Lo que percibimos

Las letras formando la frase en letras amarillas escrita sobre la pared pintada de marrón oscuro del local sin vender se duplican mientras que una sube para después bajar y la otra desciende para después subir. Así que, en un punto, resulta inevitable que se crucen, en un movimiento ondulatorio que volverá a repetirse. Hasta que acabe la pared. O, al menos, eso es lo que percibimos. Pero ya sabemos que somos algo más que lo percibimos. O, al menos, eso es lo que dice la frase en letras amarillas escrita sobre la pared pintada de marrón oscuro.

Paso por delante y no sé muy bien qué pensar al respecto. Porque ¿qué somos?, ¿qué percibimos?, ¿lo que realmente somos, más allá de lo que percibimos, nos hace percibir mejor, o, al menos, discernir mejor lo que percibimos?, ¿lo que percibimos indiscriminadamente, al final, nos confunde y nos hace ser peores, o, al menos, estar más confusos y desorientados?, ¿percibimos para poder ser o somos a pesar de lo que percibimos?

Realmente ni siquiera llegué a pensar en todo esto mientras leía la frase en letras amarillas escrita sobre la pared pintada de marrón oscuro del local sin vender. Simplemente me fijé en su color y en la forma de estar escritas -y ondulantemente duplicadas. Una pura percepción ajena a cualquier pensamiento o consideración acerca de lo que decía o pretendía decir.

Pensé –realmente– en que ese local lleva demasiado tiempo cerrado. En que, desde que construyeron el bloque de viviendas, está cerrado. En que nunca, después de tantos años, nadie se ha decidido a abrirlo. La tienda que hay al lado está en liquidación y va a cerrar. No debe ser buena calle, no deben ser buenos tiempos.

Somos lo que percibimos y algo más. Y ese algo más no debería nunca fijarse -ni entretenerse- en lo que percibimos. Y no hacemos otra cosa.

Anuncios

¿Te puedes fiar de lo que lees?

¿Te puedes fiar de lo que lees? ¿Puedes confiar en lo que está escrito simplemente por el hecho de que esté escrito? Y si no te fías, ¿para qué sirve leer? ¿No sería todo, entonces, un gran galimatías? ¿O es mejor creerlo, todo y siempre, a pies juntillas? Quien escribe ¿lo hace alguna vez con intención de engañar? ¿No será, más bien, esa su intención siempre? Si lo hace para comunicar algo, ¿no será que, en el fondo, el sentido de esa comunicación, aun a costa de mentir intencionadamente si es preciso, no tiene otro objetivo que el de sacar provecho u obtener ventaja? ¿Es el lector -siempre- alguien desvalido a merced, no ya de lo que lee, sino de la interpretación que tiene que dar obligatoriamente a lo que lee? ¿Nos tenemos, entonces, que pasar la vida leyendo entre líneas?

cartel gasolinera

El otro día vi este cartel en una de las puertas traseras de una gasolinera. “La recaudación del día ha sido retirada de la estación”. Al leerlo me puse en el caso de ser un atracador y no pude evitar plantearme diversas cuestiones. Aunque sé que los atracadores no tienen tiempo -cuando están actuando- de elucubrar, y mucho menos acerca de estas cuestiones.

La primera cuestión que se plantea es la de su veracidad. ¿Será cierto que ya se han llevado la recaudación del día? ¿O simplemente lo han puesto con el objetivo de engañar a los posibles cacos? Ponemos un cartelito, pensaron, y ya, por lo menos, se lo piensan. No entréis que no hay nada. Pero, ciertamente, ¿no hay nada? ¿Qué debe hacer entonces un buen atracador? ¿Creérselo e irse? ¿O entrar a comprobarlo? Santo Tomás lo tendría claro. Aunque bien pensado, ¿para qué correr ese riesgo si la recaudación del día ha sido retirada?

Otra cuestión que me asaltaría antes de entrar, mientras estuviera leyendo el cartelito, es la de averiguar, si eso fuera posible, a qué día exactamente se refería. La recaudación del día… No suena muy preciso. Y por cierto, ¿a qué hora vendrían a retirarla? Porque tal vez todavía no lo habían hecho. Entonces podrían dejar los atracadores, una vez retirada la recaudación del día, otro cartelito para avisar a los que vienen todos los días -si es que vienen- a retirar la recaudación, diciéndoles que: “La recaudación del día ha sido retirada realmente de la estación”

De todas formas, si te paras a pensarlo -un poco más- detenidamente, a altas horas de la madrugada, con poca o ninguna luz, en esa parte trasera de la gasolinera no se debe ver un pimiento. Y claro, para leer cartelitos estaría el atracador. Así que para adelante. Luego ya vería si habían -o no- retirado la recaudación del día. Sería entonces cuando averiguaría por fin si el cartel no era más que una figura literaria.

