Plantita

Pie de foto: Diminuta planta de limonero crecida espontáneamente entre el seto de cipreses que le privan de la luz, de ahí su incierto futuro, a unos dos metros de un gran limonero y un gran pomelo que hay en el patio y que nos sirven de techo vegetal -cuajado ya de verdes limones y verdes pomelos, gordos y redondos como planetas los pomelos, más livianos y pequeños los limones, a la manera de satélites de aquellos- bajo el que nos guarecemos estos días de calor a eso de la una a tomar unas cervezas y unos vinos, mientras, muy de vez en cuando, en alguno de esos inevitables y brevísimos lapsus melancólicos, nos detenemos a mirar esa diminuta planta de limonero que se mantiene verde y lustrosa, con ganas de tirar para adelante, pero, para qué nos vamos a engañar, de futuro incierto e improbable.

Él acaba por convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene desde tiempo luchando por recuperar, está agotada, y en los sufrimientos de este descubrimiento cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitado de cariño, debiera ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad.

Macedonio Fernández. Tantalia. 1930

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Aire

Con la mirada perdida y fija a la vez sobre la superficie de mi antebrazo izquierdo, erizado de diminutas gotas de sudor, pude contemplar el grosor inmóvil del tiempo detenido y el peso insoportable de un calor que lo congelaba todo a fuerza de derretirlo. Era como estar dentro de una gran bola de fuego en la que aún, inexplicablemente, se podía respirar. Los días se estaban alargando con una crueldad innecesaria, como estirados -y horriblemente torneados- dentro de un horno.

Pero, ahora, de forma inesperada, pude vivir, al cabo de tantos días, una prodigiosa y benéfica revelación, una unción salvífica, un regalo que me inundó para sumergirme por completo y devolverme a la vida: una casi inapreciable brisa, un leve airecillo que quería mover las hojas más altas de los árboles, recorrió mi antebrazo izquierdo y después mi cuerpo entero.

Durante el resto del día mi cuerpo fue un detector de esas mínimas corrientes de aire, escasas, débiles, pero ahora tan necesarias. Me paraba entonces y quería sentir cómo ondeaba mi camisa, cómo eran aliviadas mis gotas de sudor. Y las buscaba en pequeñas elevaciones o en improbables umbrías. Como un cazador de brisas al acecho, aunque eran ellas -tan raramente- las que me cazaban. El placer que me proporcionaban, algo en lo que nunca había reparado, era tenido ahora como un regalo de los dioses, un elemental -pero imprescindible- alivio. Con eso -con que corriera una gota de aire- me conformaba. Todo lo demás resultaba secundario.

Aunque cuando llegan los días fríos del invierno esta caza se convierte en huida. Se trata entonces de guarecerse, de evitar aquellas corrientes criminales como cuchillos, de buscar los rincones o las esquinas en los que el aire se acuesta, de cerrar la ventana. No hay nada tan traicionero como un mal aire. Unos escasos minutos bastan. Hurtarse de su incisiva y pertinaz acción es un alivio máximo, encontrar un lugar en donde no nos dé el aire, en donde no estemos a merced de sus corrientes, es una recompensa magnífica.

Pero ahora, dentro de las sucesivas y martirizantes bolas de fuego de este verano prematuro y precoz, mientras mantengo la mirada fija y perdida sobre la superficie empapada de mi antebrazo izquierdo, y contemplo, por fin, al cabo de las horas, cómo una ligera brisa cimbrea el vello de mi antebrazo izquierdo, siento una verdadera y limpia felicidad. O algo muy parecido y mejor.

