El polvo de las alas de la mariposa

I

Uno de los libros más hermosos y devastadores que he leído nunca no es un libro. Solo pasado el tiempo adquirió apariencia de libro, pero cuando fue escrito -a cuatro manos- no pretendía serlo. Son las cartas que se escribieron durante años Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald, tan hermosos como malditos, pareja que fue paradigma del éxito, la belleza y el glamur más absoluto, y que, irremediablemente, lo fueron también del descenso a los infiernos de la desesperación, el alcohol y la locura. Mientras tanto, él escribía unas novelas brillantes como pocas, dolorosas como ninguna otra.

Ahora mismo no tengo a mano el libro en cuestión –“Cartas de amor y guerra (1919-1940)”-, una edición de los años 90 que no sé dónde anda ahora y que no puedo consultar ni releer. Pero que me ha venido ahora de golpe a la memoria -su aire, su ingenuidad, sus descensos- al leer estos días de verano “La muerte de la mariposa”, de Pietro Citati.

En el libro, vuelven a aparecer Francis y Zelda casi como personajes de su propia vida, de su propia historia. Y acaso lo fueron de verdad durante aquellos años espléndidos y fugaces, y esa fue su gloria y, al tiempo, su condena.

Su amor -ella una joven sureña de belleza almendrada y viva y caprichosa inteligencia, de clase alta, hija de un juez y nieta de un senador; él, un joven de clase media, apuesto y escrupuloso, que acabaría siendo el mejor, y el más rico, de los escritores de su época- acabó envuelto -y enredado- en una vida desenfrenada y de éxito, tanto literario como social, en una adictiva destrucción -propia y mutua-, en un carrusel de frivolidades y excentricidades que les llevaría a lo más alto y a lo más desgarrador. Como si fueran personajes de las novelas que él escribía.

Pietro Citati narra con precisión en este librito el esplendor y la caída de una de las parejas más envidiadas y de más éxito del Hollywood de los años treinta. De América a Europa, de la Costa Azul a París, su vida esos años fue una montaña rusa de derroche, lujo, excentricidad, peleas definitivas y arrepentimientos absolutos.

Todo se vio agravado por la aparición de una devastadora enfermedad mental. A Zelda le diagnosticaron esquizofrenia. A partir de ahora su vida se convertiría en una sucesión de ingresos en las más prestigiosas y caras clínicas psiquiátricas. Fitzgerald acrecentó, a la vez, su vieja tendencia al alcohol. Se aceleró la destrucción, como si la vida intentará cobrarse lo que le debían. Fueron las más espléndidas mariposas en el más espléndido jardín, pero ahora, aunque seguían aleteando, habían perdido el polvo de sus alas.

En sus últimos años, Fitzgerald, ya perdido el brillante cetro de mejor y más brillante novelista de su generación, intentando huir de la bebida y empleado en un estudio de Hollywood escribiendo diálogos para películas que casi nunca llegaron a rodarse, murió en 1940 de un ataque al corazón, tan debilitado. Algunos años después, en el hospital psiquiátrico en el que estaba ingresada de nuevo Zelda, se inició un incendio en las cocinas que rápidamente subió hasta las habitaciones. Murieron nueve mujeres. Entre ellas estaba Zelda, calcinada en su habitación cerrada con llave. Pudieron reconocerla porque una de sus chinelas quedó carbonizada solo en parte.

Los cuerpos de Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald fueron enterrados juntos. En la lápida, alguien -probablemente su adorada hija Scottie- mandó grabar las últimas palabras de “El Gran Gatsby”: “Y así, seguimos remando, botes contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”.

II

Cuenta Pietro Citati en “La muerte de la mariposa” acerca de Fitzgerald y del oficio de escribir: “Fitzgerald era siempre culpable de las cosas que, sin tener él la culpa, se le escapaban, y de las luces que se desplazaban de un lugar a otro del mundo. “No se puede tener nada -decía Anthony Patch en Hermosos y malditos– nada en absoluto […]. Es como un rayo de sol que entra en una habitación y se desplaza por ella. De pronto se detiene y baña de oro algún objeto carente de interés, y nosotros, pobres idiotas, tratamos de apresarlo. Sin embargo, cuando lo hemos hecho, el rayo de sol se desplaza hacia otro lado, y tú te has quedado con el objeto insignificante, pero aquel resplandor que te hizo desearlo se ha desvanecido ya…” Nada hay más doloroso que ese rayo que se desplaza y las heridas que nos infligimos persiguiéndolo. Quien escribe poemas y cuentos busca las luces que se desplazan, los destellos, los reflejos, mientras escucha con una atención cada vez mayor algo que suena al fondo, la poderosa o imperceptible música trágica de las cosas perdidas”.

Cuenta también Pietro Citati en “La muerte de la mariposa” acerca de Fitzgerald y el éxito: “Una tarde en Nueva York […], se encontró dentro de un taxi entre edificios altísimos, mientras sobre su cabeza se extendía un cielo rosa y malva, y se puso a gritar porque tenía todo cuanto quería y sabía que nunca más sería feliz”.

Y también cuenta Pietro Citati en “La muerte de la mariposa” acerca de Fitzgerald y de Zelda y de la vida que vivieron: “Como les escribió a los Murphy casi tres años después, Fitzgerald tenía un consuelo: “¿Quién dijo que es asombroso que los dolores más profundos puedan transformarse, pasado el tiempo, en una especie de goce? Por supuesto, la copa de oro se ha roto, pero era de oro”.

