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Archive for the ‘a la manera de’ Category

Tirar un tabique

Aunque nunca la habían considerado como una buena casa para vivir, con el tiempo consiguieron estar moderadamente satisfechos de ella. Como les ocurrió también a ellos, terminaron por acostumbrarse. Ella se encargaba cada cierto tiempo de cambiar los muebles de sitio y de volver a pintar de distintos colores algunas habitaciones. A él le daba una pereza universal acometer -o tener que soportar- el más mínimo cambio. Pero solía terminar por transigir, mostrando una débil e inútil oposición.

Con el tiempo, los pequeños disgustos tolerados, motivados generalmente por naderías, empezaron a convertirse en ridículas pero insoportables realidades. Él, por ejemplo, desde hacía años no soportaba el cuadro que colgaba en el salón principal encima del sofá. Decían que era elegante y armonioso, y que confería de un leve aire exótico a la estancia. Pero a él siempre le pareció repugnante. Unas figuras desdibujadas y temblorosas avanzaban en una especie de desierto hacia una especie de palmeras al pie de una especie de montañas. Estaba claro que el que lo pintó no estaba dotado para el arte de la pintura aunque se empeñara de por vida. Pero lo peor de todo eran los colores, que, por alguna extraña conjunción o inexplicable reminiscencia, le resultaban insoportablemente cursis y pretenciosos, intentando plasmar todo el dramatismo y la belleza del crepúsculo en tierras ignotas y aproximadamente orientales. A ella le gustaba especialmente. Él solo podía llegar a soportarlo porque, sentado desde el sofá, no podía verlo.

Por eso, aunque le aterraban los cambios y las obras sobremanera, cuando ella le insinuó la posibilidad de tirar el tabique que separaba el pasillo del salón, para darle una mayor amplitud y luminosidad, y de paso eliminar el absurdo pasillo con forma de tubo-cueva que les llevaba hasta el dormitorio, aceptó sin la más mínima oposición. Incluso dijo que era una buena idea. Sabía que así se libraría del maldito cuadro. Soñaba con verlo en el contenedor de los escombros.

Como ella conocía su aversión por los albañiles -entre otras múltiples aversiones-, hizo coincidir las obras con uno de los viajes a los que él se veía obligado a realizar por culpa de su trabajo. En menos de una semana estaría todo listo.

Cuando regresó, ella le esperaba con una sonrisa radiante, casi demoledora. Avanzó por el hall y apenas se fijó en el nuevo y espectacular salón, mucho más amplio y diáfano, pintado ahora de un blanco roto, tampoco percibió la nueva disposición de los muebles, lo único que vio con un desagrado casi físico fue el maldito cuadro de nuevo, colocado ahora en la pared de enfrente, en un lugar central, y del que apenas se podía escapar. La besó. Dijo unas palabras de fingido entusiasmo y se marchó -definitivamente hundido- al dormitorio a cambiarse de ropa.

Allí permaneció unos minutos respirando hondo sentado al borde de la cama. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no era suficiente con tirar un tabique. Había que derribar la casa entera.

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Vacaciones

Necesito vacaciones. Irme, dejar todo esto atrás, aunque sea por unos días, marchar lejos, a otros lugares, cambiar de aires, olvidar las rutinas, llevar menos ropa y andar con chanclas. Desayunar algo más tarde y dejar luego que me hipnotice la línea del mar. Conducir por nuevas carreteras y pernoctar en lugares imprevistos. Rebuscar una camiseta arrugada en la maleta y sortear las horas de la siesta. Cenar al aire libre.

Necesito vacaciones. Aunque sé que no valdrán de nada. Irme, cambiar de aires, descubrir nuevos lugares, romper los horarios o cambiarlos por otros nuevos, se convertirá muy pronto en una nueva rutina. Las duchas nunca acaban de funcionar como debieran. Una cerveza no demasiado fría puede acabar por arruinarlo todo. Buscar otros lugares más recónditos no sirve gran cosa si en ellos encontramos gente como nosotros, que también necesitaba unas vacaciones y que llevan las camisetas algo arrugadas, recién rescatadas de la maleta. Por lo menos, cenaremos al aire libre y dejaremos la luz del cuarto de baño encendida.

