La mirada femenina en aquellos siglos oscuros

Ahora llego un poco más allá, abusando de la paciencia del improbable -y desorientado- lector, y me abismo en uno de las épocas más desconocidas e ignoradas de nuestra literatura. Alejado del ruido de las novedades y de la repelente actualidad, y orillando incluso a los clásicos, me sumerjo en las aguas poco -o más bien, nada- transitadas de aquellos escasos escritos que sobreviven de la época en que los visigodos se enseñoreaban en nuestra península, erigiendo su nuevo -y convulso- reino sobre las ruinas tardorromanas.

Después de los feroces alanos, suevos y vándalos, la monarquía visigoda supuso -una vez sometida la herejía arriana- cierta estabilidad e incluso un tímido apaciguamiento durante tres o cuatro siglos oscuros, en los que un cielo, bien diáfano y radiante, bien plomizo y amenazante, cobijaba, a su pesar, a sus malhadados pobladores.

Contribuyeron casi en exclusiva a este renacimiento cultural y literario los obispos católicos, con su amor por la erudición y su interés por la cultura griega y latina. Arrinconada finalmente la lengua de los invasores, se mantiene el latín como lengua de cultura y conocimiento, más cercana a la de los pobladores hispanos. Historia, compendio de todos los saberes de la época, libros litúrgicos, vidas de santos e himnos religiosos, renuevan y sostienen -en lo que era, en aquellos siglos violentos y oscuros, posible- el brillo y el andamiaje de la vieja y cansada lengua latina.

Lo que ha caído en mis manos de entre todo esto son las Vitas sanctorum patrum Emeritensium, relato anónimo redactado probablemente entre el 633 y el 638, que reúne cinco opuscula que vienen a describir la vida en la ciudad de Mérida durante el siglo anterior, así como la biografía y los milagros de sus principales obispos durante esos años, Paulo, Fidel y Masona. Obra hagiográfica, su objetivo es el de fomentar los valores cristianos, donde los hechos históricos se exponen como consecuencia de la mediación de los santos -de la mártir santa Eulalia en este caso- y de la intervención divina. Los obispos de Mérida son héroes y santos –uiri sancti– que vencen a los heréticos y malvados arrianos y llevan al pueblo de Mérida a la verdadera fe.

Quien haya llegado hasta aquí, pensará: “¡Vaya!, ¡Qué apasionante!”. Pues más bien poco, la verdad. Pero mientras, sigo leyendo este texto escrito por algún clérigo culto y dispuesto que aprovecharía las mañanas de aquellos años lejanos del 633 para hacerlo, en los ratos libres que le dejaran los oficios y los laudes. Y no lo hacía mal.

Omitiendo el adorno de las palabras engalanadas y pasando por alto las parleras espumas de la elocuencia, ahora también narramos con sencillez y veracidad hechos que son ciertos en todos sus detalles. Pues si queremos envolver en oscuras palabras lo que se sabe que es más claro que la luz, no instruimos, sino que fatigamos los ánimos de quienes nos escuchan…

Traigo ahora aquí, como ejemplo, lo que le sucedió al abad Nancto:

Pero, según se cuenta, por todos los medios evitaba la mirada de las mujeres como el mordisco de una serpiente, no por despreciar el sexo, sino porque temía caer en pecado, por la visión de la imagen de la tentación; y así, cuando caminaba por cualquier lugar, ordenaba que un monje marchara por delante de él y otro detrás, a unos pasos, para que ninguna mujer lo viera bajo ninguna circunstancia.

Pero una noble y piadosa viuda -así al menos la describe el libro- arde en deseos en conocer a tan santo y venerable varón, y convence a uno de los diáconos del monasterio para que, sin que él lo sepa, le deje ver, aunque sea de lejos, aunque sea un momento, al tal abad Nancto, especial e irritantemente huidizo y reservado:

Y así se hizo. Tan pronto como, sin saberlo él, la mirada femenina le alcanzó, cayó al suelo con un gran gemido, como si una gran piedra le hubiera alcanzado con fuerza.

