La busca

Como no se podía seguir podando los olivos debido a la niebla y al agua acumulada en los árboles, y mucho menos quemar los restos de la poda del día anterior, no era mala opción perder la mañana entre esa niebla, recorriendo -y confundiendo a propósito- los vericuetos entre las peñas de los cerros que se amontonaban desde hacía siglos, en un desorden preciso, alrededor del cuarto. La niebla empapaba cada rama y cada mata. La hierba aprendía a temblar bajo su húmedo peso inapreciable. Caminar entonces en zigzag, subiendo y bajando, esquivando las distintas alturas y fijando con cuidado la suela de la bota en la tierra empapada, evitando la traicionera superficie de los canchales vestidos de un musgo tierno y resbaladizo, era el oficio del día. La niebla se adensaba como una gasa real e inexistente, nube baja al fin, pulverizada. La mirada tenía que afinarse en cada mata y las manos sentían el arañazo consistente -y a veces feroz- de la planta, protegiendo sus brotes. No había horizontes hoy. La gran gris nube se había enganchado en la montaña y no la iba a dejar en todo el día. Pero por fin hay algo de barro en las botas. Una manada será suficiente. Tiernos, recientes, levemente amargos y tan reales. Noblemente silvestres y vegetales. Camino de regreso saltando las paredes de piedra. El sol, a ratos, es un disco blanco al que se le puede mirar de frente. Les perderemos unos huevos.

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A ambos lados de la línea

I
Oigo su graznido. Miro al cielo y las veo por vez primera este año. Ya están aquí de nuevo las grullas. Han vuelto después de un viaje larguísimo y -que a nosotros nos parece- prodigioso. Y probablemente muchas sean las mismas las que vuelven a los mismos lugares, más cálidos y de abundante alimento. A los mismos lugares sin perderse. El sol está en lo alto y el cielo es -como si lo fuera por primera vez- azul. Han vuelto las grullas. Ya están aquí de nuevo.

II
No oigo nada. Bajo la mirada y sobre la roca, intentando captar algo de calor, me sorprende, inmóvil, esta culebra. Aún no se han ido, ni han desaparecido. Todavía están entre nosotros.

Otoño, el liquidador

El otoño no deja de ser más que la apoteosis de la putrefacción. El otoño disfruta con la putrefacción. Todo adquiere esos colores -esos amarillos de diversas tonalidades, esos maravillosos ocres, esos marrones en melancólica gradación- porque se está pudriendo. Su pretendida belleza no es más que la señal ineludible de la muerte y la putrefacción. Muerte y descomposición son su bandera. La hierba reseca y muerta, las flores del campo calcinadas y muertas, los arbustos agrisados, quebradizos y muertos, las hojas muertas que caen finalmente al suelo donde se amontonan y pudren, dibujan ese escenario de falsa y engañosa seducción, con ese aire entrañable de insana melancolía, en el que nos adentramos envueltos en las primeras prendas de abrigo, caminando bajo la ambarina luz de la tarde por un sendero cubierto de hojas secas, ya sin vida, pudriéndose, amarillas, rojas, ocres, marrones, negras, hasta su final disolución.

Su estética seducción, su falsaria elegancia, su decadente belleza, al menos, es pasajera. Debemos esperar los fríos definitivos del inverno para que todo acabe de una vez y de verdad. Todo, entonces, bajo los hielos y las escarchas, se esconderá de nuevo para volver, un día, a florecer de nuevo. La desolación, en este tiempo, es nuestra única esperanza.

Plantita

Pie de foto: Diminuta planta de limonero crecida espontáneamente entre el seto de cipreses que le privan de la luz, de ahí su incierto futuro, a unos dos metros de un gran limonero y un gran pomelo que hay en el patio y que nos sirven de techo vegetal -cuajado ya de verdes limones y verdes pomelos, gordos y redondos como planetas los pomelos, más livianos y pequeños los limones, a la manera de satélites de aquellos- bajo el que nos guarecemos estos días de calor a eso de la una a tomar unas cervezas y unos vinos, mientras, muy de vez en cuando, en alguno de esos inevitables y brevísimos lapsus melancólicos, nos detenemos a mirar esa diminuta planta de limonero que se mantiene verde y lustrosa, con ganas de tirar para adelante, pero, para qué nos vamos a engañar, de futuro incierto e improbable.

