¡Oh aceras!

¡Oh aceras, refugios del lodo y del flâneur, os saludo; los momentos más felices de mi tierna juventud fluyen por tus baldosas, por tu granito, por tu calzada, por tu asfalto! Porque durante mucho tiempo caminé sin rumbo y, en adelante, espero seguir haciéndolo todavía.

El verdadero flâneur camina en un sentido hasta que un coche que pase delante de él, un apuro cualquiera, un escaparate que hace esquina, un empujón o un codazo le invitan a tomar otra dirección. De accidente en accidente, de empujón en empujón, el flâneur va, viene, vuelve otra vez y puede acabar encontrándose o muy cerca o muy lejos de su casa, según los designios del azar.

El verdadero flâneur no se aburre jamás, se basta a sí mismo y encuentra en todo lo que tiene delante algo con lo que alimentar su inteligencia.

Cualidades del flâneur:
Ser alegre cuando es posible.
Reflexionar cuando es necesario.
Observar siempre.
Algo de originalidad.
Una mente despierta.
Un poco de formación.
Y, sobre todo, una capacidad de suspender la conciencia.

Louis Huart. Fisiología del flâneur. 1841

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Todos los adolescentes llevan una carta en la mano

En la plaza Unschlitt de Núremberg, la tarde del 26 de mayo de 1828, apareció sin más, sin que nadie supiera nada de su procedencia o de su historia, ni cómo llegó hasta allí, un adolescente con una carta en la mano. Se mantenía de pie, impávido, no asustado, más bien asombrado. Esperando el qué. No se podría decir si había sido expulsado de algún sitio o, por el contrario, rescatado. Estaba simplemente en la plaza.

En la carta que sostenía como si fuera a entregársela a alguien, un desconocido solicitaba que se hicieran cargo del muchacho y lo alistaran en el regimiento de caballería. Pronto se congregaron algunos curiosos a su alrededor que empezaron a hacerle preguntas. El joven contestaba siempre lo mismo: “Quiero ser jinete como lo fue mi padre”.

He leído la historia real de este joven que escribió Paul Johann Anselm von Feuerbach, célebre jurista alemán, autor del código penal de Bavaria y uno de sus tutores. Escribió numerosos libros relacionados con la jurisprudencia, pero su libro más famoso es Kaspar Hauser. Ejemplo de un crimen contra la vida interior de un hombre (editado aquí por Pepitas de Calabaza).

Pronto se descubrió que aquel adolescente había pasado toda su infancia -un mínimo de doce años- encerrado en una pequeñísima habitación oscura, apenas más grande que una celda, y sin ninguna relación con el mundo exterior. Solo recordaba a la persona que le traía el pan y el agua, sus únicos alimentos, y unos caballitos con los que jugaba y a los que adornaba con cintas.

Hasta donde alcanzaba su memoria había vivido siempre en un agujero -un aposento pequeño y bajo al que a veces también llama jaula-, en donde se la pasó sentado sobre el suelo, descalzo y con apenas una camisa y unos pantalones de cuero con una raja atrás. En su aposento nunca había escuchado un ruido, ni de personas ni de animales o cualquier otro. Nunca había visto el cielo, ni percibido jamás la luz del sol. La diferencia entre el día y la noche era algo que no había conocido, mucho menos había llegado a ver las bellas luces del firmamento. Junto a él había un agujero en el suelo -probablemente con una olla-, en el que hacía sus necesidades. Cada vez que se despertaba, encontraba a su lado un pan y una jarra de agua.(…) En su agujero tenía dos caballos de madera y distintas cintas. Con esos caballos se entretenía todo el tiempo que estaba despierto; su única ocupación era hacerlos andar a su lado y colgarles o abrocharles primero de una manera y luego de otra las cintas que poseía. Así pasaba un día tras otro; pero no le faltaba nada, nunca había estado enfermo, no había sentido ningún dolor, con excepción de una vez, y en general le iba allí mejor que en el mundo, donde tenía tantos sufrimientos.

Conservaba una inocencia primordial no contaminada por la educación ni por las relaciones con los demás.