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Si hubieses visto

Si hubieses visto, como yo,
al aclarar, venir, desde la nada, los pájaros,
y edificarse, desde la nada, la luz,
recomenzando, trabajosamente, día tras día,
no como consecuencia, sino como condescendiendo a las leyes que observamos,
y recordaras, estremeciéndote, como yo, desde una cama
solitaria, la espuma del amor, bajando,
como una vestimenta nupcial, al encuentro
de su llanto, no quedaría, de esa pesadilla, ni la escoria,
aunque más no fuese por un momento. Porque hay más de una
realidad. Hay más de una realidad
o un nudo, centelleante, de realidad,
que cambia a cada momento y es, sin embargo, único.

Juan José Saer. Diálogo bajo un carro. El arte de narrar (1960-1975)

La educación sentimental

Frédéric
Volvía a su habitación; después, tendido en su diván, se entregaba a una meditación desordenada; planes de trabajo, proyectos de comportamiento, aspiraciones para el porvenir. Por fin, para liberarse de sí mismo, salía a la calle.

Madame Arnoux
A Madame Arnoux le faltaba el aliento. Se acercó a la ventana para respirar.
Al otro lado de la calle, en la acera, un embalador, en mangas de camisa, clavaba una caja. Pasaban coches. Ella cerró la ventana y fue a sentarse. Las altas casas vecinas ocultaban el sol, un ambiente frío llenaba la casa. Sus hijos habían salido, nada se movía alrededor de ella. Era como una inmensa deserción.

Final
Viajó.
Conoció la melancolía de los paquebotes, los fríos amaneceres bajo la tienda, el vértigo de los paisajes y de las ruinas, la amargura de las amistades truncadas.
Regresó.
Trató gente, y tuvo otros amores todavía. Pero el recuerdo continuo del primero se los hacía insípidos; y además, la vehemencia del deseo, la flor misma de la sensación, se había perdido. Sus ambiciones intelectuales también habían disminuido. Pasaron años; y seguía soportando la ociosidad de su inteligencia y la inercia de su corazón.

Gustave Flaubert. La educación sentimental. 1869

Novelas

-Bueno, ya es suficiente, ya es suficiente, Matrióna Siemiévnovna -le interrumpió Bambáiev-. Dejemos esos chismorreos y elevémonos a mayor altura. Sí, yo soy un hombre chapado a la antigua. ¿Ha leído usted Mademoiselle de la Quintinie? ¡Qué maravilla! ¡Y con sus mismos principios!

-No leo más novelas -contestó la señora Sujanchikóv de modo seco y cortante.

-¿Por qué?

-Porque ahora no es tiempo de eso. Ahora solo tengo una cosa en la cabeza: las máquinas de coser.

Iván Turgueniev. Humo. 1867

…y tú te quedas igual

-María, tú eres lo mismo que una piedra de roca, turbia y picuda, en medio de las fieras humanas abandonada. Por encima de ella concurren confabulaciones del dolor mundial: revoluciones horrorosas, caballos tristes y dulces ranas sedientas, hombres y mujeres engolfados en los más atroces sufrimientos, lluvias y más piedras, hilos de sangre y de trajes mojados, gargantas sin respiración, piedras delicadas y harapientos bronquios, consultas de oscuridad y alarmas absortas; en fin, pilastras de compasión, y tú te quedas igual. Te quedas ahí pintiparada y sonriente, con tu sonrisa de pan duro o piedra. Te quedas fría y sola, sin sentido, sin acompañamiento, sin fibra alguna, a voluntad. ¡Oh, voluntad de piedra! No puedo, María, tener a mi lado semejante pedrusco negro, que solo habla con la boca apretada. Te lo ruego, hija mía. Vete, huye cuanto antes de aquí. Colócate en donde te pertenece estar. Ponte en un arrecife donde no pase nadie y, desde allí, pegada a la tierra, aunque no sea más que por entretenerte, escucha los desacompasados ruidos de la herida hecatombe y el resto de los rumores, porque ellos son los movimientos aparatosos de las almas que están condenadas a besar la espada de Dios.

Carlos Edmundo de Ory. El bosque. 1952

¡Oh aceras!

¡Oh aceras, refugios del lodo y del flâneur, os saludo; los momentos más felices de mi tierna juventud fluyen por tus baldosas, por tu granito, por tu calzada, por tu asfalto! Porque durante mucho tiempo caminé sin rumbo y, en adelante, espero seguir haciéndolo todavía.

El verdadero flâneur camina en un sentido hasta que un coche que pase delante de él, un apuro cualquiera, un escaparate que hace esquina, un empujón o un codazo le invitan a tomar otra dirección. De accidente en accidente, de empujón en empujón, el flâneur va, viene, vuelve otra vez y puede acabar encontrándose o muy cerca o muy lejos de su casa, según los designios del azar.

El verdadero flâneur no se aburre jamás, se basta a sí mismo y encuentra en todo lo que tiene delante algo con lo que alimentar su inteligencia.

Cualidades del flâneur:
Ser alegre cuando es posible.
Reflexionar cuando es necesario.
Observar siempre.
Algo de originalidad.
Una mente despierta.
Un poco de formación.
Y, sobre todo, una capacidad de suspender la conciencia.

Louis Huart. Fisiología del flâneur. 1841