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Foto y cita

Puedo apiadarme de mí, sin la vanidad de la maceración, si el temor no es ya de avergonzarme ante los demás, sino de exceder la medida que sin avaricia me concedo. Si admito mi disposición pasional, en nada debo permitirme estímulos ideados o buscados. Ninguna disculpa cabe frente al instinto que nos previene y no respetamos.

Antonio di Benedetto. Zama. 1956

De vita beata

Vuelvo a perderme -leer es una buena manera de hacerlo- en este diálogo escrito en Roma en 1463, lo suficientemente lejos de estos tiempos, más que de zozobra, zozobrados, en el que el vaivén de los días nos lleva y nos trae, esperando a ser arrojados por fin -pecios sin más- a la fría arena de la playa más cercana al naufragio.

Y aquí me hallo ante esta obrita escrita por Juan Ramírez de Lucena, más conocido -aunque no mucho más- como Juan de Lucena, reputado humanista, nacido en Soria en torno al año 1430, y que llegó a ser embajador de los Reyes Católicos y protonotario apostólico, sea lo que sea lo que viniera a significar este cargo -que tan bien suena: protonotario apostólico-, libro -escrito a la manera de diálogo renacentista- que se encarga de esclarecer, con diversas y encontradas razones, la posibilidad o imposibilidad de la felicidad en la vida del hombre. Para terminar, tras largos y apasionados discursos, concluyendo que esta aspiración -la felicidad, ja, ja, ja, já- está vedada al hombre en su existencia mortal. La única felicidad posible está en la otra vida, y solo la alcanzan los bienaventurados que gozan de la gloria del Señor. Pues apañados vamos.

De familia judeoconversa, Juan de Lucena fue sacerdote y vivió en Roma al servicio del cardenal Enea Silvio Piccolomini, que poco después alcanzaría la silla de Pedro bajo el nombre de Pío II. Años después nuestro reputado humanista alcanzaría gran prestigio y diversos cargos en la corte de los Reyes Católicos.

Autor de una obra reducidísima- el diálogo De Vita Beata, la Epístola Exhortatoria a las letras, el Tratado de los gualardones y la Carta de Consolación a Gómez Manrique, además de una carta dirigida al rey Fernando en solicitud de ayuda contra la Inquisición- Juan de Lucena es un autor fundamental para la comprensión histórica de nuestro siglo XV -si a alguien todo esto le pudiera, no sé, interesar, que no creo.

En 1463 tradujo libremente al castellano el diálogo Dialogus de Felicitate Vitae, escrito en 1445 por Bartolomeo Facio, dándole el título de De Vita Beata. En esta obra, de aire ciceroniano, dialogan el propio Lucena y los ya fallecidos poetas Íñigo López de Mendoza y Juan de Mena, así como el obispo de Burgos Alfonso de Cartagena, sobre la felicidad. De lo efímero de la felicidad en la vida y de lo inconstante de las riquezas de reyes y privados. Y de cómo considera incompatible el placer y la virtud. Para conseguir la felicidad no queda más remedio que aspirar al sumo bien: Dios. Amén.

Aunque a pesar de su impronta estoica y en ocasiones medievalizante, el diálogo resulta inteligente, ameno -bueno, todo lo ameno que pueda ser una obrita de estas características del siglo XV-, y con una frescura de lenguaje que resulta de una modernidad sorprendente, que deja atisbar una agradable y desconcertante ambigüedad ideológica, como si estuviera acostumbrado, debido a su origen, a saber nadar entre dos aguas.

El descontento es, seas quien seas, hagas lo que hagas, tengas lo que tengas, permanente:

…ninguno en esta vida puede alcanzar felicidad, o por ejercicio del cuerpo siga la vida activa o la contemplativa con afán del espíritu o en cual te quisieres que viva, jamás permanesce contento. Es así por ventura asentado en los mortales un tan insaciable apetito que cuanto más abundan y tienen, tanto más les fallesce, ningún modo de vivir les agrada, y por esto vemos que no es a quien no fastidie la vida que poco antes eligió por mejor, y quien no piense haber errado en haberla comenzado, aprobando más el estado ajeno que el suyo…

Tal vez no desear nada y anular toda ansiedad del ánimo sea el mejor camino hacia la verdadera felicidad:

…esta sola felice vida se dirá, honesto mantenimiento de vevir, al que es contento, que ni cura la sobra, ni siente la mengua, quien allende desto nada no desea, caresce de ansiedad del ánimo y de molestia del cuerpo. Quien esto todo no ha, ni bienaventurado se puede llamar ni felice.

