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Archive for the ‘naturaleza’ Category

Cigüeña

Tiene un pico demasiado grande para ser el pico de un pájaro. Tiene unas alas demasiado grandes para ser las alas de un pájaro. Tiene unas patas larguísimas, demasiado grandes para ser las patas de un pájaro. Y, sin embargo, es un pájaro. Y, sin embargo, no es que sea simplemente un pájaro, sino que es un pájaro, a pesar de ser demasiado grande, perfecto y elegante.

Levanta la cabeza, y el pico, rojo y larguísimo, parece dirigir los movimientos de la cabeza, cuando es la cabeza quien dirige los del pico. Andan ahora sobre el tejado de una de las nave del polígono con una parsimonia que está a punto de perecer torpeza. Pero no lo es. Una de ellas eleva primero una pata, después la otra, para caminar con lentitud, pero con una exagerada gracilidad, sobre el mismo borde. Se recorta sobre el cielo azul como si fuera una figura dibujada. El lápiz traza una línea segura y larga. La cigüeña camina zanquilargamente sobre el tejado de chapa galvanizada y caliente.

Entonces, despliega las enormes alas y, con un impulso de sus patas, inicia el vuelo con un sonido sordo de maquinaria amortiguada empezando a funcionar, como de trapos sacudidos. Y vuela sobre el azul desvaído del mediodía.

A la caída de la tarde vuelve a posarse sobre esa improvisada atalaya, calcinada por el sol de un abril equivocado. De vez en vez, emite un rítmico paloteo provocado al chocar nerviosamente la parte superior del pico contra la parte inferior. Tabletea como unas castañuelas. Luego echa la cabeza hacia atrás.

A lo lejos, un avión deja una ráfaga de humo tóxico y el sol, al esconderse detrás de las montañas del oeste, tiñe de naranja el cielo. En unos momentos veremos el dibujo a tinta china de un pájaro demasiado grande volar contra ese color que se deslíe por minutos. Justo cuando el tejado de chapa galvanizada está empezando, por fin, a enfriarse.

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Ahora es el tiempo, cuando empiezan a abrirse las flores de las jaras.

Nunca sale al campo para nada, siempre hay un motivo, una excusa o una necesidad, ya sea real o inventada. Con las primeras luces del día abandona el espeso calor del bar que abre de madrugada y, al cabo de media hora, ya se encuentra perdido entre la maleza, dispuesto, un día más, a caminar sierra arriba, bien por caminos, bien campo a través, saltando de cuando en cuando las paredes de piedra que separan las fincas y el ganado. Unos días en busca de espárragos silvestres, o de setas, o de criadillas de tierra. Otros días en busca de orégano, hinojo  o almoraduj. Otros, es la búsqueda de acerones, romazas o berros, al pie de los arroyos o de los manantiales, la excusa para volver a perderse entre la agreste vegetación de la sierra y sus intrincados vericuetos conformados por caprichosas y precisas rocas de diversos tamaños que se amontonan amenazantes e inmóviles entre descomunales encinas, enmarañados acebuches y recios alcornoques.

El tiempo respira a otra velocidad mientras los pájaros chillan y el sol camina con una lentitud patriarcal por el cielo sin importarle gran cosa la presencia de algunas nubes. Sentarse sobre una piedra a fumar mientras se contempla un panorama repetido y amplísimo, aplaca las extrañas e innecesarias palpitaciones del alma. Definitivamente al margen de todo -una familia rota, una vida malgastada, una economía extremadamente precaria, unas expectativas del todo y para siempre inexistentes, sean del tipo que sean-, está contento allá arriba.

Hoy no ha subido a la sierra para nada especial. Aunque todavía no lo han hecho, están a punto de florecer las jaras. Ahora es el tiempo. Hoy la excusa o el motivo de volver ha sido la de buscar la rara y delicada rosa de los montes, que también llaman, un poco poética y cursimente, rosa de Alejandría, y que no es más que una peonía silvestre. Otros años -muchos años atrás- la vio por estas laderas. A su madre le gustaban especialmente.

Tras un par de horas de ascensión en zigzag, pudo ver de nuevo, al abrigo de un gran canchal, esas flores rojas que se encaramaban, como si estuvieran posadas, sobre macizos verdes, tan hermosas como frágiles. Duran, como todo lo hermoso y frágil, lo que un suspiro, dos o tres días. Se volvió a sentar sobre ese cancho a fumar de nuevo. Se había levantado un aire de lluvia. Confiaba en que siguiera soplando el viento. Había subido a la sierra en busca de la rosa de los montes y ya la había encontrado. Cogería un manojo y estaría el día cumplido, completo, precisamente malgastado como tantos otros días.

Ya en el pueblo, se desvió un momento, sin que le viera nadie, hasta el cementerio, a dejar esas flores silvestres sobre la tumba de su madre. Le gustaban especialmente esas rosas de los montes. Luego volvió al bar.

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Flores ahora

No se zancadillean porque no van a ningún lado, aunque se agolpan ahora en busca de la luz del sol y parecen empujarse. Han de sentirse -como por obligación- pletóricas para que un insecto imbécil se fije y, precedido por su insoportable zumbido, llegue a posarse unos segundos sobre ellas. Liban cuanto les apetece y salen enseguida manchados de su polen hacia otra pradera cubierta de nuevas y más frescas flores. Quedan entonces las primeras a merced del viento, aún frío y traicionero, esperando que antes de la caída de la tarde algún otro rezagado insecto llegue de nuevo con su torpe zumbido. Pocos días después, tan pronto, se empezarán a ajar. Pero ahora disfrutan de unas largas horas de sol, todas juntas entre la hierba, sin sentirse -aunque les sobren los motivos- nunca miserables.

