Autocontrarretrato (23)

Tenía ideas, pero ya no sabía distinguir las buenas de las malas. Aún le sorprendían los datos que venían en su carné de identidad. Era como si fueran de otro. Sobrevivió a la tempestad, aunque algo despeinado. Se sentía como el letrista de un grupo instrumental. Era capaz de engañar sin mentir. Nunca rompió un plato, solo vasos y copas. Era muy calculador, pero hacía todos los cálculos mal. Tenía una mente preclara y muchas dificultades para llegar a fin de mes. Había perdido el interés por las cosas interesantes. Solo se podía abrir su corazón con un abrelatas. O a martillazos. Antes se ponía nervioso por motivos concretos. Tuvo la suerte de no tenerla nunca. Al final no le quedó más remedio que aparcar en doble fila.

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La luz de ese mediodía de junio iba rebotando en las paredes encaladas de las casas y de los huertos, de las terrazas y de los pilones, bajando entre ellas por las costanadas que comunicaban las diferentes alturas del caserío escalonado a lo largo de las laderas del cerro, tan blanco y polvoriento. Alguna rama de higuera, con hojas nuevas y verdes, asomaba por los tapiales, aunque abundaban más por aquellos desmontes las chumberas desordenadas, de las que empezaban a brotar nuevas palas y nuevos frutos, bajo ese sol que rodaba ladera abajo y volvía a trepar de nuevo recalentando las piedras del camino. Un borriquillo también trepaba cargado de tinajas de agua que rezumaban sin llegar a gotear. Era, en fin, una mañana como otras.

Traía esta vez un encargo absurdo, pero como conocía a su señor -y realmente le temía-, no puso ningún impedimento ni pidió más explicaciones. Se apresuró con diligencia, esa dorada mañana de junio, hacia aquel pueblecito tranquilo y olvidado a llevar la noticia. Le resultaba tan extraño el anuncio que tenía que transmitir, como insólita su destinataria. Ya podía -pensaba- haber venido él mismo en persona para tan delicado -e inverosímil- asunto, y no enviarle a él, que más allá de lo descabellado del encargo, estaba convencido de que, aunque fuera recibido, atendido y escuchado, resultaría inaceptable, entre increíble y ridículo, el mensaje, ya fuera entendido como petición o como orden, que le había encargado su señor que le transmitiera a aquella joven de la que no tenía noticias ni conocía.

Aunque todas las casas eran iguales, con pequeñas variaciones de tamaño y orientación, cuadradas y blancas, en las que ondeaba la ropa tendida en las azoteas, sabía en cuál tenía que entrar y a quién tenía que hacer llegar el encargo de su señor. El laberinto de calles de tierra apelmazada le llevó, sin posibilidad de error, pérdida o equivocación, hasta una puerta abierta, al igual que las otras, cubierta por una tosca tela para evitar la entrada de la luz directa del sol y de las moscas. La apartó y entró.

Tardó un tiempo en acostumbrarse a la acogedora penumbra que inundaba las estancias y las desgastadas losas del pasillo que terminaban en un zaguán al fondo que compartía espacio con un pequeño patio lleno de macetas. Sus pasos, allá dentro, no sonaban, parecía flotar por el pasillo, avanzar como si levitara sobre las losas, sin hacer ruido, y, sin embargo, la joven que, sentada en un escaño que daba al patio, cosía bajo una luz desmenuzada, no se sorprendió al verle, de repente allí, parado, sin previo aviso. Simplemente levantó la vista de la costura. Eran los dos entonces como actores de una escena, acaso la más importante, de un guión que conocían de antemano.

La luz que entraba por la angosta boca del patio interior parecía tranquilizar a las plantas, pero él solo se fijó en cómo iluminaba el cuello de la joven, de piel blanca y delicada, que había dejado la costura sobre el escaño y le miraba esperando algo. Él estaba convencido de que, en cuanto empezara a hablar, le pediría que, por favor, dejara de decir tonterías y saliera inmediatamente de su casa. “Debes alegrarte. No creo que haya nadie en el mundo que tenga la suerte que tú vas a tener. Sin conocerlo todavía, conoces a mi señor, que es ya, también, el tuyo”. Ella le seguía mirando con cierta asepsia; sin llegar a estar incómoda, mostraba cierta curiosidad. Un pájaro intentó entrar en el patio pero, al verles, reinició el vuelo en dirección contraria, otra vez hacia la claridad y las alturas.