Él acaba por convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene desde tiempo luchando por recuperar, está agotada, y en los sufrimientos de este descubrimiento cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitado de cariño, debiera ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad.

Macedonio Fernández. Tantalia. 1930

Aire

Con la mirada perdida y fija a la vez sobre la superficie de mi antebrazo izquierdo, erizado de diminutas gotas de sudor, pude contemplar el grosor inmóvil del tiempo detenido y el peso insoportable de un calor que lo congelaba todo a fuerza de derretirlo. Era como estar dentro de una gran bola de fuego en la que aún, inexplicablemente, se podía respirar. Los días se estaban alargando con una crueldad innecesaria, como estirados -y horriblemente torneados- dentro de un horno.

Pero, ahora, de forma inesperada, pude vivir, al cabo de tantos días, una prodigiosa y benéfica revelación, una unción salvífica, un regalo que me inundó para sumergirme por completo y devolverme a la vida: una casi inapreciable brisa, un leve airecillo que quería mover las hojas más altas de los árboles, recorrió mi antebrazo izquierdo y después mi cuerpo entero.

Durante el resto del día mi cuerpo fue un detector de esas mínimas corrientes de aire, escasas, débiles, pero ahora tan necesarias. Me paraba entonces y quería sentir cómo ondeaba mi camisa, cómo eran aliviadas mis gotas de sudor. Y las buscaba en pequeñas elevaciones o en improbables umbrías. Como un cazador de brisas al acecho, aunque eran ellas -tan raramente- las que me cazaban. El placer que me proporcionaban, algo en lo que nunca había reparado, era tenido ahora como un regalo de los dioses, un elemental -pero imprescindible- alivio. Con eso -con que corriera una gota de aire- me conformaba. Todo lo demás resultaba secundario.

Aunque cuando llegan los días fríos del invierno esta caza se convierte en huida. Se trata entonces de guarecerse, de evitar aquellas corrientes criminales como cuchillos, de buscar los rincones o las esquinas en los que el aire se acuesta, de cerrar la ventana. No hay nada tan traicionero como un mal aire. Unos escasos minutos bastan. Hurtarse de su incisiva y pertinaz acción es un alivio máximo, encontrar un lugar en donde no nos dé el aire, en donde no estemos a merced de sus corrientes, es una recompensa magnífica.

Pero ahora, dentro de las sucesivas y martirizantes bolas de fuego de este verano prematuro y precoz, mientras mantengo la mirada fija y perdida sobre la superficie empapada de mi antebrazo izquierdo, y contemplo, por fin, al cabo de las horas, cómo una ligera brisa cimbrea el vello de mi antebrazo izquierdo, siento una verdadera y limpia felicidad. O algo muy parecido y mejor.