Bienes, honores y riquezas, de nada valen:

…a mí parescen los bienes humanos de toda felicidad separados…

…las riquezas, si bien miras en ello, no hartan ni contentan los hombres, antes les retraen nueva sed y mayor hambre. Tienen tan flamíneos apetitos, que por más echarles, más los encienden, y el fin de adquirir jamás se alcanza.

Así que es…

…nuestra humana vida, como cosa llena de ansiedad, de felicidad vacía…

La felicidad -acabáramos- no es posible:

…que ninguno en esta vida vive beato, desde Cádiz fasta el Ganges toda la tierra expiamos, a ningún mortal contenta su suerte.

Ya termino con esta frase refrán o dicho, con el que recrimina nuestros afanes, nuestras aspiraciones, lo que perseguimos angustiados con la lengua fuera:

…quien tras otro cabalga, no aguija cuando quiere…

 

Acerca de la demasiado conocida -y padecida- miseria del hombre

En estos tiempos de zozobra, volver a escaparse a aquellos siglos que quizás erróneamente calificamos de oscuros -como si los nuestros fueran especialmente luminosos-, aunque sea a lomos de un libro tan pedestre como éste, supone un alivio, un bálsamo, una huida necesaria. Volver, de vez en cuando, a la literatura medieval, a estos libros olvidados y llenos de polvo, constituye uno -otro- de mis vicios privados. Los textos, a menudo, son arduos, pero, una vez inmerso en ellos, resultan gratificantes. Y altamente absorbentes y aislantes del entorno. Algo que se agradece especialmente en estos tiempos de absurda, innecesaria -pero real- zozobra.

Si disfruté en entradas anteriores de espléndidos poemas escritos en cuaderna vía, con versos como hileras de vides, monótonos y eficaces, ahora me he encontrado con este libro escrito con menos arte -estamos en los años finales del mester de clerecía, en su inevitable y final descomposición-, y aquí los versos son más bien como zanjas, zanjas irregulares y mal cavadas.

El Libro de Miseria de Omne debió escribirse muy a finales del siglo XIII o en los primeros años del siglo XIV. Desconocemos quién pudiera ser su autor, aunque con casi toda seguridad fuera un clérigo empeñado en facilitar la predicación -y los sermones- a sus colegas, especialmente a los que tuvieran dificultades con el latín.

Porque el libro no es más que la traducción de la obra De miseria conditionis humanae, escrita en 1195 por el cardenal Lotario di Segni, que llegaría más tarde a la silla pontificia como Inocencio III. Tal vez sea la obra más destacada de lo que en aquellos años se constituyó casi como un género, el contemptu mundi, en el que se exponen los males, pecados y vilezas que adornan la condición humana. Males físicos y morales y después la muerte. Luego el Juicio Final y los males eternos del infierno. Como para animarse, vamos. Breve es la alegría y largo el dolor, las miserias de todo tipo acompañan siempre al hombre, su camino sobre la tierra no es más que una sucesión de desgracias, y así etcétera, etcétera.

Nuestro clérigo traduce con bastante fidelidad, aunque a menudo amplia o abrevia episodios, intentando hacer el texto latino más cercano y comprensible a los oyentes -feligreses más bien. Y versifica. Bueno, hace lo que puede, por que su estilo es bastante rudo y tosco. Utiliza el verso para dar más fuerza -y verdad- a las ideas expuestas. Lo que rima, no solo se escucha con más agrado y se recuerda mejor, sino que lo expresado rítmicamente parece transformarse en una verdad indiscutible. Alabín, alabán, mi equipo (o mi país) / y nadie más.

