Outdoor

Como fuera de casa, en ningún sitio. Salir a la calle distrae el ánimo, eleva el espíritu decaído y propicia los encuentros inesperados. La vida bulle afuera. Por eso, en estos territorios del sur, de abundantes horas de luz y temperaturas benignas buena parte del año, abundan los porches, los patios, los corrales, las plazuelas, los mercados, las plazas, las terrazas, lugares de encuentro en los que perder el tiempo.

Todavía, en las casas de los pueblos se conserva una gran piedra cuadrada -o rectangular- adosada a la fachada, junto a la puerta, en la que se salía a tomar el aire o ver pasar a la gente, y hablar con unos o con otros. O simplemente saludar. Vaya usted con Dios. Entablar una conversación pasajera. También servía para facilitar la subida al burro o la mula. Aunque hoy permanecen abandonadas, casi sin utilizar. Ni charlas ni burros.

Aprovechemos, pues, estos últimos días de verano, estas últimas luces doradas de media tarde, para dar un portazo y salir a dar una vuelta. Siempre hay alguien que ha hecho lo mismo que nosotros. Y aunque volvamos como salimos, siempre encontraremos algo, una nube, un perro que pasa y husmea, niños a la carrera, una viejecita atildada y renqueante. Ya sabes, la vida bulle fuera. Además, salir de casa ayuda a desentelarañar las poco ventiladas habitaciones de nuestra cabeza. (De las que también nos gustaría poder salir de vez en cuando. Pero esa es otra historia).

Los hombres prehistóricos no vivían en cuevas, vivían en la puerta de las cuevas.

Adiós, me voy.

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Lo que percibimos

Las letras formando la frase en letras amarillas escrita sobre la pared pintada de marrón oscuro del local sin vender se duplican mientras que una sube para después bajar y la otra desciende para después subir. Así que, en un punto, resulta inevitable que se crucen, en un movimiento ondulatorio que volverá a repetirse. Hasta que acabe la pared. O, al menos, eso es lo que percibimos. Pero ya sabemos que somos algo más que lo percibimos. O, al menos, eso es lo que dice la frase en letras amarillas escrita sobre la pared pintada de marrón oscuro.

Paso por delante y no sé muy bien qué pensar al respecto. Porque ¿qué somos?, ¿qué percibimos?, ¿lo que realmente somos, más allá de lo que percibimos, nos hace percibir mejor, o, al menos, discernir mejor lo que percibimos?, ¿lo que percibimos indiscriminadamente, al final, nos confunde y nos hace ser peores, o, al menos, estar más confusos y desorientados?, ¿percibimos para poder ser o somos a pesar de lo que percibimos?

Realmente ni siquiera llegué a pensar en todo esto mientras leía la frase en letras amarillas escrita sobre la pared pintada de marrón oscuro del local sin vender. Simplemente me fijé en su color y en la forma de estar escritas -y ondulantemente duplicadas. Una pura percepción ajena a cualquier pensamiento o consideración acerca de lo que decía o pretendía decir.

Pensé –realmente– en que ese local lleva demasiado tiempo cerrado. En que, desde que construyeron el bloque de viviendas, está cerrado. En que nunca, después de tantos años, nadie se ha decidido a abrirlo. La tienda que hay al lado está en liquidación y va a cerrar. No debe ser buena calle, no deben ser buenos tiempos.

Somos lo que percibimos y algo más. Y ese algo más no debería nunca fijarse -ni entretenerse- en lo que percibimos. Y no hacemos otra cosa.

Calle Elfo y alrededores

Muchas tardes se les veía avanzar muy despacio por la acera cogidos del brazo. Salían a dar un paseo y, ya de vuelta, se paraban a tomar algo en el bar de la esquina. En una primera impresión pudiera parecer que era él quien había propuesto salir y no ella, pero si te fijabas con un poco más de atención, y a pesar de que ella ya no iba a cumplir los ochenta y era pequeñita como un pájaro, te dabas cuenta de que había sido ella quien le había propuesto a su hijo salir a dar un paseo y tomar un café, y de que era ella, a pesar de su edad y de su aspecto, quien iba tirando de los dos. Aunque fuera, le dijo, un descafeinado de sobre. Avanzaban con lentitud, ella mirando los escaparates de las pocas tiendas de toda la vida que iban quedando en el barrio y él con la mirada un poco perdida, como si estuviera buscando un taxi que ya no necesitaba. Sus ropas, a pesar de ser de otra época, eran todavía elegantes, y conservaba la extraña pareja un aire de bohemia distinción.