Una pluma

Un pájaro perdió una pluma. La sujeto ahora con los dedos sin saber qué hacer con ella. No me molesta, pero sigo sin saber qué hacer con ella. Es bonita, su arquitectura y líneas son perfectas. No quiero guardarla en alguno de mis bolsillos por temor a estropearla. Pero andar con ella en la mano, me resulta algo incómodo, me limita. Y cuando me cruce con alguien me resultará incluso ridículo, me sentiré innecesariamente ridículo. Especialmente porque no sé para qué la he cogido. Especialmente porque ahora no encuentro fuerzas, o valor, para deshacerme de ella. Tendré que llevármela a casa. Y allí no sabré dónde dejarla. ¿En algún lugar a la vista? ¿O en el fondo de un cajón? No lo sé. Haga lo que haga con ella, la ponga donde la ponga, siempre terminaré por preguntarme lo mismo, ¿por qué no la he tirado? Y allí, en el lugar donde la deje, pasará el tiempo, tal vez el resto de su inerte existencia, acompañándome y haciéndome esa pregunta. ¿Por qué me recogiste del suelo? ¿Por qué no me dejaste allí? ¿Por qué me llevaste contigo? Ahora la sujeto con cuidado y con firmeza, y de vez en cuando la hago girar entre los dedos y la miro. Sigo de vuelta a casa un poco incómodo por llevarme algo que no quiero llevarme, por llevarme algo que un pájaro perdió y encontré en el suelo, entre la maleza, y que me agaché a recoger y que no me atrevo a tirar. Ahora es como si fuéramos inseparables. Si me cruzara con alguien que llevara un sombrero de paja se la podría regalar para que lo adornara con ella. Todo tendría un sentido, aunque fuera una estupidez. Pero ninguna de las personas con las que me he encontrado lleva sombrero. Además, no me atrevería a dársela y sugerir que la podría colocar allí. No le encuentro otra utilidad a la pluma que hago girar continuamente entre mis dedos. También pienso en, cuando llegue a casa, hacerle un corte transversal en su extremo e intentar escribir con ella. Pero se me antoja otra idea extravagante y con muy poco recorrido. Probablemente la colocaré en un portalápices, entre los lápices, como un guiño a la escritura del pasado. Pero no será más que un estorbo. Está empezando a anochecer y ya estoy cerca del pueblo. Ahora me pregunto dónde estará el pájaro que perdió la pluma. Es ridículo. No sé si pasarme antes por el bar a tomar algo o ir a casa directamente. Pero al acordarme de la pluma que tenía en la mano supe que no podía elegir, no podía ir al bar con esa pluma en la mano. Aunque también podía tirarla en cualquier sitio y tomarme tranquilamente unas cervezas. Pero no lo hice. No podía hacerlo. Y regresé a casa con una pluma en la mano.

Grulla

Hace ya bastantes semanas que las grullas regresaron a sus lugares de origen. En cuanto empiezan los primeros días de calor, saben que es hora de volver al norte, donde los veranos no son tan agotadores. Vuelven a casa. En los meses más crudos del invierno volverán a escapar de los hielos y las nieves en busca del calor invernal que pueden encontrar en las dehesas del sur. Aunque estén a miles y miles de kilómetros. Pero aquí el verano es demasiado intenso y agotador. Por eso, hace ya bastantes semanas que emprendieron el largo viaje hacia las tierras del norte, en nutridos y ruidosos grupos perfectamente organizados.

Por eso me sorprendió ver una picoteando distraída en las orillas de una exigua charca. Nunca las verás solas y nunca a estas alturas del calendario. Se trataba de un ejemplar adulto, de demasiada edad. Es muy probable que no tuviera las fuerzas suficientes para iniciar el largo viaje de regreso. Sabía que si lo hacía, no llegaría. Por eso decidió -en contra de su instinto y a pesar del horrible calor que le esperaba- quedarse por estas tierras en los que pasó cálidos y productivos inviernos, llenos de luz y abundantes de raíces, bulbos, tallos, hojas, semillas y pequeños invertebrados. Por eso decidió quedarse en estas tierras a morir, antes que hacerlo, exhausta, en la mitad del viaje de vuelta, en un lugar inhóspito y abandonada a su suerte, su última suerte.

Picotea y eleva las zancas lentamente en busca de algún rincón más húmedo, sintiendo sobre sus alas la fuerza de un sol inusual e inclemente. Aún recuerda el estruendo del aleteo de sus compañeras cuando emprendieron el largo vuelo hacia su lugar de origen, allá en las tierras del norte de Europa, donde los veranos son algo más amables y la vida repite sus ciclos como si nunca fueran a acabar. Recuerda el eco del estruendo del aleteo de las otras grullas iniciando el viaje a casa, cuando, en realidad, lo que escucha es el silencio del paso del tiempo y de la soledad. Solo le queda esperar.

Cigüeña

Tiene un pico demasiado grande para ser el pico de un pájaro. Tiene unas alas demasiado grandes para ser las alas de un pájaro. Tiene unas patas larguísimas, demasiado grandes para ser las patas de un pájaro. Y, sin embargo, es un pájaro. Y, sin embargo, no es que sea simplemente un pájaro, sino que es un pájaro, a pesar de ser demasiado grande, perfecto y elegante.

Levanta la cabeza, y el pico, rojo y larguísimo, parece dirigir los movimientos de la cabeza, cuando es la cabeza quien dirige los del pico. Andan ahora sobre el tejado de una de las nave del polígono con una parsimonia que está a punto de perecer torpeza. Pero no lo es. Una de ellas eleva primero una pata, después la otra, para caminar con lentitud, pero con una exagerada gracilidad, sobre el mismo borde. Se recorta sobre el cielo azul como si fuera una figura dibujada. El lápiz traza una línea segura y larga. La cigüeña camina zanquilargamente sobre el tejado de chapa galvanizada y caliente.

