Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘libros’ Category

Los poetas

Los poetas son hombres despeñados; toda su tienda es de imposibles.

Lope de Vega, La Dorotea, acción en prosa, 1632

Read Full Post »

Alfonso -o Alonso- Fernández de Palencia, más conocido, bueno, es un decir, como Alfonso -o Alonso- de Palencia, fue un destacado hombre de letras -historiador, lexicógrafo, cronista real y secretario de cartas latinas de obispos, cardenales y reyes- que nació en 1423, probablemente en Burgo de Osma.

Se educó en el palacio del obispo de Burgos y partió después a Florencia y más tarde a Roma, siempre al servicio de cardenales, donde estudió humanidades con Juan de Trebisonda. De regreso a España ocupa el lugar de Juan de Mena -del que ya les hablé aquí hace ya algún tiempo- como cronista real y secretario de cartas latinas de Enrique IV. Intervino después en las arriesgadas maniobras que concluyeron con la boda de Isabel y Fernando y terminó siendo cronista oficial de la reina Isabel tras su subida al trono en 1475. Años después, en 1492, muere en Sevilla.

La principal obra de Alfonso -o Alonso- de Palencia es la monumental Gesta Hispaniensia ex annalibus suorum diebus colligentis, llamada habitualmente, más bien para abreviar, Décadas, por estar dividida en estos periodos, a la manera de Tito Livio. Cubre los principales hechos acaecidos desde finales del reinado de Juan II hasta los tiempos de los Reyes Católicos. No se molesten en buscarla -si tuvieran la estrafalaria e improbabilísima ocurrencia de intentar leerla- ya que, al menos las tres primeras décadas no se han publicado nunca. Habría que acudir a los escasos manuscritos existentes. Y no es tampoco plan.

También escribió los Anales de la Guerra de Granada y un Tratado de la perfección del triunfo militar. Y ya como lexicógrafo, un Opus Synonymorum –o De sinonymis elegantibus–, en el que se ocupa del estudio de los sinónimos y el Uniuersale Compendium Vocabulorum, el primer diccionario bilingüe latín-castellano, aunque pronto quedaría relegado por el de Nebrija.

También su labor como traductor fue muy importante. Tradujo las Vidas paralelas de Plutarco y Los siete libros de las guerras judaicas de Flavio Josefo.

Pero a lo que vamos -si vamos realmente a algún sitio. De manera accidental, acabó en mis manos un opúsculo latino suyo publicado en 1457, que él mismo se encargo de traducir al más vulgar romance, idioma en el que, por supuesto, he podido leerlo. Se trata de la Batalla campal entre los perros y los lobos, una alegoría escrita con una doble intención, política y personal. Por eso, además, traduce el mismo la obra, para que sea leída en la corte -muy pocos entendían el latín- y esas personas influyentes le puedan ayudar en su objetivo de conseguir el cargo de cronista real que tanto ansía.

Entre la fábula y el exemplum -un poco a la manera de la épica paródica representada por la seminal Batracomiomaquia, o  Batalla de las ranas y ratones-, nos cuela Alfonso -o Alonso- de Palencia una alegoría política, en la que la contienda entre perros y lobos le sirve para describir, y criticar, el tumultuoso momento político que vivían por entonces. Esta fenomenal batalla entre perros y lobos no termina de manera clara ni definitiva. Con esta batalla universal nadie, al final, gana.

Nos habla Palencia, antes de entrar en materia, de los traductores -que nunca, los pobres, salen muy bien parados…

…que luego se atreven a traspasar de lengua limada latina a nuestro corto vulgar muchas escripturas, que no pueden ser trasladadas por alguno, aunque mucho enseñado sea, sin perder la gracia y todo el son y el fruto de la composición y la mayor parte del verdadero significado, en tal manera que lo agudo se torna grosero, y lo muy vivo se amortece del todo, y lo que primero tenía calor y fuerzas, así se resfría y enflaquece, que allende de la injuria fecha a los altos componedores, valdría más nunca leerle…

La loba Amártula, compañera del valiente lobo Harpaleo, al comprobar que no ha regresado de la incursión contra el rebaño custodiado por los fieros mastines, se teme lo peor. Porque…

…los ojos del corazón son más agudos, los cuales ven lo que los mortales ojos acatar en manera alguna no pueden, y sabe el ánimo lo que en los lugares muy alejados contesce. Por cierto, nunca a cosas que bien quisiese vino alguna desdicha que primero no me trajese la mensajería la perturbación intrañable de mi corazón, la cual, aunque luego, cuando turba el espíritu, no señala qué es lo que ha contescido, pero con todo dice, y no yerra, que hay alguna gran causa de afligimiento y dolor.

