Pienso (Poemita irritante)

Pienso,
pero no sé muy bien lo que pienso.
Pienso que no sé lo que piensas,
y que prefiero, tal vez, no saberlo.
Y lo pienso sin pensarlo.
Lo pienso sin saberlo.

Piensas que pienso
que no sé lo que pienso,
pero, en realidad, piensas
que sí sé lo que pienso,
aunque no piense
ni sepa lo que pienso.
Y piensas también que prefieres no saberlo,
que prefieres no pensarlo,
pero lo piensas.

Pensamos que -tú y yo- pensamos
cosas que, acaso, no pensamos.
Pensamos que preferiríamos no pensar,
o, al menos, no pensar
que pensamos cosas
que no pensamos,
o que, si pensamos,
hubiéramos preferido no pensar.

Y pensamos.

Anuncios

Comparativa (31)

como la hipnótica coreografía de los limpiaparabrisas
como los pequeños pájaros marrones a última hora de la tarde
como un ángel atragantándose con una pluma
como el horizonte convertido en espejismo
como un retrovisor que reflejara el futuro a nuestras espaldas
como el verdugo afilando el hacha en un acto de compasión
como un cataclismo imperceptible
como un adivino a sueldo
como Heráclito en la orilla
como una mujer esperando
como los días del paraíso
como un naufragio en un estanque
como una flor seca entre las hojas del libro del Génesis
como una derrota llevadera
como la sombra agradable de una duda
como un solsticio perpetuo

Sacrificio

Subía a la crespa montaña con el corazón negro de pena y una obstinación ciega. Se apartaba las amplias haldas del ropaje para dar más largas las zancadas. Cada cierto tiempo se aseguraba de que llevaba, bien ceñido a la cintura, su cuchillo. A pesar de estar en contacto con su piel y estar oculto tras sus ropas, seguía frío como un trozo de hielo inderretible. Le apenaba y le tranquilizaba a la vez encontrarlo en su sitio, que no se hubiera caído y extraviado. No podía caerse ni extraviarse, al menos hoy. Su hijo, Isaac, le acompañaba en la ascensión y jadeaba por el esfuerzo. Pero ya no quedaba mucho. Aquellas rocas en la cima, como si alguien hace miles de años las hubiera colocado allí ignorando designios posteriores, reposaban al lado de un árbol seco y unos matojos espinosos. Parecía, sin embargo, un buen lugar para detenerse y descansar.

Cuando llegaron, el padre se dispuso, sobre aquellas descarnadas piedras, a preparar el ara. Isaac le miraba con perplejidad, buscando el animal predestinado al sacrificio sin encontrarlo. El sol caía a plomo y las nubecillas blancas parecían asustarse de él. Allí, en los parajes de lo más alto de la montaña, todo estaba en silencio. Las piedras se habían acostumbrado ya y preferían morir sin hálitos ni estertores.

Cuando el padre le sujeto con fuerza -con esas dos grandes y ásperas manos- por los antebrazos, intentó desasirse, pero lo intentó durante menos de un minuto. Pronto se dio cuenta, no solo de lo que ocurría, sino de lo que iba a ocurrir. Extrañamente no tuvo miedo, solo le acometió un hondo sentimiento de impotencia, y de injusticia, y de pena, y de rabia, pero no solo por él, sino, también, por su padre. Dejó de intentar zafarse y confió en su destreza con el cuchillo y en que éste estuviera perfecta y nítidamente afilado. No había pájaros esa mañana en la cima.

Abraham ató con vieja maña a su hijo sobre el exiguo lecho de piedras, sintiendo sus brazos y sus piernas como sentiría las de un cordero o cabrito dispuestos -sin quererlo- a un holocausto acaso innecesario. Sentía el frío del cuchillo contra su cadera. El Señor lo había ordenado y no había más que hablar, ni que plantear, ni que discutir, ni que desobedecer. No podía haber vuelta atrás. La orden resonaba en su cabeza y, tal vez, una vez realizado el sacrificio -una vez acuchillado y muerto su hijo- dejara de oír esa orden retumbando en sus sienes y podría descansar en paz, con el corazón negro por la pena, pero en paz. Isaac había perdido el color y esperaba. Él, por fin, saco su cuchillo, grande, lo suficientemente ancho, que ni siquiera brillaba. Tampoco oían el silencio.

Cuando movió con energía el brazo para efectuar el elíptico movimiento que seccionaría el cuello -blanco, frágil, aún sin formar- de su hijo, volvió a escuchar la voz que resonaba todavía en su cabeza, pero esta vez para pedirle, para ordenarle, que no acercara el filo del cuchillo sobre el muchacho ni le hiciera ningún daño. Era, otra vez, la voz del Señor, que ahora sabía que Abraham le temía -verdaderamente-, porque había estado dispuesto a sacrificar a su único hijo en una prueba impagable de sumisión y obediencia. Alguna de esas nubes blancas osó tapar por un instante el globo ciego del sol.

Isaac lloraba en silencio mientras su padre lo desasía de esos toscos cordeles. Luego le abrazó. Pero fue un abrazo extraño. Abraham -decepcionado con el Señor, incapaz, como así le había demostrado, Él mismo de cumplir, y de hacer cumplir, su palabra- dejó, en ese mismo instante, de creer en Dios. Luego, descendieron de la montaña por los mismos vericuetos que transitaron en su subida con una avidez que ahora les faltaba.

Poda (4)

cenizas

Alguien se tiene que encargar del fuego,
dijo mientras se alejaba con un hacha.
Las sombras de las altas ramas
quedaban ocultas por las ramas mismas
caídas sobre ellas
después del tajo certero sobre cada una de sus vértebras.
Arrastradas entonces hasta el fuego
ardían con una desesperación no buscada.
Alguien se encargaba del fuego
y alguien, de derribar la vida incontrolada de las ramas,
que ardían -como nosotros- con  brevedad
hasta elevarse en pavesas
dejando al final un círculo de cenizas sobre el suelo.
Debajo de la hoguera -a su calor- imagino las raíces.