“No debes tener miedo. Mi señor te ha favorecido”. Era como si intentara tranquilizarla, aunque ella estaba tranquila. Tenía que decírselo y sabía que, cuando lo hiciera, ella le pediría que se fuera, que qué sarta de estupideces estaba diciendo, y sería expulsado de mala manera de esa casa, hasta ahora, y siempre, tan tranquila. Y tendría que regresar a ver a su señor para comunicarle el final desastroso de su encargo. Y era muy probable que montara en cólera. Como si él tuviera la culpa de algo. Sin embargo, se estaba bien en ese patio.

“Dentro de nueve meses tendrás un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande porque será hijo del señor, su único y amado hijo, que heredará el trono de David y reinará sobre la casa de Jacob. Pero lo más importante de todo es que su reino no tendrá fin”. Lo dijo casi sin respirar, evitando las interrupciones, esperando los merecidos exabruptos. Ya estaba hecho el anuncio. Ya podía volverse a casa. Él no tenía culpa del rechazo. No se puede matar siempre al mensajero. Pero, justo es reconocerlo, no había quien se creyera tal tropel de insensateces. Esperaba su reacción, fuera cual fuera. Los ojos de la joven le seguían mirando, más grandes aún y más limpios. “¿Para decirme eso interrumpes mi costura? ¿Cómo voy a concebir y a dar a luz si no conozco varón?”. Puede que sonriera al decirlo.

Una vez que había entrado en el juego -y no había reaccionado con enfado o con violencia- supo que no sería difícil, si no convencerla del resto, por más soluciones descabelladas que le propusiera, al menos concluir el encargo. No entendía nada, pero había que seguir con el anuncio. Los guionistas, a menudo, no saben muy bien lo que escriben. Son los personajes quienes tienen, después, que padecerlo y apañárselas. “No debes preocuparte por eso. El poder del señor te cubrirá con su sombra. Por eso tu hijo será su hijo. El hijo del señor. Nada imposible hay para él”.

Le empezaba a dar vueltas la cabeza y estaba deseando salir de aquella penumbra que tenía a estas horas del mediodía una cualidad acuática, densa, atrapante. Ya había dicho lo que tenía que decir, más que un mensaje o una petición, una imposición, la comunicación -como una mera cortesía o simple trámite- de un hecho consumado.

Ahora la joven podía -debería- echarle de su casa con cajas destempladas. Hubiera sido lo normal. Y no esa aceptación final –“Yo soy la servidora del señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”, dijo mirándole a los ojos, esperando que se marchara al fin para volver a recuperar su costura y dejar así pasar la mañana hasta la hora de la comida-, y no esa sumisa asunción del cuento más inverosímil, acaso solo necesaria para el desarrollo posterior de las demás historias, pero que le acabó -a él, que solo era el mensajero- por estropear el día, que se lo pasó entre las más oscuras cavilaciones.

Se alejó por las callejas polvorientas hasta llegar a las barrancas de las afueras de Nazaret, entre cagajones de burro y chumberas, bajo el sol parado del mediodía, camino, otra vez, de la casa del señor, para comunicarle la aceptación del anuncio, lo que supondría, según le dijo el señor antes de salir, el inicio de una nueva era, una nueva era en la que, al menos él, no confiaba encontrar alivio a su desasosiego.

¿Sería ella capaz de conciliar esa noche el sueño?

El último (y II)

Han pasado los años y, como tantas otras veces, en tantas otras cosas, he fracasado en ese intento, aunque la poca gente que me conoce crea lo contrario. Ahora que me encuentro, después de ser recogido y salvado por azar, cuando ya estaba en las últimas, a expensas de una muerte segura, con la pierna rota, al abrigo de algo que se parece a un hogar, una cabaña de madera a las afueras del último pueblo de estas montañas, arrastrado por un trampero hasta aquí, puedo contarlo todo, todo lo ocurrido durante estos años sobreviviendo solo entre las peñas y los bosques, inventando cada día como si yo fuera el creador y no Dios, y mirándolo todo por primera vez, con la misma visión primigenia del primer hombre sobre la tierra. Si algo he aprendido en este tiempo es que lo que más importa es la mirada.

