz de alarma y poner en marcha, con la anticipación suficiente, el mecanismo, un tanto básico, algo lento y descoordinado, pero como se puso de manifiesto otras veces, sorprendentemente eficaz, de aviso y defensa. En cada torre, un vigía joven y adiestrado, pasaba el día y la noche acodado a esos bordes rugosos de la almena, sobre esos sillares extraídos de las mismas sierras, tan pronto grises, tan pronto ocres, jugando con la luz mientras silbaba el aire por las exiguas troneras inservibles, definitivamente inutilizadas desde la última gran guerra.

Desde esta última atalaya, la más distante del último destacamento del páramo, en donde llevaba destinado más de seis años, se podían contemplar, en los días más claros y con la suficiente nitidez del aire, los últimos -esto es, los más cercanos- destacamentos de los enemigos seculares, construidos en tiempos de la última gran guerra a este lado del gran río, que durante lustros había servido de aceptada frontera. Con la ayuda de los viejos binoculares se podían distinguir, como pequeñísimos garabatos borrosos, las idas y venidas de los pequeños grupos a caballo que patrullaban, mañana, tarde y noche, una distancia suficiente como para agotarlos. Había veces en que se alejaban de la cinta oscura del gran río y se adentraban en la llanura en dirección hacia nuestro territorio. Llegado un punto, desconociendo sus intenciones y motivos, regresaban a galope tendido.

Había noches en las que se podía distinguir un débil resplandor, demasiado tenue en la distancia, demasiado difuso en el limpio azabache del cielo nocturno, pero perceptible y real, de la gran ciudad enemiga al otro lado del río, intuida siempre tras la línea insegura del horizonte. Era posible acurrucarse entonces en la terraza superior de la torre y dormitar con los binoculares en la mano, arrebujado en una manta gris y gruesa, apelmazada y que olía a pelo mojado aunque no hubiera llovido, y atisbar la oscurecida llanura y sus parpadeantes luces o contemplar el increíble dosel de un cielo excesivamente estrellado.

Las primeras horas de la mañana, a pesar del cansancio y el frío, eran espléndidas. Todo lo envolvía, durante unos minutos extraordinarios, una gasa. Hasta que el mundo -la torre de piedra, la sierra, las trochas de acceso, las llanuras a los lejos, a uno y otro lado, el cielo mismo- volvía a recuperar la nitidez, con la lujuria vertiginosa de las cosas recién estrenadas, nuevas otra vez, a pesar de los siglos soportados. Eran ya varios años, desde que decidió abandonar la ciudad e incorporarse a la vida más estricta y agraz del más alejado destacamento del territorio de la frontera, dedicados a la vigilancia y observación, su oficio especializado y su responsabilidad militar: todo lo que cabía en un horizonte y aquello que se movía en él. Cada nube de polvo, cada brillo, cada nueva mancha, cada columna de humo, cada carreta recorriendo un camino, eran las letras con las que él tenía que saber construir -e interpretar- su mensaje. El mundo conocido -y ofrecido a su vista- debía someterse a su constante escrutinio. Era el suyo un oficio de paciencia y criterio.

Esa mañana, desanimado tal vez por la observación de unos espacios largos años analizados palmo a palmo con una precisión, a pesar de la distancia, casi microscópica, conocido cada camino, cada cultivo, cada arroyo, cada árbol incluso, interpretada cada sombra, y agotado por una desgana que se venía tiempo atrás acumulando, provocada por la falta de novedades en los movimientos que se sucedían en el extensísimo ámbito de su observación, siempre los mismos, repetidos casi mecánicamente, con una rutina cuartelaria descorazonadoramente previsible, previsibilidad que aquejaba también a lo extraordinario, incluso a esas inexplicables incursiones de los pequeños escuadrones de la caballería enemiga, decidió girar sobre sí mismo en la terraza superior del alto mirador de la atalaya, darse la vuelta tranquilamente, coger los binoculares y comenzar a contemplar durante unos minutos -que se convertirían, después, en días enteros- las llanuras que había dejado atrás, esto es, sus propios territorios, las escarpadas estribaciones de acceso al pico, el recortado perfil azul y rectangular de su propio destacamento, luego el páramo y más allá los cultivos y los caminos, los arroyos que se precipitaban en busca del seno más profundo de algún río, el humo de alguna quema, el tibio e inapreciable resplandor de su ciudad natal. Durante unos breves segundos, de manera abrupta e inexplicable, se sintió como uno de los vigías de los enemigos seculares, encaramado sobre la última torre de vigilancia, observando con militar detalle el territorio enemigo, que ahora era el suyo.