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Road movie

Haré un poema con tus huesos.
Será música y será de arena.
Cuando haya acabado todo
empezaremos de nuevo en otra parte.
El viaje será largo y no llegaremos jamás
a ningún sitio. Pero eso no será ahora.
A ese pájaro que vuela contra el viento,
buscando una corriente favorable,
no le importamos nada. Vuela.
El sol brilla sin fuerza en el retrovisor
mientras la tarde rueda detrás de las montañas.
No hay nada que decir. El silencio
nos acompaña en el asiento de atrás.
Pronto será de noche.
La luna tendrá el color de tus huesos.

Bajo el agua

No era más que un bulto de formas difusas, una sombra móvil de colores indefinidos que avanzaba con la misma lentitud con la que luego retrocedía, o tal vez no fuera más que una ilusión óptica, un juego refractario de la luz y el agua, inasible y con tendencia a desaparecer. Algo, sin embargo, parecía moverse.

El día mostraba impasible una nítida claridad. El agua brillaba en las terminaciones de las pequeñas ondulaciones azules o verdes en un vaivén obstinado. Entonces sacó de repente la cabeza a la superficie rompiendo la falsa calma del mar meciéndose contra el cielo. Sonó una especie de bufido sordo. Respiró por fin con los ojos aún cerrados y sintió la luz del sol y el aire, y los sintió como si fuera la primera vez que le diera la luz del sol y el aire del mediodía.

Llegaba de lejos y ahora, por fin, emergía asomado a la superficie. Sabría mantenerse a flote. Las incansables ondulaciones parecían sostenerle. Movía las piernas bajo el agua en la dirección correcta. El cansancio le ayudaba a resistir porque sabía que no podría estar más agotado. No podía explicar por qué, pero sentir esa extenuación era una sensación agradable.

La línea de la costa no estaba tan lejos. Tal vez lo estuviera imaginando, pero podía oír el canto de unos pájaros, su desordenado chillido. Cantaban como si la vida sobre esa franja de tierra que se avistaba fuera indiferente y tranquila. Pronto habría pasado todo. Le gustaba sentir la brisa sobre su cabeza empapada. La luz del sol era demasiado intensa. Cerraba los ojos y veía una cortina roja. Recordaba los años que había pasado sumergido.

Leer/Escribir

I
Hay un libro abandonado sobre la arena. Alguien lo dejó abierto o cayó así, de cualquier manera. Ahora el viento pasa las hojas del libro. Pero el viento ni las ha escrito ni las leerá.

II
Leo porque no sé escribir.
Entonces, ¿escribo porque no sé leer?, ¿cómo se explica que escriba si sé leer? Es que, ¿no es suficiente leer? ¿No es escribir, al cabo, otra manera de leer? ¿De leerse a sí mismo? ¿De hacerse legible?

II
Escribo porque lo que quiero leer aún no está escrito. Escribo para poder leer lo que aún no está escrito y debiera, de alguna manera, estarlo. Escribo.
Entonces, ¿por qué no me gusta leer lo que he escrito?

II
Hay que leer como si se estuviera escribiendo lo que se está leyendo. Escribiendo verdaderamente esas mismas palabras y frases, como si estuvieran siendo escritas por primera vez por quien está leyendo. Y en realidad es así.

II
Hay que escribir como si otro estuviera leyendo lo que se está escribiendo. Aunque sea uno mismo.

III
-¿Es mejor leer que escribir? Indudablemente.
-Sí, lo sé. Pero alguien tenía que hacerlo.

En qué día

No sé en qué día vivo. Los calendarios no hacen más que engañarme. Por no hablar de los relojes. Así que los ignoro. Podría vivir perfectamente siguiendo los días de otro año y saltarme las hojas de los meses de ese calendario de otro año que no me interesaran. Podría avanzar -o retroceder- a través de los días sin mayor problema. Seguiría sin saber muy bien en qué día vivo. Ni siquiera soy capaz de acertar el año. Suelo dar una cifra aproximada. Es indiferente.

Los días de la semana me bailan, me resultan intercambiables. Cuando los días se repiten sé, entonces, que el calendario avanza sin ningún miramiento, pero si el día es nuevo y distinto, sé que debe pertenecer a otro año, anterior y probablemente lejano.

De vez en cuando miro la hora, aunque no me interese lo más mínimo. Es algo mecánico, un gesto de otro tiempo. Cuando dejo de mirar el reloj, aunque no hayan pasado más que unos segundos, no recuerdo la hora que era. Hace tiempo que decidí adaptar mis horarios a los de un reloj parado.

La noción del tiempo nada tiene que ver con los relojes y los calendarios. Son, para mí, artilugios del pasado. Tengo que hacer un esfuerzo para intentar situarme, aunque sea aproximadamente. Ordenamos los días, las horas, los meses, unos detrás de otros, en un juego -o útil convención- que ya no practico ni comparto. No sé en qué día vivo y mirar un calendario para saberlo me podría ayudar, siempre y cuando ese calendario no fuera del año en curso. Y aún así, me resultaría indiferente. Una fecha elegida al azar.

Ni la hora, ni el día, ni el mes, ni el año, me interesan. Acaso solo, de alguna tangencial manera, el paso de las estaciones. El resto sobra. No he conseguido situarme nunca. Sé que pasa el tiempo. Las horas, los días, las semanas, los meses, los años, se pierden. Huyen hasta que se desvanecen. Solo las estaciones perduran y se repiten. Son capaces, a diferencia de lo que marcan los relojes y señalan los calendarios, de volver.

Cuando alguien me pregunta la hora, le digo que estamos en primavera.

Los poetas

Los poetas son hombres despeñados; toda su tienda es de imposibles.

Lope de Vega, La Dorotea, acción en prosa, 1632

Retrato (5)

Le gustaba pasear por los polígonos industriales. Suspendía siempre los exámenes de conciencia. Le aterraba que le dieran la enhorabuena. Procuraba hacer solo las muecas necesarias al afeitarse. Tuvo suerte de que sus sueños no se hicieran realidad. Era un superviviente de sí mismo. Su vida cabía en un bostezo. Había partes de la obra que no entendía, y las otras, pensaba que sobraban. Vivía en ficciones sucesivas. Recordaba mejor los días de lluvia. Sentía ganas de dejarlo todo, pero no tenía nada que dejar. Se quedó definitivamente en el otro lado, en uno de sus márgenes. Pasó página y era la misma. Un buen día de finales de junio se sentó tranquilamente en el borde del trampolín.

Lázaro

Lázaro resucitado llevó una vida sin sobresaltos hasta que, ya en una vejez muy avanzada, le quiso la muerte sorprender de nuevo. No le preocupó gran cosa. Sabía que era más sencillo resucitar por segunda vez que haberlo hecho la primera.