Tengo tiempo y había un cuaderno en la cabaña. Así que me puse a escribir. Escribo. Pero no tengo paciencia y la pericia es escasa. Así que ese intento de contarlo todo se quedará en nada. Es un desahogo que me alivia poco. Además, espero no tener tiempo de hacerlo. Espero recuperarme pronto y volver a mi vida de antes, sin tantas atenciones ni comodidades. Ya sé que, de la otra manera, no hubiera podido sobrevivir. Pero ese es el precio. Salí un día de casa hace más de veinte años y sigo aún ese impulso. No hay vuelta atrás. No puede haberla. He de volver a las montañas. Aunque todos hayan claudicado y se hayan ido. Tengo que irme en cuanto pueda. Mientras tanto, escribo estas frases en el cuaderno sin otra intención que la de matar el tiempo. La luz entra por el ventanuco de madera e ilumina el papel, sobre el que mi mano proyecta una sombra. Será eso lo que escribo. Sombras apenas. Cuando la pierna pueda volver a sostenerme, me marcharé y no escribiré más, no hará falta, estaré demasiado ocupado en sobrevivir, junto a los otros animales, con mis amigos los árboles y las piedras. No tendré tiempo, afortunadamente, de escribir. No es tarde. El cielo todavía me dice que hay un lugar para mí, creo que está en las montañas y que me espera siempre.

Todo, desde ese día en el que mis dos últimos compañeros se fueron, ha resultado inverosímil pero predecible, parsimonioso pero intenso. El frío y el hambre han estado varias veces a punto de matarme, pero siempre quedó un resquicio para el fuego posible, y el sol liviano del invierno terminó siempre por rasgar los velos de las tormentas. Me he alimentado de plantas y frutos silvestres, de animales que cazaba con dedicación obsesiva, he bajado a las casas de los leñadores o tramperos a robarles lo que podía y necesitaba, también he intercambiado cosas con ellos, pieles, cuernos, maderas para los arcos y las trampas. No había otra cuestión que resolver más que la de sobrevivir. Cada minuto cuenta y aquí no hay compasión para los débiles o desafortunados.

Escribo y no puedo más que repetirme. Mi vida, durante estos años, se resume en un único empeño: el de sobrevivir. Buscar alimento era la única y principal ocupación de la que se derivaban las otras, como la de procurarme algo de calor y cobijo en los inviernos, guarecerme de la lluvia o pasar largas horas contemplando un árbol, los pájaros, los animales, las plantas, unas piedras descolocadas o el lejano horizonte, azulado e hipnótico. Que fuera simple no quiere decir que fuera sencillo. Había que dejarse la vida a cada instante para seguir haciéndolo. A menudo había, incluso, que entregar hasta el último aliento. Tan solo el golpe certero sobre el animal, la muerte para dar la vida, recomponía el círculo de la supervivencia. No podía equivocarme nunca en las decisiones o errar el tiro. Para ello había que observar siempre, todo el día, cada minuto, incluso se podría decir que estando dormido, ajustando las pupilas a la oscuridad de la noche, para seguir aprendiendo siempre -prevenido y dispuesto- y sacar conclusiones y seguir observando, no para ganar o mejorar, sino para seguir sobreviviendo. No había más.

Era joven cuando salí de la ciudad y al cabo de unos primeros años de deambular por los caminos con los ojos abiertos sin ver nada, me encontré huyendo de algo, de los soldados o de los policías, cuando hacerlo en aquella época solo se podía pagar con la vida, y así llegué a lo más alto de las montañas, de pico en pico, de valle en valle, de bosque en bosque, cumpliendo de esa manera un presentimiento que nunca tuve. O acaso soñé y no recordaba.

Recuerdo aquellos días de no parar nunca, apenas para descabezar un sueño en cualquier sitio, de cualquier manera, como si persiguiera algo, en lugar de huir, algo que se hurtaba siempre, escondido a la vista u oculto en las sombras, pero siempre desvaneciéndose. La claridad del día me trastornaba y, sin embargo, me hacía revivir. Buscaba porque estaba perdido. Acaso algún día descubriría ese lugar que me esperaba en alguna oculta hondonada, en algún recodo de algún camino, en algún claro del bosque, y allí conseguiría intuir al menos el resto de un acorde de armonía, una brizna de paz, aunque fuera solo su eco. La montaña era como una gran herida que, sin embargo, respiraba en silencio, acompasadamente. Yo hurgaba en esa herida. O, acaso, formaba parte de ella. Aquí, en lo más alto, las cosas son realmente, son reales porque son solas. Están. La vida surge de esa herida. Y yo, al huir hasta aquí, al perseguir nada, siento que la rozo.