Le reconocí enseguida, a pesar de que había aparecido escasamente en los medios de comunicación. Resultaba inconfundible con sus ojos claros y su melena cuidadosamente enmarañada, un poco a la manera de un Dylan joven. Era, sin duda, él, no me podía equivocar, uno de los más grandes -y cruelmente infravalorados- músicos de este país, un tipo de extraordinario talento al que le persiguieron durante toda su accidentada carrera la mala suerte y las excelentes críticas, convirtiéndose finalmente en un caso perdido, en eso que llaman un artista de culto. Nunca estuvo en el sitio adecuado en el momento justo. Siempre fuera de tiempo y lugar. Todo este malditismo lo llevaba con una inusual elegancia y una connatural tendencia a abstraerse en una especie de nebuloso autismo. Sus canciones -pequeñas joyas de orfebrería pop- debían flotar en esa neblina que le acompañaba.

Antes de que entraran en la cafetería, me adelante a ellos y entré primero. Después de unas necesarias y excesivamente lentas maniobras, se sentaron en una mesita junto a la ventana. Esa lentitud no era producto, como pudiera parecer, de los estragos de los muchos años, sino consecuencia de una rara falta de prisas, de una manera de moverse por el mundo distinta. Luego él se levanto hasta la barra a pedir un descafeinado para su madre. Él no iba a tomar nada. Permaneció mirando con atención los movimientos de la camarera estrangulado el artilugio de la cafetera para calentar la leche. Así debían de sonar antiguamente las locomotoras de los trenes al entrar o salir de la estación. Le costó mucho llegar hasta la mesa sin verter nada pero al fin lo consiguió como si hubiera llegado a tierra firme después de atravesar un proceloso oceáno. La tarde dejaba que una luz sucia entrara por el ventanal. Comidas caseras, raciones, tapas. Al rato él se levantó de la silla para sentarse en uno de los taburetes de la barra. ¿A dónde vas?, le dijo ella. Aquí, a mirar un rato. Y miro el espacio del bar, con todos los que estábamos allí dentro, con la misma atención que un niño mira el interior de un acuario. Aunque lo que le interesaba realmente -de eso me di cuenta un poco después- era la máquina tragaperras que había en la esquina más cercana a la barra, al lado de la máquina de tabaco. Bailaban los dibujos de cofres del tesoro y las frutas acompañados por una breve y obsesiva musiquilla. Avance.

Días después le volví a ver en la estación del metro, iba solo y demasiado abrigado para la época en que estábamos. Estaba delante de uno de los planos del metro y lo miraba como si estuviera intentando desentrañar el significado de la piedra de Rosetta. Solo después del pitido que anunciaba con estrépito la entrada de los vagones en el andén, se dio la vuelta y entró. Nunca me ha gustado abordar a la gente -ni siquiera a los conocidos-, pero esta vez me armé de valor -o de inconsciencia- y me acerqué a él para preguntarle si era realmente él. Me miró sorprendido y me respondió muy bajito. Intenté hablarle de sus discos, le pregunté si estaba haciendo algo ahora. Respondía brevemente. Seguía sorprendido. Terminamos hablando de blues. Me preguntó por mis artistas de blues favoritos, no sé, Robert Johnson, Charlie Patton, Skip James, Mississippi John Hurt, Leadbelly, Lightnin’ Hopkins, Big Bill Broonzy… Fue la única parte de la conversación que le interesó. Pero había llegado a su estación y tenía que bajarse. Le vi alejarse -cuando en realidad me estaba alejando yo- en dirección contraria, con su abrigo corto y su bolsa amarilla de una tienda de discos del centro hacia la boca de salida. La multitud le seguía ignorando.

Muy de vez en cuando, cuando salía por el barrio, volvía a verle acompañando a su madre a dar un paseo -cuando en realidad era al revés-, levantando la enmarañada cabeza y arrastrando a su octogenaria acompañante con paciencia y delicadeza -cuando en realidad era al revés.

Como en la editorial en la que trabajaba estábamos a punto de publicar una nueva colección de libros de música -y yo sabía que, a pesar de tocar blues y pop, él tenía por músicos inspiradores -su particular hall of fame, como había confesado en más de una ocasión- a Erik Satie, Franz Lehár, Leoncavallo, Kurt Weill, Jimmy Van Heusen, Hoagy Carmichael o Nat King Cole Porter, y que mostraba una cultura musical inusual y personal- decidí distraer algunos ejemplares y llevarlos ese día a la cafetería, esperando que volviera la extraña pareja a tomar el café. Tal vez le pudieran interesar esos libros. Esperé la ceremoniosa y repetida maniobra para colocarse en la mesa del ventanal y, antes de que él se levantara a curiosear por las cercanías de la máquina tragaperras, me acerqué, saludé a la madre, que creo que no me oyó, y le di los libros a él. Hablan de grandes músicos. Apenas me dio las gracias y me alejé, con la intención de no volver a molestarle más. Ya era casi de noche.