Entonces, despliega las enormes alas y, con un impulso de sus patas, inicia el vuelo con un sonido sordo de maquinaria amortiguada empezando a funcionar, como de trapos sacudidos. Y vuela sobre el azul desvaído del mediodía.

A la caída de la tarde vuelve a posarse sobre esa improvisada atalaya, calcinada por el sol de un abril equivocado. De vez en vez, emite un rítmico paloteo provocado al chocar nerviosamente la parte superior del pico contra la parte inferior. Tabletea como unas castañuelas. Luego echa la cabeza hacia atrás.

A lo lejos, un avión deja una ráfaga de humo tóxico y el sol, al esconderse detrás de las montañas del oeste, tiñe de naranja el cielo. En unos momentos veremos el dibujo a tinta china de un pájaro demasiado grande volar contra ese color que se deslíe por minutos. Justo cuando el tejado de chapa galvanizada está empezando, por fin, a enfriarse.

De la vida silvestre (fragmento)

Ahora es el tiempo, cuando empiezan a abrirse las flores de las jaras.

Nunca sale al campo para nada, siempre hay un motivo, una excusa o una necesidad, ya sea real o inventada. Con las primeras luces del día abandona el espeso calor del bar que abre de madrugada y, al cabo de media hora, ya se encuentra perdido entre la maleza, dispuesto, un día más, a caminar sierra arriba, bien por caminos, bien campo a través, saltando de cuando en cuando las paredes de piedra que separan las fincas y el ganado. Unos días en busca de espárragos silvestres, o de setas, o de criadillas de tierra. Otros días en busca de orégano, hinojo  o almoraduj. Otros, es la búsqueda de acerones, romazas o berros, al pie de los arroyos o de los manantiales, la excusa para volver a perderse entre la agreste vegetación de la sierra y sus intrincados vericuetos conformados por caprichosas y precisas rocas de diversos tamaños que se amontonan amenazantes e inmóviles entre descomunales encinas, enmarañados acebuches y recios alcornoques.

El tiempo respira a otra velocidad mientras los pájaros chillan y el sol camina con una lentitud patriarcal por el cielo sin importarle gran cosa la presencia de algunas nubes. Sentarse sobre una piedra a fumar mientras se contempla un panorama repetido y amplísimo, aplaca las extrañas e innecesarias palpitaciones del alma. Definitivamente al margen de todo -una familia rota, una vida malgastada, una economía extremadamente precaria, unas expectativas del todo y para siempre inexistentes, sean del tipo que sean-, está contento allá arriba.

Hoy no ha subido a la sierra para nada especial. Aunque todavía no lo han hecho, están a punto de florecer las jaras. Ahora es el tiempo. Hoy la excusa o el motivo de volver ha sido la de buscar la rara y delicada rosa de los montes, que también llaman, un poco poética y cursimente, rosa de Alejandría, y que no es más que una peonía silvestre. Otros años -muchos años atrás- la vio por estas laderas. A su madre le gustaban especialmente.

Tras un par de horas de ascensión en zigzag, pudo ver de nuevo, al abrigo de un gran canchal, esas flores rojas que se encaramaban, como si estuvieran posadas, sobre macizos verdes, tan hermosas como frágiles. Duran, como todo lo hermoso y frágil, lo que un suspiro, dos o tres días. Se volvió a sentar sobre ese cancho a fumar de nuevo. Se había levantado un aire de lluvia. Confiaba en que siguiera soplando el viento. Había subido a la sierra en busca de la rosa de los montes y ya la había encontrado. Cogería un manojo y estaría el día cumplido, completo, precisamente malgastado como tantos otros días.

Ya en el pueblo, se desvió un momento, sin que le viera nadie, hasta el cementerio, a dejar esas flores silvestres sobre la tumba de su madre. Le gustaban especialmente esas rosas de los montes. Luego volvió al bar.

Flores ahora

No se zancadillean porque no van a ningún lado, aunque se agolpan ahora en busca de la luz del sol y parecen empujarse. Han de sentirse -como por obligación- pletóricas para que un insecto imbécil se fije y, precedido por su insoportable zumbido, llegue a posarse unos segundos sobre ellas. Liban cuanto les apetece y salen enseguida manchados de su polen hacia otra pradera cubierta de nuevas y más frescas flores. Quedan entonces las primeras a merced del viento, aún frío y traicionero, esperando que antes de la caída de la tarde algún otro rezagado insecto llegue de nuevo con su torpe zumbido. Pocos días después, tan pronto, se empezarán a ajar. Pero ahora disfrutan de unas largas horas de sol, todas juntas entre la hierba, sin sentirse -aunque les sobren los motivos- nunca miserables.