Como el autor no es más que un predicador que se dirige a un público tan variopinto como iletrado, añade al texto detalles populares y cierto tono entre burlesco y macabro, criticando los vicios, execrando los pecados, el amor desmedido por el dinero y denunciando, incluso, el abuso de los señores contra los campesinos. Pero sobre todo atiza al hombre, sea cual sea su condición, haciéndole ver lo mísero de su persona, hasta degradarle hasta los mayores extremos, para conducirlo a su objetivo, que no es otro que su arrepentimiento y la penitencia. Otra cosa es que, pasado el susto del sermón, y una vez fuera de la iglesia, volviera la cabra al monte, esto es, el hombre a sus costumbres, muchas de ellas, como ya sabemos, muy poco edificantes. Pero en fin…

Pero los clérigos -y llevan ya siglos- siguen a lo suyo.

No debe extrañar la misoginia desplegada durante estos siglos oscuros. De esta manera, ya el hombre nace como nace:

Si metiéredes el vino en el vaso corrompido,
la corrupción del vaso tornará el vino podrido;
así es el mesquino omne que de mujer es nasçido;
nasce suzio, con pecado, ¡de tal vaso es salido!

Luego, ya mayorcito, no es más que esto:

Fruto faz de lombrices, de liendres e de piojos;
por el fondón echa estiércol e lagaña por los ojos;
por orejas, cera mala; por las narices, mocos;
por la boca, los gargajos e muy pudientes reglotos.

(regloto: eructo)

Su vida es una sucesión de afanes y locuras sin cuento y para nada:

Tajan, duelan, urden, tejen, fazen muchas maestrías;
plantan viñas, fazen casas, uertas, fornos, pesquerías;
fazen furtos e engaños, que son malas merchaderías,
e, por amor de los dineros, otras muchas folías.

El que no tiene dinero ni riquezas, mal lo tiene:

Aún vos quiero dezir del pobre e del menguado;
por la su mala ventura, de todos es olvidado
e de todos confundido e de todos despreciado;
lo que es mayor quebranto: de los suyos desechado.

Y luego la vida es tan injusta que todo va al revés, manga por hombro (y no solo entonces; aún seguimos):

Oy el que non ave culpa es rastrado e traído;
el falso ladrón e malo de la cárcel es salido,
e que es piadoso es destruto e perdido;
el soberbio e lozano, onrado e bienvenido.

En fin, que la vida del hombre vale lo que la hoja de un árbol:

…atal es como la foja que del viento es arrebatada,
que la sube en las nubes: d’ella non sabemos nada.

La penitencia de escribir

Armand Jean Le Bouthillier de Rancé

Ya en el último tramo de su ajetreada vida, el intrigante, egocéntrico, vanidoso, mujeriego y famoso escritor François-René de Chateaubriand (Saint-Malo, 1768 – París, 1848), -del que ya hablamos aquí– se hallaba embarcado en la finalización de sus monumentales Memorias de Ultratumba, que solo podrían ser publicadas después de su muerte para no contradecir al título. Pero ya no quedaba mucho. Su vida -y su tiempo- se escapaba. Su escritura no dejó durante tantos años de dar personal testimonio de ellos. No hay pesar ni remordimientos, solo cierto aire de nostalgia que intenta sostener recreando aquel mundo perdido.

Es en estos años finales cuando su confesor le impone como penitencia, ya que es escritor, que escriba. Pero no cualquier cosa. Que escriba la vida del reformador de la Trapa, Armand Jean Le Bouthillier de Rancé, que después de vivir la primera mitad de su vida entre el lujo de la corte, las partidas de caza, las intrigas de las altas esferas del clero y la admiración de jóvenes y hermosas duquesas y princesas, rechaza todo, se niega a sí mismo, desbarata su fortuna y se consagra a Dios en medio de la más absoluta soledad y las más extremas austeridades y sacrificios. El confesor le impone al viejo Chautebriand como penitencia a sus múltiples pecados, no que rece, sino que escriba, sabiendo el abate que, de alguna manera, toda escritura tiene algo de oración y mucho de expiación.

