El instante más inmediato

Poco después me quedé sin dinero y me echaron del hotel que pagaba semanalmente. La calle. La libertad rigurosa, la vida completamente a la deriva, para mí la vida total. La exaltación al más alto nivel. El tiempo de la gran inocencia, del delirio dulcemente triunfal, haciendo pacientemente más amplia la herida, con una amorosa y demente bondad. El verdadero tiempo del poeta, su primera comunión. La miseria iniciática, hermana más que enemiga, y esa alegría invulnerable de no pertenecer a nadie, de estar limitado al instante más inmediato, pero de tener seguramente frente a sí la más bella ruta por recorrer, o en todo caso la más misteriosa, la más excitante. Y en esta miseria, la sensación patética de no tener más que diecisiete años, de ser un adolescente entregado a los suntuosos monstruos de la desgracia.

Pierre Minet. La derrota. 1947

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A medida que

En cada instante del trabajo de expresión, a medida que avanza la escritura, el lenguaje reacciona, propone sus propias soluciones, incita, suscita ideas, contribuye a la formación del poema.

Francis Ponge. My creative method.
Sidi-Madani, sábado 31 de enero de 1948

Mundo mudo

En esas condiciones se habrá entendido sin duda cuál es para mí la función de la poesía. Alimentar el espíritu del hombre conectándolo con el cosmos. Basta con rebajar nuestra pretensión de dominar la naturaleza y elevar nuestra pretensión de formar parte físicamente de ella, para que la reconciliación tenga lugar. Cuando el hombre esté orgulloso no sólo de ser el lugar donde se elaboran las ideas y los sentimientos, sino también el nudo donde se destruyen y se confunden, entonces estará listo para ser salvado. La esperanza está pues en una poesía mediante la cual el mundo invade el espíritu del hombre a tal punto que éste casi pierde el habla, y luego reinventa una jerga. Los poetas de ninguna manera tienen que ocuparse de sus relaciones humanas, antes bien deben hundirse en el último subsuelo. La sociedad además se encarga de ponerlos allí, donde el amor a las cosas los mantiene; son los embajadores del mundo mudo. Como tales, balbucean, murmuran, se hunden en la noche del logos -hasta que finalmente se encuentran en el nivel de las RAÍCES, donde se confunden las cosas y las formulaciones.

Francis Ponge. El mundo mudo es nuestra única patria. 1952

Gallos

 

lentisco

Sobre todo, no podemos permitirnos el lujo de no vivir en el presente. Bendito sea entre todos los mortales quien no pierda ni un instante de su vida fugaz en recordar el pasado. Nuestra filosofía llega tarde si no consigue oír a los gallos que cacarean en los corrales de nuestro horizonte inmediato. Porque ese sonido nos suele recordar que nos estamos oxidando en el uso que hacemos de nuestros trabajos y de nuestros hábitos de pensamiento.

Henry David Thoreau. Walking. 1851

Editor

Abrió el libro en cualquier parte y señalando por tanto una página cualquiera, dijo:

-Es mi opinión, y espero que no sea usted uno de esos mierdas individualistas que no toleran que le corten una coma, hay que cambiar algunas cosas. La literatura, mi querido Antonelli, es un acto corporativo. ¿De acuerdo?

No sé a qué se refería, pero igual dije que sí porque golpeó el escritorio con un puño y me apuntó con el cortapapeles:

-Esto, esto y esto lo podemos condensar; ¡dije CONDENSAR!, en una sola página, inclusive en una sola palabra.

No sé a qué se refería, pero igual dije que sí al término condensar, detalle que recuerdo ahora, porque en ese momento casi me salta el corazón por la boca, pues el degenerado mientras gritaba esto, esto y esto iba arrancando una hoja tras otra. Me levanté de la silla temblándome el ojo de tal loca manera que veía un montón de Requenas y creo que alcancé a decir: “Un momento…” No me dio tiempo para más porque volvió a saltar y poniéndome una rodilla en el pecho me gritó a la cara:

-¡Soy el editor! ¿No es así?

Tenía un aliento a sótano que mataba.
Con la misma rapidez se calmó y volviendo al escritorio dijo con los ojos entrecerrados y voz de falsete:

-No se preocupe usted por nada, señor Antonelli. Confíe en mí, se lo ruego. Un editor es algo más que un simple hijo de puta. Es un amigo, un padre… ¿De acuerdo, señor Antonelli?

Haroldo Conti. Bibliográfica. La balada del álamo carolina. 1975

Una de las cumbres, dicen

Hay lecturas insufribles, absurdas y fácilmente sustituibles que, sin embargo, sufrimos hasta su última página -exhalando al cabo de la misma un bufido de alivio-, obstinados, más que en el error de la elección, en su completa y torturante duración.

