En los valles

El exilio es el reino.
Al otro lado de las montañas, nuevas montañas nos esperan.
Me dijiste algo al oído que no olvidaré jamás:
“Nadie es feliz aquí en los valles y escapar es una necesidad.
Uno solo puede quedarse para morir a plazos”.
El horizonte no puede ser un espejismo,
tus botas llenas de polvo lo persiguen.
Caminas con la altivez gastada de un rey en el exilio
y añoras ahora esa voz que un día te habló al oído,
la dulce cadencia de unas frases que no has olvidado.
Nuevas montañas te esperan azules y lejanas,
y contemplas en silencio el espejismo del horizonte.
Sabes que no podrás salir nunca de los valles.

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De vita beata

Vuelvo a perderme -leer es una buena manera de hacerlo- en este diálogo escrito en Roma en 1463, lo suficientemente lejos de estos tiempos, más que de zozobra, zozobrados, en el que el vaivén de los días nos lleva y nos trae, esperando a ser arrojados por fin -pecios sin más- a la fría arena de la playa más cercana al naufragio.

Y aquí me hallo ante esta obrita escrita por Juan Ramírez de Lucena, más conocido -aunque no mucho más- como Juan de Lucena, reputado humanista, nacido en Soria en torno al año 1430, y que llegó a ser embajador de los Reyes Católicos y protonotario apostólico, sea lo que sea lo que viniera a significar este cargo -que tan bien suena: protonotario apostólico-, libro -escrito a la manera de diálogo renacentista- que se encarga de esclarecer, con diversas y encontradas razones, la posibilidad o imposibilidad de la felicidad en la vida del hombre. Para terminar, tras largos y apasionados discursos, concluyendo que esta aspiración -la felicidad, ja, ja, ja, já- está vedada al hombre en su existencia mortal. La única felicidad posible está en la otra vida, y solo la alcanzan los bienaventurados que gozan de la gloria del Señor. Pues apañados vamos.

De familia judeoconversa, Juan de Lucena fue sacerdote y vivió en Roma al servicio del cardenal Enea Silvio Piccolomini, que poco después alcanzaría la silla de Pedro bajo el nombre de Pío II. Años después nuestro reputado humanista alcanzaría gran prestigio y diversos cargos en la corte de los Reyes Católicos.

Autor de una obra reducidísima- el diálogo De Vita Beata, la Epístola Exhortatoria a las letras, el Tratado de los gualardones y la Carta de Consolación a Gómez Manrique, además de una carta dirigida al rey Fernando en solicitud de ayuda contra la Inquisición- Juan de Lucena es un autor fundamental para la comprensión histórica de nuestro siglo XV -si a alguien todo esto le pudiera, no sé, interesar, que no creo.

En 1463 tradujo libremente al castellano el diálogo Dialogus de Felicitate Vitae, escrito en 1445 por Bartolomeo Facio, dándole el título de De Vita Beata. En esta obra, de aire ciceroniano, dialogan el propio Lucena y los ya fallecidos poetas Íñigo López de Mendoza y Juan de Mena, así como el obispo de Burgos Alfonso de Cartagena, sobre la felicidad. De lo efímero de la felicidad en la vida y de lo inconstante de las riquezas de reyes y privados. Y de cómo considera incompatible el placer y la virtud. Para conseguir la felicidad no queda más remedio que aspirar al sumo bien: Dios. Amén.

Aunque a pesar de su impronta estoica y en ocasiones medievalizante, el diálogo resulta inteligente, ameno -bueno, todo lo ameno que pueda ser una obrita de estas características del siglo XV-, y con una frescura de lenguaje que resulta de una modernidad sorprendente, que deja atisbar una agradable y desconcertante ambigüedad ideológica, como si estuviera acostumbrado, debido a su origen, a saber nadar entre dos aguas.

