Ahora mismo hay aquí… (Desahogo repetido)

Ahora mismo hay aquí 1249 historias en una sola página que podrían ser 1249 páginas de una misma historia. Podrían ser, incluso, un engendro de libro, si tuvieran coherencia, continuidad, algo de sentido o un hilo común, y no esta disparidad propia de un innecesario batiburrillo, silva de varia lección, almacén desordenado de recuerdos, ideas y ocurrencias, lecturas más desengaños, bocetos e intentos, aproximaciones que no se aproximan a nada, paseos por el alambre y poses ridículas, alardes de nada, un desastre de cajón de un sastre desastroso, saco roto reiterativo y cada vez más previsible. Anémico más bien. Inoportuno. En fin, sobrante.

Esto agoniza. ¿De dónde sacar la motivación para seguir?

Y no es que sean pocos quienes leen estas cosas, sino que cada vez son menos, y, es curioso, cuando compruebo que no hay nadie, después, más tarde, hay menos, si eso pudiera estadísticamente ser posible, porque cuando lo poco es cada vez menos, acaba siendo nada, o sea, nadie. Incluso menos que nadie. ¿Hay alguien ahí? Bueno, el silencio también es una buena respuesta.

Aunque pudiera ser peor, podría llegar a tener -siempre que contara algo de interés o tuviera algo de suerte o cambiara algo de estrategia-, no sé, diez lectores por entrada, un objetivo que hasta ahora no he logrado alcanzar. Diez. Pero, conociéndome, alcanzar esa cifra mágica de los diez lectores -diez ya son muchos, casi suficientes- podría provocar una catástrofe. Entonces se me subirían los humos y creería que esta tartamuda cadencia pretenciosa de cosas mal deglutidas y luego a deshoras vomitadas vale algo. Y me empecinaría en seguir, ufano y satisfecho, como si fuera un autor de reconocido -al menos entre esos diez lectores- prestigio. Pero hace ya tiempo -años ha- que estas historias han  mostrado -y demostrado fehacientemente, con datos objetivos- su incapacidad para alcanzar esa cifra. Diez son muchos. No suficientes. Demasiados.

Así que, por fin liberado de ese lastre del éxito, del reconocimiento y de la respuesta, tendré que proseguir con estas abruptas e inconexas muestras de incapacidad, sin importarme ya gran cosa -qué remedio, a la fuerza ahorcan- lo que, a cada paso, me van indicando las visitas, las visualizaciones, los clicks, las estadísticas. Que lo que escribo vaya, finalmente, por otro lado.

Anuncios

Las penúltimas montañas (Casi un libro)

Casi.

De manera imprevista.

Escribí una historia de apenas un folio que ni siquiera era una historia. Pero las frases tenían un ritmo diferente y aludían a un territorio definido, creaban una atmósfera distinta. Más tarde, otras historias -solo algunas- se desarrollaron con ese mismo tipo de frases, tenían lugar en ese territorio, compartían la misma cadencia y el mismo aire de familia. Hasta que, ya escritas unas cinco o seis, me di cuenta de que, si no encajar, podían al menos compartir un espacio, ya que incluso, de manera reiterada, se establecían relaciones y contactos entre ellas. Algo fluía por fin.

Siempre -aunque lo negara y me lo negara- quise escribir algo. Algo completo, algo coherente. Pero hacía ya tiempo que había desistido. Pereza e incapacidad habían ganado la partida. Hasta que, sin pretenderlo, casi como por acumulación, sin ninguna obligación de por medio, había escrito uno. O por lo menos, había construido trozos, fragmentos, retazos de algo, que, encajados entre una portada y una contraportada, podían tener la apariencia de libro.

Aunque tampoco creo que sea necesario. Nadie necesita otro libro. Están esos fragmentos bien así, esparcidos, casi ocultos, separados.

Otra cuestión es si he escrito lo que pensaba que iba a escribir. Si me he atrevido. Si he sido capaz. Si he escrito lo que quería. Y no esto.

O casi. 

Las penúltimas montañas

01. En las últimas fronterasclic aquí
02. Vigíaclic aquí
03. Niña y tiemposclic aquí
04. La última escaramuzaclic aquí
05. Abandonoclic aquí
06. Fragmentos del deshieloclic aquí
07. La frontera líquidaclic aquí
08. La rama hacia el sur
    Iclic aquí
    IIclic aquí
    IIIclic aquí
    y IVclic aquí
09. Regreso
I
clic aquí
  IIclic aquí
y IIIclic aquí
10. El último
Iclic aquí
y IIclic aquí
11. En los valles (Coda)…clic aquí

Taxi

Mis lectores caben en un taxi. Casi podría decir que, aunque no nos hayamos visto, los conozco. O imagino que los conozco. O podría reconocerles entre una multitud sin saber quiénes son.