El azar -y cierta inquietud completista y caducamente erudita; pedante, se mire como se mire- me llevó a la lectura de las Rimas Inéditas de Fernando de Herrera, todo un clásico -así está considerado- de la poesía de nuestro, así llamado, Siglo de Oro. (En este punto de la entrada entiendo -y comparto- que la mayoría -por no decir todos- de los que se han aventurado -ya sea por equivocación, puro azar, aburrimiento o una asombrosa fidelidad- a entrar aquí, hayan subido el cursor hasta la pestaña de la página para cerrarla. Y a otra cosa. Hasta otro rato entonces. Adi…)

Fernando de Herrera nació en Sevilla en 1534 y es conocido especialmente por sus Anotaciones a la Poesía de Garcilaso (1580). Su poesía pretende continuar la herencia petrarquista -su cancionero poético es fundamentalmente de tema amoroso- y ha pasado también a la historia de la literatura como uno de los primeros eruditos centrado de manera casi exclusiva y onfaloscópica en su quehacer literario. Dice la crítica -adocenada y reiterativa, chapoteadora feliz en los mismos lugares comunes- que con Herrera la lírica del siglo XVI llega a una de sus cumbres. ¡Ja!

La lectura de sus sonetos, canciones y églogas han supuesto para mis encallecidas entendederas lectoras todo un suplicio. Centenares de versos carentes de cualquier vestigio o apunte de vida o sentimiento, reiterativos y encadenados a una retórica perfecta, aprendida y tan previsible como vacía. Como un músico virtuoso que dominara asombrosamente su instrumento pero sin capacidad para decir algo nuevo o que conmueva. Irritante a los pocos minutos de soportar su arte. Escribe poesía -petrarquista, neoplatónica, ponga los antecedentes o corrientes que usted quiera o encuentre- porque sabe escribir -es técnicamente irreprochable-, pero no porque tenga algo que decir. Su corazón es el de un orfebre minucioso y predecible en su artesanía, y no el de un poeta angustiado o feliz. Todo lo que nos admira y subyuga en Garcilaso, lo echamos tanto en falta en Herrera…

Sus poemas, poemazos y poemitas reiteran con el mismo mecanismo creativo la misma queja y desdicha por un amor imposible o no correspondido. Una precisa -e innecesaria- herramienta retórica llena de lugares comunes, escasos, siempre los mismos, repetidos hasta la arcada. Su amor -dice en ellos- es desgraciado, no correspondido e imposible. Pero ni es amor, ni busca que sea correspondido. No es más que una excusa -que literariamente necesita- para poder castigarnos con sus reiterativos y vacuos poemas. Gran balumba tronituante y autosatisfecha.

Dice la crítica -volviendo a pisar los mismos charcos que se forman en los mismos lugares comunes que se repiten de generación en generación- que a Fernando de Herrera se debe “la creación de una lengua poética de altura, cuidada en sus aspectos rítmicos y dotada de imaginería propia”, que “el registro amoroso de su poesía ofrece una delicada elaboración de temas petrarquistas”. Quien tenga interés -no creo que quede ya nadie- en corroborarlo, que se aventure en su lectura. Vamos, si es cierto lo que dicen los eruditos y expertos, que baje Dios y lo lea. Yo, inexplicablemente, he salido escaldado de las lecturas de sus Rimas Inéditas. Que deberían haber seguido estándolo.

Me he abstenido de seleccionar al azar, como debiera haber hecho, algunos ejemplos para mostrar tales monsergas petrarquistas -pobre Petrarca, las tropelías que se cometieron en tu nombre-, y lo que traigo aquí -más como costumbre o tradición que como venganza- son unos pasajes, apenas unos versos, que me he visto negro en seleccionar y que pueden tener algo de valor:

Entre espinas, huyendo este desierto,
pruebo buscar el paso no dañoso.
Resuena áspero el viento tempestoso,
el cielo en negra sombra está cubierto.
Ya corro, despeñándome, sin tiento;
ya doy en las espinas con mis ojos,
y término no hallo en mi camino.

O estos otros versos dirigidos a su -pobre, si llegó a intentar siquiera leer estos poemas- amada:

…vos sois mi mal, y junto sois mi gloria,
aunque ingratos y crudos en mi pena;
no tenéis ya memoria,
después de que me enlazaste la cadena
que no podrá romper desdén y olvido,
ni el dolor de mi tiempo mal perdido.

Extrema su amor con estas metáforas ardientes:

Abrásame las venas este fuego;
las junturas y entrañas abrasadas
siento, y nervios arder y correr luego
las llamas por los huesos dilatadas.

Y ya acabo:

Yo sé bien cuánto duele una esperanza
que huye, y un temor que crece en pena,
y cuán vano es el fin de mi deseo.

Si efectivamente es hacer algo

Y entonces yo me pregunto a mi vez qué es lo que hago realmente, o para decirlo de otra manera, por qué escribo, que es lo que se pregunta todo el mundo cuando se le cruza por delante uno de nosotros, y entonces uno pone cara de atormentado y dice que está en la Gran Cosa, la misión y toda esa lata, pero yo sé que a mi amigo Lirio Rocha no puedo decirle nada de eso porque él sí que está en la Gran Cosa, esto es, en la vida, y que yo hago lo que hago, si efectivamente es hacer algo, como una forma de contarme todas las vidas que no pude vivir…

Haroldo Conti. Los caminos. La balada del álamo carolina. 1975