Aunque era capaz de hablar, las palabras eran nuevas, juguetes que podían tener una utilidad, elementos no contaminados por su uso. Así, para Kaspar, perder el conocimiento suponía “hacerse completamente de noche”, y al mirar un vaso de vino tinto en el que penetra un rayo de luz, exclamará: “¡cómo me gustaría beberme algo tan bonito!”.

Cuando cayeron las primeras nevadas del invierno siguiente, mostró gran alegría de que ahora las calles, techos y árboles estuvieran tan bien pintados, y se apresuró a salir al patio para buscar un poco de la pintura blanca, aunque volvió a subir a lo de su maestro llorando y berreando con los dedos bien abiertos, al tiempo que gritaba que la pintura blanca le había mordido las manos.

Pero poco a poco fue perdiendo esa inocencia primigenia con su progresiva y forzada entrada en el mundo civilizado. En los casi cuatro años que duró la socialización forzosa y aplastante, Kaspar pasó de expresarse libre e imaginativamente, a hacerlo como hacían los que le enseñaban, como hacían todos, de una manera convencional y sumisa.

La primera vez que vio la luna creyó que era el sol de espaldas.

Había sido educado, esto es, vuelto del revés por una sociedad atemorizada ante cualquier novedad o cuestionamiento, y convencida de que nada podía haber mejor para él que convertirle en uno de los suyos. Todo lo hicieron siempre por su bien.

Él no sabía qué era eso -un lápiz-, pero había sentido una alegría inmensa al ver que surgían las figuras negras sobre el papel blanco (…) no se cansaba, en su alegría por el nuevo descubrimiento, de dibujar una y otra vez estas figuras sobre la hoja. Esta ocupación casi que le había hecho olvidar sus caballos, aun cuando no sabía lo que pudieran significar esos trazos.

Durante ese proceso de integración y educación fueron muchos los que quisieron enseñar a Kaspar, pero nadie quiso aprender nada de él.

En música solo le atraía lo alegre y lo vivaz. Una vez que le tocaron algo de carácter serio dijo que lo ponía demasiado triste. Triste podía ponerse solo, para eso no necesitaba música.

Pasaron los meses y los diferentes tutores y maestros, y todas sus cualidades singulares desaparecieron finalmente. Se convirtió en un burgués más, probablemente un hombre de provecho. Había desaparecido todo lo que había de extraordinario en él. El proceso civilizatorio había concluido con éxito. Los ciudadanos podían estar satisfechos.

Aunque fue uno de ellos quien lo asesinó.

Su historia acabó trágicamente cuando, sin que se sepa a ciencia cierta el autor ni la razón, fue asesinado el 14 de diciembre de 1833. Desde entonces, las especulaciones sobre su origen y el significado de su leyenda no han dejado de multiplicarse y sucederse. Tal vez porque aún buscamos explicaciones a algo de lo que nos sentimos, íntimamente, culpables.

En 1924, la escritora Klara Hofer compró una casa en Schloss Pilsach, a treinta kilómetros de Núremberg. Había que hacer alguna reforma y, después de tirar un tabique, en su interior se descubrió una estancia subterránea, apenas más grande que una bóveda, que parecía reproducir con exactitud la descripción aportada por Kaspar Hauser de la celda en la que estuvo recluido, cuando era un niño, más de doce años.

Mucho tiempo más tarde, un 13 de marzo de 1982, cuando los nuevos dueños de la casa realizaban nuevas obras de remodelación en el edificio, en esa misma dependencia se encontró, perfectamente conservado, aunque cubierto de polvo, un pequeño caballito de madera.

Las penúltimas montañas (Casi un libro)

Casi.

De manera imprevista.

Escribí una historia de apenas un folio que ni siquiera era una historia. Pero las frases tenían un ritmo diferente y aludían a un territorio definido, creaban una atmósfera distinta. Más tarde, otras historias -solo algunas- se desarrollaron con ese mismo tipo de frases, tenían lugar en ese territorio, compartían la misma cadencia y el mismo aire de familia. Hasta que, ya escritas unas cinco o seis, me di cuenta de que, si no encajar, podían al menos compartir un espacio, ya que incluso, de manera reiterada, se establecían relaciones y contactos entre ellas. Algo fluía por fin.