Pero la guerra es inevitable. Como dice el caudillo de los perros, poniendo de manifiesto la eterna contienda…

…mientras se fallaren montes y campos, mientras que en las selvas haya sombras, mientras que no falleciere humidad en el agua y calor en el fuego, siempre serán contrarios nuestros deseos a los de los lobos.

Uno de los más valientes mastines alardea de su arrojo…

Et si aquesto otorgarle quisiese, non dubdaba dejar en fin de la pelea tan desmenuzados los lobos que le cupiesen en suerte, que escasamente las formigas pudiesen tomar con los sus farmoncillos de las bocas el mayor pedazo.

El capitán de los perros le arenga…

…lanzadvos muy agramente en los enemigos, y muy más agramente, con toda enemiganza, comenzad la lid contra los adversarios enemigables, y con muy fieros dientes siempre vos estudiad de despedazar las sus muy veninosas entrañas fasta haber la victoria.

Finalmente Alfonso -o Alonso- de Palencia le pide a su muy alto señor, a quien dedica la obra, que interceda por él -o sea, que le sea otorgado el puesto al que aspira de cronista real, para poder tener una vida asegurada y tranquila y poder escribir-, porque él sabe…

…qué copia de libros, qué disposición de vivir y qué reposo sea menester a los que dan obra a estudiosa composición, y cuánto es imposible a los menesterosos dar buen fin a cosas loables.

Read Full Post »

I

Recuerdo con una angustia retrospectiva cómo me enfrentaba a los exámenes de latín, en los que un no muy extenso -pero intrincadísimo, al menos a nuestro lego parecer- texto debía ser traducido con una mínima coherencia. Aquello -con aquella sintaxis descoyuntada, donde nada estaba al lado de lo que debía estar- no había por dónde cogerlo. Y recuerdo que eran dos libros -la Guerra de las Galias, de Julio César, y la Conjuración de Catilina, de Salustio- los que más nos veíamos obligados a traducir.

De este último, recuerdo la célebre frase “Quo usque tandem abutere, Catilina, patentia nostra?” -que aún he sido capaz de transcribir sin recurrir a google, espero que esté correctamente escrita- pronunciada por Cicerón, en la que avisaba al Senado de la conjura que preparaba el tal Catilina para hacerse con el poder. ¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?, clamaba, un tanto teatralmente, el adusto Cicerón.

Que bien podría aquí variar un tanto -si supiera algo de latín-, para poner en boca de los escasísimos lectores que aún se aventuran por este bloj, algo así como ¿Hasta cuándo, malhadado autor de estas páginas, con todas estas cosas que cuentas, tan dispares y descabelladas, tan falta de interés como de oportunidad, abusarás de nuestra paciencia?

II

Pero a lo que vamos, o sea, a lo que no puede interesar.

Al cabo de los años, por puro azar o casualidad, y llevado en el fondo por una excentricidad lectora demasiado forzada y un punto estrafalariamente exhibicionista, he vuelto a toparme -y leer con agrado, gracias a una doble traducción, literal y literaria, que me permitía mirar el texto original latino de soslayo y solo con el rabillo del ojo- con Salustio. Hola, después de tanto tiempo.

Este Cayo Salustio Crispo (Gaius Sallustius Crispus) de mis adolescentes angustias escolares es tal vez el más destacado historiador latino del siglo I a. de C. Pero antes ganó las elecciones a cuestor del año 54 a. C. y fue elegido tribuno de la plebe en 52 a. C. (No me ha quedado más remedio esta vez que acudir a la wiki para enterarme de todo esto) Solo un año después, en el 51 a. C., es elegido senador, para un poco después ejercer el cargo de pretor, acompañando a César en su campaña de África, llegando a alcanzar el cargo de gobernador de la provincia de Africa Nova.

A su vuelta a Roma, enriquecido de diversas y no muy lícitas maneras -extorsión, corrupción, tráfico de influencias, malversación de fondos públicos, simple saqueo, etc…- durante sus años africanos, compra un extenso terrenito en Tívoli, donde mandó edificar un suntuoso palacio entre el Pincio y el Quirinal, lugar que sería conocido en la posteridad por su magnificencia como los Horti Sallustiani, los jardines de Salustio.