La mujer del trampero me cuida. Debo pertenecer a esta extraña hermandad de los habitantes de las montañas. Estoy agradecido, pero como en exceso, duermo en exceso y además escribo. No podré soportar mucho más esta vida extra y añadida. La pierna mejora, aunque es probable que no quede del todo bien. Antes de que llegue el invierno tengo que regresar allá arriba. Este año será más duro. Cada vez estoy más torpe, más inseguro. Pero no hay otra manera de seguir que no sea la de volver. Tengo que completar mi proyecto. Y así, por lo menos, hacer algo completo en esta vida. Perder, por fin, la cabeza. Fundirme. Confundirme con lo que tenga a mi alrededor, los árboles, la tierra, las piedras, las nubes, los pájaros, los otros animales. Perderme dentro de la herida. Seguir hasta que las fuerzas desaparezcan por completo. Adivinar el secreto. Dejar de ser. Cuando abandone esta cabaña, sé que lo haré para morir allá arriba.

El último (I)

Más que resucitado, me sentía expulsado del infierno. Y nadie me había preguntado si quería salir de él. La mañana era de una diafanidad obscena y todo, cada volumen, cada línea, mostraba una nitidez exacta, excesiva. Las nubes corrían mientras se deshacían sobre un azul que parecía el de la túnica de alguna virgen barroca. El viento soplaba con fuerza. Y era frío. Estaba, al fin, sólo bajo el sol después de tantos años para nada. Y hubiera preferido que el día arrojara sobre esas montañas malditas, en ese mismo momento, aguaceros, rayos y furibundos remolinos, arropados por una oscuridad de grafito, zarandeando sin misericordia la rala vegetación de esas alturas, silbando entre las rocas, derrumbado el cielo entero bajo su peso, y que me encontrara yo allí, como estuve entonces, inerme, erguido y derrotado. Pero no ese sol, no esa luz pura que me hería, obligado, de nuevo, a abrir los ojos en ese lugar sin sombras.

La noche anterior fue tan pavorosa que llegué a encontrarme a gusto durante esas horas. La muerte estaba entre nosotros y hasta me hice amigo de ella. Pero prefirió llevarse al resto de mis compañeros. Algo debí hacer mal. Nos asaltaron a traición, aunque no hubiera hecho falta que lo hicieran de manera tan artera y deleznable. Aun de frente y avisándonos, hubieran podido acabar con nosotros como lo hicieron. Éramos los últimos que quedábamos enarbolando la bandera de la resistencia, intentando perturbar, ya que no podíamos destruirla, la plácida confianza de los invasores, que habían convertido, desde hace años ya, nuestro territorio, nuestro país y nuestras ciudades en lugares sometidos, tristes y ocupados. Y anoche fuimos aniquilados finalmente, cuando ya nadie de los nuestros, hacía tiempo ya de ello, se acordaba de nuestra existencia. Nuestro valor, inconsciencia y contumacia fueron -y lo hicieron de un plumazo- desbaratados para siempre. Ya no queda nadie que se oponga. El resto de nuestros compatriotas vive satisfecho y resignado bajo su bota, a la que no tienen siquiera reparo en sacar brillo con la lengua.

No fue una heroicidad resistir, fue, como siempre, una pérdida de tiempo. El que tardaron en morir todos. Buenos compañeros, hermanos en la montaña, resistentes sin recompensa. Todo debe tener un final, aunque nos empeñamos en ignorarlo. Tantos años de errancia y subversión se fueron diluyendo. Cada vez éramos menos, pero éramos buenos. Hasta esa noche fatídica que creíamos, después de tantas escaramuzas y escapadas inverosímiles, que no iba a llegar nunca. Demasiado tiempo vivimos sobre el filo. Ni siquiera las montañas nos supieron proteger de la hecatombe final. Lo observaron todo, como siempre, ajenas. Fue como si la noche explotara con fuegos sordos y sucesivos. Luego llegaría el silencio.

Lo recuerdo todo aún, cada hilo de baba, cada esfuerzo inútil, cada gemido lastimero, pero de lo que no recuerdo nada es de la huida, esa escapatoria innecesaria que nos llevó, en mitad de la noche más oscura, de nuevo a lo más alto de la montaña, en una carrera frenética, tentando los desfiladeros y desafiando a la muerte, que, acaso, más abajo, continuaba entretenida con nuestros compañeros. Todos murieron. Y solo tres de nosotros logramos salvarnos. Aunque esa palabra -salvarse- no sea precisamente la más adecuada. Íbamos dos en un caballo y otro en otro. Escabullidos de la matanza por azar, tal vez para ser testigos de ese final que no necesitaba testigos. Sobreviviendo por pura inercia. Restos expelidos hacia arriba.