Siempre -aunque lo negara y me lo negara- quise escribir algo. Algo completo, algo coherente. Pero hacía ya tiempo que había desistido. Pereza e incapacidad habían ganado la partida. Hasta que, sin pretenderlo, casi como por acumulación, sin ninguna obligación de por medio, había escrito uno. O por lo menos, había construido trozos, fragmentos, retazos de algo, que, encajados entre una portada y una contraportada, podían tener la apariencia de libro.

Aunque tampoco creo que sea necesario. Nadie necesita otro libro. Están esos fragmentos bien así, esparcidos, casi ocultos, separados.

Otra cuestión es si he escrito lo que pensaba que iba a escribir. Si me he atrevido. Si he sido capaz. Si he escrito lo que quería. Y no esto.

O casi. 

Las penúltimas montañas

1. En las últimas fronterasclic aquí
2. Vigíaclic aquí
3. Niña y tiemposclic aquí
4. La última escaramuzaclic aquí
5. Abandonoclic aquí
6. Fragmentos del deshieloclic aquí
7. La frontera líquidaclic aquí
8. La rama hacia el sur
    Iclic aquí
    IIclic aquí
    IIIclic aquí
    y IVclic aquí
9. En los valles (Coda)…clic aquí

Luvina

“-Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad -me dijeron-. Pero, si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.

“Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya. Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva para engañar el hambre. Los mirará pasar como sombras, repegados al muro de las casas, casi arrastrados por el viento.

“-¿No oyen ese viento? -les acabé por decir-. Él acabará con ustedes.

“-Dura lo que debe de durar. Es el mandato de Dios -me contestaron-. Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se esté allá arriba. Así es mejor.

“Ya no volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso regresar.

“…Pero mire las maromas que da el mundo. Usted va para allá ahora, dentro de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me dijeron a mí lo mismo: ‘Usted va a ir a San Juan Luvina.’

En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba cargado de ideas… Usted sabe que a todos nosotros nos infunden ideas. Y uno va con esa plasta encima para plasmarla en todas partes. Pero en Luvina no cuajó eso. Hice el experimento y se deshizo…

“San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno. Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le digo…”

Luvina. El llano en llamas. Juan Rulfo. 1953

No es justo que en una ciudad rica…

De subventione pauperum. Sive de humanis necessitatibus libri apareció en las imprentas de la ciudad de Brujas el año 1526 escrito por Juan Luis Vives, que poco después sería traducido a nuestra lengua como Tratado del Socorro de los Pobres.

De este doctus vir ya hemos hablado aquí hace un tiempo y ahora vuelve la burra al trigo. Su obra es la del perfecto humanista, moralista y reformador, que pretende, con el estudio y el conocimiento, derribar las carcomidas, pero aún resistentes, maderas del andamiaje mental y cultural del Medievo. Y su interés, hoy día, bastante limitado. Pero, con todo, me atrevo y sigo.

Nació en Valencia en el seno de una familia judeoconversa y toda su vida tuvo que buscarse mejores acomodos que los que le ofrecía su tierra natal. Su padre, un notable comerciante, tuvo durante años problemas con la Inquisición hasta que finalmente es juzgado y condenado a la hoguera. Allí ardió. Pero no solo eso tuvo que soportar nuestro autor, sino que, por si fuera poco el escarmiento y el atroz castigo, como su madre también resultó condenada y daba la contrariedad de que había muerto hace unos años, fue desenterrada por orden del alto tribunal y sus huesos quemados públicamente.

Vives marchó muy joven a proseguir sus estudios fuera de su tierra, primero en París y más tarde en Lovaina. Finalmente, después de su periplo británico -en 1523 es nombrado Lector en el Corpus Christi College de Oxford-, será en la ciudad de Brujas en donde encuentra lo que será su ciudad y su hogar. Su renombre llega a todos los rincones de Europa y su fama como escritor se acrecienta a cada paso con su numerosa obra, escrita siempre en latín. Hasta que muere en 6 de mayo de 1540.

Mientras, en su tierra española y valenciana se mantienen vigorosas, espléndidas y pintadas de una brillante e insoportable purpurina, las carcomidas maderas que sustentaban el andamiaje medieval y obtuso de los que portaban el báculo y el cetro y lo dominaban todo con brutal e incontestable autoridad y acendrado desprecio por cualquier atisbo de reforma o progreso.

