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I
Un buen libro de poemas debe ser como un campo de minas.
Un buen poema no cabe en un libro de poesía,
como un verso perfecto no cabe en un poema,
aunque ese poema sea como un campo de minas.

II
Pobres poemas. Aparecen,
final y tristemente, confinados en los libros de poesía.
Libros de poemas escritos por poetas
y patrocinados por alguna entidad bancaria.
Son los poetas, final y tristemente,
quienes hacen todo lo posible
por desacreditar a la poesía.
Y lo consiguen.

III
La poesía se envilece a sí misma.
En un fango caliente y desagradablemente viscoso.
La poesía se envilece a sí misma.
No puede nunca ser un truco, como acostumbra.
Zafios trucos, pequeñas estafas, ridícula engañifa.
Porque ¿durante cuántos versos
se puede mantener un poema lleno de furia y verdad?

IV
Hay poemas que parece que han hecho gimnasia.
Quieren ser perfectos.
Pero un poema perfecto no respira.
Los poemas -los verdaderos poemas-
viven en los límites, acampan en la frontera.
Es la imperfección -esa vida en la frontera-
quien construye los poemas.

V
La poesía la carga el diablo.
La poesía exige la precisión de un estrangulador.
La poesía es un disparo, la prosa, una ráfaga.
Debe haber siempre alguien que muera en el poema.
De un tiro o estrangulado.
La poesía es un impulso, pero también, y sobre todo, cálculo.

VI
Sueño con escribir poemas mientras duermo.
Con escribir poemas en los que las palabras
dijeran otra cosa.
Exactamente lo que dicen.

Trozos

El amor debe servirse frío.
Ha pasado tanto tiempo
que no quiero escuchar ya
aquello que no me dijiste.
Ahora me mantiene a flote
el espesor de la rutina,
y el fracaso tiene la lentitud
de ciertas piedras preciosas.
Me gustan esas mañanas de septiembre
que parecen mañanas de abril,
aunque estemos en junio.
Es pronto aún. Nunca he tenido prisa.
El destino nos lleva de la mano
por lugares equivocados e irrelevantes.
Todo lo que encuentro
-cuadernos, cristales, corazones-
está roto o astillado.
Solo quedan trozos.
Habrá que hacer algo con ellos.

Paraíso

Cuando ella empezó a traer esos folletos, sabía que no tenía escapatoria. Sus hojas satinadas, con esas fotografías de lugares luminosos por los que transitaba gente de apariencia falsa y feliz, eran para él el anticipo del horror. Todo estaba perfectamente calculado para engañar, para atraer, o como les gustaba repetir en esos mismos folletos, para fascinar. Y resultaba inevitable no caer en esa ficción. Era demasiado falsa, era demasiado atrayente. Necesitaban escaparse unos días, descansar y disfrutar de la vida, darse un lujo de vez en cuando, dijo ella mientras hojeaba uno de esos brillantes folletos. En la portada, coronando una de esas espectaculares fotografías, tan nítida que hacía daño a los ojos, el titular amenazaba con una frase: Bienvenidos al Paraíso.

Una apoteosis del espanto arquitectónico, blanco y escalonado, difícilmente encajado en un paisaje pobre rodeado de pinares y a escasos metros del fragor de un mar apagado, casi triste, les recibió un día del mes de julio. Los lugares que tan nítidamente había contemplado con terror mal disimulado en aquellos folletos, tenían ahora una presencia ominosa, como si la realidad y la cercanía hubiesen descascarillado esas fotografías. Riadas de gente, curiosamente ataviada como ellos, entraban y salían de aquel lugar de descanso y diversión.

Ella lo miraba todo con ojos muy abiertos y una sonrisa suficiente. Pero él no podía dejar de sentir que estaban entrando en el paraíso, un paraíso ajado y con mayúsculas. Era obligatorio descansar y divertirse, descubrir y dejarse llevar, sentir la fascinación de aquellos lugares secularmente caldeados. Todo, las amplias estancias, los pasillos, las habitaciones, los restaurantes, las numerosas piscinas de distintos tamaños, las diversas pistas para practicar incontables y agotadoras disciplinas deportivas, las terrazas, los lugares para el ocio más absurdo, los pequeños auditorios, los jardines recortados y excesivamente delineados, todo parecía diseñado por un demente peligroso y especialmente sádico. Pero todos los que por allí transitábamos sin mucho sentido, parecíamos felices y encantados.