Lo que sí recuerdo es el olor que dejamos atrás, denso, extraño, las detonaciones prolongándose en un eco mortificante, el ruido de los tajos sobre los cuerpos y las distintas tonalidades de la sangre, los gritos. Pensábamos morir sin remedio, pero debió ser la misma muerte la que nos expulsó de aquel lugar arrasado y nos indicó el camino de los desfiladeros. Éramos almas que empujaba la muerte y que arrastraba el diablo. Exhaustos y frenéticos, galopábamos creyendo que nos perseguían. Aun cuando nos dimos cuenta de que no lo hacían, seguimos huyendo de nada, todavía con mayor vehemencia. Teníamos que llegar al sitio más lejano de todo aquello, a la cima pelada de la montaña, tan descarnada como nosotros mismos, aunque se hiciera de día y nos doliera.

Amanecimos vivos, pero con el alma seriamente dañada para el resto de nuestros días, fueran éstos los que fueran. Creo que algo dormimos tirados en el suelo de cualquier manera, entre los brezos, durante un amanecer frío y rosa, como fardos. Poco más éramos que eso. Restos inservibles, entumecidos y golpeados, de un naufragio, del naufragio del último barco.

Y allí quedamos los tres. Los dos caballos lamían las piedras en busca de alguna brizna vegetal pugnando por salir por los intersticios. El silencio parecía echarnos en cara nuestro mutismo. Sabíamos que todo -nuestra forma de vida estos últimos años, el sentido que tuvo de rebeldía e insumisión, la noble y desigual pelea- había terminado y, acaso, se habían terminado también las palabras. Nada que decir y no saber qué hacer.

Hasta que el más joven de nosotros rompió el silencio de las alturas para decir que se marchaba, que lo dejaba todo, que volvía a nuestra tierra, a la ciudad de la que salió, aunque ahora estuviera ocupada, a intentar empezar de nuevo, si eso fuera posible. Mirábamos el suelo, golpeábamos suavemente con la puntera de la bota las piedras, hasta, que al cabo, levantábamos la cabeza para mirar las amplias y azuladas extensiones de las llanuras hacia el sur, envueltas en una calígine que se iría desvaneciendo a medida que avanzara el día. Se iba a intentar vivir en un sitio del que huyó por falta de aire. Ahora tendría que acostumbrarse a su hedor. O no respirar. Era una derrota como otra cualquiera, ni mejor ni peor. Sus habitantes le recibirían con indiferencia. Y todo aparentaría ser como antes. Aunque no lo fuera. Le dije que se podía llevar un caballo. Dijo que nos echaría de menos y que procuraría, cuando estuviera en las llanuras, no mirar a las montañas, no quería acordarse de todos estos años. Nos abrazamos, subió al caballo y marchó sierra abajo, en un viaje que, como todos los viajes, no tendría vuelta atrás.

Yo, como no sabía qué hacer ni qué iba a ser de mi vida a partir de ese momento, adopté una resolución tajante, segura y decidida. No hay nada más sencillo en esta vida que tomar una decisión difícil. El día abrió por fin y el sol empezaba a calentar nuestras espaldas. Éramos dos, y como él, que durante los últimos tiempos se había convertido en algo así como nuestro jefe, no porque le nombráramos o él adoptara ese cargo, sino que fue así de manera natural, acaso por cuestión de antigüedad o mayor iniciativa, se mantenía callado y hermético, dije que me quedaba, que se podía llevar el caballo. Me miró con un asombro desganado, casi como si me tuviera envidia por haber tomado esa -cualquiera que fuera, pero una- decisión. Una de nuestras vidas había terminado y empezaba, en ese mismo instante, otra. O tal vez lo que quedaba de ella no fuera más que una lenta agonía o segura putrefacción, una deriva incontrolada, y cada vez más débil, hasta su conclusión.

Los dos sabíamos que quedarse a vivir en las montañas era una irresponsabilidad, algo descabellado. Y mucho más, hacerlo solo. Nadie, salvo las alimañas y las rapaces, tendría muchas posibilidades de sobrevivir en aquellos parajes, pero nunca en mi vida me había parado en pensar en las posibilidades, y no lo iba a hacer ahora, aunque no tuviera ninguna. “Te puedes llevar el caballo si decides irte”, fue lo que le dije, y tal vez fuera eso lo que le decidió, como un empujoncito nada más que le sacara del empantanamiento de sus dudas. Y, como hizo siempre, empezó a tomar decisiones.

Dijo que él no podría volver a nuestra tierra, pero tampoco podría quedarse. Que intentaría, como habían hecho otros, marchar al sur, atravesar nuestro territorio hasta llegar a la frontera del gran río, e intentar cruzarle, seguir más al sur, hasta llegar a las montañas meridionales, buscar otros lugares lo suficientemente alejados de todo esto. Y cuando decía “todo esto” parecía referirse más bien a su pasado, a su vida, a él mismo, y no a nuestras montañas. “Tal vez allí, pueda empezar de nuevo”, dijo.