Se trata, por tanto, esta Vida de Rancé (1844), de un libro con fines piadosos y penitenciales. Pero como la cabra tira al monte, esta biografía del reformador de la Trapa no es en ningún momento ni un libro piadoso, ni una biografía, ni un estudio histórico con el más mínimo rigor. Chautebriand obedece al confesor, pero hace lo que le viene en gana, esto es, lo que puede y sabe, escribir. Y Rancé, su vida, no es más que una excusa para recordar, para añorar un tiempo ido. En esta obrita desigual e imperfecta, lo esencial son los incisos. En ellos vuelve Chateubriand a disfrutar de su escritura, libre y desordenada, que se escapa -al monte de la cabra- a la orden de su confesor y a la exigencia del libro. No es más que un extraño artefacto bastante pintoresco y demasiado profano. No gustó a nadie.

Se le nota en exceso -más bien, Chautebriand no tiene ningún interés siquiera en ocultarlo- que el tema principal del libro, esto es, la edificante vida de Rancé, le interesa poco. Cuando no le queda más remedio que hablar de él -tratándose de su biografía, a veces le resulta inevitable- reproduce extensas citas de biógrafos anteriores o fragmentos extensos de la obra o cartas del propio Rancé o de personajes con él relacionados. Solo cuando escapa de él, disfruta escribiendo, aunque poco tenga que ver -o tal vez por eso- con la vida del reformador de la Trapa. Interesa cuando cuenta algo que no viene a cuento. Mejor que Vida de Rancé, debía haberse llamado Cosas que nada, o muy poco, tienen que ver con la Vida de Rancé.

No sé qué pasa cuando, a pesar de que aparentemente has hecho lo que te han ordenado, no cumples como deberías con la penitencia impuesta. Después de leído el libro, no sé si le llegó a absolver el confesor.

Da un poco igual. Como reconoce en la Advertencia preliminar de la obra:

Nadie me leerá, excepto tal vez alguna sobrina segunda acostumbrada ya a las historias de su viejo tío.

No es más que un revoltijo de anécdotas, un pastiche que pretende rememorar un tiempo ido, un entretenimiento final fruto de la libertad absoluta -en medio de las inevitables limitaciones- que da la vejez. Aprovecha la penitencia de escribir para entregarse a una asociación libre de anécdotas, hechos y recuerdos que deambulan entre las ruinas de su memoria, a menudo, tan deliciosamente, sin coherencia alguna.

La señorita de Montpensier cuenta que en una ocasión necesitaron tres días para vestirla de gran gala; su vestido estaba cuajado de diamantes, con borlas de color rojo, blanco y negro; la reina de Inglaterra le había prestado una parte de sus diamantes…

Mademoiselle, la misma duquesa de Montpensier, hija de Gastón de Orleans, hermano de Luis XIII, salía a pasear en su carroza. Eran los tiempos de La Fronda, de revueltas y agitaciones.

Mademoiselle (…) cruzaba el Petit-Pont en París; su carroza se enganchó con la carreta que entraba todas las noches cargada de muertos; se limitó a cambiar de portezuela, por temor a que algunos pies o manos le dieran en la nariz.

La vida y costumbres de los cardenales y altos personajes de la Curia -como el propio Armand Jean Le Bouthillier de Rancé en la primera mitad de su vida- en nada difería de la de los nobles y reyes.

…pero hay que ser Richelieu para no desmerecer bailando una zarabanda, con castañuelas en los dedos y con un pantalón de terciopelo verde.

Pero Chautebriand, al filo de sus días, y concluidas sus Memorias de Ultratumba, ve disolverse, como el polvo a través de la última luz de la tarde, aquellos años.

Sociedades desaparecidas desde hace ya mucho tiempo, ¡cuántas otras os han sucedido! Las danzas se trenzan sobre el polvo de los muertos y las tumbas crecen bajo las huellas de la alegría. Reímos y cantamos en los lugares regados con sangre de nuestros amigos. ¿Dónde están hoy los males de ayer? ¿Dónde estarán mañana las dichas de hoy? ¿Qué importancia podemos conceder a las cosas de este mundo? ¿La amistad? Desaparece cuando el ser querido cae en desgracia o cuando el que ama llega a ser poderoso. ¿El amor? Es engañado, frágil o culpable. ¿La fama? La compartimos con la mediocridad o el crimen. ¿La fortuna? ¿Podríamos juzgar como un bien esa frivolidad? Quedan esos días llamados felices que transcurren ignorados en la oscuridad de los quehaceres domésticos, y que no dejan al hombre ni el deseo de perder ni el de recomenzar la vida.