Los días transcurrían entre falsos zumos de naranja y lánguidos atardeceres. Su vida en común también empezaba a descascarillarse. Pero aparentaban no importarles gran cosa. Y acaso -y eso era lo peor- fuera cierto. El mar ni siquiera resultaba, como ocurría años atrás, un analgésico suficiente. Los días, a pesar de que los folletos hablaban de múltiples y fascinantes actividades, y a pesar de esas múltiples y fascinantes actividades, parecían calcados unos a otros. Los grillos, mientras, permanecían ajenos a todo, escondidos en lo alto de los pinos. El calor esos días ni siquiera lo amainaba la cercanía al mar.

Todo, durante esas vacaciones, fue bastante previsible hasta aquella noche. A eso de las cuatro de la madrugada, les despertó un rumor como de fiesta, la gente corría por los pasillos. Pero había algo angustioso y desasosegante en ese rumor. Se levantaron y se asomaron al amplio pasillo. La gente corría como si fuera a perder el metro. No entendían qué es lo que pasaba hasta que oyeron, entre los gritos, la palabra fuego, la palabra incendio. Ellos también corrieron.

Por fin accedieron al exterior, donde una inesperada claridad les recibió. Una multitud se agolpaba nerviosa, casi al borde del pánico, en los jardines, no sabiendo muy bien hacia dónde huir. Al fondo, no muy lejos, una gigantesca bola de fuego, de altura similar a la de un edificio de dos o tres pisos, avanzaba engullendo la masa indefensa y demasiado inflamable de los pinos. A lo lejos se oían las sirenas de los bomberos, los coches de Protección Civil. Pero sobre todo, se oía perfectamente el crepitar de las llamas, que lamían con delectación el cielo estrellado. La gente se precipitaba hacía los caminos adyacentes, casi todos descalzos, en busca de un lugar más seguro. Pero aquella blanca y escalonada construcción estaba rodeada de densos pinares. El resplandor crecía y decrecía haciéndose un hueco cada vez mayor en el negror de la noche.

Ella le agarró con desesperación el brazo mientras empezó a sollozar. Él, antes de emprender la huída en dirección opuesta, permaneció unos segundos inmóvil con una media sonrisa -fascinado-, ante aquel espectáculo de llamas y devastación, sintiendo que era cierto aquello que decía el folleto y que en aquellos momentos, en mitad de la noche, sintiendo el calor del incendio tan cercano, eran, al fin, Bienvenidos al Paraíso.

Aire

Con la mirada perdida y fija a la vez sobre la superficie de mi antebrazo izquierdo, erizado de diminutas gotas de sudor, pude contemplar el grosor inmóvil del tiempo detenido y el peso insoportable de un calor que lo congelaba todo a fuerza de derretirlo. Era como estar dentro de una gran bola de fuego en la que aún, inexplicablemente, se podía respirar. Los días se estaban alargando con una crueldad innecesaria, como estirados -y horriblemente torneados- dentro de un horno.

Pero, ahora, de forma inesperada, pude vivir, al cabo de tantos días, una prodigiosa y benéfica revelación, una unción salvífica, un regalo que me inundó para sumergirme por completo y devolverme a la vida: una casi inapreciable brisa, un leve airecillo que quería mover las hojas más altas de los árboles, recorrió mi antebrazo izquierdo y después mi cuerpo entero.

Durante el resto del día mi cuerpo fue un detector de esas mínimas corrientes de aire, escasas, débiles, pero ahora tan necesarias. Me paraba entonces y quería sentir cómo ondeaba mi camisa, cómo eran aliviadas mis gotas de sudor. Y las buscaba en pequeñas elevaciones o en improbables umbrías. Como un cazador de brisas al acecho, aunque eran ellas -tan raramente- las que me cazaban. El placer que me proporcionaban, algo en lo que nunca había reparado, era tenido ahora como un regalo de los dioses, un elemental -pero imprescindible- alivio. Con eso -con que corriera una gota de aire- me conformaba. Todo lo demás resultaba secundario.