Era cierto que muchos lo habían intentado y muchos habían perdido la vida en ese intento. Pero él tendría suerte. Cuando hubo montado en el caballo e inició la marcha, le deseé buena suerte. No me lo imaginé solo y pensé que antes de descender del todo, se desviaría hasta la aldea de las mujeres, como hacía de vez en cuando, buscando siempre a la misma. Tal vez no saldría de allí solo y emprendería con aquella mujer la aventura de atravesar las llanuras, cruzar el río y alcanzar las montañas azules del sur, donde, acaso, vivirían aproximadamente felices, en una pequeña granja o algo parecido, tal vez con hijos, lejos, como él pretendía, de “todo esto”. Ya solo se oían los cascos del caballo golpear, con obligado escrúpulo, las piedras del angosto camino.

La luz de la mañana me obligaba a cerrar los ojos. Todo era azul, aunque pronto viraría al amarillo. El viento y el silencio me acompañaban. Estaba, no sé si al final o por fin, solo. Mis últimos compañeros se habían marchado. No quedaba nadie ni nada más. Había tomado una decisión. Había decidido quedarme a vivir en las montañas. Sabría sobrevivir. Tenía un proyecto: volverme loco.

Ahora mismo hay aquí… (Desahogo repetido)

Ahora mismo hay aquí 1249 historias en una sola página que podrían ser 1249 páginas de una misma historia. Podrían ser, incluso, un engendro de libro, si tuvieran coherencia, continuidad, algo de sentido o un hilo común, y no esta disparidad propia de un innecesario batiburrillo, silva de varia lección, almacén desordenado de recuerdos, ideas y ocurrencias, lecturas más desengaños, bocetos e intentos, aproximaciones que no se aproximan a nada, paseos por el alambre y poses ridículas, alardes de nada, un desastre de cajón de un sastre desastroso, saco roto reiterativo y cada vez más previsible. Anémico más bien. Inoportuno. En fin, sobrante.

Esto agoniza. ¿De dónde sacar la motivación para seguir?

Y no es que sean pocos quienes leen estas cosas, sino que cada vez son menos, y, es curioso, cuando compruebo que no hay nadie, después, más tarde, hay menos, si eso pudiera estadísticamente ser posible, porque cuando lo poco es cada vez menos, acaba siendo nada, o sea, nadie. Incluso menos que nadie. ¿Hay alguien ahí? Bueno, el silencio también es una buena respuesta.

Aunque pudiera ser peor, podría llegar a tener -siempre que contara algo de interés o tuviera algo de suerte o cambiara algo de estrategia-, no sé, diez lectores por entrada, un objetivo que hasta ahora no he logrado alcanzar. Diez. Pero, conociéndome, alcanzar esa cifra mágica de los diez lectores -diez ya son muchos, casi suficientes- podría provocar una catástrofe. Entonces se me subirían los humos y creería que esta tartamuda cadencia pretenciosa de cosas mal deglutidas y luego a deshoras vomitadas vale algo. Y me empecinaría en seguir, ufano y satisfecho, como si fuera un autor de reconocido -al menos entre esos diez lectores- prestigio. Pero hace ya tiempo -años ha- que estas historias han  mostrado -y demostrado fehacientemente, con datos objetivos- su incapacidad para alcanzar esa cifra. Diez son muchos. No suficientes. Demasiados.

Así que, por fin liberado de ese lastre del éxito, del reconocimiento y de la respuesta, tendré que proseguir con estas abruptas e inconexas muestras de incapacidad, sin importarme ya gran cosa -qué remedio, a la fuerza ahorcan- lo que, a cada paso, me van indicando las visitas, las visualizaciones, los clicks, las estadísticas. Que lo que escribo vaya, finalmente, por otro lado.

Hojas

Daban vueltas al expositor de los libros con un golpecito, primero ella y luego él, alternada y acompasadamente, mirando las portadas sin especial interés en busca de algo que les pudiera propiciar unas horas de necesario entusiasmo lector o pérdida de consciencia de la realidad traqueteante y sucia que se les avecinaba. Lo hacían girar en un juego insulso y banal. También debían girar así los planetas. E imaginaron varios expositores girando sobre su eje y haciéndolo también alrededor de una gran biblioteca, que giraba a su vez etcétera.