Al día siguiente le volví a ver. Iba solo y con los libros bajo el brazo. Era como si le pesaran demasiado. Giró la esquina y me dio justo tiempo para verle entrar en la pequeña tienda de discos que quedaba, como un resto de otra época, en el barrio. Ahora, ya que apenas se vendían discos, se dedicaba sobre todo a la compra y venta de libros de segunda mano. Unos minutos después le vi salir sin nada en los brazos. Se había quitado un peso de encima.

Cuando entré en la cafetería, estaba frente a la máquina tragaperras gastándose lo que le habían dado por los libros. Me pareció genial.

Bebía

No bebía para emborracharse, aunque cuando bebía se emborrachaba. Sabía que no debía e intentaba no hacerlo, pero siempre terminaba bebiendo más de lo que debía. Eran tantas las razones que había -y que tenía- para no beber -o al menos, para no beber tanto-, que no sabía por cuál de ellas decidirse y, al final, cuando ya había empezado a beber, las consideraba nimias unas o aplazables otras.

Todos creían que bebía para olvidar, pero cuando bebía no olvidaba nada, simplemente aquello que recordaba -o aquello que tenía pendiente- le resultaba soportable. Ya sabía demasiado bien que beber no era la solución, que no era más que un callejón sin salida, pero ya hacía tiempo que había renunciado a encontrar soluciones o salidas. Simplemente bebía porque al hacerlo sentía que había encontrado un rincón acogedor y suyo, aunque estuviera al fondo de ese inhóspito y solitario callejón.

Bebía porque los días eran demasiado largos. A última hora de la noche estaba definitivamente borracha, pero sentía que había sobrevivido, una vez más, al día.

Siempre había algún pelmazo que la invitaba, pero el juego ya no era divertido. Era como jugar con las cartas marcadas. Si se empeñaba en acompañarla a casa sentía hastío, ni siquiera pena por el pelmazo. Prefería tomar la última. Las luces de los bares debían tener algo hipnótico. Iluminaban realmente aquellos lugares que consideraba ya su casa. Al salir se sentía perdida.

Nadie entendía que bebiera para emborracharse, cuando ella, en realidad, no bebía para emborracharse, solo pretendía beber sin más, estar en otro lugar siempre y, a ser posible, fuera del tiempo, aunque acabara la mayor parte de las noches borracha. Ella bebía para otras cosas. La bebida -como las otras drogas ocasionales- era una vía de conocimiento. Ya sabía que nada podían solucionar, antes, al contrario, terminaban siempre por estropearlo todo. Pero no buscaba soluciones, buscaba otra cosa.

En esa búsqueda terminaba exhausta al día siguiente y con una fenomenal resaca. Pero su espíritu explorador le volvería a llevar a la búsqueda -con una copa, o lo que fuera, en la mano- de aquello que le faltaba. Porque es angustioso vivir sin aquello que uno necesita, aunque no sepa de qué se trata.

Acaso no fueran más que justificaciones, excusas para no reconocer sus problemas con la bebida. Una noche coincidió con un tipo conocido también en el barrio por su afición a los bares. Estuvieron hablando de esto y de lo otro, cada vez más torpe y deshilachadamente. En una de sus confesiones sin importancia, él le dijo: “Yo bebo porque me gusta”. Ella soltó una corta carcajada. Se pidieron otra copa.

Al día siguiente no se acordaba de nada. Tenía la ropa de la cama tendida desde hacía varios días y amenazaba lluvia. Así que decidió recogerla. Las sábanas eran demasiado grandes y tenía dificultades para doblarlas como era debido. Cuando lo intentó con la bajera, que era de esas fruncidas en cuatro puntos de ajuste, fue incapaz de hacerlo siquiera de una manera aproximada, quedaba hecha en burruño. Lo volvió a intentar de nuevo. Le dolían los brazos. Cuando comprobó que era incapaz de doblar la sábana, se sentó abatida al borde de la cama y lloró desconsoladamente.

De vuelta a casa, de noche

Se suele escapar del taller mecánico donde vive. Husmea por los alrededores y algunas noches se acerca al porche del bar de carretera. Una palabra amable es suficiente para verle mover el rabo. Da hasta saltos de alegría. Si cae algún resto de comida, su felicidad es completa. Hay noches en que decide no volver al taller.

Cuando empiezan a barrer y a levantar las sillas, aunque no tienen prisa por cerrar, nosotros sabemos que es ya hora. Pagamos y nos dirigimos a casa. El perro, dando saltos y haciendo cabriolas, nos sigue. Ha decidido venirse con nosotros. Lo ha hecho ya varias noches.