El descontento es, seas quien seas, hagas lo que hagas, tengas lo que tengas, permanente:

…ninguno en esta vida puede alcanzar felicidad, o por ejercicio del cuerpo siga la vida activa o la contemplativa con afán del espíritu o en cual te quisieres que viva, jamás permanesce contento. Es así por ventura asentado en los mortales un tan insaciable apetito que cuanto más abundan y tienen, tanto más les fallesce, ningún modo de vivir les agrada, y por esto vemos que no es a quien no fastidie la vida que poco antes eligió por mejor, y quien no piense haber errado en haberla comenzado, aprobando más el estado ajeno que el suyo…

Tal vez no desear nada y anular toda ansiedad del ánimo sea el mejor camino hacia la verdadera felicidad:

…esta sola felice vida se dirá, honesto mantenimiento de vevir, al que es contento, que ni cura la sobra, ni siente la mengua, quien allende desto nada no desea, caresce de ansiedad del ánimo y de molestia del cuerpo. Quien esto todo no ha, ni bienaventurado se puede llamar ni felice.

Bienes, honores y riquezas, de nada valen:

…a mí parescen los bienes humanos de toda felicidad separados…

…las riquezas, si bien miras en ello, no hartan ni contentan los hombres, antes les retraen nueva sed y mayor hambre. Tienen tan flamíneos apetitos, que por más echarles, más los encienden, y el fin de adquirir jamás se alcanza.

Así que es…

…nuestra humana vida, como cosa llena de ansiedad, de felicidad vacía…

La felicidad -acabáramos- no es posible:

…que ninguno en esta vida vive beato, desde Cádiz fasta el Ganges toda la tierra expiamos, a ningún mortal contenta su suerte.

Ya termino con esta frase refrán o dicho, con el que recrimina nuestros afanes, nuestras aspiraciones, lo que perseguimos angustiados con la lengua fuera:

…quien tras otro cabalga, no aguija cuando quiere…

 

Cruje

Cruje, crujes, crujo.

Todo está tan seco que cruje. Caminas y cruje. Te paras y cruje. Incluso si miras, cruje. El sol lo hace crujir todo. Un mundo áspero, arrasado, liquidado y crujiente. Y lo que cruje se rompe. Y todo está rompiéndose siempre, a cada instante, crujiendo. Cada crujido resuena como un grito mudo, crujido tras crujido, asediando el silencio, cómplice del sol, que también cruje a lo lejos. O crepita.

Te abrazo y crujes. Me gusta escuchar ese crujido. Tus manos crujen y tu mirada está llena de crujidos pequeñitos. Debe ser la vida. Regresas del trabajo y abrazas a los niños con fuerza para que crujan. Y tienes miedo de hacerlo en exceso y crujan demasiado. Todo, cada cosa que haces, emite un crujido. No sabes si de felicidad o de espanto. El más alto crujido es el del dolor. Sueñas, entonces, con el silencio. En tus pesadillas caminas despacio por un paseo entre los árboles del otoño. Las hojas caídas crujen espantosamente a tu paso.

Crujo y me siento vivo. Oigo el crujido que da fe de mí. Y su eco se desvanece hasta que emito un nuevo crujido, un nuevo eco. No puedo separarme de mis crujidos, son los que me conforman, apenas soy sin ellos. Atravieso las sombras gracias a cada crujido que me dirige y salva. Me recuesto sobre el respaldo de la silla y cruje. Cruje el mundo ahí fuera. Mi cabeza también es un puro crujido. La vida consiste en crujir. Y cruje. Ahora todo está tan seco que cruje. Es difícil avanzar en silencio.

Cruje, crujes, crujo.

Retrato (12)

Nunca en su vida se equivocó en nada. Tal vez una o dos veces. Y tenía la impresión de que éstas fueron las más importantes. Se acordaba de los grandes charcos de la infancia. Cuando oía la palabra cultura, le daban ganas de sacar una pistola de juguete. Nunca terminó de entender bien del todo la teoría de la relatividad. Le ponían muy nervioso las mesas que cojeaban. Nunca se dejó bigote. Le hubiera gustado presidir una fundación. Adquirió toda su cultura literaria en el metro. Detestaba los chalecos. Era como si les faltara algo. Se convirtió finalmente en un personaje, porque ser una persona le causaba muchos problemas. No tenía la cabeza muy bien amueblada. Parecía más bien un trastero. Detestaba la ópera y el patinaje sobre hielo. Le hubiera gustado tener la templanza de un contratista de obras. No sabía qué cara poner cuando subía o bajaba la persiana. Siempre lo hizo todo a voleo. No le fue mal. Con las tripas se fabricó un corazón.