Mis lectores son tan pocos que cabrían en un taxi. Es todo mucho más fácil así. Tener un número indeterminado de lectores debe resultar desasosegante. Eso sería como escribir para nadie. En cambio, si los puedes contar con los dedos de una mano, todo resulta más cercano y la complicidad resulta posible.

Aunque a veces falla esa posible complicidad, como si el taxista, en lugar de ir por el trayecto más corto hasta donde le han dicho que tiene que ir, se dedicara a dar un interminable e innecesario rodeo. Suele ocurrir.

Pero en este caso la intención del taxista no es la de cobrarles más por la carrera. Lleva el taxímetro desconectado hace tiempo. Es como si condujera el taxi por las calles de la ciudad por el simple placer de recorrerla, de subir al viajero y llevarle hacia otros lugares, y tal vez, hasta otro tiempo. Barrios alejados del centro o bulevares demasiado conocidos. Noches de lluvia fría o atascos propicios a la filosofía.

Ahí hay uno que levanta el brazo. Paro. Le llevo. Esta vez la carrera es corta.

Es uno de ellos -ya ha cogido el taxi otras veces, es de los habituales, se siente como en casa, a veces reclina la cabeza y mira por la ventanilla con melancolía-, pero podían caber todos los demás -ya saben, podría contarlos con los dedos de una mano- a la vez en el taxi. Y aún sobraría espacio. Ya ni les pregunto si quieren ir por el lado corto o por el lado largo. Se suele tardar lo mismo.

Aniversario

Las máquinas también tienen su corazoncito. Al menos esta de wordpress, que se ha molestado en saltar hace un momento y enviarme un mensaje de felicitación.

Ya sé que con un sencillo algoritmo -puramente numérico y mecánico- está felicitando, de la misma manera y a la vez, a miles y miles de otros usuarios que estén en la misma situación que yo. Y que lo hace todos los días. Tiene su calendario y cuando el llega el día que fue el que te diste de alta, pues salta. Es tan fácil quedar bien.

Así que feliz aniversario. Siete años ya. Y me dan las gracias -algo que no llego a entender del todo- por “volar con nosotros”. Es como hablarle de volar a un pingüino.

Ya sé que, aunque las máquinas también tienen su corazoncito -un algoritmo bienintencionado-, resulta un poco absurdo darle las gracias. Pero yo se las doy. Gracias por permitirme volar, aunque sea con las atrofiadas alas de un pingüino.

Ya sé también que siete años son muchos años. Producen algo así como vértigo. No acabo de entender la obstinación en seguir.

Como lo que tampoco entiendo es que esta felicitación venga presidida -y definida- por la palabra “Logro”.

En realidad, me da igual este blog

En realidad, me da igual este blog. Pudo ser una vía de escape, una compañía para las horas muertas, un débil hilo de comunicación con el exterior, una agradable obligación… y no ha llegado a ser -realmente- nada de eso. Ni siquiera. Así que si lo odié, no merecía tal honor. Y si lo amé, fue tal vez en momentos pasajeros de ofuscación. En el fondo -si me atreviera alguna vez a ser sincero- me da un poco igual. No es más que un accesorio del que podría prescindir, pero que prefiero conservar como un adorno inútil. La vida va por otro lado.

Odiarle es ridículo y excesivo, de la misma manera que es excesivo y ridículo sentir un aprecio especial por él. Convertirle en uno de los ejes de mi existencia no deja de ser una broma. Son, al cabo del día, no más de unos minutos los que le dedicó. Luego -y antes y después- toca bregar con lo que verdaderamente importa, la vida y así.

Sus bondades y sus defectos, sus éxitos y sus fracasos, irán siempre de la mano sin llegar nunca muy lejos. Despreciarle por lo segundo o sentir agradecimiento por lo primero, son sentimientos perfectamente intercambiables.

Su insustancialidad e irrelevancia no dan para más. Un juego demasiado banal en el que perder o ganar tienen los límites demasiado difusos. Tal vez supe todo esto desde el principio y he estado durante años fingiendo, fingiendo odio por él, fingiendo amor por él. Cuando me trae al pairo este blog. Todo debe formar parte de una comedia, una comedia que no logra arrancar ni una media sonrisa. Una farsa demasiado seria.