De su extensa obra ha caído por azar -y leído a salto de mata- este Tratado del Socorro de los Pobres, en el que Vives -al menos eso afirma él- averigua cuál sea la causa de la necesidad y miseria del hombre y en el que se atreve a recomendar a los gobernadores de la república que cuiden y socorran a los pobres que vivan en ella, así como de los beneficios que ello reportaría a la ciudad. Aunque desde una inevitable perspectiva cristiana, incluso propone un conjunto de medidas prácticas para prevenir y evitar la mendicidad. Porque como dice al final de la obra:

…no solo es digno de aprobarse nuestro discurso, sino también de abrazarse y ejecutarse, porque no basta desear bien, si no se ponen manos a la obra cuando se ofrece la ocasión…

Censar a los pobres y recoger información acerca de cada uno de ellos – primeras necesidades, causa de la pobreza y como vivía antes de ser pobre-, es la primera actuación;  después, dejando a los impedidos en hospitales debidamente atendidos, propone un trabajo para el resto. La ociosidad es funesta y madre de todos los vicios. Incluso dispone como beneficioso un trabajo más ligero o adaptado a ellos para los menos capacitados, como viejos, enfermos o ciegos.

Cree obligatoria y necesaria y beneficiosa la intervención de los poderes del burgo para que asistan a los pobres de manera organizada y eficaz, ya que la pobreza mina la armonía de la ciudad. Todo lo funda en la nobleza del trabajo, la caridad del socorro y la luz de la educación.

Son los gobernantes quienes deben hacerse cargo:

A la verdad, así como es cosa torpe para un padre de familia el que deje a alguno de los suyos padecer hambre, o desnudez, o el sonrojo y fealdad de la vileza en el vestido, en medio de la opulencia de su casa; del mismo modo, no es justo que en una ciudad rica toleren los Magistrados que ciudadano alguno sea maltratado de hambre y miseria.

Antes de entrar en materia, se esfuerza en explicar cuál sea el origen de la necesidad y miseria del hombre, que si bien se excede especialmente en algunos, ninguno, finalmente, está libre de ella:

Desnudo el hombre de la inocencia, él mismo cargó con todo para su ruina, se entorpeció el entendimiento y obscureció la razón. La soberbia, la envidia, el odio, la crueldad, un grande número de variedad de apetitos, y las demás perturbaciones, fueron como tempestades movidas en el mar a la violencia del viento. Se perdió la fidelidad, se resfrió el amor, todos los vicios acometieron como en escuadrón, el cuerpo se llenó de miseria al mismo tiempo, y aquellas maldiciones “maldita será la tierra en tu trabajo” se extendieron a todas las cosas en que había de ejercitarse la diligencia de los hombres. No hay cosa alguna, exterior e interior, que no parezca haber conspirado al daño de nuestro cuerpo; hediondos y pestilentes hálitos en el aire, las aguas nada saludables, la navegación peligrosa, molesto el invierno, congojoso el verano, tantas fieras dañosas, tantas enfermedades por la comida. ¿Quién es capaz de contar los géneros de venenos y las artes de hacer el mal? ¿Quién los daños recíprocos que se causan los hombres? ¡Tantas máquinas contra fortaleza tan débil a quien basta ahogar un grano de uva detenido en la garganta, o un cabello tragado, muriendo muchos de repente por causas no conocidas!

Pero es obligación de todo buen cristiano socorrer a los pobres, nuestros hermanos, por mucho que nos cueste hacerlo:

…nos detiene asimismo para hacer bien cierto género de desidia corporal, nacida de la delicadez y del regalo, de tal suerte, que mostrándonos por otra parte muy diligentes y ágiles para la ganancia y el recreo, huimos de todo trabajo y solicitud por más que hubiera de aprovechar al prójimo; caminamos mar y tierra por un pequeño logro; nos metemos en mil peligros por un ligero pasatiempo y deleite, pero por el bien de nuestro hermano aun la menor diligencia, aun el mover la mano, nos parece gravamen insoportable.