Herrumbre

La herrumbre nos sonríe,
su metálica sonrisa tarda siglos en descomponerse.
Las cosas bajo tierra llevan una vida tan intensa
como las cosas que hay sobre ella.
Ni siquiera es un mundo simétrico,
es simplemente paralelo -y le basta-,
sobre el que crece un campo de trigo
tan azul como el mar. A veces
el fogonazo de un rayo lo ilumina todo
y la herrumbre tiembla,
y ese temblor dibuja una sonrisa
en lo más hondo de la tierra.
Después, la noche de octubre
queda en silencio. Huele a humedad.
Viajo entonces bajo tierra
en busca de una vida más intensa,
de una sonrisa.

Ladra

Ladra un perro en la noche. Desvelados, le oímos. Esperamos a que deje de ladrar, a que se canse de hacerlo. No deja de ladrar, no se cansa de hacerlo. Pensamos que, tal vez, si dejara de ladrar, podríamos volver a conciliar el sueño. Estamos desvelados. No sabemos si nos despertó -a estas horas, en mitad de la noche- el ladrido del perro o si ya antes de que empezara a ladrar nos habíamos develado. Tal vez sabíamos que iba a ladrar esa noche, justo un poco después de que nos hubiéramos desvelado. Ladra como si hubiera esperado a que nos desveláramos. O tal vez empezó antes. La noche está en calma. Solo ladra un perro. Se le oye bastante cerca. Sin embargo, no podemos ubicarlo. Solo sabemos que ladra en la noche. Una noche silenciosa y oscura. Puede que esté algo más lejos de lo que parece. Pero ladra como si estuviera aquí al lado. Hemos abierto los ojos en la oscuridad. Con la cabeza excesivamente despejada. Preferimos no mirar el reloj. Es como si hubiéramos encallado en la noche, dejando de navegar por las aguas del sueño. Ahora solo nos queda escuchar el ladrido monótono del perro que no cesa. No avanzamos. Hay momentos en que parece que deja de hacerlo -toda nuestra esperanza queda cifrada en esos momentos-, pero vuelve de nuevo a ladrar con la misma fuerza. Buscamos, incluso, en el ladrido un tono de desesperación o angustia. Pero solo escuchamos un ladrido. Intentamos dormir, ignorar al perro que ladra, no escuchar el ladrido o no tenerlo en cuenta. No podemos. El mundo, la noche, todo queda reducido a ese ladrido. Aunque es casi peor sentirse encallado, sentir que no avanzamos en la negra noche, que el tiempo es absolutamente negro también y está detenido. Los pulsos, los latidos se aceleran, o al menos, se intensifican, son percibidos como zambombazos en los tímpanos. Respiramos hondo mientras continúa ladrando el perro. Otro, más lejos, le contesta. No debemos estar solos.

Ladra un perro en la noche. Nosotros, si pudiéramos, también lo haríamos. Un ladrido absurdo y necesario.

Abandono

Aunque la niebla dejaba ver los picos más altos que brillaban al sol, llevaba todo el día envolviéndonos con su abrazo húmedo, convirtiéndolo todo, un poco más abajo, -las rocas, los árboles, los caminos- en bultos borrosos, mientras que unos fantasmas aproximados sin contornos precisos avanzábamos penosamente a caballo por un estrecho, descarnado y resbaladizo camino. Las nubecillas de nuestro aliento, y las de los caballos, parecían contribuir a adensar aún más la niebla. Podríamos chorrear si no estuviéramos tan completamente empapados. El cuero de los correajes era ya negro, y nuestros abrigos pesaban tanto que nos tironeaban hacia el suelo con fuerza. Grandes gotas como lágrimas colgaban de las ramas de los robles. Sobre los arbustos se extendían, con una delicadeza impropia de estos parajes, telarañas que sostenían también pequeñas perlitas de agua. Caminábamos sumergidos, casi a tientas, en busca de un refugio suficiente.