Y tiene una curiosa manera de seguirnos. Se coloca cuatro o cinco metros delante de nosotros e inicia, con la cabeza muy erguida, el paso. Cada ocho o diez segundos vuelve la cabeza para asegurarse que le seguimos. Si giramos de dirección o torcemos por otra bocacalle, al volverse se da cuenta de que tiene que rectificar la dirección y de nuevo, con la cabeza muy erguida y moviendo el rabo, se sitúa al frente de la marcha. No he conocido manera más inteligente de perseguir a alguien. Hay que hacerlo, para no despertar sospechas, por delante. Así, el perseguido parece en realidad el perseguidor.

Nosotros, al volver a casa, le seguimos. Nos va, por decirlo de alguna manera, marcando el camino. Cuando es él en realidad el que nos sigue. Ni siquiera, la primera noche, tuvo que averiguar dónde vivíamos. Nos llevó hasta la misma puerta.

Un poco antes, al vernos sacar las llaves y abrir la puerta, se queda parado, se sienta en la esquina observándonos, sabiendo que ha terminado el viaje. Entramos y cerramos con cuidado. Nos le imaginamos solo, en la calle, a la luz de la farola, sentado cobre sus patas traseras y mirando la puerta cerrada.

Luego nos cuentan que por la mañana temprano le ven acurrucado en la puerta del taller, durmiendo, esperando a que abra el dueño. Cuando le ve venir no mueve el rabo.

perro

Postales de contraverano

Por circunstancias, he regresado de nuevo a la gran ciudad, justo cuando salían la mayoría de sus habitantes hacia otros lugares más amables, lejos de todo esto. Cuando empiecen a regresar, será la señal de que debo irme de nuevo.

Recién llegado, este último fin de semana callejeé, como si fuera nuevo y no las conociera, por las calles del barrio. Hacía mucho calor y estaba todo muy sucio. Todo aquí es feo y hace años que cualquier atisbo de belleza, de calma y de armonía ha desaparecido por completo. Se ha instalado una especie de desolación asumida con la que convivimos cabizbajos. Todo está ajado. Ni mil lluvias podrían sacarle brillo a estas calles.

 

En un esquinazo, sobre una pared de ladrillo, encontré los restos de un cartel electoral. Pensé que era el calor el que me hacía comprobar perplejo que eran Marcelino Camacho y Nicolás Sartorius -debemos estar a finales de los años setenta- los que me sonreían confiados.

marcelino camacho y nicolás sartorius

¿Cómo ha podido conservarse este cartel durante más de treinta y cinco años? ¿Tal vez estuvo tapado por otros, como si fuera un palimpsesto, que han terminado por desprenderse, menos aquel que fue pegado primero? No parece probable ni lógico. Ha pasado demasiado tiempo.

Luego me entero de que ese esquinazo estuvo ocupado por un escaparate que colocó sobre esa pared la tienda de al lado. Una de esas tiendas de toda la vida.

Al cerrar, los nuevos dueños retiraron ese escaparate, que no era más que un armatoste sin utilidad, dejando, al cabo de los años, la pared diáfana. Apareció entonces, como un resto arqueológico, este cartel electoral, que por alguna razón -tal vez una razón muy parecida a la que me lleva a escribir de esto ahora-, han decidido dejar.

Pero pronto vendrán a poner otros carteles o la simple lluvia a llevarse, definitivamente por delante, este vestigio de otro tiempo.

Seguí en mi deambular por el barrio, por estas calles grises y recalentadas, pensando en el gesto confiado y sonriente de Marcelino Camacho, y en lo poco que iba a durar, ya sin la protección de ese escaparate inservible y anacrónico.

 

Un poco más adelante, ya en otra calle, vi que alguien había dejado recostado sobre una pared un viejo marco. Aunque nada tiene que ver con esta historia, hice esta foto -a la manera de una antipostal de verano-, que de llevar algún título, podría ser el de Autorretrato.

autorretrato

Se alquila habitación

DSCF0610

SE ALQUILA HABITACIÓN
PARA PERSONA SOLA

Cuando alguien quiere vender o dar a conocer algo -que dispone, por ejemplo, de una habitación libre y que la quiere alquilar- debe publicitarlo, o bien haciendo correr la noticia entre los allegados y conocidos, o bien, mediante carteles o anuncios, haciéndolo público, al menos, en el barrio. Así está todo de cartelitos, la mayoría hechos a mano, o con la impresora.

Éste con el que me topé ayer, pegado con celo en una farola, cumple además otra condición muy recomendable según las reglas de la mercadotecnia: la de dirigirse al mayor número de personas posible, para así, de esta manera, tener, porcentualmente, más probabilidades de encontrar comprador o cliente.

Y cuando quien pegó el cartel especifica, como condición única para tener posibilidad de alquilar la habitación, que sólo se admite a personas solas, se está dirigiendo al mayor número de personas posibles.