Una pluma

Un pájaro perdió una pluma. La sujeto ahora con los dedos sin saber qué hacer con ella. No me molesta, pero sigo sin saber qué hacer con ella. Es bonita, su arquitectura y líneas son perfectas. No quiero guardarla en alguno de mis bolsillos por temor a estropearla. Pero andar con ella en la mano, me resulta algo incómodo, me limita. Y cuando me cruce con alguien me resultará incluso ridículo, me sentiré innecesariamente ridículo. Especialmente porque no sé para qué la he cogido. Especialmente porque ahora no encuentro fuerzas, o valor, para deshacerme de ella. Tendré que llevármela a casa. Y allí no sabré dónde dejarla. ¿En algún lugar a la vista? ¿O en el fondo de un cajón? No lo sé. Haga lo que haga con ella, la ponga donde la ponga, siempre terminaré por preguntarme lo mismo, ¿por qué no la he tirado? Y allí, en el lugar donde la deje, pasará el tiempo, tal vez el resto de su inerte existencia, acompañándome y haciéndome esa pregunta. ¿Por qué me recogiste del suelo? ¿Por qué no me dejaste allí? ¿Por qué me llevaste contigo? Ahora la sujeto con cuidado y con firmeza, y de vez en cuando la hago girar entre los dedos y la miro. Sigo de vuelta a casa un poco incómodo por llevarme algo que no quiero llevarme, por llevarme algo que un pájaro perdió y encontré en el suelo, entre la maleza, y que me agaché a recoger y que no me atrevo a tirar. Ahora es como si fuéramos inseparables. Si me cruzara con alguien que llevara un sombrero de paja se la podría regalar para que lo adornara con ella. Todo tendría un sentido, aunque fuera una estupidez. Pero ninguna de las personas con las que me he encontrado lleva sombrero. Además, no me atrevería a dársela y sugerir que la podría colocar allí. No le encuentro otra utilidad a la pluma que hago girar continuamente entre mis dedos. También pienso en, cuando llegue a casa, hacerle un corte transversal en su extremo e intentar escribir con ella. Pero se me antoja otra idea extravagante y con muy poco recorrido. Probablemente la colocaré en un portalápices, entre los lápices, como un guiño a la escritura del pasado. Pero no será más que un estorbo. Está empezando a anochecer y ya estoy cerca del pueblo. Ahora me pregunto dónde estará el pájaro que perdió la pluma. Es ridículo. No sé si pasarme antes por el bar a tomar algo o ir a casa directamente. Pero al acordarme de la pluma que tenía en la mano supe que no podía elegir, no podía ir al bar con esa pluma en la mano. Aunque también podía tirarla en cualquier sitio y tomarme tranquilamente unas cervezas. Pero no lo hice. No podía hacerlo. Y regresé a casa con una pluma en la mano.

Grulla

Hace ya bastantes semanas que las grullas regresaron a sus lugares de origen. En cuanto empiezan los primeros días de calor, saben que es hora de volver al norte, donde los veranos no son tan agotadores. Vuelven a casa. En los meses más crudos del invierno volverán a escapar de los hielos y las nieves en busca del calor invernal que pueden encontrar en las dehesas del sur. Aunque estén a miles y miles de kilómetros. Pero aquí el verano es demasiado intenso y agotador. Por eso, hace ya bastantes semanas que emprendieron el largo viaje hacia las tierras del norte, en nutridos y ruidosos grupos perfectamente organizados.

Por eso me sorprendió ver una picoteando distraída en las orillas de una exigua charca. Nunca las verás solas y nunca a estas alturas del calendario. Se trataba de un ejemplar adulto, de demasiada edad. Es muy probable que no tuviera las fuerzas suficientes para iniciar el largo viaje de regreso. Sabía que si lo hacía, no llegaría. Por eso decidió -en contra de su instinto y a pesar del horrible calor que le esperaba- quedarse por estas tierras en los que pasó cálidos y productivos inviernos, llenos de luz y abundantes de raíces, bulbos, tallos, hojas, semillas y pequeños invertebrados. Por eso decidió quedarse en estas tierras a morir, antes que hacerlo, exhausta, en la mitad del viaje de vuelta, en un lugar inhóspito y abandonada a su suerte, su última suerte.

Picotea y eleva las zancas lentamente en busca de algún rincón más húmedo, sintiendo sobre sus alas la fuerza de un sol inusual e inclemente. Aún recuerda el estruendo del aleteo de sus compañeras cuando emprendieron el largo vuelo hacia su lugar de origen, allá en las tierras del norte de Europa, donde los veranos son algo más amables y la vida repite sus ciclos como si nunca fueran a acabar. Recuerda el eco del estruendo del aleteo de las otras grullas iniciando el viaje a casa, cuando, en realidad, lo que escucha es el silencio del paso del tiempo y de la soledad. Solo le queda esperar.