Necesito unas vacaciones. Aunque sé que no valdrán de nada. Ni nuevos lugares, ni cambiar de aires, ni llevar menos ropa o mirar el mar mientras cenamos al aire libre. Necesito unas vacaciones de mí mismo.

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Retrato (7)

Aún sentía el aplicador de la mercromina sobre las heridas de las rodillas. Pensaba que tener razón era accesorio. Tomaba nota de todo, pero luego las perdía. Estaba encerrado dentro de su propia cabeza, más bien prisionero. Prefería llevar una brújula antes que un reloj. No iba a ningún sitio, pero llegó tarde. Siempre utilizaba el plan B antes que el A. Cierta debilidad de su carácter lo terminó por condicionar todo. Incluso la ley del mínimo esfuerzo le resultaba costosa y complicada. Vivió la época de las verbenas y las pastelerías. Cuando se miraba al espejo era como si mirara una fotografía antigua. Tenía la iniciativa de una sombra. Terminó matriculándose en un curso para aprender a respirar. Salió a dar una vuelta y dio demasiadas. Había abandonado toda esperanza y, sin embargo, le acompañaba.

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Paraíso

Cuando ella empezó a traer esos folletos, sabía que no tenía escapatoria. Sus hojas satinadas, con esas fotografías de lugares luminosos por los que transitaba gente de apariencia falsa y feliz, eran para él el anticipo del horror. Todo estaba perfectamente calculado para engañar, para atraer, o como les gustaba repetir en esos mismos folletos, para fascinar. Y resultaba inevitable no caer en esa ficción. Era demasiado falsa, era demasiado atrayente. Necesitaban escaparse unos días, descansar y disfrutar de la vida, darse un lujo de vez en cuando, dijo ella mientras hojeaba uno de esos brillantes folletos. En la portada, coronando una de esas espectaculares fotografías, tan nítida que hacía daño a los ojos, el titular amenazaba con una frase: Bienvenidos al Paraíso.

Una apoteosis del espanto arquitectónico, blanco y escalonado, difícilmente encajado en un paisaje pobre rodeado de pinares y a escasos metros del fragor de un mar apagado, casi triste, les recibió un día del mes de julio. Los lugares que tan nítidamente había contemplado con terror mal disimulado en aquellos folletos, tenían ahora una presencia ominosa, como si la realidad y la cercanía hubiesen descascarillado esas fotografías. Riadas de gente, curiosamente ataviada como ellos, entraban y salían de aquel lugar de descanso y diversión.

Ella lo miraba todo con ojos muy abiertos y una sonrisa suficiente. Pero él no podía dejar de sentir que estaban entrando en el paraíso, un paraíso ajado y con mayúsculas. Era obligatorio descansar y divertirse, descubrir y dejarse llevar, sentir la fascinación de aquellos lugares secularmente caldeados. Todo, las amplias estancias, los pasillos, las habitaciones, los restaurantes, las numerosas piscinas de distintos tamaños, las diversas pistas para practicar incontables y agotadoras disciplinas deportivas, las terrazas, los lugares para el ocio más absurdo, los pequeños auditorios, los jardines recortados y excesivamente delineados, todo parecía diseñado por un demente peligroso y especialmente sádico. Pero todos los que por allí transitábamos sin mucho sentido, parecíamos felices y encantados.

Los días transcurrían entre falsos zumos de naranja y lánguidos atardeceres. Su vida en común también empezaba a descascarillarse. Pero aparentaban no importarles gran cosa. Y acaso -y eso era lo peor- fuera cierto. El mar ni siquiera resultaba, como ocurría años atrás, un analgésico suficiente. Los días, a pesar de que los folletos hablaban de múltiples y fascinantes actividades, y a pesar de esas múltiples y fascinantes actividades, parecían calcados unos a otros. Los grillos, mientras, permanecían ajenos a todo, escondidos en lo alto de los pinos. El calor esos días ni siquiera lo amainaba la cercanía al mar.

Todo, durante esas vacaciones, fue bastante previsible hasta aquella noche. A eso de las cuatro de la madrugada, les despertó un rumor como de fiesta, la gente corría por los pasillos. Pero había algo angustioso y desasosegante en ese rumor. Se levantaron y se asomaron al amplio pasillo. La gente corría como si fuera a perder el metro. No entendían qué es lo que pasaba hasta que oyeron, entre los gritos, la palabra fuego, la palabra incendio. Ellos también corrieron.