Tras el asesinato de César -y siguiendo la máxima romana de que cuando las cosas van mal, es mejor retirarse y dedicarse a la literatura y la agricultura-, Salustio se retiró de la vida pública. Entonces tiene ya tiempo y tranquilidad para dedicarse a su vieja pasión, la historia. En los ratos libres cuida y amplia sus jardines, que llegaron a ser fastuosos, gastando en ellos buena parte de la enorme fortuna que había acumulado durante sus años dedicados al ejercicio del poder y a la inevitable y productiva corrupción inherente y natural acumulación de riquezas.

Años después los jardines pasaron a manos Tiberio y conservados por los sucesivos emperadores romanos. Eran el lugar de descanso imperial hasta que fueron saqueados por los godos -esos bárbaros del norte- en el año 410. Kavafis los estaría esperando tranquilamente sentado en uno de sus bancos.

III

En su obra historiográfica -aquella que escribiría entre paseo y paseo a la larga sombra de los cipreses cercanos al Quirinal- se mostraba bastante crítico con la corrupción de las costumbres y lamentaba la pérdida de los valores antiguos del pueblo romano. Sus ideas están marcadas por un estricto moralismo, con una constante nostalgia por las virtudes antiguas –pristinae virtutes– y por una condena de la inmoralidad de las clases que gobernaban Roma. No sé si llegaba a incluirse él mismo. Aunque bien debiera. Porque, claro, una cosa es escribir y establecer doctrina y otra, gobernar. Sabía demasiado bien de lo que hablaba.

Pero a lo que vamos, si somos capaces de ir alguna vez, que ya va siendo hora.

Sus dos obras principales son la Conjuración de Catilina (De Catilinae coniuratione) y la Guerra de Yugurta (Bellum Iugurthinum), que han llegado hasta nosotros completas, y le han proporcionado justa fama como uno de los padres de la historiografía. Aunque solo conservamos fragmentos de su mayor y más importante trabajo, Historiae, una completa y perdida historia de Roma desde el 78 a. C. al 67 a. C.

IV

Les quería hablar aquí -acabáramos- de la Guerra de Yugurta (Bellum Iugurthinum), que llegó a mí a unas alturas de mi vida, éstas, en las que puedo acercarme a los clásicos latinos sin sentir ya esa angustia, ni siquiera retrospectivamente, y leerlos con cierto sosiego.

En esta obra relata lo acaecido durante una guerra relativamente reciente, algo que le sirve para denunciar los males que iban a llevar a la República hacía un deterioro inevitable y una pérdida definitiva de esos valores antiguos que la fundaron y la hicieron grande.

Yugurta fue el tercer rey de Numidia, en el norte de África, y durante varios años, bien como aliado unas veces y enemigo otras, puso en evidencia el poder y la seguridad no solo de la República, sino de su sistema político y militar. Fue su reino y esta guerra, salvando las distancias, una especie de Vietnam para los romanos. Al principio, con sus artimañas y añagazas, sobornos y asesinatos, consiguió desestabilizar una fácilmente corruptible estructura política republicana, haciendo que la mayoría de los ciudadanos perdiera la paciencia con sus líderes. Y más tarde, frontal y militarmente enfrentado a las legiones, fue todo un quebradero de cabeza para Roma, que solo consiguió derrotarle finalmente gracias a la traición de un rey aliado de un reino colindante.

Salustio subraya a cada paso la maldad y falta de escrúpulos de Yugurta, pero esto era algo, por decirlo de alguna manera, consustancial a su papel. Sin embargo, no tiene empacho en describir las corruptelas y luchas por el poder que estaban empezando a desangrar las instituciones republicanas. Y esto era algo que no debía ser consustancial a tan noble pueblo.

Narra cómo los dirigentes romanos -dejándose comprar sin disimulo alguno por ingentes cantidades de oro- permitieron los desmanes de Yugurta en las provincias norteafricanas.

Después de la traición del rey Boco, Yugurta es apresado en el año 106 a.de C. Cargado de cadenas, fue exhibido como trofeo en un grandioso desfile triunfal, después, horriblemente torturado, y finalmente ejecutado.

