Bucarest 1910

Bucarest seguía siendo fiel a su viejo pasado de perdición; a cada paso, recordábamos que nos hallábamos a la puerta de Oriente. Y, aún así, el desenfreno me sorprendió menos que la insania que lo invadía todo; y debo confesar que no esperaba ver germinar demencias tan numerosas y variopintas ni encontrar tanto loco suelto por el mundo. Y como no me fue dado topar con alguien que, tarde o temprano, no acabara revelando alguna chaladura o soltando, inesperadamente, algún que otro disparate, al final acabé perdiendo la esperanza de conocer, en carne y hueso, a un ser humano que estuviera bien de la cabeza.

Mateiu I. Caragiale. Los depravados príncipes de la Vieja Corte. 1929

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La irrealidad inmediata

Envidiaba a la gente de mi alrededor, encerrados herméticamente en sus misterios y protegidos de la tiranía de los objetos. Ellos vivían prisioneros dentro de sus abrigos y gabardinas pero nada del exterior podía aterrorizarlos y vencerlos, nada penetraba dentro de sus maravillosas prisiones. Entre el mundo y yo no existía ninguna separación. Todo cuanto me rodeaba me invadía de la cabeza a los pies, como si mi piel hubiese sido la tela de un cedazo. La atención, muy poco concentrada, por otro lado, con la que miraba en derredor, no era un mero acto de voluntad. El mundo prolongaba en mí de forma natural todos sus tentáculos; me traspasaban los miles de brazos de la hidra. Tenía que constatar con desesperación que estaba viviendo en el mundo que veía. No había nada que hacer contra eso.

Max Blecher. Acontecimientos de la irrealidad inmediata. 1936

El pie de Eurídice

I

Primero fue pintor, luego poeta y excelente traductor de obras italianas y clásicas, también tratadista de prestigio y hombre de su tiempo que cultivó la amistad de Lope y Cervantes y mantuvo agrias y enconadas polémicas con Quevedo y Góngora. Precisamente, contra éste último publicó el Antídoto contra las Soledades y el Discurso poético contra el hablar culto y estilo obscuro, algo que se le sigue reprochando, porque su obra más famosa –Orfeo– ha sido tachada de culterana y gongorina. Pero ya sabemos que a la historia de la literatura -como a todas las historias- le encanta simplificar.

Juan de Jáuregui nació en Sevilla en 1583 y, acaso por su paso por Italia en los años de juventud y formación, siempre mantuvo en toda su obra una voluntad de clasicismo y cultura. Porque era tan culto como Góngora y podría compartir con él su ideario, aunque lo que le reprocha -le llega a exasperar- no es la estética, sino el exceso, no es el cultismo, sino su enrevesamiento innecesario y a menudo hueco.

Leyendo su Orfeo -que publicó en 1624 y que me ha parecido uno de los mejores poemas escritos en nuestros siglos de oro- he llegado a sentir la presencia moderada y suave -al menos, huellas- de Garcilaso entre los recónditos tuétanos de los extravíos de Góngora. Y el poema de Jáuregui, en su justo medio, de alabeada sintaxis, pero sin perder la elegancia y la medida. Un poema perfecto que se afana en explicitar el mito -extremo, como todos los mitos- sin perder la armonía de las formas y el equilibrio.

Es cierto que son recurrentes los cultismos y los continuos hipérbatos -están los poetas de esa época intentando calcar las estructuras de la lengua latina, trasplantarlas, casi tal cual, al castellano-, pero la lectura del Orfeo deja en el lector una impresión que nada tiene que ver con la ardua tarea de enfrentarse a las Soledades gongorinas. Si en el mejor -y más estratosférico- Góngora no tiene por qué haber -o le importa bien poco- relación directa entre el lenguaje y el tema -lo que importa es la pirotecnia verbal-, los magníficos endecasílabos de Juan de Jáuregui que va conformando las octavas reales del poema están al servicio del mito, la triste y extremada historia del joven tracio.