Un poco más arriba aún, nos topamos con un enorme cortante de roca descarnada que llevaba siglos inclinándose sobre el abismo amenazadoramente. A ras del escaso suelo formaba una cavidad que, aunque no llegaba a ser una cueva, dejaba suficiente espacio como para que nos pudiéramos guarecer. Además, no éramos ya muchos, apenas media docena, aunque nuestro cansancio nos duplicaba.

Nuestra misión carecía de sentido. Nuestra tierra había dejado de ser nuestra. Era absurdo no reconocerlo y seguir empecinados en no dar el brazo a torcer. Acaso tantos años de rebeldía y resistencia, aquí arriba en las montañas, nos habían terminado por convertir en seres montaraces y con escasa capacidad de raciocinio, a los que los que la defensa de una tierra, de una dignidad, de una memoria, nos había convertido finalmente en una reliquia inservible, en una especie de amuleto que ni siquiera daba buena suerte.

No nos quedó más remedio que dejar los caballos fuera, entre la espesa y cargada niebla, mientras nosotros nos acomodábamos como podíamos en la estrecha franja seca al resguardo y nos despojábamos de los pesadísimos abrigos y las empapadas botas. Encendimos -no fue fácil- un mínimo fuego en el que calentarnos, aunque fuera insuficientemente. Después pusimos una lata llena de agua de lluvia a hervir para preparar una especie de té -té de las peñas, lo llamaban- que los lugareños recogían de entre las rocas más altas y que era en realidad una especie de manzanilla salvaje, sin las benéficas propiedades del té que no era. Pero no había otra cosa. El café hacía semanas que se acabó. Y ahora nos teníamos que conformar con ese líquido levemente aromatizado que al menos nos calentaba por dentro, nos relajaba algo y nos mantenía agradablemente ocupadas las manos con algo que no eran las bridas de nuestra montura o el demasiado conocido tacto de nuestro fusil. Sosteníamos nuestras tazas de latón casi amorosamente.

Alguno de los nuestros intentaba dormir, otros miraban la montaña envuelta en la tupida gasa de la persistente niebla como si no la miraran o lo hicieran más allá, yo alimentaba mientras el fuego con pequeños palitos secos, trozos de ramas que crepitaban un momento. Era complicado mantener el fuego, era agradable y angustioso a la vez. Las laderas, las cárcavas, los árboles y las piedras estaban empapados como si estuviera lloviendo, pero no se oían caer las gotas. Acaso a media tarde abriera por fin el día. Los caballos, a cada instante, se sacudían nerviosos para nada.

Cuando nos quedamos los dos solos delante de la mísera lumbre, supe lo que me iba a decir. Era uno de nuestros mejores compañeros y uno de los primeros en incorporarse a nuestro quimérico ejército de hombres libres y desesperados. Nos conocíamos bien y habíamos vivido juntos muchas peripecias y peligros.

-Mañana me marcho -dijo sin mirarme, el cacillo en la mano y la voz, sin embargo, firme.

El fuego chisporroteaba como si nadie hubiera dicho nada. Era entretenido mirar las llamas, cómo se elevaban, cómo se retorcían, cómo volvían a emerger, de un lado hacia otro, indisciplinadamente. El silencio entero de la montaña se había condensado ahora en este silencio que nos separaba. Estaba claro que no iba a decir nada más, al menos, de momento. A mí, oírle decir aquello, ni siquiera me dolió. Las cosas eran como eran, aunque podían siempre ser mucho peor.

-Bien… -dije, como queriendo decir que estaba bien, que había estado bien compartir durante estos últimos años el espíritu de libertad y dignidad con tan escasos medios y sin ninguna ayuda aquí arriba en las montañas- No te reprocho nada.