Años después, los dos dirigentes romanos -Mario y Sila- artífices de la captura de Yugurta, se enfrentaron entre ellos en una guerra civil. Tiempo después, una segunda guerra civil terminó imponiendo la dictadura de Julio César. La vieja y prístina democracia romana tocaba a su fin. Salustio salía un rato a pasear por sus jardines.

V

Yugurta no podría derrotar al ejército romano, pero durante años fue como un molesto ratón que conseguía, después de haber causado numerosos destrozos, escaparse. Esto dolía especialmente a los romanos que empezaban a darse cuenta de los fallos de su sistema político. Habían dejado de ser todopoderosos. Aunque ganaran.

…porque una derrota costaba a los enemigos derrotados menos bajas que a ellos les costaba la victoria… así pues, decidió que la guerra debía ser hecha no con combates ni en batalla regular, sino de otra manera.

La guerra solo deja desolación.

Finalmente, los enemigos fueron derrotados por todas partes. Entonces, un horrible espectáculo se ofrecía a la vista en aquellas extensas llanuras: unos perseguían, otros huían; unos eran degollados, otros caían prisioneros; caballos y hombres derribados por el suelo; numerosos heridos que no podían huir ni soportar la inmovilidad, haciendo esfuerzos por levantarse y volviendo a caer de nuevo; en una palabra, todo el terreno hasta donde alcanzaba la vista se hallaba cubierto de armas y de cadáveres, y los claros de tierra que quedaban estaban todos manchados de sangre.

Las cosas estaban cambiando. Estos guerreros del norte de África, como ocurriría años después con los bárbaros del norte de Europa:

…aunque ignoraban lo que hacían y cuál era el motivo de su actuación, sentían verdadero placer por el desorden y por las novedades.

Llega, lenta, imperceptible, pero inevitable, la decadencia, paradójico y natural producto de la prosperidad.

En efecto, antes de la destrucción de Cartago, pueblo y Senado gobernaban en Roma la República con calma y sin violencias entre sí, y no existían ni rivalidad por los honores ni luchas por  el poder entre los ciudadanos: el temor que inspiraba el enemigo los mantenía sometidos al cumplimiento de sus deberes. Mas, después que este temor desapareció de sus espíritus, ocuparon su lugar la licencia y la soberbia, males que trae naturalmente consigo la prosperidad. De esta suerte, el descanso por el que habían suspirado en la adversidad fue, después de alcanzado, más duro y amargo que la adversidad misma.

Iugurtha

Read Full Post »

I

Deliciosamente torturado por una leve resaca y oculto tras unas oscurísimas gafas de sol que protegían sus hipersensibles ojos del martilleante sol que rebotaba, redoblando su intensidad, contras las cercanas colinas de Hollywood, leía con desgana una novelita francesa del siglo pasado. Era el encargado de los decorados -de su diseño y de su construcción- y del vestuario -de su diseño y de su confección- de uno de los más grandes estudios de la ciudad. Ahora estaban de moda esas espectaculares superproducciones de época. Por eso le habían contratado. Recrear la antigua Roma o el enigmático Egipto era su trabajo. No sabía por dónde empezar y anoche bebió demasiados dry-martinis.

Pero enseguida esa leve resaca y esa desgana desaparecieron. Poco a poco, ante sus estupefactos y emocionados ojos, ocultos por la penumbra de los cristales excesivamente ahumados, fue levantándose como por arte de magia una imponente ciudad egipcia. Aunque no era más que un espejismo, era espléndida y estaba perfectamente delienada.

En la novela que tenía entre las manos se sucedían decenas y decenas de páginas llenas de morosas y exactas descripciones, tanto de edificios y ornamentos, como de mobiliarios, armas de guerra, vestidos de sacerdotisas o ajuares de faraón. Las amplias avenidas de la ciudad -golpeada, como ahora, por un inclemente sol- desembocaban en el fastuoso Nilo, surcado por elegantes barcazas de triangulares velas blancas. A los lados se levantaban ciclópeos muros con sillares del tamaño de una casa entera. Los jardines de los palacios de los nobles bordeaban lisos estanques en los que se sostenían solo con un finísima pata elegantes ibis que parecían haberse desprendido de los frisos que aparecían pintados en las paredes. Los ropajes y demás ornamentos aparecían descritos con una exhaustividad enfermiza. Aquí, en esta novelita francesa del siglo pasado, estaba todo. Ya sabía cómo vestir a Yul Brynner de faraón, cómo serían los jardines del palacio de Elizabeth Taylor… Incluso, en el tramo final de la historia, describía cómo Charlton Heston separaría las aguas.