Por fin accedieron al exterior, donde una inesperada claridad les recibió. Una multitud se agolpaba nerviosa, casi al borde del pánico, en los jardines, no sabiendo muy bien hacia dónde huir. Al fondo, no muy lejos, una gigantesca bola de fuego, de altura similar a la de un edificio de dos o tres pisos, avanzaba engullendo la masa indefensa y demasiado inflamable de los pinos. A lo lejos se oían las sirenas de los bomberos, los coches de Protección Civil. Pero sobre todo, se oía perfectamente el crepitar de las llamas, que lamían con delectación el cielo estrellado. La gente se precipitaba hacía los caminos adyacentes, casi todos descalzos, en busca de un lugar más seguro. Pero aquella blanca y escalonada construcción estaba rodeada de densos pinares. El resplandor crecía y decrecía haciéndose un hueco cada vez mayor en el negror de la noche.

Ella le agarró con desesperación el brazo mientras empezó a sollozar. Él, antes de emprender la huída en dirección opuesta, permaneció unos segundos inmóvil con una media sonrisa -fascinado-, ante aquel espectáculo de llamas y devastación, sintiendo que era cierto aquello que decía el folleto y que en aquellos momentos, en mitad de la noche, sintiendo el calor del incendio tan cercano, eran, al fin, Bienvenidos al Paraíso.

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Aire

Con la mirada perdida y fija a la vez sobre la superficie de mi antebrazo izquierdo, erizado de diminutas gotas de sudor, pude contemplar el grosor inmóvil del tiempo detenido y el peso insoportable de un calor que lo congelaba todo a fuerza de derretirlo. Era como estar dentro de una gran bola de fuego en la que aún, inexplicablemente, se podía respirar. Los días se estaban alargando con una crueldad innecesaria, como estirados -y horriblemente torneados- dentro de un horno.

Pero, ahora, de forma inesperada, pude vivir, al cabo de tantos días, una prodigiosa y benéfica revelación, una unción salvífica, un regalo que me inundó para sumergirme por completo y devolverme a la vida: una casi inapreciable brisa, un leve airecillo que quería mover las hojas más altas de los árboles, recorrió mi antebrazo izquierdo y después mi cuerpo entero.

Durante el resto del día mi cuerpo fue un detector de esas mínimas corrientes de aire, escasas, débiles, pero ahora tan necesarias. Me paraba entonces y quería sentir cómo ondeaba mi camisa, cómo eran aliviadas mis gotas de sudor. Y las buscaba en pequeñas elevaciones o en improbables umbrías. Como un cazador de brisas al acecho, aunque eran ellas -tan raramente- las que me cazaban. El placer que me proporcionaban, algo en lo que nunca había reparado, era tenido ahora como un regalo de los dioses, un elemental -pero imprescindible- alivio. Con eso -con que corriera una gota de aire- me conformaba. Todo lo demás resultaba secundario.

Aunque cuando llegan los días fríos del invierno esta caza se convierte en huida. Se trata entonces de guarecerse, de evitar aquellas corrientes criminales como cuchillos, de buscar los rincones o las esquinas en los que el aire se acuesta, de cerrar la ventana. No hay nada tan traicionero como un mal aire. Unos escasos minutos bastan. Hurtarse de su incisiva y pertinaz acción es un alivio máximo, encontrar un lugar en donde no nos dé el aire, en donde no estemos a merced de sus corrientes, es una recompensa magnífica.

Pero ahora, dentro de las sucesivas y martirizantes bolas de fuego de este verano prematuro y precoz, mientras mantengo la mirada fija y perdida sobre la superficie empapada de mi antebrazo izquierdo, y contemplo, por fin, al cabo de las horas, cómo una ligera brisa cimbrea el vello de mi antebrazo izquierdo, siento una verdadera y limpia felicidad. O algo muy parecido y mejor.