¿Qué queda entonces?

Hay un grato silencio en torno a todos estos asuntos, hoy tan completamente ignorados: nos transportan al pasado. Aunque hurgarais en estos recuerdos que se deshacen en polvo, ¿qué sacarías de ello sino una nueva prueba de la nada del hombre? Son ilusiones ya muertas que unos fantasmas reviven en los cementerios antes de las primeras luces del alba.

Ese mundo de miriñaques, pelucas y rostros empolvados había desparecido.

La princesa de Lamballe, cuando niña, iba a jugar allí; fue asesinada después de la devastación del monasterio. Su vida se desvaneció como ese gorrión de una barca del Ródano que, herido de muerte, hizo zozobrar con su aleteo el bote sobrecargado.

Ya en la segunda parte de la obra, se acuerda de Rancé, y aunque cambian los protagonistas y el tema de la narración, el tono es el mismo.

Por todos los caminos de la Trapa se encontraban fugitivos del mundo; Rancé, desafiando todos los peligros, los iba a recoger; volvía trayendo en los pliegues de su hábito, cenizas ardientes que sembraba sobre las tierras baldías para abonar los desiertos con pedazos de pasiones.

Porque…

…no nos libramos cuando queremos de los sueños; nos debatimos dolorosamente contra un caos en el que el cielo y el infierno, el odio y el amor, la indiferencia y la pasión se mezclan en una confusión espantosa. Entonces, viejo viajero, sentado al borde del camino, Rancé hubiese contado las estrellas sin confiar en ninguna, esperando la aurora, que no le hubiese traído más que el hastío del corazón y la desgracia de los años.

Chautebriand ni siquiera reconoce su tierra natal. Aunque hay algo que permanece.

Todo ha cambiado en Bretaña, salvo las olas que cambian siempre.

Batalla campal de los perros contra los lobos

Alfonso -o Alonso- Fernández de Palencia, más conocido, bueno, es un decir, como Alfonso -o Alonso- de Palencia, fue un destacado hombre de letras -historiador, lexicógrafo, cronista real y secretario de cartas latinas de obispos, cardenales y reyes- que nació en 1423, probablemente en Burgo de Osma.

Se educó en el palacio del obispo de Burgos y partió después a Florencia y más tarde a Roma, siempre al servicio de cardenales, donde estudió humanidades con Juan de Trebisonda. De regreso a España ocupa el lugar de Juan de Mena -del que ya les hablé aquí hace ya algún tiempo- como cronista real y secretario de cartas latinas de Enrique IV. Intervino después en las arriesgadas maniobras que concluyeron con la boda de Isabel y Fernando y terminó siendo cronista oficial de la reina Isabel tras su subida al trono en 1475. Años después, en 1492, muere en Sevilla.

La principal obra de Alfonso -o Alonso- de Palencia es la monumental Gesta Hispaniensia ex annalibus suorum diebus colligentis, llamada habitualmente, más bien para abreviar, Décadas, por estar dividida en estos periodos, a la manera de Tito Livio. Cubre los principales hechos acaecidos desde finales del reinado de Juan II hasta los tiempos de los Reyes Católicos. No se molesten en buscarla -si tuvieran la estrafalaria e improbabilísima ocurrencia de intentar leerla- ya que, al menos las tres primeras décadas no se han publicado nunca. Habría que acudir a los escasos manuscritos existentes. Y no es tampoco plan.

También escribió los Anales de la Guerra de Granada y un Tratado de la perfección del triunfo militar. Y ya como lexicógrafo, un Opus Synonymorum –o De sinonymis elegantibus–, en el que se ocupa del estudio de los sinónimos y el Uniuersale Compendium Vocabulorum, el primer diccionario bilingüe latín-castellano, aunque pronto quedaría relegado por el de Nebrija.