Lo que está claro es que yo no valdría para atracador. Me pierdo cuando leo.

La solución de todos nuestros problemas

soluciones

Ayer me dieron este papel en la calle. No sé qué aspecto me debieron ver -o qué debieron pensar- al dármelo. Éste seguro que lo necesita.

Pero, ¿cuáles de estos males me aquejan? ¿Problemas sentimentales? ¿Escasa -o nula- sentimentalidad que me convendría potenciar? ¿Limpiarme de malas vibraciones? ¿Curarme la progresiva impotencia? ¿O que me vayan, por fin, bien los negocios? ¿Qué cara debía llevar cuando, al verme, lo descubrieron todo y me dieron este papel para ayudarme, fuera el problema que tuviera?

Luego me di cuenta de que se lo estaban dando a todo el que pasaba por allí. Tal vez, entonces, todos tenemos esos problemas, o bien alguno de ellos o bien todos juntos, no sé. No iba a ser yo solo el privilegiado.

Me extrañó que, un poco más adelante, estuviera la papelera llena -y el suelo también- de estos papelitos que, con tan poca o ninguna fe, habían tirado. Yo he decidido guardármelo por si acaso.

Aunque finalmente no creo que recurra a sus servicios.

Da un poco de miedo. Dice que soluciona todos los problemas, que los resultados son inmediatos -apenas en tres días- y que la garantía de que así suceda es total, del 100%.

Porque si nos soluciona todos nuestros problemas, ¿qué va a ser de nosotros entonces?

Postales de contraverano

Por circunstancias, he regresado de nuevo a la gran ciudad, justo cuando salían la mayoría de sus habitantes hacia otros lugares más amables, lejos de todo esto. Cuando empiecen a regresar, será la señal de que debo irme de nuevo.

Recién llegado, este último fin de semana callejeé, como si fuera nuevo y no las conociera, por las calles del barrio. Hacía mucho calor y estaba todo muy sucio. Todo aquí es feo y hace años que cualquier atisbo de belleza, de calma y de armonía ha desaparecido por completo. Se ha instalado una especie de desolación asumida con la que convivimos cabizbajos. Todo está ajado. Ni mil lluvias podrían sacarle brillo a estas calles.

 

En un esquinazo, sobre una pared de ladrillo, encontré los restos de un cartel electoral. Pensé que era el calor el que me hacía comprobar perplejo que eran Marcelino Camacho y Nicolás Sartorius -debemos estar a finales de los años setenta- los que me sonreían confiados.

marcelino camacho y nicolás sartorius

¿Cómo ha podido conservarse este cartel durante más de treinta y cinco años? ¿Tal vez estuvo tapado por otros, como si fuera un palimpsesto, que han terminado por desprenderse, menos aquel que fue pegado primero? No parece probable ni lógico. Ha pasado demasiado tiempo.

Luego me entero de que ese esquinazo estuvo ocupado por un escaparate que colocó sobre esa pared la tienda de al lado. Una de esas tiendas de toda la vida.

Al cerrar, los nuevos dueños retiraron ese escaparate, que no era más que un armatoste sin utilidad, dejando, al cabo de los años, la pared diáfana. Apareció entonces, como un resto arqueológico, este cartel electoral, que por alguna razón -tal vez una razón muy parecida a la que me lleva a escribir de esto ahora-, han decidido dejar.

Pero pronto vendrán a poner otros carteles o la simple lluvia a llevarse, definitivamente por delante, este vestigio de otro tiempo.

Seguí en mi deambular por el barrio, por estas calles grises y recalentadas, pensando en el gesto confiado y sonriente de Marcelino Camacho, y en lo poco que iba a durar, ya sin la protección de ese escaparate inservible y anacrónico.