La avaricia y el amor desmedido por el dinero nos impiden ser desprendidos con nuestros semejantes más necesitados. Ah, el dinero, que todo lo inficiona:

Aún más, el dinero que no fue al principio sino un medio para adquirir el sustento y vestido, pasó a ser instrumento universal del honor, dignidad, soberbia, ira, profusión, venganza, vida, muerte, imperio, en fin de todas las cosas que medimos por el dinero; subido su precio a un grado tan alto, nadie hay que no juzgue que se han de hacer diligencias para adquirirlo y conservarlo por todos los medios y caminos posibles, con razón o sin ella,  justa o injustamente, y sin distinción de profano y sagrado, lícito e ilícito; el que lo adquirió es tenido ya por sabio, Señor, Rey, hombre de grande y admirable consejo y talento; mas el pobre es reputado por necio, despreciable, y apenas por hombre; esta lamentable opinión, tan recibida de todos, estrecha a que se esclavicen a la fortuna aun aquellos hombres que están por su genio más ajenos al cuidado de ella…

…de modo que se verifica no verse otra cosa más frecuente en las Repúblicas que trabajar los hombres para morir ricos, no para vivir…

Aboga Vives, por contra, por una vida acorde con las exigencias de nuestro preterido espíritu:

…pero el caso es que nos dejamos oprimir y mover demasiado de lo terreno y corporal, y las cosas espirituales no penetran hasta nuestras almas cercadas por todas partes con una carne pesadísima, que hizo ya callo con la costumbre de los vicios.

Pero no son estos -ya no lo eran en 1526 -, buenos tiempos:

Todo esto nos ha introducido en unos siglos llenos de ignorancia, estolidez y barbarie.

Nota sobre la legitimación

Por otra parte, la necesidad de legitimación es una peste que inficiona hasta los tejidos más insospechados: ¿cuántos enamorados no caen en la tentación de legitimar su propio amor recurriendo a la predestinación, que les permite concebirse nacidos uno para el otro? Antes de reconocerse autores de su propio amor, creadores originarios del bien que en ese amor han encontrado, prefieren suponer sobre sí mismos las fuerzas superiores y exteriores de un destino; lo que les proporciona ese destino es la anticipación del hecho en sus designios, es el “estaba escrito”, que legitima aquello en que se cumple. Tal vez todo presente especialmente dichoso resultaría terrible para el hombre si hubiese de percibirlo como un hoy nativo, como un ahora origen de sí mismo, como el agua brotando en ese instante de su propio venero primordial, como algo que, de ningún respecto, fuese repetición, retorno ni confirmación de nada, sino que, de un modo absoluto, disfrutase de la pura naturaleza de principio. La demanda de legitimación, que en tan diversas maneras se presenta, responde a la necesidad de protegerse contra la irresistible aparición de tan deslumbradora especie de milagro. Ya sólo el calendario, que legitima con una notación e inscripción anticipada los días venideros, es un seguro abortivo contra todo posible nacimiento de un hoy inesperado. Las fechas están agazapadas en el calendario, igual que los gatos junto a la ratonera, para matar los días en el instante mismo de salir.

Rafael Sánchez Ferlosio
O religión o Historia. 1984

El autodidacta

El autodidacta es una persona que sabe muchas cosas incompletas; una persona que sabe el segundo tomo de las cosas, admitiendo que por lo menos tengan tres. La primera mitad, que se aprende en las aulas, es aquello más difícil de comprender para el autodidacta: lo que se ha trasegado a lo largo de muchas generaciones, el saber técnico, las clasificaciones, las fórmulas, los teoremas, las reglas y las nomenclaturas.

De las dos clases de saber, saber lo que uno sabe y saber lo que saben los demás, este último tiene indiscutibles ventajas, porque es el saber ortodoxo, el que se necesita. Es el saber que está endentado con todo el rodaje de la civilización, mientras que el otro es una cultura que va naciendo dentro mismo del individuo, una especie de robustez, de certidumbre cuya razón de ser no está en la fórmula mnemotécnica, sino en la propia existencia. Lo que sabe no es teoría pura, no es tampoco experiencia teorizada, es un poco su instinto de la justicia, un poco la poesía de lo que no se puede expresar acabadamente.

Ezequiel Martínez Estrada
Últimos escritos sobre ajedrez, ciudad, técnica y paradoja
(que fueron encontrados cuando murió en 1964 en lo que había sido su última casa en Bahía Blanca, Argentina, empaquetados en papel de periódico)