Habían llegado con tiempo a la estación y no tenían mucho dinero. Les esperaba un viaje largo y necesariamente incómodo. Recorrer casi un continente entero les llevaría varios días. Los trenes, entonces, viajaban a una velocidad humana. Y como serían tantas las horas de observación de la realidad a través de una ventanilla, habían decidido comprar un libro que les hiciera viajar -a otra velocidad y a otro destino- dentro del viaje. Pero solo tenían dinero para un libro. Dos manzanas, unos sándwiches hiperaplastados y un libro. Ah, y la vida por delante.

Hicieron girar varias veces el expositor, como si fueran a aparecer nuevos libros con cada vuelta, y no siempre los mismos, hasta que ella lo detuvo. Le miró y se miraron. Luego, sin decirse nada, miraron a la vez al mismo libro. No había posibilidad de error en la elección. Era gordo y con una suficiente y premonitoria capacidad de engatusarles durante horas. Pedazo de novela que habría que leer acunados por el largo, obsesivo y continuado movimiento ferroviario que les esperaba.

Salió veloz al fin el tren como una tortuga obstinada, salteando los polígonos industriales hasta que, pasada una media hora, pudieron ver los tristes descampados de las afueras. Entonces cogió fuerza la tortuga y todo fue sobre ruedas. Ellos se acomodaron en un tieso compartimento, más que limpio, desinfectado, en el que las personas que compartían con ellos el cubículo parecían formar parte del atrezzo desde 1970 por lo menos.

Había empezado el viaje y no sabían lo que les esperaba al otro lado del mundo, tan lejos ya de casa, aproximadamente solos. Los paisajes que contemplaban con la avidez de los observantes primerizos no eran bonitos, parecían estar arrasados, lastimosamente abandonados, y, sin embargo, les fascinaban, provocaban en ellos un estado entre hipnótico y lisérgico, casi alucinatorio. La línea del cielo iba borrándose constantemente para volver a aparecer. Era ridículo quedarse embobado mirando por la ventanilla del tren cualquier cosa, pero ellos, afortunadamente, aún no habían dejado del todo de ser ridículos. El culo empezaba a doler y ensayaban diversas y levemente acrobáticas posturas. Ellos iban hasta el final del trayecto y los distintos pasajeros entraban y salían intercambiándose. Incluso había tramos en los que iban solos. A veces, parecían que entraban los mismos después de cientos de kilómetros. Pero en realidad, estuviera lleno o no, siempre estaban solos.

Ya mimetizados con tan plástico y manoseado compartimento -brillante del uso-, decidieron que sería durante esas largas horas su casa. Un hogar en miniatura con el cuarto de baño común en el pasillo exterior y en el que entraba gente desconocida y cansada. Pero su casa ya. El territorio se empeñaba en repetir llanuras cerealísticas y el embobamiento iba in crescendo. Él, como si rompiera a propósito el hechizo, echó mano al interior de la mochila y sacó el libro. Se miraron cómplices. Él se lo iba a ceder, pero no lo hizo. No tenían entre ellos necesidad de cortesías ni buenas educaciones. La vida era un juego cruel y no había que enfadarse por perder. Había bonitas nubes en el cielo.

Y comenzó la lectura. Cuando terminó la primera página -por las dos caras-, y antes de sumergirse en la lectura de la segunda, arrancó con cuidado esa primera página y se la dio a ella que, al cogerla, sonrió. Y así fueron leyendo el libro, acompasadamente, destruyéndolo. A veces había que esperar, pero se estableció una mecánica perfecta entre el arranque de las hojas y su cesión. Una vez que ella terminaba de leer la hoja, abría la ventanilla y la dejaba volar. Salía disparada hacia atrás, succionada por el viento, liberada por fin de la sujeción gomosa al tiránico lomo.

Pasaron las horas, el libro iba adelgazando sobre sus manos, expertas ya en desgajar las páginas, mientras que ella solo tenía que sostener una liviana hoja, justo la que estaba leyendo, y no las otras. Casi como si fuera un prospecto. El tren dejaba, de paso, un reguero de literatura en las cunetas y los desmontes. Y viajaban los dos en el mismo libro y a la vez, con una hoja de diferencia, pero en el mismo tiempo y en el mismo país imaginado, con los mismos personajes compartidos y las tramas y todo lo demás.

A veces, otros viajeros miraban con aprensión a esa pareja que se dedicaba, más que a leer, a destruir metódicamente un libro, arrancando las páginas y tirándolas luego por la ventanilla. Pero la lectura es eso, señores viajeros. Tenían, de todas maneras, esos viajeros asépticos, cara de leer poco, acaso incluso de forrar los escasos libros que tenían, mustios y bien colocados, en casa. Así no se deterioraban, solo amarilleaban. Pero a ellos les importaban bien poco esas miradas censoras. Estaban leyendo. Nada les podía molestar.