El sol brillaba en su máxima altura de la misma manera que hacía miles de años brillaba sobre las orillas del Nilo, calcinando las montañas líbicas que se recortaban al fondo. Cerró el libro y se dirigió a los estudios en su viejo buick cuyos faros apagados destellaban al mediodía como la rapada cabeza del faraón.

II

Allá por los inicios del siglo XIX surge, bien como moda, búsqueda o necesidad, un nuevo interés por las civilizaciones del pasado ya desaparecidas, y si ya durante la Edad Media este interés -y esta recuperación- se centraba en los textos -griegos y romanos, especialmente-, aquellos románticos, pálidos y decimonónicos, buscaban los restos reales -ruinas, restos, piezas- de aquellos pueblos antiguos. Son los años del descubrimiento -y consiguiente saqueo- de Pompeya, de los templos griegos, de las pirámides de Egipto…  Y, casi a la vez, los novelistas pasan a fabular historias ambientadas en aquellos siglos idos y en aquellos lugares misteriosos y desolados. Más que novelas históricas, muchas de ellas son casi arqueológicas.

Como ésta -que debieron leer con delectación y particular aprovechamiento, los encargados de realizar los espectaculares decorados de cartón piedra de las películas de Cecil B. de Mille- que Théophile Gautier (Tarbes, 1811-Neuilly-Sur-Seine, 1872) publicó como folletín en un periódico en 1857: La Novela de una Momia.

la-novela-de-una-momia

Gautier, además de poeta, novelista y pertinaz viajero, fue -o intentó serlo- pintor en su juventud y, tal vez por esto, en su prosa prima una predilección por describir con minuciosidad lugares y ambientes, vestimentas y adornos, escenas y caracteres, dejándose llevar sin ningún recato por este afán pictoricista, casi de orfebre.

La Novela de una Momia -una de las primeras novelas inspiradas en el Antiguo Egipto- traslada al lector a los tiempos de los faraones. La historia, un amor imposible -en el que la bella Tahoser, hija del gran sacerdote Petamunoph, se enamora de un judío, mientras que el mismo y todopoderoso faraón anda hechizado por ella- que se ve enredado al final con la odisea de la marcha y liberación del pueblo judío, esclavo durante siglos de los egipcios, acaudillado por Moisés, es lo de menos.

No es más que una simple excusa para levantar ante nuestros atónitos ojos un mundo completo, el del antiguo Egipto, con una minuciosidad que llega a ser exasperante. Las páginas, por centenares, en las que se describen escenarios, alardes arquitectónicos, vestimentas, motivos decorativos, costumbres, armas de guerra, terminan por ahogar la historia, que la ventila con menos minuciosidad y algo más de prisa. Lo que se levanta es un mundo propio que pretende fascinar. Si no llegas agotado y no has tirado antes la novela al rincón de los libros olvidados ya para siempre, donde debe andar.

Pero la precisión y la riqueza de lo descrito nos invitan, si tenemos una paciencia a prueba de bombas o simplemente no tenemos otra cosa mejor que hacer, a un festín de exquisita voluptuosidad. El lector, entre aburrido y exasperado por tantas descripciones, hará bien entonces en sentirse como el faraón que acaba de regresar de una de sus campañas:

Bellas esclavas desnudas, cuyo esbelto cuerpo ofrecía el gracioso trasunto de la infancia a la adolescencia, y cuyas caderas cubría un fino cinturón que no velaba ninguno de sus encantos, con una flor de loto en sus cabellos y una copa de alabastro en la mano, se acercaron tímidamente al faraón, vertiendo aceite de palma sobre sus hombros, los brazos y el torso, brillantes como el jaspe. Otras sirvientas agitaban junto a su cabeza grandes abanicos de plumas de avestruz pintadas, unidas a mangos de marfil o de sándalo que, cálido por la presión de sus bellas manos, exhalaba un olor delicioso; algunas elevaban a la altura de la nariz tallos de ninfea de abierto cáliz.