Siguió sin levantar la mirada del fuego. El silencio volvió a ser el silencio de los bosques de la montaña. La niebla era ahora aún más espesa. Yo intentaba mover los dedos de los pies enfundados en unos gruesos y sucios calcetines. Era raro no escuchar pájaros.

-Mañana temprano me marcho -volvió a repetir como si no me hubiera escuchado.

-Bien… -¿es que no éramos capaces, ni él ni yo, de decir otra cosa?- Gracias por todo. Gracias. Deseo que te vaya bien, que tengas suerte, que puedas empezar de nuevo. ¿Dónde vas a ir? ¿Qué vas a hacer?

Intentaba ser amable y comprensivo, aunque sabía que a él, esto, lo que yo dijera, le daba igual. Tenía la cabeza demasiado ocupada en desterrar las ideas -sus propias ideas- que le acusaban -a sí mismo- de abandono, de deserción, casi de traición. Empezó a mover también los dedos de los pies.

-No lo sé. Lo único que sé es que esto, nuestra vida en las montañas, nuestra lucha contra el invasor del sur, nuestras desgastadas ideas que nos hicieron subir hasta aquí y resistir y golpear al enemigo cuando podíamos, todo esto ha terminado, hace ya tiempo que terminó. No tiene sentido seguir. Nuestro afán ahora no es más que una inercia sin sentido. Hemos perdido, hemos fracasado. No somos más que unos fantasmas que recorren las montañas y que juegan a ser héroes.

-Puede que tengas razón. Pero eso no cambia nada. No sé si el destino nos viene impuesto o si podemos nosotros cambiarlo. Pero éste es el nuestro.

Hubo más silencio. Era probable que ninguno de los dos entendiera por qué nos empeñábamos en romperlo.

-Mañana temprano me marcho.

-¿Adónde irás?

-Intentaré atravesar la llanura. Una cosa sé. No me quedaré en nuestra tierra ni en ninguna de nuestras ciudades. No podría ver allí las repugnantes y satisfechas caras de los ocupantes. O lo que es peor, la plácida connivencia de los nuestros. Intentaré llegar hasta la frontera del gran río y aprovechar algún descuido de sus patrullas para atravesarlo. Y luego seguir y seguir hasta llegar hasta las últimas montañas azules. Supongo que no me será difícil atravesarlas después de tantos años yendo y viniendo por éstas. Tal vez al otro lado de las montañas azules encuentre la paz y pueda empezar de nuevo.

-Ojalá lo consigas -le dije de corazón.

Luego volvió el silencio hasta que eché unas ramitas más al fuego que crepitaron con chasquidos, no sé si de alegría o de dolor. Se nos iluminó fugazmente la cara. El té estaba ya frío y amargaba ahora algo más.

-¿Se lo has dicho a los demás?

-Ya lo saben.

-¿Y qué te han dicho?

-Nada.

Estaba tan cansado que tenía ganas de dormir, aunque sabía que me costaría conciliar el sueño. Mañana sería otro día, ese era el problema. Quedaba poco para que atardeciera y la niebla ya no iba a levantar. Las gotas de agua colgaban de cualquier sitio y eran como joyas o lágrimas.

A la mañana siguiente todo transcurrió como en una película muda, o más bien como en una película que hubiera perdido el sonido. Aunque no salió el sol, al menos la niebla desapareció. Los abrigos y las mantas no habían tenido tiempo de secarse del todo. Durante la noche pensé en que cuando nos levantáramos él ya no estaría, habría aprovechado las últimas horas de la madrugada para irse sin despedirse. Era, tal vez, mejor así. Pero me equivoqué. Allí estaba ajustando la silla de montar a su cabalgadura. Esperó a que amaneciera para despedirse, pero no pudo decir nada. Una vez montado en su caballo nos miró, levantó la mano con un gesto amistoso y cansado, se dio la vuelta y empezó su camino senda abajo.

-Buena suerte, compañero -le grité intentando no descomponer la voz.

El sol empezaba a jugar con las nubes y la mañana olía a tomillo. Empezamos a recoger las cosas. Cada vez éramos menos, pero había que continuar.