Cuando digo que le odio no hago más que revelar mi amor por él. Cuando digo que le amo no hago más que intentar, de mala manera, ocultar mi odio por él. Cuando, en realidad, digo que le odio o cuando digo que le amo, no hago más que decir algo, cualquier cosa, llevado por la rara costumbre de seguir escribiendo este blog, sin importarme gran cosa lo que digo, sea lo que sea, esto o lo contrario. Da un poco igual lo que diga porque me da igual este blog. Me gustaría tener cierta capacidad de odiarle, alguna leve inclinación a sentir aprecio por él, y no esta indiferencia fría y forzada.

El amor no es más fuerte que el odio, el odio no es más fuerte que la indiferencia.

Amo este blog

Amo este blog. Si en un tiempo fue una autoimpuesta obligación, una manera de disciplinarme -cuando no, de flagelarme-, una patética forma de mostrar mis miserias y mis limitaciones, algo que me resultaba siempre doloroso por su expuesta insuficiencia, ahora se ha convertido en una necesaria vía de escape, en una compañía fiel e indulgente, en tal vez algo más que un simple entretenimiento, un cuaderno que, cuando no escribo en él, me sirve para sentirlo al menos entre mis manos.

Siento por él una estima verdadera. Esa necesidad que tengo de él crece cada a día, a pesar de las dificultades, de las inseguridades, de la escasa pericia y de los anulantes bloqueos. Y sé que cuando, algún día, por algún motivo o fatalidad, acabe, no me quedará más remedio, de una manera o de otra, cualquiera que ésta sea, que empezar con otro, sea cual sea su nueva forma, para seguir jugando con las palabras, con las ideas, con los sentimientos. Sé que, adquiera la forma que adquiera, me seguirá acompañando como una sombra fiel y silenciosa.

Acaso debería despreciarle por su escaso -nulo más bien- éxito, echarle en cara su inutilidad y su torpeza para generar interés, pero son estas características suyas las me resultan más queridas. Como si a pesar de todo ello -de sus extraordinarias carencias, o tal vez por culpa de ellas-, fuera imposible hacer con él algo falso, impostado o a la moda, y no esta pequeña colección de latidos más o menos amortiguados, más o menos verdaderos.

No puedo ocultarlo ya por más tiempo. Amo este blog. Cuando me enfrento a él, cuando lo utilizo, cuando lo leo, cuando lo escribo. No solo le quiero, sino que lo necesito. Si fuera un objeto físico -de papel, de madera, de hierro- me gustaría tenerlo siempre a mano o a la vista, sentir su tacto. Lo conservaría en algún lugar secreto y cercano.

Como si eso fuera a solucionar algo.

Odio este blog

Odio este blog. Si en un tiempo fue una vía de escape, una compañía necesaria, un entretenimiento cotidiano, ahora se ha convertido en un lastre -no excesivamente pesado, pero lastre al fin-, en una ridícula obligación, en un deformante espejo ante el que me veo empujado -¿por qué?, ¿por quién?- a ponerme delante.

Le odio con todas mis fuerzas. Y ese odio es aún mayor -y crece y crece día a día- porque no hay nada más fácil y nada más al alcance de mi mano que deshacerme de él, liquidarle por completo y olvidarle para siempre, y, sin embargo, siendo tan sencillo, no lo hago, -y esto es algo, esa posibilidad tan fácilmente realizable de suprimirle para siempre, esa posibilidad que no llevo nunca a cabo, que hace que mi odio hacia él sea cada vez mayor-, y aquí le tengo, día tras día, como una sombra odiosa.

Debería estarle agradecido, incluso podría estar un poco orgulloso de él, de su fidelidad y constancia, de su insólita perseverancia, pero son esas características suyas las que me resultan más odiosas. Como si a pesar de todo ello -de todas sus posibles o aproximadas bondades, o tal vez precisamente por culpa de ellas-, fuera imposible hacer con él algo diferente y nuevo, algo, por fin, sorprendente y verdaderamente analgésico, y no esta bazofia repugnante y recalentada.

No puedo ocultarlo ya por más tiempo. Este blog me resulta cada vez más irritante. Cuando me enfrento a él, cuando lo utilizo, cuando lo leo, cuando lo escribo. Me repugna. Si fuera un objeto físico -de papel, de madera, de hierro- sé que pasaría un buen rato rompiéndolo, despedazándolo, triturándolo. Tirándolo, finalmente, a la basura en un acto -bastante infantil, sé que insuficiente- de liberación.

Como si así se terminara todo.