Cuando reunió sus poemas, en el prólogo de la edición de sus Rimas dejó explicita su idea de la poesía: “…toda obra poética, por pequeña que sea, se compone de tres partes: alma, cuerpo y adorno”

II

Orfeo vivía libre y feliz, cantando despreocupado y ajeno a las exigencias del amor, que rechazaba y despreciaba, a pesar de las numerosas ninfas que le acechaban, hechizadas por su belleza, por su música y también por su desdén. Pero todo cambió un día cuando vio a Eurídice. Su corazón quedó atravesado por el poderoso e inesquivable dardo del amor.

Pero no solo son fugaces los buenos tiempos en la vida de los hombres. Estando Eurídice en un prado fue observada con lascivia por Aristeo, hosco cazador, que no supo -o no pudo, o no quiso- moderar sus urgencias y de dispuso a asaltarla con violencia.

Bastardo incendio de garzón lascivo…

En sus huellas reincide el torpe amante
dado a insano deleite en precipicio…

Percibida la bella Eurídice de este intento de impúdico atropello, emprende desesperada la huida y, al hacerlo, pisa una serpiente que le muerde su blanco pie, le insufla su veneno y le provoca la muerte.

Orfeo, que con su música es capaz de calmar a las bestias más salvajes, hacer que se muevan los árboles de su sitio, ablandar -literalmente- las más duras rocas o detener el curso de los ríos, cuyas aguas se paran para escucharle, cae en la más negra desesperación.

Tristezas canta, que en el alma ofenden,
en metros tan acordes y suaves,
que el vuelo y la carrera le suspenden
condolidas las fieras y las aves;
buscan su voz y su terneza aprenden
los troncos yertos, los peñascos graves;
las corrientes al métrico lenguaje
se impelen con retrógrado viaje.

Tocó entonces canciones tan tristes, armonías tan desgarradoras, que todas las ninfas y todos los dioses lloraron desolados por tan injusta y desoladora catástrofe.

…suspiros pierde al viento derramados;
disuelve en llanto el corazón inquieto,
y maquinando inútiles engaños
reparos busca a irreparables daños.

Estos mismos dioses le animaron, ya que era capaz de mover -y conmover- con su música el mundo, a que intentara mover -y conmover- al inframundo y quienes lo rigen con definitiva severidad y rigor. Tal vez pudiera ablandarles con su canto, pedirles que le devolvieran a su amada y recuperarla de las sempiternas tinieblas del infierno.

En su descenso a los infiernos tuvo Orfeo que enfrentarse a los más horribles peligros, que fue sorteando gracias a su lira, e incluso hizo detenerse -por primera y única vez- los tormentos que allí, de manera incansable, se suceden. Nunca viose maravilla tal. Su música ablandó el corazón de piedra del propio Hades, que le concedió lo que le pedía: que Eurídice volviera al mundo de los vivos. Pero con la condición de que él caminase delante de ella y no mirase hacia atrás hasta que hubieran alcanzado el mundo superior y los rayos de sol bañasen -por completo- a la ninfa.

Orfeo cumplió la condición y empezó el camino de regreso sin volver la cabeza para comprobar que ella seguía sus pasos, a pesar de los horribles estruendos y pertinaces peligros que les acechaban y resonaban a sus espaldas. Hasta que llegaron finalmente a la superficie. Ansioso, desesperado, impaciente, triunfante y feliz, volvió entonces la cabeza para ver a su amada. Pero, ay, ella no estaba completamente bañada por el sol, aún tenía un pie -solo un pie, acaso el pie que mordió la serpiente- en las sombras del camino del inframundo. Y se desvaneció en el aire. Esta vez para siempre.

¡Oh vínculo de amor poco dichoso,
tu consistencia el cielo contradice,
siempre son tus inútiles contentos
prólogo impropio a trágicos a tormentos!