 

Un poco más adelante, ya en otra calle, vi que alguien había dejado recostado sobre una pared un viejo marco. Aunque nada tiene que ver con esta historia, hice esta foto -a la manera de una antipostal de verano-, que de llevar algún título, podría ser el de Autorretrato.

autorretrato

El día sin el mes

calendario

Con los calendarios me ocurre un poco como con los espejos, que procuro evitarlos y que me horroriza mirarlos de frente. Pero hay momentos en los que resulta inevitable hacerlo: ¿qué día es hoy?, tengo que afeitarme. Pero no acabo de acostumbrarme.

El otro día estuve mirando un calendario de tenemos detrás de una de las puertas. Al principio no noté nada raro. Pero algo no cuadraba. Enseguida me di cuenta de que lo habían vuelto a hacer.

En este calendario, cuando acaba el mes, hay que pasar la hoja doblándola hacia arriba para que, así, en la parte superior quede el nombre del nuevo mes y en la parte de abajo los días y las semanas correspondientes.

Es bastante simple y sencillo, pero se ve que en mi casa no les van las cosas simples y sencillas. Y alguien debió de arrancar la hoja del mes acabado. Los días y las semanas -con sus santos y fiestas incluidos- pertenecen al nuevo mes, mientras que en la parte superior permanece el nombre del mes anterior.

De esta manera, vivimos en una especie de limbo. Hoy es viernes, día ocho, pero del mes de junio. Cuando en realidad, el ocho de junio cayó en miércoles.

Estuve a punto, al ver que era el mes de junio, de arrancar la hoja de los días -que en realidad correspondían al mes de julio- creyendo que eran del mes pasado, y entonces hubieran aparecido los días del mes de agosto, saltándome ya no sé si un mes o dos. No sabía ya en que día vivía, ni si me tenía que afeitar o no.

Todo esto se hubiera evitado si los calendarios vinieran con instrucciones. Pero conociendo a los de casa, no las hubieran hecho ni caso. O no las hubieran entendido.

Lo que sí entienden -y creo que, además, es de cajón-  es que la mejor manera de pasar las hojas del calendario es arrancarlas y no darle vueltas.

Se alquila habitación

DSCF0610

SE ALQUILA HABITACIÓN
PARA PERSONA SOLA

Cuando alguien quiere vender o dar a conocer algo -que dispone, por ejemplo, de una habitación libre y que la quiere alquilar- debe publicitarlo, o bien haciendo correr la noticia entre los allegados y conocidos, o bien, mediante carteles o anuncios, haciéndolo público, al menos, en el barrio. Así está todo de cartelitos, la mayoría hechos a mano, o con la impresora.

Éste con el que me topé ayer, pegado con celo en una farola, cumple además otra condición muy recomendable según las reglas de la mercadotecnia: la de dirigirse al mayor número de personas posible, para así, de esta manera, tener, porcentualmente, más probabilidades de encontrar comprador o cliente.

Y cuando quien pegó el cartel especifica, como condición única para tener posibilidad de alquilar la habitación, que sólo se admite a personas solas, se está dirigiendo al mayor número de personas posibles.

Noticia bomba

¡Extra, extra! ¡Noticia bomba! ¡Alguien ha puesto los acentos! Ha sido algo tan extraordinario que ha salido en los periódicos.

tildes

El Ayuntamiento pone las tildes sobre las íes
…faltaban las tildes sobre la i de Día, la u de Múltiples y la de la a en Ángel.

Ya sé que vivimos tiempos inacentuados, que es una gilipollez poner acentos o utilizar las mayúsculas, que da igual respetar o no las más básicas normas de la ortografía, ahora no tenemos tiempo de andar con esas tonterías, se escribe rápido -vivimos tiempos de escritura pulgariana- y lo que importa es que se entienda.

Menos mal que las íes vienen con su punto.

Y aunque lo sé, no termino de acostumbrarme. Debo estar mayor. Creo que, aunque se entiende así -escribir tan pobre, ignorante y precipitadamente-, se entiende mejor cuando existe un vocabulario más amplio, un mínimo conocimiento de las capacidades y posibilidades del lenguaje y, también, un respeto por las normas ortográficas, con sus tildes incluidas. Se comunica mejor y no tiene uno la habitual sensación de caer en el desaliento cuando lee algo.

Me despido entonces como si escribiera con pluma y estuviera en el siglo XIX, de tan antiguo como me siento por haber escrito esto.

Todavía hay alguien que pone los acentos. Lo dice el periódico.