Ya abierto el apetito, se agradece un festín menos retórico y más tangible que el de las palabras:

Empezó la comida. Los manjares, llevados por etíopes desde las inmensas cocinas del palacio, donde mil esclavos se ocupaban, entre una atmósfera de fuego, en preparar el festín, eran puestos sobre almohadones a alguna distancia de los invitados. Fuentes de bronce, de madera olorosa ricamente tallada, de tierra cocida o de porcelana esmaltada de vivos colores, contenían cuartos de buey, muslos de antílope, gansos, siluros del Nilo, pasteles alargados en forma de tubos rollados, pastelillos de sésamo y de miel, sandías de verde corteza y pulpa roja, rubicundas granadas y racimos de color de ámbar o de amatista. Guirnaldas de papiro coronaban estas fuentes con sus verdes hojas; las copas estaban también rodeadas de flores, y en el centro de las mesas, montones de panes de rubia corteza, llena de dibujos y jeroglíficos; había un gran vaso, del que se desprendían multitud de mirtos, flores de granado, alboholes o convólvulos, heliotropos, seriphium y periplocas, alternando sus colores y confundiendo sus perfumes.

La sobremesa de estos egipcios era algo más entretenida y disfrutable que la nuestra:

Entraron después las bailarinas. Eran delgadas, airosas, flexibles como serpientes; sus grandes ojos brillaban entre las líneas negras de sus párpados, y los dientes de nácar lucían entre los rojos labios. Largos tirabuzones golpeaban sus mejillas; algunas llevaban una amplia túnica de rayas blancas y azules que flotaba como niebla alrededor de su cuerpo; otras, una sencilla falda plegada que empezaba en las caderas y concluía en las rodillas, permitiendo admirar sus piernas, tan elegantes y finas, y sus muslos, nerviosos y fuertes.

la-novela-de-una-momia-theophile-gautier

Pero tengo que dejar de traer más párrafos como estos para no aburrir -yo también- al lector, si hay alguno que ha podido llegar hasta aquí.

La historia de amor, previsible a más no poder, y propia, como era en realidad, de un folletín, tiene la única virtud de aligerar el peso de tanto Egipto. Es una historia arrebatada, porque, debido al clima, no podía ser de otra manera:

El sentimiento del amor no es igual en las cálidas regiones abrasadas por aire de fuego que en las orillas hiperbóreas, donde la calma desciende del cielo con la escarcha. No es sangre, sino lava, lo que por las venas circula…

Luego, sin venir a cuento, llega Moisés para liberar al pueblo judío. Y ese mundo como de perfil, fascinante y enigmático, del antiguo Egipto da las primeras muestras de decadencia. Empieza a desvanecerse como un espejismo. Abandonamos las verdes y feraces riberas del Nilo para iniciar nuestra penosa travesía del desierto. Que aún dura.

No era ya el verde valle de Egipto el terreno que atravesaban, sino llanuras erizadas de movibles colinas y estriadas por ondas como la superficie del mar: la tierra desolada dejaba ver sus huesos; duras y anfractuosas rocas, de extrañas formas, como si las hubieran pisoteado animales gigantescos cuando la tierra se encontraba aún en el estado de légamo, el día en que el mundo emergía del caos, alteraban la llanura y rompían a los lejos con bruscos salientes la línea plana del horizonte, fundido con el cielo en una zona de rojiza bruma. A enormes distancias crecían palmeras, extendiendo sus polvorientos penachos cerca de algún arroyo, frecuentemente seco, en el que los sedientos caballos removían el cieno con sus ensangrentados hocicos.

Read Full Post »

Cerca, en el territorio, aprovechando suaves y recogidas laderas de no muy elevados montículos, aún se conservan los restos de viejos teatros de piedra de tiempo de los romanos. Sobre esas piedras nos podemos sentar hoy e imaginar aquel otro tiempo, como un eco inapresable y perdido.

Ha caído en mis manos estos días por azar esta tragedia de Eurípides que dicen que fue estrenada en Atenas el 428 antes de Cristo. Sentado en uno de esos restos, al abrigo de la pendiente, uno siente que no ha pasado tanto tiempo.

hipolito-euripides

El joven Hipólito, hijo de Teseo, prefiere la caza y la libertad a las dulces y empalagosas cadenas del amor. Considera a Afrodita la más insignificante de las diosas y solo rinde pleitesía a Ártemis, diosa de la caza y de los bosques. Vive según sus dictados, casto, virtuoso sin fisuras y libre en la naturaleza. Con una absoluta seguridad que raya la insolencia. Afrodita, que maneja a su antojo los hilos de las vidas de los hombres, no soporta que haya uno que la ignore y desprecie. Y urde un plan para vengarse.