El polvo de las alas de la mariposa

I

Uno de los libros más hermosos y devastadores que he leído nunca no es un libro. Solo pasado el tiempo adquirió apariencia de libro, pero cuando fue escrito -a cuatro manos- no pretendía serlo. Son las cartas que se escribieron durante años Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald, tan hermosos como malditos, pareja que fue paradigma del éxito, la belleza y el glamur más absoluto, y que, irremediablemente, lo fueron también del descenso a los infiernos de la desesperación, el alcohol y la locura. Mientras tanto, él escribía unas novelas brillantes como pocas, dolorosas como ninguna otra.

Ahora mismo no tengo a mano el libro en cuestión –“Cartas de amor y guerra (1919-1940)”-, una edición de los años 90 que no sé dónde anda ahora y que no puedo consultar ni releer. Pero que me ha venido ahora de golpe a la memoria -su aire, su ingenuidad, sus descensos- al leer estos días de verano “La muerte de la mariposa”, de Pietro Citati.

En el libro, vuelven a aparecer Francis y Zelda casi como personajes de su propia vida, de su propia historia. Y acaso lo fueron de verdad durante aquellos años espléndidos y fugaces, y esa fue su gloria y, al tiempo, su condena.

Su amor -ella una joven sureña de belleza almendrada y viva y caprichosa inteligencia, de clase alta, hija de un juez y nieta de un senador; él, un joven de clase media, apuesto y escrupuloso, que acabaría siendo el mejor, y el más rico, de los escritores de su época- acabó envuelto -y enredado- en una vida desenfrenada y de éxito, tanto literario como social, en una adictiva destrucción -propia y mutua-, en un carrusel de frivolidades y excentricidades que les llevaría a lo más alto y a lo más desgarrador. Como si fueran personajes de las novelas que él escribía.

Pietro Citati narra con precisión en este librito el esplendor y la caída de una de las parejas más envidiadas y de más éxito del Hollywood de los años treinta. De América a Europa, de la Costa Azul a París, su vida esos años fue una montaña rusa de derroche, lujo, excentricidad, peleas definitivas y arrepentimientos absolutos.

Todo se vio agravado por la aparición de una devastadora enfermedad mental. A Zelda le diagnosticaron esquizofrenia. A partir de ahora su vida se convertiría en una sucesión de ingresos en las más prestigiosas y caras clínicas psiquiátricas. Fitzgerald acrecentó, a la vez, su vieja tendencia al alcohol. Se aceleró la destrucción, como si la vida intentará cobrarse lo que le debían. Fueron las más espléndidas mariposas en el más espléndido jardín, pero ahora, aunque seguían aleteando, habían perdido el polvo de sus alas.

En sus últimos años, Fitzgerald, ya perdido el brillante cetro de mejor y más brillante novelista de su generación, intentando huir de la bebida y empleado en un estudio de Hollywood escribiendo diálogos para películas que casi nunca llegaron a rodarse, murió en 1940 de un ataque al corazón, tan debilitado. Algunos años después, en el hospital psiquiátrico en el que estaba ingresada de nuevo Zelda, se inició un incendio en las cocinas que rápidamente subió hasta las habitaciones. Murieron nueve mujeres. Entre ellas estaba Zelda, calcinada en su habitación cerrada con llave. Pudieron reconocerla porque una de sus chinelas quedó carbonizada solo en parte.

Los cuerpos de Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald fueron enterrados juntos. En la lápida, alguien -probablemente su adorada hija Scottie- mandó grabar las últimas palabras de “El Gran Gatsby”: “Y así, seguimos remando, botes contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”.

II

Cuenta Pietro Citati en “La muerte de la mariposa” acerca de Fitzgerald y del oficio de escribir: “Fitzgerald era siempre culpable de las cosas que, sin tener él la culpa, se le escapaban, y de las luces que se desplazaban de un lugar a otro del mundo. “No se puede tener nada -decía Anthony Patch en Hermosos y malditos– nada en absoluto […]. Es como un rayo de sol que entra en una habitación y se desplaza por ella. De pronto se detiene y baña de oro algún objeto carente de interés, y nosotros, pobres idiotas, tratamos de apresarlo. Sin embargo, cuando lo hemos hecho, el rayo de sol se desplaza hacia otro lado, y tú te has quedado con el objeto insignificante, pero aquel resplandor que te hizo desearlo se ha desvanecido ya…” Nada hay más doloroso que ese rayo que se desplaza y las heridas que nos infligimos persiguiéndolo. Quien escribe poemas y cuentos busca las luces que se desplazan, los destellos, los reflejos, mientras escucha con una atención cada vez mayor algo que suena al fondo, la poderosa o imperceptible música trágica de las cosas perdidas”.