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Hortelana

I
Volteaba con la pala del azadón los terrones oscuros entre los que se retorcían pequeños gusanos seccionados por la mitad. Se incorporó a descansar y sonaron las campanas de la iglesia. Eran las doce del mediodía y sonaban anunciando el ángelus. En una cadencia de siglos.

II
Un surco es un verso. (Etimológicamente, versus, aunque tenía varios sentidos, significa surco que da la vuelta y, por extensión, también hilera, fila o verso. Al final de cada surco hay que girar, dar la vuelta, volver, como ocurre en el poema después de cada verso, a otro verso, a otro surco) Y si un surco es un verso, una huerta es un poema.

III
En este caso, nadie le llevó al huerto, se fue él solo.
Por llevar la contraria, entre lechuga y lechuga, plantaba una col.
Una vez plantó toda la huerta de berenjenas y ya no supo salir de allí.
Los pimientos le importaban.
Aunque no es de extrañar. La parte del rábano que más le gustaba eran las hojas.

IV
En los mercados la verdura y las hortalizas se resignan y añoran, tristes, la huerta. Pero al menos se han salvado del destino atroz de los supermercados, horriblemente plastificadas en bandejas hasta su asfixia.

V
La huerta, un día, quedará al fin abandonada, algo más confusa, pero felizmente invadida por las malas hierbas.

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Garcilla

garcilla-bueyera

Es inusual ver un pájaro de estos solo y tan alejado de las zonas que les son más propicias. En riberas, lagunas o humedales es habitual verlas en grandes grupos, así como en los sembrados, especialmente detrás de los tractores que aran y dan la vuelta a grandes terrones de tierra, o en adormiladas explotaciones ganaderas, a lomos incluso de las vacas o detrás de ellas. Pero es raro verlas sierra arriba.

Tal vez se deba a que estos terrenos estén ahora ligeramente encharcados por las recientes lluvias, al tiempo soleado y a una temperatura templada. Así que ayer apareció esta garcilla bueyera por estas lomas, algo alejada de su entorno y sola, contraviniendo los habituales comportamientos de su especie.

Andaba entre la hierba empapada y entre las flores amarillas, con cierta elegancia casi egipcia, refulgiendo blanquísima al sol de mediodía. Debía estar buscando escarabajos, gusanos, saltamontes, arañas, libélulas, adormiladas ranas o incluso pequeñas culebras con su pico amarillo. El día era espléndido. Pero resultaba curioso verla en solitario y tan arriba en la sierra, lejos de los llanos.

¿Se habría despistado y perdido? ¿O habría preferido -fueran cuales fueran los motivos- alejarse del  grupo y perderse, sola, en otros lugares más tranquilos y olvidados? Tal vez se había alejado unos metros del grupo y poco a poco, sin darse cuente, se había encontrado lo suficientemente lejos para darse cuenta de que se había perdido, de que estaba perdida. O acaso lo hizo a propósito, precisamente con ese motivo. O se había despistado y, al cabo de unos minutos, ya no supo regresar, y angustiada, no tuvo más remedio que engañarse y hacer pasar por una decisión propia de alejamiento del grupo esa pérdida no buscada. Pero, al cabo, ¿cuál es la diferencia? ¿Lo sabía ella siquiera?

Levantaba la cabeza, andaba dos o tres pasos y volvía a hundirla entre la hierba, picoteando gozosa y despreocupadamente.

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Tumbado, la mañana

Tumbado sin hacer nada. Una nube, el aire moviendo las ramas de los árboles, el ruido furtivo y fugaz de una carretera lejana, el paso de otra mañana vacía. La actividad, la necesidad de responder a los mínimos y constantes retos de la vida diaria, el trajín incesante, la responsabilidad, los quehaceres y las obligaciones quedan tan lejos como el ruido esporádico de esa carretera secundaria y perdida, y se desvanecen en el azul como esa nube deshilachada, cambiante, ya casi inexistente. Ahora está tumbado sin hacer nada. El sol le acaricia y su único oficio es el de escuchar el canto de los pájaros. Debe sentirse culpable.

Arriba, muy en lo alto, pasan, alborotando con su eufórico graznido, un grupo de grullas. Han venido del lejano norte en busca de un invierno más templado, de más luz y de más sol. Las mira pasar y comprueba que van otra vez hacia el norte. Ahora van, acaso, al pequeño norte del gran sur, sobrevolando las altas montañas, de un valle a otro. Tumbado sin hacer nada no sabe si van o vienen, ni cuáles son sus fechas de ida o de venida. Simplemente las observa fabricándose una visera con la mano para evitar el sol sobre los ojos. Aunque vuelan muy alto, se intuyen, desplegadas y poderosas, sus alas. No entiende de pájaros. No entiende de nada. Debe sentirse culpable.

Está dejando pasar lo que queda de mañana después de haber estado cortando leña. Las noches son frías. Pronto empezará a caer la tarde y hay que llevar el cargamento de regreso. Es una sensación extraña la de no sentirse culpable. Casi placentera.

grullas

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primer-dia

De manera prodigiosa, como cada día, la aurora, con sus rosados dedos, lo inunda todo de una claridad nueva. Es la nueva mañana del nuevo día del año nuevo. Y, sin embargo, mientras caminamos entre la hierba crecida y empapada por las frías y brillantes gotas de rocío, con un pequeño cargamento de ilusión y optimismo a cuestas, todo, a cada paso, el sol ya en lo alto, nos resulta demasiado conocido, inquietantemente familiar.

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