Hasta que sucede

Un corazón abierto enseguida se contrae.
Algo gotea, apenas débilmente,
y empapa de un líquido pálido
la mano sobre la que descansa.
Respira pero no es aire,
late pero no es rosa.
Ya sabes que el ave fénix
antes tuvo que arder,
aunque alguien nos dijo también
que el orden de los factores
resulta irrelevante. Por eso
lates a destiempo, antes de que todo acabe.
O continúe. Porque es más
la mirada que la palabra
y nada tiene que ver
la esperanza con la espera.
Deja, entonces, que el corazón lata
mientras se pierde -o se aleja-
su eco. Tan débil sobre los labios.
Escapar, tranquilamente
hacia el abismo, es una quimera.
El corazón ignora las consecuencias
y cada día es un fragmento del pasado.
Sin embargo, amanece en las orillas.
Has aprendido tarde
que todo es real hasta que sucede.

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Pienso (Poemita irritante)

Pienso,
pero no sé muy bien lo que pienso.
Pienso que no sé lo que piensas,
y que prefiero, tal vez, no saberlo.
Y lo pienso sin pensarlo.
Lo pienso sin saberlo.

Piensas que pienso
que no sé lo que pienso,
pero, en realidad, piensas
que sí sé lo que pienso,
aunque no piense
ni sepa lo que pienso.
Y piensas también que prefieres no saberlo,
que prefieres no pensarlo,
pero lo piensas.

Pensamos que -tú y yo- pensamos
cosas que, acaso, no pensamos.
Pensamos que preferiríamos no pensar,
o, al menos, no pensar
que pensamos cosas
que no pensamos,
o que, si pensamos,
hubiéramos preferido no pensar.

Y pensamos.

Comparativa (31)

como la hipnótica coreografía de los limpiaparabrisas
como los pequeños pájaros marrones a última hora de la tarde
como un ángel atragantándose con una pluma
como el horizonte convertido en espejismo
como un retrovisor que reflejara el futuro a nuestras espaldas
como el verdugo afilando el hacha en un acto de compasión
como un cataclismo imperceptible
como un adivino a sueldo
como Heráclito en la orilla
como una mujer esperando
como los días del paraíso
como un naufragio en un estanque
como una flor seca entre las hojas del libro del Génesis
como una derrota llevadera
como la sombra agradable de una duda
como un solsticio perpetuo

Poda (4)

cenizas

Alguien se tiene que encargar del fuego,
dijo mientras se alejaba con un hacha.
Las sombras de las altas ramas
quedaban ocultas por las ramas mismas
caídas sobre ellas
después del tajo certero sobre cada una de sus vértebras.
Arrastradas entonces hasta el fuego
ardían con una desesperación no buscada.
Alguien se encargaba del fuego
y alguien, de derribar la vida incontrolada de las ramas,
que ardían -como nosotros- con  brevedad
hasta elevarse en pavesas
dejando al final un círculo de cenizas sobre el suelo.
Debajo de la hoguera -a su calor- imagino las raíces.

Cartografía

Cartografié
el territorio de la desolación
antes de que me diera cuenta
de que no hay nada peor
que llegar a tu destino,
incluso si no sabes dónde vas.
Caminé bajo el ojo ciego del sol,
descansé bajo el párpado de la luna.
Hubo seguro algún milagro,
aunque ya nadie los sabe distinguir.

No fueron muchos,
pero los días del paraíso existieron.
Ahora duermo y reclino mi cabeza
sobre una almohada llena de serpientes
y el corazón -extrañamente- en calma.

Todo giraba

Todo giraba.
Los sueños se confundieron con las pesadillas.
El mundo giraba alrededor y, ajenos,
preferimos hablar de cosas sin transcendencia,
entre silencios y miradas desviadas.
Siempre negábamos que necesitáramos ayuda.
El mundo giraba alrededor cada vez a más velocidad
dejando a su paso pequeños cataclismos imperceptibles.
El mundo giraba alrededor y, de pronto,
nos vimos impulsados a esa vorágine.
Éramos aves nocturnas durante un eclipse de sol.

En los valles

El exilio es el reino.
Al otro lado de las montañas, nuevas montañas nos esperan.
Me dijiste algo al oído que no olvidaré jamás:
“Nadie es feliz aquí en los valles y escapar es una necesidad.
Uno solo puede quedarse para morir a plazos”.
El horizonte no puede ser un espejismo,
tus botas llenas de polvo lo persiguen.
Caminas con la altivez gastada de un rey en el exilio
y añoras ahora esa voz que un día te habló al oído,
la dulce cadencia de unas frases que no has olvidado.
Nuevas montañas te esperan azules y lejanas,
y contemplas en silencio el espejismo del horizonte.
Sabes que no podrás salir nunca de los valles.