Aunque cuando llegan los días fríos del invierno esta caza se convierte en huida. Se trata entonces de guarecerse, de evitar aquellas corrientes criminales como cuchillos, de buscar los rincones o las esquinas en los que el aire se acuesta, de cerrar la ventana. No hay nada tan traicionero como un mal aire. Unos escasos minutos bastan. Hurtarse de su incisiva y pertinaz acción es un alivio máximo, encontrar un lugar en donde no nos dé el aire, en donde no estemos a merced de sus corrientes, es una recompensa magnífica.

Pero ahora, dentro de las sucesivas y martirizantes bolas de fuego de este verano prematuro y precoz, mientras mantengo la mirada fija y perdida sobre la superficie empapada de mi antebrazo izquierdo, y contemplo, por fin, al cabo de las horas, cómo una ligera brisa cimbrea el vello de mi antebrazo izquierdo, siento una verdadera y limpia felicidad. O algo muy parecido y mejor.

Eso fue todo

La normalidad es extraña y está llena
de lagunas profundas y horas vacías.
Así que debemos trabajar con cada nuevo día
sin saber muy bien a qué atenernos.
Y esperar que un viento cargado
de una ira inútil recorra las calles
de noche cuando no haya nadie
para limpiarlo todo.
Una vez me dijiste
que estabas buscando los motivos
que te llevaron a cometer
la gran equivocación de tu vida,
pero que no tenías tiempo de hacerlo,
porque estabas intentando
sobrevivir a sus consecuencias.
Recuerdo que se movían las cortinas
con una cadencia inesperada
y no dije nada. Eso fue todo.
Cerré la ventana y las cortinas
dejaron de moverse.
No sé si podré empezar de nuevo
con un corazón tan viejo.
Ahora ya sé que el futuro ha quedado atrás.

Publicaba muestras, bocetos, apuntes. Lo hizo durante años, dejando siempre la impresión de que tenía ciertas facultades, de que incluso se podía intuir un posible talento. Quienes le seguían, más o menos, estaban  convencidos de ello. Aunque empezaban a mostrar, a estas alturas, síntomas de nerviosismo y falta de fe después de tantos años de solo muestras, bocetos y apuntes. Debía de haber algo más, algo que se les ocultaba. Esa obstinación, esa fragmentación, esa proliferación de señuelos, eran -debían ser-  como las esquirlas de un iceberg asomando a la superficie. Todo lo que con cuentagotas venía haciendo público no eran más que breves ensayos, pruebas, ejercicios de calentamiento, con los que acaso estuviera adquiriendo seguridad, músculo y certezas para acometer una obra mayor, de más enjundia, algo que, de verdad, y definitivamente, mereciera la pena. Y no esas pizcas, esos inanes fuegos de artificio. Quienes le seguían estaban convencidos de ello. Algún día saldría a la luz lo que tan celosamente ocultaba.

Pero podían esperar sentados. No había -no podía haber- más que esos bocetos, esos apuntes ingeniosos, esas muestras similares a las de perfumería. Lo que se sospechaba que permanecía oculto, simplemente no existía. Era todo como un decorado. No había nada detrás. Era, además, falso. Una carcasa, una fachada sujeta con unos tablones, apenas levantados para sostenerla y que no caiga. Esos tímidos ensayos no irían nunca más allá, esas pruebas no pretendían demostrar nada, apenas eran un juego algo indolente, sobrante e innecesario. No era, en definitiva, más que un atleta realizando ejercicios de calentamiento interminablemente que nunca llegaría a tomar parte en la competición. Seguiría calentando hasta que le echaran del estadio.

Camino despacio por el camino más largo.
No tengo prisa. Lo único que espero
es no llegar nunca. Estoy cansado,
estoy tan cansado que no puedo parar ahora.
Como no voy a ningún sitio
ni siquiera puedo perder el norte.
Ahora sé que le debo la vida
a una promesa incumplida.
Me dijiste que no me fiara de ti
y no te hice caso. Como siempre me ocurre,
he comprendido tarde y he comprendido mal.
Es curioso. Cada vez soportamos peor la felicidad.
Ahora simplemente sigo mi camino
como si fuera un falso atajo,
esquivando la vida y la buena fortuna.
La fuerza que mueve el mundo es la de la inercia.
No me interesa lo más mínimo
cómo acabará el Juicio Final.
Mi corazón congelado bajo este sol gotea.
A lo lejos los niños juegan entre el centeno.
No parece que haya nadie en casa.