Ya al mismo inicio de la obra, al aparecer en escena el joven y confiado Hipólito, vaticina Afrodita:

Aún no sabe que las puertas del Hades tiene abiertas,
ni tampoco que por vez postrera vera él la luz del sol en este día.

Hace que Fedra, su madrastra, se enamore perdidamente de Hipólito, hijo de su esposo en un anterior matrimonio. Entra en juego entonces la nodriza para enredarlo todo. Con la intención de ayudar a Fedra, su señora, informa a Hipólito de lo que sucede. Éste, escandalizado, arremete contra Afrodita y contra las mujeres y corre a los bosques a purificarse. Fedra se siente no solo despechada, sino desesperada, y perdida su dignidad, decide suicidarse, dejando una tablilla en la que inculpa a Hipólito por haberla seducido.

Teseo regresa y descubre el cadáver de su esposa con el mensaje de la tablilla. Hipólito es acusado y desterrado. Emprende la marcha con su carro. Al pasar a orillas del mar, una ola gigante espanta a los caballos, vuelca el carro e Hipólito, enredado entre las bridas, es brutalmente arrastrado y golpeado.

Mientras agoniza, aparece Ártemis y explica a Teseo que todas las desgracias provienen de Afrodita. Al descubrirle la verdad de lo sucedido lo sume en sufrimientos aún mayores. Cae también sobre él la funesta red que cayó sobre los otros.

Así que nunca llega a estar claro el que la fidelidad a los dioses traiga como consecuencia una vida serena. Son, a menudo, crueles y erráticos. Y hacen incurrir a los pobres humanos en la desmesura, que, antes o después, bien nos hacen pagar.

Como dice la nodriza:

Los mortales deberían contraer entre sí
sentimientos amorosos moderados,
sin llegar hasta los tuétanos del alma.
Los afectos del corazón deberían ser fáciles de desatar
para poder rechazarlos o apartarlos,
quedando así libre de penas.

Pero como repite durante toda la obra el Coro:

Ya no hay secretos,
ya no hay salida.

phaedra

Read Full Post »

mdslle-segliere2

Leer deliciosas novelas pasadas de moda que nadie lee ya, olvidadas y llenas de polvo, en viejas ediciones en las que el papel amarillea peligrosamente, se está convirtiendo últimamente en uno de los pequeños placeres que aún me confortan en estas cada vez más largas temporadas en las que me retiro a la campiña, alejado definitivamente de las novedades y el ruido. Tienen argumentos exagerados y previsibles y están escritas con una retórica antigua e insufriblemente engolada. Sin embargo, por malas que sean, siempre se percibe la mano del autor, artesano más o menos hábil, dirigiéndolo todo, controlándolo todo como un pequeño dios burgués que ha fabricado, aunque en algo más de siete días, su mundo personal y propio, felizmente acotado entre la primera y la última página. Me gusta sentir que alguien me lleve de la mano, aunque también, demasiado a menudo, me resulte irritante, me quiera soltar de ella y salir corriendo. Pero al final, al menos durante estos ratos que dura la lectura, es mejor dejarse llevar.

Jules Sandeau es uno de esos autores de esas novelas. Escritor francés nacido en 1811, es autor de una cincuentena de novelas y obras teatrales, de bastante éxito en su tiempo. Destinado por su familia a la carrera jurídica, una vez en París decidió aprovechar su juventud para entregarse a la bohemia, más o menos literaria, en el Barrio Latino. Allí fue amante de una señora casada, Aurore Dupin, con la que llegó a escribir una novela. Más tarde ella seguiría una exitosa carrera literaria en solitario, pero bajo seudónimo masculino: Georges Sand. Los años de juventud pasaron y Jules Sandeau dejó la bohemia y rompió su relación. O fue al revés. Sentó la cabeza y la sentó tanto que llegó a ser conservador de la Biblioteca Mazarino en 1853 y bibliotecario del palacio de Saint-Cloud en 1859. Y desde 1858, miembro de la Academia Francesa. Como ya no se le ocurría nada, se dedicó a llevar al teatro las novelas que escribió en su juventud. Murió en 1883, cuando ya se podría decir que sus obras empezaban a caer en el olvido. Y ahí siguen.