La luz del atardecer doraba las hojas -la única hoja- que ella sostenía. ¿Lo dejamos?, dijo él, cerrando lo que quedaba del libro, algo menos de la mitad, prácticamente ya descuadernado. Mañana de día lo terminamos. ¿Te está gustando? Sí, contestó ella, pero espera que acabe. Observarla leer era como mirar el mar en calma. Luego abrió un resquicio de la ventanilla y dejó irse a la última hoja del día. Volaría unos segundos como un pájaro alocado hasta posarse sobre cualquier talud.

Le gustaba también pensar en las otras que volaron frenéticas para posarse al fin en cualquier lugar a lo largo del camino. Las quemaría el sol y las desharía la lluvia. Alguna cabra las encontraría deliciosas. Tal vez algún pastor recogería una de ellas del suelo, sopesando tan extraño y liviano objeto, y, por aburrimiento más que por curiosidad, la leería, primero por una cara, después por otra, como había hecho ella mientras huía en el tren hacia cualquier otro sitio lejos, una hoja sola, encontrando esa parte arrancada de la historia interesante, tanto como para echar de menos las otras hojas, las que hubo antes y las que vendrían después, dios sabe dónde andarían, dios sabe quiénes las habrían leído.

Orden, simetría

Era meticuloso, ordenado y simétrico. Tan meticuloso, ordenado y simétrico que vivía al límite de la propia autoaniquilación, caminando descalzo sobre el filo de la navaja que él mismo se encargaba de afilar a diario. Solo ese obsesivo amor por el orden le salvaba de los sucesivos e imprevistos naufragios que a cada paso le acechaban. Solo cuando estaba cada cosa en su sitio, conseguía tranquilizar su alma torturada. Cualquier atisbo de desorden era presagio del más absoluto -e insoportable- caos. De ahí a la perdición no había más que un paso. Por eso se esforzaba, cada minuto, en procurar orden, limpieza y simetría. Era un esfuerzo titánico, tantálico, definitivamente sobrehumano.

Tenía especial aprecio por sus finos e impolutos guantes. Solo los utilizaba en muy determinadas ocasiones, pero siempre le gustaba tenerlos a mano. Un buen día, de manera imprevista, sus esfuerzos se vieron, finalmente, desbaratados. Todo, como las fichas de dominó dispuestas unas detrás de otras, separadas por la misma y justa distancia, cayó inevitable y sucesivamente. Eso sí, el derrumbe fue ordenado, exacto, definitivo. Ese buen día, cuando fue a coger los guantes, descubrió -con terror- que faltaba uno, que debía haber perdido uno de ellos. El otro. ¡Sólo tenía un guante ahora! Un cataclismo nuclear le hubiera afectado menos y causado un pánico menor.

No podía ser. Tenía que estar por algún lado. Tenía que encontrarlo. No sería capaz de soportar la presencia de un solo guante, insolente y desparejado. Como pasaron las horas y cada vez resultaba más improbable encontrarlo, no le quedó más remedio que tomar la decisión -por dolorosa y drástica que fuera- que rondaba por su cabeza sin acabar de reconocerla como única posible a aquella catástrofe. Y fue entonces cuando se cortó una mano.

El problema estaba solucionado. Si faltaba un guante, sobraba una mano. Todo volvía a estar en orden y guardaba la necesaria simetría. Aunque para ponérselo tendría que ayudarse con la boca, podía salir con su guante enfundado, ufano y tranquilizado, reparada la insoportable pérdida del guante. Estaba impaciente por recuperarse de las heridas para abrir el cajón donde guardaba los guantes, donde el guante solitario ya no le podía recriminar la pérdida del otro. Ahora podría hacerlo sin temor, con su única mano.

Refrescaba un poco y decidió, aunque no era más que coquetería, ponerse el guante antes de salir. Abrió el cajón y allí estaba. El guante. Tendría dificultades para ponérselo las primeras veces, pero con el tiempo todo sería más fácil. Todo volvía a estar en orden.

Pero al cogerlo para ponérselo, empezó a darle vueltas, nervioso y asustado. Al principio creyó que esa imposibilidad era consecuencia de su impericia. Volvió a darle la vuelta una y más veces, hasta que no tuvo más remedio que aceptar que el guante que tenía no correspondía con su mano, el pulgar quedaba al otro lado. Que solo tenía un guante para la mano izquierda -el otro lo había perdido- y que él era manco de esa mano. Su mano derecha sujetaba ahora, temblorosa, ese guante inservible como una flor sin vida.