El día sin el mes

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Con los calendarios me ocurre un poco como con los espejos, que procuro evitarlos y que me horroriza mirarlos de frente. Pero hay momentos en los que resulta inevitable hacerlo: ¿qué día es hoy?, tengo que afeitarme. Pero no acabo de acostumbrarme.

El otro día estuve mirando un calendario de tenemos detrás de una de las puertas. Al principio no noté nada raro. Pero algo no cuadraba. Enseguida me di cuenta de que lo habían vuelto a hacer.

En este calendario, cuando acaba el mes, hay que pasar la hoja doblándola hacia arriba para que, así, en la parte superior quede el nombre del nuevo mes y en la parte de abajo los días y las semanas correspondientes.

Es bastante simple y sencillo, pero se ve que en mi casa no les van las cosas simples y sencillas. Y alguien debió de arrancar la hoja del mes acabado. Los días y las semanas -con sus santos y fiestas incluidos- pertenecen al nuevo mes, mientras que en la parte superior permanece el nombre del mes anterior.

De esta manera, vivimos en una especie de limbo. Hoy es viernes, día ocho, pero del mes de junio. Cuando en realidad, el ocho de junio cayó en miércoles.

Estuve a punto, al ver que era el mes de junio, de arrancar la hoja de los días -que en realidad correspondían al mes de julio- creyendo que eran del mes pasado, y entonces hubieran aparecido los días del mes de agosto, saltándome ya no sé si un mes o dos. No sabía ya en que día vivía, ni si me tenía que afeitar o no.

Todo esto se hubiera evitado si los calendarios vinieran con instrucciones. Pero conociendo a los de casa, no las hubieran hecho ni caso. O no las hubieran entendido.

Lo que sí entienden -y creo que, además, es de cajón-  es que la mejor manera de pasar las hojas del calendario es arrancarlas y no darle vueltas.

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Calendario

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Calificar su salud de quebradiza era una manera amable de describirla. Tenía más de ochenta y cinco años y se podía considerar, sin apenas margen de error, que estaba en las últimas. Aunque aún podía salir a la calle y dar cortos paseos, en estos meses de invierno todo iba peor.

Pero procuraba mantener las pequeñas rutinas de su anodina vida diaria, siempre que estuvieran a la medida de sus cada vez más escasas fuerzas. El año iba acabando y decidió esa mañana acercarse al banco como hacía cada final de año. Además de realizar unas nimias actualizaciones en su cuenta, fue para que le dieran el calendario del año que viene.

Con él enrollado dentro de una bolsa arrugada, volvió a casa.

Cada vez eran más pequeños los números de los días y las fotografías más insustanciales. Cuando lo colgó en la pared de detrás de la puerta de la cocina, se quedó un largo rato mirándolo, luego pasó despacio las hojas de los meses mirando las semanas y los días. Sabía, tenía la absoluta certeza, de que uno de esos días de ese año que estaba a punto de comenzar, sería, para él, el último.

Pero no sabía cuál.

No estaría mal un calendario lleno de erratas

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Este que acabo de estrenar este año, nada más empezar, trae, al menos, una. Me ha hecho ilusión. No es habitual que haya una errata en un calendario. A no ser que los consideremos, así en su conjunto, todos ellos, como una gran errata.

Porque si hay algo fiable, algo seguro, algo a lo que agarrarnos cuando andamos perdidos o desorientados, es un calendario.

En seguida preguntamos, como si fuéramos a solucionar algo, ¿quién tiene un calendario?, ¿dónde hay un calendario?, ¿en qué cae el veintiuno? Y cuando lo tenemos delante, ya nos sentimos mejor -o definitivamente peor-, ya podemos hacernos una idea y organizarnos.

Ja.

Porque los calendarios tranquilizan tanto como angustian. Tienen esa doble actitud. Por eso -bueno, y por otras diversas razones- procuro, desde hace tiempo, no prestarles demasiada atención. Intento vivir -como si eso fuera posible- ajeno a ellos. Días de la semana, días del mes, años que se alejan… una verdadera esclavitud.

Pero ya, si vienen descabalados los calendarios, la sensación de desasosiego crece. No contaba yo con ese treinta y nueve de enero.