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Como un decorado

Publicaba muestras, bocetos, apuntes. Lo hizo durante años, dejando siempre la impresión de que tenía ciertas facultades, de que incluso se podía intuir un posible talento. Quienes le seguían, más o menos, estaban  convencidos de ello. Aunque empezaban a mostrar, a estas alturas, síntomas de nerviosismo y falta de fe después de tantos años de solo muestras, bocetos y apuntes. Debía de haber algo más, algo que se les ocultaba. Esa obstinación, esa fragmentación, esa proliferación de señuelos, eran -debían ser-  como las esquirlas de un iceberg asomando a la superficie. Todo lo que con cuentagotas venía haciendo público no eran más que breves ensayos, pruebas, ejercicios de calentamiento, con los que acaso estuviera adquiriendo seguridad, músculo y certezas para acometer una obra mayor, de más enjundia, algo que, de verdad, y definitivamente, mereciera la pena. Y no esas pizcas, esos inanes fuegos de artificio. Quienes le seguían estaban convencidos de ello. Algún día saldría a la luz lo que tan celosamente ocultaba.

Pero podían esperar sentados. No había -no podía haber- más que esos bocetos, esos apuntes ingeniosos, esas muestras similares a las de perfumería. Lo que se sospechaba que permanecía oculto, simplemente no existía. Era todo como un decorado. No había nada detrás. Era, además, falso. Una carcasa, una fachada sujeta con unos tablones, apenas levantados para sostenerla y que no caiga. Esos tímidos ensayos no irían nunca más allá, esas pruebas no pretendían demostrar nada, apenas eran un juego algo indolente, sobrante e innecesario. No era, en definitiva, más que un atleta realizando ejercicios de calentamiento interminablemente que nunca llegaría a tomar parte en la competición. Seguiría calentando hasta que le echaran del estadio.

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Una pluma

Un pájaro perdió una pluma. La sujeto ahora con los dedos sin saber qué hacer con ella. No me molesta, pero sigo sin saber qué hacer con ella. Es bonita, su arquitectura y líneas son perfectas. No quiero guardarla en alguno de mis bolsillos por temor a estropearla. Pero andar con ella en la mano, me resulta algo incómodo, me limita. Y cuando me cruce con alguien me resultará incluso ridículo, me sentiré innecesariamente ridículo. Especialmente porque no sé para qué la he cogido. Especialmente porque ahora no encuentro fuerzas, o valor, para deshacerme de ella. Tendré que llevármela a casa. Y allí no sabré dónde dejarla. ¿En algún lugar a la vista? ¿O en el fondo de un cajón? No lo sé. Haga lo que haga con ella, la ponga donde la ponga, siempre terminaré por preguntarme lo mismo, ¿por qué no la he tirado? Y allí, en el lugar donde la deje, pasará el tiempo, tal vez el resto de su inerte existencia, acompañándome y haciéndome esa pregunta. ¿Por qué me recogiste del suelo? ¿Por qué no me dejaste allí? ¿Por qué me llevaste contigo? Ahora la sujeto con cuidado y con firmeza, y de vez en cuando la hago girar entre los dedos y la miro. Sigo de vuelta a casa un poco incómodo por llevarme algo que no quiero llevarme, por llevarme algo que un pájaro perdió y encontré en el suelo, entre la maleza, y que me agaché a recoger y que no me atrevo a tirar. Ahora es como si fuéramos inseparables. Si me cruzara con alguien que llevara un sombrero de paja se la podría regalar para que lo adornara con ella. Todo tendría un sentido, aunque fuera una estupidez. Pero ninguna de las personas con las que me he encontrado lleva sombrero. Además, no me atrevería a dársela y sugerir que la podría colocar allí. No le encuentro otra utilidad a la pluma que hago girar continuamente entre mis dedos. También pienso en, cuando llegue a casa, hacerle un corte transversal en su extremo e intentar escribir con ella. Pero se me antoja otra idea extravagante y con muy poco recorrido. Probablemente la colocaré en un portalápices, entre los lápices, como un guiño a la escritura del pasado. Pero no será más que un estorbo. Está empezando a anochecer y ya estoy cerca del pueblo. Ahora me pregunto dónde estará el pájaro que perdió la pluma. Es ridículo. No sé si pasarme antes por el bar a tomar algo o ir a casa directamente. Pero al acordarme de la pluma que tenía en la mano supe que no podía elegir, no podía ir al bar con esa pluma en la mano. Aunque también podía tirarla en cualquier sitio y tomarme tranquilamente unas cervezas. Pero no lo hice. No podía hacerlo. Y regresé a casa con una pluma en la mano.

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