Miro esa línea

Esa línea no existe y la miro.

Es el mar que rebosa hasta el cielo,
es el cielo que se deja caer hasta el mar,
pero ni existe el mar, ni existe el cielo;
existe el sol que me toca y el aire.

Sobre la arena discurrimos
entelequias demasiado reales,
como los hechos de nuestra vida
atrás, olvidada y recurrente,
los ojos incendiados
tras el rojo de los párpados.

Respirar es el mejor oficio
y sentir el aire que riza
ese mar inexistente,
bajo ese cielo azul
tan azul que duele.

Finalmente se encuentran,
todo el mar, todo el cielo,
sobre la falsa línea del horizonte.
Sé que no existe y la miro.
Oigo el mar acariciándome las telas
del corazón, suaves a su pesar.

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A las puertas del cielo

puerta

Estuvo llamando a las puertas del cielo durante un buen rato, pero no le abrieron. No se oía nada. No parecía que hubiera nadie. Habrán salido, pensó. Daré una vuelta y, dentro de un rato, volveré a intentarlo. Hacía buena tarde y solo unas nubes blancas vagaban desganadamente en lo más alto.

En un bar de la esquina, en el que entró a tomarse algo y hacer tiempo, le dijeron que allí, en el cielo, ya no había nadie, que se habían mudado hacía algún tiempo. Pero no sabía a dónde. Salió un tanto preocupado, aunque el dueño de aquel antro no parecía muy fiable. Así que decidió volver a intentarlo un poco más tarde. Era esa la dirección que le habían dado.

Pero como todavía era pronto se sentó un rato en un parquecillo cercano. Las nubes blancas seguían jugando con un sol tibio. Un señor mayor le pidió permiso para sentarse en el mismo banco, al otro extremo. Como parecía del barrio, se atrevió a preguntarle por el cielo, que cuando abrían, que por qué estaba cerrado. El hombre le dijo que llevaba cerrado desde hacía tiempo, que se comentaba, incluso, que había cerrado definitivamente, por cese de negocio, le puntualizó. Aunque parecía más de fiar que el tabernero, decidió no darse por vencido, seguir averiguando por qué estaba cerrado, por qué nadie le respondía cuando llamaba. Dentro de poco empezaría a oscurecer.

Caminaba despacio y con las ideas confusas. Un crepúsculo demasiado espectacular lo hacía todo más inquietante. A pesar del buen tiempo, apenas había nadie en las calles. Al acercarse de nuevo a las puertas del cielo respiró hondo. Y volvió a llamar. Esperó. Creyó escuchar un eco, como si, efectivamente, el cielo estuviera vacío y no quedara allí nada ni nadie. No sabía muy bien qué hacer. Y se sentó en el umbral. Debería pensar en hacer algo, pero solo se le ocurrían ideas absurdas. También era probable que hubieran cambiado de horario, que estuvieran de vacaciones, o de reforma. O simplemente, que no le quisieran abrir.

Ya de noche, y sin ninguna esperanza de ser atendido, de repente, le sorprendió estar allí sentado sin hacer nada, malgastando el tiempo sentado a las puertas de un lugar cerrado. Entonces se levantó y, sin saber muy bien hacia dónde se dirigía ni importarle gran cosa, se fue como alma que lleva el diablo.

Súplica

purgatorio

Se acostumbró
a vivir en el purgatorio
y le aterraba la idea
de acabar en el cielo.

Casi prefería,
si tenía finalmente
que cambiar de lugar,
ir de una vez al infierno.

En el purgatorio -decía-
no se vive tan mal,
aquí todos nos conocemos
y tenemos nuestros días,
unos mejores, otros peores,
pero al menos hay vida,
nos acompañan, aún,
nuestros pecados.

El infierno, eso sí,
debe ser tremendo,
demasiado intenso
y agotador.

En el cielo ni pienso,
no me entra en la cabeza
un lugar tan perfecto.

Así que, por favor,
no recéis por mí,
no sea que me vayan
a enviar al cielo.

El cielo

nube

Uno
Los pájaros no necesitan ningún mapa del cielo para volar.

Dos
Un lago, una laguna, una charca, una explanada llena de charcos, contienen el cielo, las nubes que pasan, el vuelo fugaz de algún pájaro.

Para romperlo basta con lanzar una piedra.

Tres
Decidieron, finalmente, pintar el cielo de azul. Tal vez ese color estaba de oferta.

¿Y si el cielo no fuera más que un falso techo?

Cuatro
El cielo tenía otro encanto visto desde el interior de un tranvía. Se movía más despacio.

Cinco
Era siempre una tentación. Conservar el globo o soltarlo para ver cómo ascendía, cada vez haciéndose más pequeño, hasta que se perdía y desaparecía en el cielo azul.

¿En qué momento soltamos el globo? ¿Asciende aún?

El cielo está lleno de globos que no se ven.

Seis
Los peces vislumbran un cielo líquido.

Siete
El cielo existe para que puedan viajar las nubes.