Cuenta también Pietro Citati en “La muerte de la mariposa” acerca de Fitzgerald y el éxito: “Una tarde en Nueva York […], se encontró dentro de un taxi entre edificios altísimos, mientras sobre su cabeza se extendía un cielo rosa y malva, y se puso a gritar porque tenía todo cuanto quería y sabía que nunca más sería feliz”.

Y también cuenta Pietro Citati en “La muerte de la mariposa” acerca de Fitzgerald y de Zelda y de la vida que vivieron: “Como les escribió a los Murphy casi tres años después, Fitzgerald tenía un consuelo: “¿Quién dijo que es asombroso que los dolores más profundos puedan transformarse, pasado el tiempo, en una especie de goce? Por supuesto, la copa de oro se ha roto, pero era de oro”.

Si hubieses visto

Si hubieses visto, como yo,
al aclarar, venir, desde la nada, los pájaros,
y edificarse, desde la nada, la luz,
recomenzando, trabajosamente, día tras día,
no como consecuencia, sino como condescendiendo a las leyes que observamos,
y recordaras, estremeciéndote, como yo, desde una cama
solitaria, la espuma del amor, bajando,
como una vestimenta nupcial, al encuentro
de su llanto, no quedaría, de esa pesadilla, ni la escoria,
aunque más no fuese por un momento. Porque hay más de una
realidad. Hay más de una realidad
o un nudo, centelleante, de realidad,
que cambia a cada momento y es, sin embargo, único.

Juan José Saer. Diálogo bajo un carro. El arte de narrar (1960-1975)

La educación sentimental

Frédéric
Volvía a su habitación; después, tendido en su diván, se entregaba a una meditación desordenada; planes de trabajo, proyectos de comportamiento, aspiraciones para el porvenir. Por fin, para liberarse de sí mismo, salía a la calle.

Madame Arnoux
A Madame Arnoux le faltaba el aliento. Se acercó a la ventana para respirar.
Al otro lado de la calle, en la acera, un embalador, en mangas de camisa, clavaba una caja. Pasaban coches. Ella cerró la ventana y fue a sentarse. Las altas casas vecinas ocultaban el sol, un ambiente frío llenaba la casa. Sus hijos habían salido, nada se movía alrededor de ella. Era como una inmensa deserción.

Final
Viajó.
Conoció la melancolía de los paquebotes, los fríos amaneceres bajo la tienda, el vértigo de los paisajes y de las ruinas, la amargura de las amistades truncadas.
Regresó.
Trató gente, y tuvo otros amores todavía. Pero el recuerdo continuo del primero se los hacía insípidos; y además, la vehemencia del deseo, la flor misma de la sensación, se había perdido. Sus ambiciones intelectuales también habían disminuido. Pasaron años; y seguía soportando la ociosidad de su inteligencia y la inercia de su corazón.

Gustave Flaubert. La educación sentimental. 1869

Novelas

-Bueno, ya es suficiente, ya es suficiente, Matrióna Siemiévnovna -le interrumpió Bambáiev-. Dejemos esos chismorreos y elevémonos a mayor altura. Sí, yo soy un hombre chapado a la antigua. ¿Ha leído usted Mademoiselle de la Quintinie? ¡Qué maravilla! ¡Y con sus mismos principios!

-No leo más novelas -contestó la señora Sujanchikóv de modo seco y cortante.

-¿Por qué?

-Porque ahora no es tiempo de eso. Ahora solo tengo una cosa en la cabeza: las máquinas de coser.

Iván Turgueniev. Humo. 1867