Retrato (16)

Más que faltarle algún tornillo, le sobraban varios. Perdió los nervios y todavía los anda buscando. Tenía visiones y eran idénticas a la realidad. Decía que soñaba despierto, cuando en realidad vivía dormido. No traspasó ningún límite porque los iba moviendo un poco más allá. Amaba la imprecisión en los momentos decisivos. Abrió las ventanas para que se ventilara el exterior. No podía meter la pata porque ya la tenía metida. Lo primero que utilizaba era el último recurso. Llevaba incorporado una especie de condensador de tristeza. Pagó las equivocaciones, pero no le dieron la vuelta. Siguió avanzando por el camino equivocado hasta que llegó donde quería. Echaba de menos el papel de estraza.

Una sola condición

Fue el mismo Dios tronitruante el que les salvó de la muerte -a ellos solos y sus dos hijas-, mientras destruía la ciudad con una ferocísima e inclemente lluvia de fuego, con la sola condición de que, cuando huyeran a las montañas dejando atrás los fértiles valles y las doradas ciudades en donde nacieron, se criaron y vivían, y que ahora ardían y se arrebatan hasta disolverse en cenizas, no miraran atrás.

Avanzaban penosamente por descarnadas cuestas hacia las cimas, tal y como les había indicado la voz del Señor, mientras escuchaban el estruendo amortiguado pero incesante de la destrucción. Intuían un resplandor cárdeno y una lluvia de pavesas empezaba a adornar sus cabezas. Lot tiraba de sus hijas. Hasta que en un recodo tras el cual se dejaba de ver el valle, su mujer se detuvo para recuperar el aliento. Y mientras lo recuperaba, en un ademán impremeditado, giró la cabeza. Apenas tuvo tiempo de contemplar los días de su pasado y el pavoroso espectáculo de su destrucción. Fue, en cumplimiento de la única condición divina  y su amenaza inesquivable, salificada.

Cuando Lot la llamó para reanudar la marcha, descubrió su figura inerte y brillante en cada uno de sus cristalizados poros al borde del último recodo. Recordó el aviso de Dios y siguió su camino, sumando el espanto primero a este espanto tan reciente como inasumible. Empujó a sus hijas camino arriba para que no miraran hacia atrás, para que no vieran la figura inmóvil de su madre envuelta en el esplendor del cataclismo. Estaban huyendo -dejando atrás todo- como almas que llevaba el diablo, aunque fuera Dios el que lo hiciera. Hasta que la extenuación los derribó.

Pasado el tiempo seguían viviendo en las montañas ellos tres solos. El mundo era como una cáscara seca y hueca, un ojo vaciado. La vida era escasa y les pesaba. Estaban solos en aquellos parajes con la sola compañía de algunas cabras y un resto ralo de vegetación.

Las muchachas crecieron y, aunque resignadas, desesperaban. La urgencia de la procreación les perturbaba. Y lo hizo de tal manera y hasta tal extremo, que urdieron una estratagema para salir de ese atolladero sin hombres. Así que decidieron emborrachar a su padre y esa noche la hermana mayor yació con él en su lecho. Al día siguiente Lot despertó con un intenso sabor a sal en la boca que no podía quitar por mucha agua que bebiera. A la noche siguiente hubo que repetir la operación y trajeron más vino. Una vez convenientemente borracho y acostado, fue la hija menor quien yació con él. Por la mañana Lot tenía el cuerpo entero como si fuera de sal. Y lo achacó al vino.

Ambas hermanas, al cabo de los meses dieron a luz sendos niños de los que Lot se sentía orgulloso, aun desconociendo cómo sus hijas pudieron llegar a tener tratos con varón alguno, en aquellas olvidadas, pedregosas y salinas tierras de las resecas montañas. Ellas, al ser preguntadas, sonreían, mientras le aconsejaban con dulzura que no era bueno ni deseable mirar atrás.

Algunas canciones de 2017. De la 6 a la 1

Ya acabo. Estas son las últimas -bueno, las primeras- canciones de la lista de este año que ya va dando las últimas boqueadas. Me acompañaron estos meses de atrás y algunas de ellas lo seguirán haciendo. Otras se irán quedando por el camino, como ocurrirá con todo lo demás. Pero lo mejor de todo es que habrá más canciones -más música- el año que viene, no sabemos cómo serán, no sabemos cuáles, pero también nos harán compañía en los momentos que vengan con los días, como éstas lo han hecho.

Ya he acabado.

Para ver las canciones que van del 12 al 7, clica aquí.
Para ver las canciones que van del 18 al 13, clica aquí.
Para ver las canciones que van del 24 al 19, clica aquí.
Para ver las canciones que van del 30 al 25, clica aquí.

06
Trinity Gold Mine  Amber Cross
(From the LP Savage On The Downhill, Two Red Doors, july 2017)

 05
Filter Me Through You  The Dream Syndicate
(From the LP How Did I Find Myself Here, Anti Records, september 2017)

04
Sister of Mine  James Elkington
(From the LP Wintres Woma, Paradise of Bachelors, june 2017)

03
Saffiyah Smiles  Billy Bragg
(From the LP Bridges Not Walls, Cooking Vinyl, november 2017)

02
Back Against The Wall  Son Volt
(From the LP Notes Of Blue, Tansmit Sound, february 2017)

01
Thirteen Silver Dollars Colter Wall
(From the LP Colter Wall, Cooking Vinyl, may 2017)