mdslle-segliere

Fue en 1847 cuando publicó una de sus novelas de más éxito, Mademoiselle de la Seiglière, que ahora, por puro azar, ha caído en mis manos. Ya saben, una vieja edición de la colección Austral con el papel áspero y amarillento. Aunque su prosa aparece deliciosamente lastrada por los nauseabundos y retóricos, banales y reiterativos excesos del peor romanticismo, en su cañamazo deja entrever el andamiaje y el nervio de la novela realista. Que vino para quedarse. Si el amor, el amor imposible y funesto, sobrevuela por toda la obra, lo que al final impone su detestable lógica, es el conflicto entre clases sociales, entre el Antiguo Régimen y la pujante nueva sociedad, primero revolucionaria y muy pronto, domesticadamente burguesa.

Pero esto importa poco. Es una novela francesa del siglo XIX, con todo lo que esto pueda implicar. Ya saben a qué atenerse. Hay que establecer y aceptar ciertas e inevitables complicidades. Leer deliciosas novelas pasadas de moda.

Aquella noche, la señorita de la Seiglière estaba distraída, meditabunda, preocupada. ¿Por qué? Ella misma no sabría decirlo. Amaba, o al menos lo creía, a su prometido; poseía gracia y belleza, amor y juventud, nobleza y fortuna; todo era a su alrededor dulces miradas y sonrisas agradables; solo caricias y encantos parecía ofrecerle la vida. ¿Por qué, pues, aquella opresión de su pecho juvenil? ¿Por qué aquellos bellos ojos velados de tristeza? Organismo fino y quebradizo, naturaleza delicada y nerviosa, ¿temblaba acaso como las flores al acercarse la tempestad, porque presentía su destino?

Vivían entonces, como ahora, tiempos de zozobra.

Nada como la adversidad afina y desenvuelve tanto en el hombre los mañosos instintos de cuya ensambladura y perfecto acoplamiento surge ese endiablado genio que se llama genio de los negocios. Y ningún momento más propicio para ello que el que nos ocupa. Época de ruina y reconstrucción; si las viejas fortunas se desbarataban como castillos de naipes, las nuevas, en cambio, surgían como las setas tras la lluvia torrencial. Todas las ambiciones encontraban salida; los advenedizos inundaban el suelo; los particulares se enriquecían, de un día para otro, con atrevidas especulaciones; sólo el Estado, en medio de la prosperidad general, se encontraba en la miseria.

Los conflictos también eran generacionales. La juventud elige caminos peligrosos.

-Vamos, vamos -dijo el marqués con aire cariñoso y sentándose junto a Elena-; está muy bien eso de seguir el camino que Dios nos señale: no sería posible encontrar mejor guía; desgraciadamente, Dios, que da comida y abrigo a las crías de los pájaros, no se muestra tan liberal con los hijitos de los marqueses. Es muy bonito decir: ¡Vámonos donde Dios nos lleve! A las imaginaciones juveniles les agrada esto mucho. Pero cuando, emprendida la marcha y andadas seis leguas, llega la noche, y la perspectiva, con ella, de acostarse sin cenar y a la luz de las estrellas, el camino de Dios comienza a antojarse un poco rudo.

Pero, como dijimos, el cinismo y el realismo habían llegado para quedarse.

Tenéis enemigos; pero ¿qué hombre superior no los tiene? Compadezcamos al infeliz, tan dejado de la mano de Dios como de los hombres, que no tenga dos o tres. Con arreglo a esto, vos tenéis muchos; ¿podría ser de otro modo? No sois popular, y así debe ser, pues la popularidad, en todo, no es sino el remate de la tontería y el sello de la vulgaridad. En resumen: tenéis la alta honra de ser aborrecido.

Cierro el libro y estornudo. El rugoso papel es como si se estuviera empezando a deshacer y un fino y desagradable polvillo me llega a la nariz. Atchís. Hace un día demasiado bueno como para seguir leyendo.

Read Full Post »

Crisma (2)

Esta noche, al medio de ella,
cuando todo estava en calma…

natividad-jesus

Ya rebulle la mañana,
aguijemos que es de día…

Juan del Enzina
Égloga representada en la mesma noche de Navidad…
1496

Read Full Post »

Older Posts »