También su labor como traductor fue muy importante. Tradujo las Vidas paralelas de Plutarco y Los siete libros de las guerras judaicas de Flavio Josefo.

Pero a lo que vamos -si vamos realmente a algún sitio. De manera accidental, acabó en mis manos un opúsculo latino suyo publicado en 1457, que él mismo se encargo de traducir al más vulgar romance, idioma en el que, por supuesto, he podido leerlo. Se trata de la Batalla campal entre los perros y los lobos, una alegoría escrita con una doble intención, política y personal. Por eso, además, traduce el mismo la obra, para que sea leída en la corte -muy pocos entendían el latín- y esas personas influyentes le puedan ayudar en su objetivo de conseguir el cargo de cronista real que tanto ansía.

Entre la fábula y el exemplum -un poco a la manera de la épica paródica representada por la seminal Batracomiomaquia, o  Batalla de las ranas y ratones-, nos cuela Alfonso -o Alonso- de Palencia una alegoría política, en la que la contienda entre perros y lobos le sirve para describir, y criticar, el tumultuoso momento político que vivían por entonces. Esta fenomenal batalla entre perros y lobos no termina de manera clara ni definitiva. Con esta batalla universal nadie, al final, gana.

Nos habla Palencia, antes de entrar en materia, de los traductores -que nunca, los pobres, salen muy bien parados…

…que luego se atreven a traspasar de lengua limada latina a nuestro corto vulgar muchas escripturas, que no pueden ser trasladadas por alguno, aunque mucho enseñado sea, sin perder la gracia y todo el son y el fruto de la composición y la mayor parte del verdadero significado, en tal manera que lo agudo se torna grosero, y lo muy vivo se amortece del todo, y lo que primero tenía calor y fuerzas, así se resfría y enflaquece, que allende de la injuria fecha a los altos componedores, valdría más nunca leerle…

La loba Amártula, compañera del valiente lobo Harpaleo, al comprobar que no ha regresado de la incursión contra el rebaño custodiado por los fieros mastines, se teme lo peor. Porque…

…los ojos del corazón son más agudos, los cuales ven lo que los mortales ojos acatar en manera alguna no pueden, y sabe el ánimo lo que en los lugares muy alejados contesce. Por cierto, nunca a cosas que bien quisiese vino alguna desdicha que primero no me trajese la mensajería la perturbación intrañable de mi corazón, la cual, aunque luego, cuando turba el espíritu, no señala qué es lo que ha contescido, pero con todo dice, y no yerra, que hay alguna gran causa de afligimiento y dolor.

Pero la guerra es inevitable. Como dice el caudillo de los perros, poniendo de manifiesto la eterna contienda…

…mientras se fallaren montes y campos, mientras que en las selvas haya sombras, mientras que no falleciere humidad en el agua y calor en el fuego, siempre serán contrarios nuestros deseos a los de los lobos.

Uno de los más valientes mastines alardea de su arrojo…

Et si aquesto otorgarle quisiese, non dubdaba dejar en fin de la pelea tan desmenuzados los lobos que le cupiesen en suerte, que escasamente las formigas pudiesen tomar con los sus farmoncillos de las bocas el mayor pedazo.

El capitán de los perros le arenga…

…lanzadvos muy agramente en los enemigos, y muy más agramente, con toda enemiganza, comenzad la lid contra los adversarios enemigables, y con muy fieros dientes siempre vos estudiad de despedazar las sus muy veninosas entrañas fasta haber la victoria.

Finalmente Alfonso -o Alonso- de Palencia le pide a su muy alto señor, a quien dedica la obra, que interceda por él -o sea, que le sea otorgado el puesto al que aspira de cronista real, para poder tener una vida asegurada y tranquila y poder escribir-, porque él sabe…

…qué copia de libros, qué disposición de vivir y qué reposo sea menester a los que dan obra a estudiosa composición, y cuánto es imposible a los menesterosos dar buen fin a cosas loables.